Traumas/Träume

Hopper

Edward Hopper, Excursion into philosophy, 1959

 

Me reía por lo bajo de mi mismo, con una lucidez alegre, conforme iba descubriendo los tópicos, las trampas abstractas y literarias de mi vigilia poblada de sueños. No podía dormir.

Jorge Semprún. El largo viaje

 

En alemán soñar se escribe träumen, obviamente para un hablante de español la palabra –incluso con el umlaut– remite a trauma; por eso cuando cierta jovencita se despide de mi deseándome süße Träume tiendo a pensar que no me quiere como dice porque me envía pesadillas. El juego de palabras viene a cuento porque, que recuerde, anoche tuve mi primera pesadilla chavista. Sé perfectamente que no recordamos la mayor parte de lo que soñamos y parece muy raro que en 20 años este sea mi primer trauma onírico causado por el chavismo, pero ahora mismo no puedo recordar otro, ni siquiera en 2014 o el año pasado. Durante varias semanas de las últimas dos fechas me iba a la cama muy tarde, con los ojos irritados, llorosos, luego de horas de teclear y de leer los partes de la guerra florida que se libraba contra la dictadura; pero recuerdo dormir siempre como un bendito para reiniciar la ordalía al día siguiente.

En mi pesadilla hacía fila. Nada más. Exactamente igual a como hago casi a diario: esperando un autobús, por comida o efectivo, por nada. A donde miraba había otras colas, en todas direcciones, saliendo y entrando de puertas sobre aceras y calles. Solo tenía la sensación de que la mía era diferente porque quienes la hacíamos sabíamos que estábamos condenados a hacerlas. Había una fila –o dos– de chavistas, que alegres, esperaban comida, pero ellos no sabían que estaban condenados.

Salvo por esa certeza de saber, nada era distinto a la realidad, el calor, la sensación de que el tiempo se me escapa mientras espero la nada, saber que solo interrumpiría la cola un rato mientras como y duermo, pero que mi lugar en ella me estaría esperando al día siguiente; todo estaba ahí. Pensándolo bien: saber que la dictadura me tiene preso en una fila tampoco era muy onírico. La verdad es que últimamente no sé distinguir siempre qué es real.

Lentejas

hambre

Imagen: @NTN24ve

 

Compartimos en un restaurante muy sabroso (…) disfrutando con él (Salt Bae).

 Maduro

 

Un personaje de Almudena Grandes en Malena es nombre de tango cuenta que odia las lentejas, su sabor ácido le recuerda la derrota de la guerra civil española porque fueron lo último que se acabó en Madrid durante el cerco de los nacionales. Luego vendría más hambre, más muerte, durante años. Esto me lo hace recordar los paquetes de lentejas que vienen en las cajas y bolsas con las que el chavismo reparte el hambre al tiempo que se lucra en Venezuela. Eso y leer que una mujer en Delta Amacuro solo ha comido lentejas durante la mayor parte de este año. Su marido está preso en Trinidad por inmigrante ilegal.

Sé que hoy para algunos las lentejas son el sabor del hambre, de la guerra clandestina, mientras que para otros es el de las sardinas, el de la pasta turca o el de la harina mexicana de las bolsas de la miseria. Creo que para otros es un sabor imaginario: el de aquello que adoraban comer y ya no pueden. Otros solo tienen hambre: paradójicamente atrapados en la sensación más totalizante no hacen muchas elaboraciones sensoriales. Supongo que en el fondo escribir esto me delata como hipócrita porque puedo hacer elucubraciones intelectuales sobre el hambre, así que estoy bien comido.

No sé cuál es mi sabor del hambre –un caro lujo–, no he definido ese oxímoron porque desde hace meses la comida no tiene el sabor que solía, sin embargo tengo suerte –la suerte que cabe tener aquí–, las lentejas no son mi única fuente de proteínas, solo un recordatorio de que tal vez eso pase; obligándome a huir. También son un recordatorio del asedio y de que al final este puede saldarse con una terrible derrota.

El pelotón chiflado

Beto el recluta

Imagen: Imagen: pinterest.es/

“We had very little confidence in the ability of these people to do anything, no idea at all about who they represented, and to what extent they had not exposed themselves already”

Funcionario estadounidense sobre militares venezolanos

 

Leo sobre los contactos entre oficiales de la administración Trump –ese anciano enajenado– y militares venezolanos aspirantes a golpistas. Supongo que a un verdadero analista le llamaría la atención los varios movimientos conspirativos, lo que podría delatar la envergadura del descontento militar, o el que los militares hayan pensado derrocar a Maduro ya a finales de abril del año pasado apenas un mes después de comenzar las protestas luego de las sentencias del TSJ –esa casa de putas feas y baratas– que terminaron de cerrar la Asamblea Nacional; o el hecho de que en realidad los estadounidenses no incitaron nada: solo se reunieron para reunir información.

Pero lo que me interesa es precisamente que la información que recogieron los enviados estadounidenses es que los aspirantes a golpistas no tienen la más puta idea sobre cómo derrocar a la dictadura –a ellos mismos–; tanto The Washington Post como The New York Times (pueden leerse en estos enlaces: https://www.washingtonpost.com/world/2018/09/10/trump-venezuela-prospect-coup/?utm_term=.cb762575ce10 y https://www.nytimes.com/2018/09/08/world/americas/donald-trump-venezuela-military-coup.html?smid=tw-nytimesatwar&smtyp=cur, respectivamente) coinciden en que, para pasmo de los americanos, nuestros chafarotes acudieron a ellos preguntando cómo dar un golpe ¡!

Obviamente no estaba esperando que nuestros militares –menos aun con sus serias dificultades con el lenguaje– hubiesen leído Técnica del golpe de Estado de Malaparte, ¿pero reunirse con los americanos para preguntarles cómo dar un golpe? ¿En serio? Los gringos ni siquiera les dieron los radios que pedían –en la era digital estos cerdos todavía piensan en walkie-talkies– y luego de las delaciones (con toda seguridad debidas a la torpeza de ellos mismos) comenzaron a caer en las terribles cárceles a las que ellos han enviado a civiles opositores.

Sí: nuestros militares no son inteligentes,  solo son rateros y torturadores que quieren ayuda del norte para desplazar la cara sucia y macilenta del chavismo en la que se erigió Maduro –la única cosa que se ha ganado por derecho propio– por algo ligeramente menos pútrido, unos Al-Sisi bananeros tal vez. A lo mejor tienen suerte y luego de ver esa entrañable película que es El Pelotón chiflado (Stripes, 1981) descubren cómo hacen los militares estúpidos para parecer héroes, para parecernos héroes a nosotros sus eternos admiradores. Tal vez solo necesiten repasar ese sketch de Cheverísimo que fue abril de 2002.

Los presos y el fútbol

fuga la victoria

Imagen: pinterest.co.kr/

Stanislavsky dijo que el teatro es un laboratorio de las pasiones, lo mismo podríamos decir del fútbol; y Pirandello señaló que el teatro era una metáfora del delirio, y también podemos decir eso de este deporte (…)

Juan Villoro

Hace unos días le preguntaba a una amiga si era fan de los 80. Hoy todo el mundo lo es, lo que representa una forma innecesaria de ajarlos. Ella me respondió que sí, que lo era, pero de los clásicos. Inicialmente no entendí a qué se refería con eso de «los clásicos»: podían ser los pelos de Cindy Lauper, los calentadores de Jane Fonda o qué se yo; por suerte resultó que es fanática de las películas de los 80, como dios, en su inmensa sabiduría, manda que sea. Hay una de ellas que me vino a la cabeza en estos días cuando veía una foto de Sylvester Stallone y su forma de vida: un anciano con tatuajes para cubrir las venas rotas por levantar pesas junto a un hot rod.

Sylvester Stallone es un epitome de la cultura estadounidense y no me refiero esta vez a Rocky y Rambo –que también–, sino a una de las formas en las que creo que Estados Unidos fabrica cultura: no robándosela a una civilización más refinada como hicieron romanos o aztecas, ni tampoco solo construyéndola a partir de un par de mitos, como en realidad han hecho, sino también intentando colonizar con el american way aquellas manifestaciones que siendo mayoritarias, globales, aún se les resisten. Hollywood trató de hacer esto, usando a Sly, en una de mis más entrañables películas ochenteras: Fuga la Victoria (Victory) de 1981, que es ochentera no tanto por la fecha de estreno sino porque Venevisión la pasó tantas veces en cine millonario los domingos durante esa década que bien podría tener yo hoy un trabajito en Meridiano TV hablando paja sobre partidos de fútbol y hacerlo muy bien.

En la película se cuenta cómo durante la Segunda Guerra Mundial un equipo de fútbol formado por prisioneros de guerra aliados se enfrenta a uno de soldados nazis, lo derrota y se escapan. Escapismo puro porque como se sabe, la trama es una ucronía como la de Tarantino en Inglourious Basterds solo que más cursi: se basa en El partido de la muerte de 1942 en el que jugadores ucranianos luego de derrotar a soldados nazis en un par de partidos (uno de ellos arbitrado por un cerdo de las SS), fueron asesinados en su mayor parte.

El intento de americanizar el fútbol –el de verdad, el que se juega todo el tiempo con los pies (salvo cuando cierto drogadicto argentino jugaba en mundiales contra Inglaterra por allá en la mima década), a pesar del peyorativo mote de soccer– es muy burdo: ¡hacer pasar a Stallone por arquero! Esa tosquedad queda de manifiesto sobre todo si se compara esa escena en la que taclea a un delantero, con cualquiera de las jugadas que, coreografiadas antes por él mismo, ejecuta Pelé. Aparte de estas escenas/jugadas en lo que más bien parece una caimanera entre panas/estrellas: Bobby Moore, Osvaldo Ardiles, Pelé, en medio de la cual alguien plantó una cámara; la película me resulta inolvidable porque en ella Max von Sydow interpreta al único nazi buena gente de la historia del cine.

Hoy recordé la película de nuevo cuando leí que Israel ha prohibido que los presos de Hamas vean los partidos del mundial (en este enlace puede leerse al respecto: https://elpais.com/internacional/2018/05/28/actualidad/1527499883_233580.html): presos y fútbol en el mundo real esta vez. Incluso luego de leer en Eichmann en Jerusalén cómo el holocauslapavato es parte del mitologema que da sostén al Estado de Israel, los judíos me caen bien. Pero esa simpatía tiene dos muescas feas, a qué negarlo: los más de 50 muertos hace un par de semanas cuando Trump inauguró su Embajada en Jerusalén y esto del mundial. Porque es una coñoemadrada negarles el Mundial a unos presos sin esperanza, a los que la muerte les muestra de vez en cuando su cara más sucia.

Por eso, el que Lorenzo Mendoza haya comprado los derechos del Mundial para cedérselos a los canales locales en Venezuela, merece el United Nations Human Rights Prize. Y esta, aunque se le parece mucho, no es una jalada; es solo la opinión de un preso que no puede escapar.

Do ut des

nada

Imagen: laverdad.com/

En el uso de las locuciones latinas se da además una actitud mixta. Esto se debe a que, en ocasiones, son usadas por personas que no conocen bien la lengua latina, lo cual es motivo de errores frecuentes.

Wikipedia

 

Virtualmente la única patina de cultura que adquiere la aplastante mayoría de los abogados venezolanos en la universidad es uno que otro latinajo, un barniz muy delgado, más bien un simulacro, no en vano el de los abogados, fue uno de los primeros grupos de la sociedad –justo después de los militares–, en adoptar la neolengua chavista.

Incluso mucho antes de 1998 los tiempos de un Rafael Caldera en la facultad de derecho de la UCV, con su atildado castellano, se confundían con una prehistoria mítica. De hecho, lo más probable es que, incluyendo universidades públicas y privadas, un estudiante se gradúe de abogado –cada vez menos en medio de esta diáspora que los convierte en buenos braceros en la cosecha colombiana de café muy lejos de los estrados– sin haber leído jamás no digamos a Weber, Hobbes o Montesquieu, sino a Bobbio, Bovero o Ferrajoli –¿demasiados italianos en mi lista? Bien, lo cierto es que nuestros doctores también se gradúan, incluso de postgrado, sin leer a Schmitt, aunque luego alguno de ellos disfrazado de magistrado lame botas se atreva a citarlo en la inauguración de esos aquelarres llamados inauguración del año judicial–. Así, como pasa con los chimpancés y los objetos brillantes, nuestros abogados se deleitan con los eiusdem, de cujus y ut. supra, aunque el paroxismo lo alcanzan cuando un incauto cliente pregunta: “Doctor: ¿quién es el de cujus?”, momento en el cual el jurisconsulto criollo pone su cara de perdonavidas y responde: “El muerto”.

De mi propia lista de latinajos recordé el que le da título a este scherzo cuando nuestro dictador de hoy, impúdicamente –sí, ya sé que acabo de escribir un pleonasmo: ¿qué dictador no es impúdico?– compró votos hace poco en la plaza pública explicando que esto es dando y dando. El latinajo que cito se traduce como doy para que des y es uno de los ejes sobre los que se articula la obligación jurídica.

¿Qué nos ha dado el chavismo? Si excluyo a los que robaron y roban, la respuesta es muerte, hambre, exilio, vergüenza. La dictadura caerá solo cuando decidamos darle al chavismo exactamente lo que nos ha dado. Y la democracia, si es que erigimos una sobre estas ruinas, deberá hacer constantemente lo mismo como una obligación inagotable.

Locos

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Imagen: dvdizzy.com/

Encerrado en el navío de donde no se puede escapar, el loco es entregado al río de mil brazos, al mar de mil caminos, a esa gran incertidumbre exterior a todo. Está prisionero en medio de la más libre y abierta de las rutas: está sólidamente encadenado a la encrucijada infinita.

Foucault

 

Hay una escena en One Flew Over The Cuckoo’s Nest (1975), obviamente del recientemente fallecido Miloš Forman, en la que Jack Nicholson intenta convencer a unos locos de que voten a favor de que los dejen ver la Serie Mundial en el manicomio. Se acerca a uno tras otro, sopesa si pueden entenderle, renuncia ante algunos cuando perciben que están más allá de toda comprensión, tiene el tiempo en contra: va a empezar el partido –solo un fanático del béisbol puede percibir con tanta claridad el paso de los segundos– y ese frío demonio que es la enfermera Ratched puede salir con una triquiñuela –como en efecto lo hace–. Frenéticamente hace uso de toda la quincallería de la mercadotecnia política: prometer, sobornar, crear necesidades donde no las hay, etc. Una vez que han votado, es patético el conteo, arañando una mano levantada aquí por un esquizofrénico, más allá por un bipolar. Es notable cómo el personaje de Nicholson, McMurphy, es candidato, partido, votante y jefe de campaña a la vez, lo único que no es –y por eso fracasa–, es autoridad electoral.

Se ha insistido mucho en que Nicholson hizo su carrera gracias a su natural cara de loco, esa expresión de enajenado enmarcada por la ubicación natural de las cejas que vemos en The Shining, Las brujas de Eastwick o incluso en esa mamarrachada que es Anger Management, pero paradójicamente –o acertadamente, congruente con el arte de Forman– en esta película la cara más representativa de su personaje rodeado de locos es la de derrota, no la de locura.

Forman explicaba que viniendo de la Checoslovaquia tras la cortina de hierro le resultó fácil filmar esta película en la que una persona le imponía a otras cuando fumar, qué ver en televisión, qué música oír, dónde pararse, etc., en ese sentido One Flew Over The Cuckoo’s Nest es una película política, una metáfora del totalitarismo o de la libertad, además de por supuesto una película muy bien hecha que ha envejecido muy bien. Esa intención metafórica era muy marcada en la novela de Ken Kesey en la que se basa la película.

Echando mano de la metáfora que es la película no puedo dejar de pensar en Venezuela hoy. Desde inicios del siglo XX se ha considerado que nuestra comunidad política asemeja un inmenso manicomio: a Gómez se le motejaba como el loquero de Maracay, la locura de Diógenes Escalante produce la dictadura de Pérez Jiménez, durante la democracia entre 1958 y 1998 hay más de un delirio demente; sobra escribir sobre los rasgos marcadamente enajenados de Hugo Chávez. Pero viendo la película de Miloš Forman advierto cómo se invierten los papeles en el miserable manicomio que hemos construido. Hoy no es el cuerdo el que busca que los locos voten: son los locos los que quieren que los cuerdos votemos. Y entiendo perfectamente que estos locos no son esos enajenados disueltos en la nada de la película; estos son unos locos que saben sumar muy bien, pero que no perciben cómo al pervertir más el lenguaje –quién podría creer que con Falcón el chavismo se va, si Falcón mismo es como un herpes chavista que, escondido en el sistema linfático de nuestra polis comatosa, reaparece cada vez que las defensas bajan aún más– se condenan a la esquizofrenia; cómo, con la farsa a la que desesperadamente nos invitan el 20 de mayo se convierten en internos del manicomio, unos a los que, llevando la bata de traidores, les convendría saber que el título en español de la película es Atrapados sin salida.

La revolución de los cerdos

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Imagen. popville.com/

 

Si no tienen pan, que coman costra de pastel

Frase atribuida a la reina María Antonieta

 

La historia de Venezuela durante el siglo XIX se encuentra jalonada por las así llamadas revoluciones: la de las reformas, la Revolución de marzo, la azul, la Revolución libertadora; incluso si extendemos ese siglo mucho más allá de 1935, la fecha en la que, según Mariano Picó Salas, el país entró por fin en el siglo XX, tendríamos la Revolución de octubre –ese intento adeco por construirse una épica emparentada con su amor inicial por los sóviets–. El hilo, como es obvio, alcanza hasta la peor impostura de todas: la fulana Revolución bolivariana. Con el hambre y la miseria que trajo solo los enchufados se atreven todavía a decirle bonita.

En puridad ninguna lo fue, paradójicamente los cambios más drásticos en la historia venezolana han sido producto de hitos que no denominamos revoluciones, como por ejemplo la independencia, la separación de Colombia o el advenimiento de la democracia en 1958. Esa paradoja se explica porque no sabemos qué es una revolución, nuestro deformado concepto, que no es exclusivo, confunde revolución con montonera de macheteros –o saqueadores– liderados por un pulpero o militar inculto –vaya pleonasmo este último–. Bulla y humo, esa es nuestra definición de revolución.

A partir de julio de 2017 hemos estado esperando ansiosos un deus ex machina que revierta la derrota de la oposición venezolana; en agosto fue la estupidez de Trump sugiriendo la posibilidad de que al régimen de Maduro lo tocase su ración de furia y fuego, en octubre fue el espejismo de las votaciones regionales, ahorita, terminando diciembre, fue lo que algún jodedor llamó la revolución del pernil y que yo prefiero llamar la revolución de los cerdos: no otra cosa que los más hambrientos reclamando su pago, en carne de cochino, por haber vendido su voto en el fraude de las municipales del 10 de diciembre.

El chavismo compró esos votos fiado precisamente porque está quebrado desde octubre de 2012. Lamento –no mucho– usar lenguaje soez, pero es que no tengo una mejor manera de decirlo: ¿qué clase de puta pendeja presta el servicio y cobra después? ¿Más aún a un cliente limpio? Si nuestros hambrientos iban a vender su voto debieron tener el tino de cobrar antes, aunque sea la mitad, ¿no?, algo así como: “antes de venderte mi voto (y con él mi condición de ciudadano) resuélveme con un par de pollos y una mano de topochos compadre”. Luego no vale, sobre todo porque cuando se le cobra, el chavismo suele responder con plomo.

Los ralos disturbios que generaron nuestros incautos hambrientos pusieron a salivar de nuevo a algunos con la posibilidad de que ahora sí: el hambre obligaría a los cerros a bajar y en medio de una de nuestras revoluciones de mentira el régimen caería. Ya están por llegar los reyes magos y nada. Y esto por dos razones, la primera es que esa gente estaba diciendo: “sí, vendí mi voto ¿y qué? Ahora vengo a cobrar arrecho”, no estaban, ni remotamente, reclamando derechos civiles y políticos, al contrario: ¡estaban mostrando el recibo de su muy barata venta! porque en los buenos viejos tiempos de los adecos el voto valía más que un pernil. Eso generó el legítimo asco de buena parte de la clase media –más bien del espectro de ella que anda por ahí–; si esa gente no peleó junto a nosotros entre abril y julio de 2017 por la libertad, ¿por qué habría que acompañarlos ahora en su lucha por un poco de chicharrón? Pero la razón más importante, al menos según yo lo entiendo, es que en Venezuela no son las revoluciones las que cambian regímenes, no fue así en 1810, que fue un asunto de blancos –aunque de orilla– letrados, mucho menos con nuestros sátrapas: Gómez se fue con la muerte, el día que quiso, y Pérez Jiménez fue expulsado por una camarilla militar, el pueblo en las calles el 23 de enero es muy posterior al arreglo entre nuestros gorilas desarrollistas.

Otros países han tenido sus revoluciones con nombres poéticos, ahí está la Revolución de los Claveles portuguesa que inauguró la tercera ola democrática, o la Revolución naranja ucraniana; incluso la malograda Revolución verde iraní que casualmente parece reeditarse por estos días. Pero nosotros tenemos hambre, así que la nuestra iba a ser la revolución de los cerdos.

McChávez

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Imagen: listas.20minutos.es/

 

Disfraz: Artificio o vestimenta con que alguien cambia o modifica su aspecto o condición para no ser reconocido.

 

Escribir sobre la naturaleza travestida de Chávez y de ahí del chavismo todo resulta reiterativo, pero tal vez útil: por ser unos disfraces nos condenaron a esta miseria. Seamos honestos; el de presidente fue solo uno más de los disfraces de Chávez, junto al de beisbolista, militar, bandera de Venezuela y su favorito: el de Fidel Castro. Con Maduro la tragedia es que es un disfraz de un disfraz.

El disfraz que me hace escribir esto es un disfraz post mortem –la necrofilia es la otra  afición chavista– y en realidad es viejo, de hace un par de meses: es Chávez disfrazado de médico en un cartón a la entrada de cada servicio del Hospital Militar de Caracas.

No siempre me gusta la equidad de género en la televisión o el cine de hoy. Es posible que sea un troglodita acostumbrado al machismo y el racismo de la televisión de los 70: demasiado SWAT, Starsky & Hutch, Los duques del peligro e incluso Mazinger Z, como para apreciar el cambio en las convenciones de ciertos géneros. De estos, el de las series médicas es uno de mis más entrañables, de ER o Chicago Hope, pasando por El doctorcito (Doogie Howser, M.D.) o Scrubs hasta ese vómito de perro que es House M.D.

Hasta que llegó Shonda Rhimes y mandó a parar. Siendo honestos ella solo ahondó una tendencia que ya estaba en ER –tal vez incluso desde General Hospital–, la de convertir a los médicos de la ficción en modelos de revista dirigiendo la serie a un público exclusivamente femenino, amén de convertir a las mujeres mismas en los personajes centrales –ya no más esas enfermeras a las que el doctor se tiraba–, que ahora son doctoras, salvan más pacientes que sus contrapartes masculinas y compiten con estos a ver quién se ve mejor con tapaboca –y los doctores se siguen tirando–.

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Imagen venezuelaaldia.com/

De ahí el McDreamy, ese sobrenombre de uno de los personajes de Grey’s Anatomy que como repelente nuclear para ratas, disuade a cualquier hombre hetero –no solo homofóbico– de convertirse en fanático de la serie.

El chavismo, como es sabido, apela a los recursos de la televisión: melodrama, animadores estridentes, falsos finales, música pop –¿no Guaco?–. Eso hasta que muestra los dientes con militares y paramilitares asesinado muchachos con tiros en la cabeza. Pero siempre vuelve a su histrionismo, a la utilería.

Por eso, en estos días en los que los pacientes se mueren porque no hay inmunosupresores después de haber esquivado la muerte una vez y haber conseguido un trasplante, alguna Shonda Rhimes criolla –no me imagino a un militar, de esos que disfrazan de ministro de sanidad, en semejante pendejada– decidió que a las puertas del Hospital Militar, cual Sayón irredento, los pacientes al menos se consuelen mirando a su McChávez de cartón.

Mineros

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Imagen: copblock.org/

Somos como un campamento y tenemos cultura de campamento.

Cabrujas

 

Hace una semana terminó la tercera temporada de Mr. Robot, la más posmoderna de las distopías modernas: una en la que un grupito de hackers con graves problemas mentales destruye el sistema bancario mundial, que es reemplazado, sin que ellos lo quieran –los banqueros siempre ganan–, por un mundo en el que el único medio de cambio es una critomoneda; the e(vil) coin. Veo la serie no porque yo sea muy avant garde, sino todo lo contrario; para tratar de entender, de ponerme al día. Que el valor de cambio universal sea cada vez más abstracto, más virtual, es la marca de una sociedad por venir. Eso me hace pensar en esa reciente insensatez del más güevón de nuestros dictadores, el petro, la criptomoneda de Venezuela, un país desahuciado.

Se dice que Maduro ha sido subestimado, y tal vez haya sido así en alguna medida, pero Maduro no tiene la inteligencia zorruna de Gómez, la eficaz violencia de Pérez Jiménez o la demencia intuitiva de Chávez; su destreza es otra: es demasiado parecido a una versión de los venezolanos, a ese pendejo con suerte, con mucha suerte, que aprovecha el chance de drenar al Estado. De ahí a las criptomonedas de mengua solo hay un paso.

Con toda seguridad Maduro no entiende cómo carajo funciona una economía en la que el dinero es virtual porque ha demostrado con creces que no entiende cómo funciona una donde pueden tocarse los billetes y monedas, pero lo que Maduro sí entiende, porque la comparte, es esa profunda pulsión nacional de asumir la economía solo como las posibilidad de vivir de la renta de una mina. Poner un pico y una pala en el lugar de las cornucopias del escudo sería un sincero ajuste de la identidad nacional.

Tal vez alguien le explicó –con palabras sencillas– que las criptomonedas se minan (se desencriptan) automáticamente con unas poderosas computadoras. Lo que produce ganancias en dólares. De ahí a imaginarse una sala llena de computadoras minando –algo que ya hacían en Caracas algunos adelantados desde mediados de año bajo la ávida supervisión de la Disip (lo siento: en otro lugar he explicado que me gustan los viejos acrónimos para referirme a los esbirros)– como un establo de vacas que son ordeñadas por una máquina debió pasar menos de un segundo. No importan las burbujas que evaporan un tercio del valor del bitcoin en un día, los apagones, nuestro atraso: hay que minar para sobrevivir, para pagar vinos y relojes caros en Europa.

Porque es que esa imagen está ahí, empotrada en nuestro ADN y alimentada con toda la educación y los medios de nuestra atmósfera cultural: achinchorrado, mientras el balancín sube y baja en algún lugar, soy rico, porque el hombre nuevo; el homo chavista –en realidad el adeco de hoy y de pasado mañana– es un minero, ese que se financió la emigración importando aire o más modestamente revendiendo electrodomésticos Haier, que raspaba tarjetas; ese que acapara los vales del hambre hoy.

De hecho, no hay diferencia entre la alucinada criptomoneda chavista y el arco minero o el control de cambio, ni siquiera con las llamadas misiones y su profusión de adjetivos –gran, muy grande, híper, mamarra, etc.–, o antes con la Gran Venezuela; no en balde la oferta es respaldar el espejismo del fulano petro con barriles de petroleo: una mina en garantía de otra mina. Este es el mismo irresistible llamado genético que nos dice que una vez agotada la veta hay que abrir otra mina, mover la hamaca un poquito más allá y esperar que los pendejos que echan pico y pala hagan su trabajo. En eso hemos estado desde la extracción de perlas en Cubagua hace más de cuatro siglos hasta hoy. Sin advertir que los pendejos somos nosotros, y que minamos para los pocos cerdos que son más iguales dentro de la mina chavista, con todo y paludismo.

En eso el chavismo ha demostrado cómo es nuestra justa representación, un retrato fidedigno, así amaestró a buena parte de la clase media –y no tanto– y la puso a minar no hace mucho con los dólares de Cadivi y somete hoy, a mucho de ella de buena gana, a lo que queda de sociedad con las cajas del hambre y el carnet de la miseria.

Me gusta cómo las palabras se burlan de un régimen que es su enemigo. Para terminar mi pendeja descripción de la mina en la que me pudro me gusta la imagen de un cuerpo, casi cadáver ya, minado.

Pariendo

 

Funpaz

Imagen: Funpaz

Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate

Dante

 

 

Siempre he creído que si dios existe es un guasón que se burla del hombre con carcajadas casi siempre grotescas. Si estoy en lo cierto, Venezuela es uno de los lugares predilectos del señor.

Ayer se anunció el Premio Nobel de Medicina para los estadounidenses Jeffrey C. Hall, Michael Rosbash y Michael W. Young y sus descubrimientos sobre el reloj biológico. Podría perorar sobre el ritmo circadiano y demás, pero lo cierto es que soy un ignorante en ciencias exactas –en ciencias sociales, vaya exageración el nombre, me limito a hablar paja–, lo que me interesa es el tejido material y espiritual que se requiere para que tres científicos aíslen un gen, en este caso el que permite el acople de los organismos vivos a la rotación de la tierra. Pienso en las instalaciones, el equipo, el personal, pienso en los cientos de años de estudio si se suman las escolaridades de todos los participantes en la investigación desde el más humilde pasante hasta los premiados; pienso en los millones de dólares invertidos, en los papers leídos y escritos, en las bibliotecas que se requieren, en las universidades.

HONG KONG-US-NOBEL-MEDICINE

Imagen: AFP

Casi al mismo tiempo que se anunciaba ese premio la noticia en Venezuela era la de dos estudiantes de medicina detenidas por fotografiar en un hospital a mujeres pariendo en las sillas de espera –el eufemismo es parto improvisado–. Las fotos habían comenzado a virilizarse el sábado en la noche, pero los esbirros, siempre tan ineptos, las detuvieron casi dos días después.

Las imágenes son de un hospital del Seguro Social –¿te imaginas pagar tus cuotas toda una vida para ir a morirte sobre la silla fría y sucia de la entrada?–, el Pastor Oropeza de Barquisimeto; pero esos detalles no me interesan, lo que sí me interesa es el contraste que debe hacer que ese demiurgo cruel se esté carcajeando, pienso en todo eso que no tenemos en Venezuela, y que ya no estoy seguro de que lleguemos a tener nunca; en las instalaciones, el equipo…

Polis y Homo Sacer

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Gisela Kozak Rovero

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Un tiempo de mala fe

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El atajo más largo

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