2.- Uno que se haya demorado mucho en leer.

Malena es un nombre de tango de Almudena Grandes.

“El erotismo es uno de los aspectos de la vida interior del hombre. Nos equivocamos  con él porque buscamos sin cesar afuera un objeto del deseo. Pero ese objeto responde a la interioridad del deseo.”

George Bataille

 

Me tomó dos o tres meses leerlo. Fue particularmente incómodo porque era un libro a préstamo circulante de la biblioteca pública –una edición del Círculo de Lectores creo-, que inicialmente es por una semana con una prórroga adicional de una semana más, así que cada vez que pedía un sobregiro de mi tiempo me sentía como un lector idiota –algo similar me sucedería en otra biblioteca con El Juego de los Abalorios-, aunque las empleadas impecablemente amables se hicieran de la vista gorda.

            Fue un vicio –que como corresponde no quería que terminase-, regodearme con Malena. Me seducía su sensualidad inocente, esa vitalidad expresada solo a través del sexo. No he leído, ni visto Las Edades de Lulú –sería infiel incluso a una mujer que amase con Francesca Neri-, pero por lo que he podido colegir, Malena parece una hermana más prístina de Lulú.

            Es un tópico que hay mucho de autobiográfico en la novela, lo que ayuda a conectar con el lector. Aunque por ser hispano, latino, sudaca o como se prefiera; la descripción de los conquistadores españoles como una raza orgullosa de su americanidad fue un guiño que se ganó mi simpatía, o tal vez fue el tributo a sus abuelos. Almudena Grandes –vaya nombre-, usa a su abuela materna para reconstruir el recuerdo de la Guerra Civil Española. Es como si le dijese a su generación –la del destape, la de la marcha, que su evasión se debe en parte al sacrificio de los perdedores de la guerra. El tono del libro cambia –me olvido del cuerpo de Malena-, cuando alude al sabor de la derrota, al sabor a lentejas como recuerdo del cerco de Madrid.

            A ese libro le debo un par de frases del español (que por otra parte tanto me disgusta en las traducciones): la primera que solía hacer reír a una antigua amiga es “prometer hasta meter”, que en el contexto de la novela muestra que los abogados saben reír, y la otra “cortar el bacalao”, una buena descripción –como estar en el ajo-, para lo que aquí denominaríamos “el que se las sabe todas” o “el que maneja los hilos”.

            Leí con avidez las perversiones del padre de Malena y su tía –que reencontraría después disfrazadas en Delirio de Laura Restrepo-, y que trataría de repetir con la señorita Perdición –fallidamente a pesar de la mirada entre pícara y depravada con la que acogió la propuesta.

            Más arriba escribía sobre el cuerpo de Malena. Y es que a lo largo del libro es constante el recordatorio de que eso somos: el cuerpo no solo nos contiene y nos representa, sino que además nos define. Por eso cómo nos vinculamos con él, es la verdadera  radiografía de quienes somos. Así, Malena empieza a despreciar a su esposo –la peor elección posible desde el principio-, cuando este siente asco ante las vísceras de lo que comerían en la cena, y que se hará desprecio insalvable cuando se da media vuelta en la cama mientras ella se masturba. Ella entiende que a pesar de  esos momentos en los que nuestro cuerpo es más deseable, su realidad última es contener órganos y sangre, ser recipiente de la parte nuestra que se pudre al morir, pudriéndose él mismo.

           Y es con la promesa de ese cuerpo con la que termina la novela: las deliciosas piernas de Malena, que es un nombre de tango.

(La imagen fue tomada de: http://libreriamichelena.blogspot.com/2007_09_01_archive.html)

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