Cuba es la piedra de tranca

PolítiKa UCAB

Foto: Ministerio del Poder Popular para la Comunicación y la Información

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Miguel Ángel Martínez Meucci –  21 de julio de 2017

La llegada del chavismo al poder se caracterizó en todo momento por su orientación subversiva y revolucionaria. Si en una primera oportunidad el movimiento fracasó al optar por la vía de las armas, acometida mediante las intentonas golpistas de 1992, en un segundo momento su notable victoria electoral se vio inmediatamente acompañada por la voluntad de desmontar la Constitución de 1961. No hay que llamarse a engaños: el propósito de la constituyente de 1999 no era la creación de una nueva constitución sino facilitar a un proyecto revolucionario y autocrático el desmontaje de los controles y contrapesos que sostuvieron el pluralismo democrático de la República Civil. La prueba de lo anterior la proporcionó el propio Chávez, quien tan sólo 8 años después ya pretendía modificarla en más de…

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Tsundoku

Sufro de este mal. Ahora entiendo mi aversión a mudarme.

Jacintario

Hace poco descubrí una caricatura del ilustrador estadounidense Grant Snider, llamada “Las etapas del lector” (“Stages of the Reader” en su idioma original). Snider define dichas etapas como (1) descubrir libros; (2) enamorarse de los libros; (3) los libros como una identidad; (4) los libros como una manera de evitar interactuar con humanos; (5) los libros como una frustración insoportable (“debo escribir un libro”); (6) no tener libros; (7) redescubriendo libros; (8) acumular libros y (9) pasar libros a la siguiente generación.

Las etapas están ilustradas como gradas que suben hasta el número cinco. Pero la número seis es un corte en toda la composición, donde se mira a un hombrecito echado en el fondo del corte (es decir, en un hoyo), viendo televisión y comiendo comida chatarra.

Cuando compartí dicha imagen en Twitter, varias personas me comentaron la etapa en la que sentían estar o no habían estado…

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En torno a la salida negociada

PolítiKa UCAB

Foto: Federico Parra/AFP

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Miguel Ángel Martínez Meucci  –  7 de julio de 2017

Durante las últimas semanas se han renovado los esfuerzos diplomáticos, especialmente por parte de algunos países latinoamericanos y europeos, para que la crisis venezolana pueda alcanzar una solución negociada. Se ha popularizado también la expresión de que “el tiempo del diálogo pasó” y que ya es tiempo de una “negociación”. No cabe duda de que esto es lo deseable, pues entre otras cosas implicaría el pronto cese de los asesinatos que, a razón de uno por día, han venido marcando estos tres meses de protestas ciudadanas, abriendo además la posibilidad de que se recuperara una relativa paz en Venezuela.

No obstante, es claro también que dicha negociación se presenta como algo muy complejo. No se trata de un caso excepcional. Todas las negociaciones destinadas a manejar conflictos políticos que han rebasado el umbral de la violencia…

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Guardaespaldas huevones

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Imagen: vivelohoy.com/

I was two years with Carter, four with Reagan.

Frank Farmer

Las películas de Kevin Costner son malas —tanto las que dirige como aquellas en las que solo actúa—, sin embargo tiene en su haber algunos entrañables clásicos del cine —aunque esa recreación de la escena de las escaleras del acorazado Potemkin, en el remake de Los Intocables, le pertenece a Brian de Palma, no a él—, bueno; del cine de cotufas, de evasión.

A principios de los 90 del siglo pasado su carrera iba en ascenso imparable: luego de películas como Field of Dreams, dio el batacazo con ese western lacrimógeno; Danza con Lobos. Pero con aquella mamarrachada, Water World, terminó todo.

Apenas dos años más tarde de su Oscar por Danza con lobos, filmaba junto a Whitney Houston ese proyecto postergado por 20 años: El Guardaespaldas, en el que debieron actual originalmente Diana Ross y Steve McQueen. No la vi en el cine, tuve que esperar a que la pasaran en televisión. Y corroborando lo que dije al principio sobre lo entrañables que son algunas de las películas de Costner, esta está en mi top ten de películas malas, de las que no perdono cuando me las tropiezo en el cable. Es un placer culposo: me gustan mucho las canciones de Whitney, esas versiones R&B de las rancheras country de Dolly Parton, también me gusta esa manera de usar el bushido —el código de los guardaespaldas, de hecho Rachel y Farmer van juntos a una exhibición de Los Siete Samuráis— para disimular el racismo; porque seamos honestos: aunque él le dice que no pueden estar juntos porque no podría cuidarla —justo después de tener sexo: buena esa Frank—, lo cierto es que la película no termina con ese beso en el aeropuerto como final feliz porque ella es negra.

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Imagen: Wikipedia

Pero lo que más me gusta son los lugares comunes de ese héroe estoico pop que es Frank Farmer, por encima de todos, ese de morir por el otro porque es parte del deber, además sin quejarse. Como se sabe, en la ficción, Farmer se convierte en un matatigres cuidando estrellas algo casquivanas porque su corazón se rompe al no estar de turno el día en el que Reagan sufre el atentado, por lo que abandona el Servicio Secreto, el único lugar al que pertenece, el que dota de una finalidad al Ronin aburrido que es.

El guión sugiere que así como se atravesó en el camino de una bala por Rachel Marron, lo hubiese hecho por el presidente. Leo lo anterior y recuerdo el atentado de Reagan, pero sobre todo el de Kennedy, con esa imagen del agente Clint Hill arrojándose sobre los Kennedy para protegerlos. No sé si es valiente convertirse en una diana humana solo porque el trabajo lo exige, creo que hay mucho de condicionamiento luego de un exhaustivo entrenamiento, de anular la capacidad de pensar o de sentir disparando muchas veces, porque si esos agentes pudiesen considerarlo un segundo, ¿se arriesgarían igual? ¿por qué, incluso el agente mejor entrenado y leal moriría, digamos, por Trump?

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Imagen: noticiaaldia.com/

Luego de ver la andanada de huevos sobre Maduro y su séquito de esbirros ayer en San Félix, supongo que a los agentes del servicio secreto estadounidense —esos aficionados a las putas colombianas a las que luego no les gusta pagarles por su ardua entrega— les gustaría trabajar en Venezuela: es más fácil esquivar huevos que balas, más sencillo ser un huevón que un héroe.

Esta satrapía ya es mayor de edad

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Imagen: notihoy.com/

Ainsi nous avons la démocratie, moins ce qui doit atténuer ses vices et faire ressortir ses avantages naturels; et voyant déjà les maux qu’elle entraîne, nous ignorons encore les biens qu’ell peut donner.

Tocqueville. De la Démocratie en Amérique

 

Es gracioso cómo en un país sin ley hay opiniones jurídicas. Para un abogado no son divertidas, son un recordatorio de su derrota, de que su título es un pedazo de pergamino con firmas y sellos que no vale nada.

Una de las que se repite por estos días, en los que el chavismo ejecuta otra de sus razias, es que, luego de que el Parlamento declarara que ese sátrapa pendejo –o no tanto– llamado Nicolás Maduro abandonó el cargo estamos en una dictadura.

Esa declaratoria fue el 9 de enero pasado. Debe entenderse que de ahí para atrás éramos una democracia, no como la suiza obvio; más bien como esos simulacros tercermundistas en los que se vota de vez en cuando, y un payaso se tercia una banda de colores los días patrios y hace como que gobierna.

¿Es así? ¿Antes del 9 de enero de 2017 Venezuela era una democracia? Resumiendo –y robándome la frase de Vargas Llosa–, ¿cuándo se jodió esto? Tengo la impresión de que fue mucho antes de enero de 2017

Este país primitivo, suicida, eligió presidente a Hugo Chávez en diciembre de 1998. El país todo: su clase media, sus medios de comunicación, sus empresarios; gente que había ido a la universidad y se suponía que sabía leer, junto a la masa pobre –solo un poco más– que quería mejores migajas del festín. Hasta ahí todo muy democrático. Bueno, según nuestros estándares: votar por listas cerradas, usar recursos públicos en la campaña, tener candidatos que solo ofrecían repartir las migajas que ya mencioné o hasta reinas de belleza con peinados ochentosos.

Pero cuando se derogó la Constitución de 1961 por un procedimiento no previsto en ella se acabó la democracia –técnicamente se dice ‘rompimiento del hilo constitucional’–.

No importa el ejercicio manierista de hermenéutica constitucional que cualquier abogado pendejo intente: desde ese momento se liquidó la democracia venezolana y el cadáver de la nación se ha estado hinchando y pudriendo al aire libre desde entonces. Las colas por comida son las moscas.

Pero supongamos que soy un anti chavista radical, un fascista impúdico con su afiche de Mussolini, Hitler y Franco, que no entiende que la Constitución chavista fue votada en un cuasi plebiscito –nunca se estableció que pasaría si perdía la opción del sí: ¿se volvería a la Constitución de 1961? ¿Chávez gobernaría por decreto hasta que se pergeñase y se votase un nuevo texto? – en diciembre de 1999. Es decir: obviemos el pecado original y consideremos válido el orden jurídico chavista instaurado en 1999.

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Imagen: psuv.org.ve/

Si hiciéramos eso, tendríamos problemas. En ese lluvioso diciembre y luego de ser votada la Constitución, la Asamblea Constituyente designó a los titulares de los órganos del poder público no electos de acuerdo a un procedimiento no previsto por la nueva carta, además de a una así denominada Comisión Legislativa que fabricó leyes por casi un año luego de ese referéndum. Todas las elecciones del año 2000 fueron llevadas a cabo según procedimientos no establecidos en la Constitución y por autoridades que ejercían írritamente sus cargos. ¿Éramos una democracia entonces?

A finales de 2002, intentando expulsar al parásito chavista que tan gustosamente había ingerido en 1998, el país probó un laxante legal –luego de los vomitivos violentos al inicio del año–: el referéndum revocatorio convocado para febrero de 2003. Este no se realizó sino hasta agosto de 2004, justo cuando el chavismo podía ganarlo. ¿Cuán democrático es un país en el que las elecciones dependen de la voluntad del que manda?

En diciembre de 2007 a Chávez se le dio una soberana paliza cuando intentó modificar fraudulentamente su propia constitución mediante una reforma que no era tal. Esa derrotada reescritura sin embargo se llevó a cabo por medio de decretos y con ese golpe de Estado incruento que fue el referéndum de febrero de 2009 que le ponía un tornillo en el culo al ocupante de la silla de Miraflores. ¿Cuán democráticos éramos luego de que el Estado aplicase leyes rechazadas en comicios?

En 2012 las elecciones presidenciales se realizaron en octubre, justo a tiempo para que un Chávez moribundo fuese candidato. En diciembre de ese año, cuando tocaba hacerlas, renunciaba. De nuevo: se votó solo cuando Chávez podía ganar. El tufo a dictadura pútrida semejaba al de un cuerpo comido por el cáncer.

Al instante en el que se supo que había muerto el Gigantísimo Líder, Maduro era nominalmente vicepresidente. Según la Constitución chavista para ejercer la presidencia interina debía nombrarse al presidente del Parlamento, y si nuestro chófer quería ser candidato, en la inminente elección, debía separarse del cargo. Sabemos que Maduro ocupó la presidencia al tiempo que era candidato, usando todos los recursos del Estado venezolano para ganar una elección cuyo resultado él mismo reconoció dudosos cuando llamó a contar cada voto en aquella madrugada de abril de 2013.

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Imagen: albaciudad.org/

El 20 de octubre del año pasado unos esbirros, que gustan llamarse jueces, clausuraron el referéndum revocatorio que de acuerdo a las mismas reglas chavistas la oposición había logrado instrumentar. Hace casi un mes debieron realizarse elecciones de gobernadores, suspendidas de facto por esa junta de madamas llamada CNE. No solía estar muy despierto en las clases de derecho constitucional –el profesor estaba perdidamente enamorado de sí mismo y pagábamos el precio oyéndolo hablar de él durante horas–, pero un país donde no hay elecciones no calza con la definición de democracia según recuerdo.

Chávez ejerció el poder con poderes legislativos más de la mitad de su tiempo como mandón. Maduro lleva más de tres cuartas partes. Esa casa de putas togadas llamada TSJ no ha sentenciado nunca en contra del régimen desde 2004. ¿Cómo se denomina un sistema político en el que el parlamento no legisla y no hay separación de poderes?

Esta satrapía no se inauguró hace tres días: ya es mayor de edad. Solo la de Juan Vicente Gómez –quien murió en funciones– ha durado más. Hasta ahora.

El perro de Trump

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Imagen: dailymail.co.uk/

                                                                                     A dog is smarter than its tail, but if the tail were smarter, then the tail would wag the dog.

 

En la política estadounidense no hay nadie más fotogénico que los Kennedy –aunque los Obama se les acercaron bastante–, las cámaras los adoraban. Una de mis fotos favoritas de ellos es esa portada de Life en la que Bobby Kennedy corre con su perro Freckles en una playa de Oregón pocos días antes de que lo mataran. Bobby no llegó a ser presidente, pero de haberlo sido, junto a su perro, habría formado parte de una tradición no oficial de la Casa Blanca que se remonta a Theodore Roosevelt.

A partir del vigésimo sexto presidente, el amo, entre otros, de Pete y Rollo, todos los presidentes estadounidenses han tenido al menos un perro –u otras mascotas– durante su período.

Hasta el odioso Nixon tuvo un trío de perritos durante su presidencia: Vicki, Pasha y King Timahoe, una presidencia que, como es sabido, le debía a otro can: Checkers.

Durante la reciente campaña presidencial circuló la falsa noticia –solo una más– en la que se contaba de Spinee, el perro de Trump que se recuperaba de una cirugía (hay un artículo en este enlace: http://www.nytimes.com/2016/10/01/us/politics/presidential-pets-clinton-trump.html), pero lo cierto es que esa tradición de presidentes con sus perros en la Oficina Oval la romperá precisamente Trump quien no tiene mascotas. Es muy probable que le regalen uno. Tal vez un chihuahua.

Aunque con la más reciente escogencia para su gabinete caigo en cuenta de que en realidad también Trump tendrá su perro en la Casa Blanca. Como se sabe, el presidente electo ha seleccionado para los puestos de seguridad a halcones, destacan el senador Mike Pompeo y el General Michael Flynn al frente de la CIA y como asesor de seguridad nacional, respectivamente. Este último ocupará un puesto que no requiere confirmación del Congreso –incluso uno dominado por los republicanos–, sobre lo que hay una extensa explicación en este artículo: http://www.nytimes.com/2016/11/18/us/politics/michael-flynn-national-security-adviser-donald-trump.html.

Esa tríada se completa con el Secretario de Defensa, cargo que ocupará el general de los marines James Mattis, un veterano de Afganistán e Iraq –donde su código de radio era Caos–, de quien Trump ha dicho: ‘es la cosa más cercana que tenemos del General George Patton’. Hay un perfil completo en este artículo: http://www.nytimes.com/2016/12/01/us/politics/james-mattis-secrtary-of-defense-trump.html?smid=tw-nytimes&smtyp=cur.

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General James Mattis. Imagen: thedailybeast.com/

No ha habido un general como Secretario de Defensa desde George Marshall en 1951. Claro, tampoco había habido nunca un Trump en la Casa Blanca: solo perros, gatos y creo que loros. Algunos creímos que la Guerra Fría por fin había terminado con la muerte de Fidel Castro la semana pasada.

El apodo de Mattis es Mad Dog.

Un Nixon de comiquita

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Imagen: comicsvault.blogspot.com/

¡Oh!, y ahora, ¿quién podrá defendernos?

El Chapulín Colorado

 

Hay una tonta película de 1993, Dave, en la que Kevin Kline se hace pasar por presidente de los Estados Unidos. Al final deja de serlo simplemente disfrazándose con una gorra.

La victoria de Trump tiene mucho de eso, de construcción de un personaje, de gorras rojas para disfrazar a un multimillonario de obrero pobre. Sé perfectamente que la fabricación de cualquier candidato es un proceso análogo, pero en Trump, sobra que se diga, hay más impostura, más reality show.

Donald parece ser popular entre policías: es impensable su victoria sin la ayuda del director del FBI, pero cerca del la mitad del electorado lo detesta –la otra mitad odia a Hilary–, y ha degradado todas las instituciones estadounidenses, si por ejemplo comenzase a hacer usar venalmente al ejército, ¿cuánto apoyo tendría? ¿Cómo lo metabolizaría su sociedad o el planeta entero?

Ante la victoria del menos probable, del chiste soez, se ha acusado a las encuestas, a la ciencia política de fracasar de nuevo, no estoy tan seguro; ya las encuestas de hace una semana daban como ganador a Trump, y la ciencia política tiene demasiado tiempo describiendo al populismo, el declive de la democracia en un mundo que prefiere respuestas estúpidas a los complejos problemas que se derivan de la experiencia humana.

La actuación del GOP durante la presidencia de Obama ha puesto en evidencia la imposibilidad de Estados Unidos de deslastrarse de sus peores taras políticas y sociales. No importa su prosperidad o su libertad; los estadounidenses –Occidente todo– no pueden aceptar al otro, incluso si eso exige destruir su propia libertad.

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Imagen: dailymail.co.uk/

Sé que la ciencia política no falló en predecir a Trump, ni siquiera en describirlo. Solo le falta hacer la crónica del tiempo que comienza hoy.

Ya es un lugar común que Los Simpsons hayan avizorado la victoria de Trump hace décadas, pero no es esa la comiquita con la que vinculo a Donald. Tal vez estemos al inicio de una distopía, Trump como presidente me recuerda al Nixon de The Watchmen, al hombre gris que cancela la democracia estadounidense y quien no duda en usar un arma nuclear contra Vietnam para ganar la guerra.

Militares

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Imagen: Fundación Fotografía Urbana

… la convicción de que el nuevo Ejército es heredero directo del Libertador lo hace, también, heredero del derecho a seguir construyendo la república, es decir, gobernándola.

Tomás Straka. La República fragmentada

 

No hay ninguna salida democrática en el futuro de Venezuela. Solo el arbitrio de los militares. Los dirigentes de ambos bandos lo saben, la sociedad en medio tal vez no.

Solo cambiaremos la dictadura chavista –si lo logramos– por una democracia tutelada, por un simulacro. Una transición como la chilena, pero con militares narcos. De ahí el impúdico coqueteo opositor con los militares, a los que se les pide que; o den el golpe o ayuden a darlo.

Supongo que no hay otra forma, si al final se despejó la incógnita –creo que solo nos hicimos los pendejos todo este tiempo– y el chavismo dejó de ser un régimen híbrido –había dejado de serlo cuando derogó la Constitución de 1961 por un medio no previsto en ella– al cancelar el referendo revocatorio, para asumirse por fin como una dictadura en la que mandan los militares –esos rateros cebados–, ergo, una dictadura militar, entonces es con ellos con quien hay que entenderse. Como siempre.

En buena medida la ‘Toma de Venezuela’ de este miércoles 26 de octubre fue un desfile de la sociedad civil ante los militares, para decirles que un golpe no estaría mal esta vez, que sería potable porque emularían la gesta de 1958 al patearle el culo al dictador gordo y estúpido de turno. Al dictador que ellos sostienen.

La oposición no quiere derrotar a los militares: los quiere como aliados. Tal vez porque no sabe cómo, por miedo o porque no quiere pagar el precio. Si quisiera derrotarlos no trataría de seducirlos con propaganda cursi: les advertiría que deben pagar todos estos años de pretorianismo.

De momento parecen bastar las cabezas de los chavistas civiles, esos recaderos de los militares, y de hecho es así si lo que se quiere es un ajuste en el lodazal, pero no una democracia.

Derrocar

Hace un rato arrugaba el papelito donde había anotado la escuela en la que la página web https://revocalo.com/ me sugería ir a firmar para solicitar el revocatorio del hijo de puta de Nicolás Maduro.

Debo estarme haciendo viejo, o tal vez ya acepté mi derrota. No sentí esa ira arrasadora como la de agosto de 1999 mientras el chavismo liquidaba la democracia al disolver el Congreso, ni la de agosto de 2004 con ese resultado fraudulento construido durante meses, tampoco la de hace dos años con su ristra de torturados y muertos.

La clausura del referéndum revocatorio –algo que sabíamos que pasaría– ha acelerado los planes de irse de los que me rodean, acercándome más a tener que abandonarlo todo, con la única certeza de la incertidumbre.

Siento una arrechera fría, unas ganas de destruir metódicamente, en silencio. He detestado profundamente al chavismo desde que se hizo con el poder, antes de eso solo eran una secta, una especie de evangélicos pendejos que seguían a un llanero bruto y ladrón. A ellos este maldito país salvaje les dio el poder. Por casi la mitad de mi vida he vivido en la sentina que fabricaron.

Durante todo ese tiempo he atestiguado los más absurdos mecanismos que ha empleado esta sociedad para deshacerse de la tenia que voluntariamente tragó. Absurdos porque han oscilado entre la insurrección amateur y la legalidad barroca de la república que nunca hemos sido.

También he mirado, como cualquier otro, la complicidad, la indiferencia, la entrega. Hoy seguíamos con nuestras colas de miseria, con nuestros pequeños planes mientras UNT pagaba la libertad de Rosales traicionando al país.

No quiero irme, no aún. Quiero ser turba que derriba estatuas y que saca tiranos cagados de las alcantarillas para luego arrastrarlos por las calles. Quiero derrocar.

Maduro y su padrino mágico

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Imagen: fairlyoddparents.wikia.com/

That’s all Folks!

 

Me tardé unos días en escribir esto pensando que se me habían adelantado. Pero no, nadie más, de todos los que han escrito, satirizó así la cobarde abdicación de Nicolás Maduro.

En buena medida es un lugar común identificar al chavismo con una comiquita, ¿qué podría ser más infantil que Chávez pretendiendo ser un Simón Bolívar con verruga al tiempo que imitaba a Fidel Castro? ¿En el universo pop venezolano que podría representar más un dibujo animado que Maduro?

Aunque el dolor y la miseria que estas caricaturas han dejado producen una terrible discrepancia con lo que es un divertimento para niños, lo cierto es que asumir la peste roja como una banda de muñequitos de colores en movimiento es paradójicamente una exacta descripción. Un mundo de ficción, un discurso cursi y violento al mismo tiempo que pudre una sociedad idiota.

Como se sabe, desde finales de los ochenta del siglo pasado, hubo una reinterpretación de las comiquitas y de las historietas (cartoons and comics). En los primeros resulta la versión que de las icónicas parejas como Tom y Jerry encontramos en Ren y Stimpy (The Ren & Stimpy Show). Hay incluso, en estas comiquitas todo un alegato feminista (escondido en la cultura pop más chiclosa) en The Powerpuff Girls.

Pero tal vez el nihilismo y la alienación de los Millennials están muy bien camuflados en esa comiquita, Timmy y los padrinos mágicos (The Fairly Oddparents) –sé que dejo de lado a Los Simpsons y a South Park–, en la que un niño pendejo solo tiene que pedir lo que sea para ser complacido.

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Imagen: el-nacional.com/

Al abdicar el poder que heredó en el gorila de Padrino López, Nicolás Maduro actúa exactamente igual que Timmy cuando pide una bicicleta: ¡Padrino concédeme que el hambre no me derroque!

Se ha mencionado hasta el hartazgo que en El tambor de hojalata, Oscar es un adulto con el cuerpo de un niño, precisamente porque Günter Grass hace la metáfora de una sociedad infantilizada que fatalmente debía engendrar al nazismo. Nosotros, los venezolanos, esos adultos ineptos incapaces de construir una comunidad política, también usamos el ruido como arma y nos negamos a crecer.

Lo que me preocupa no es que esa caricatura trágica que es Maduro haya terminado de entregar el poder político que nunca le perteneció, a sus verdaderos dueños desde que el chavismo se hizo con él, sino que hoy, la sociedad toda ve en los militares a sus padrinos mágicos.

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