3.- Uno que sea un placer culposo.

Lestat el vampiro (The Vampire Lestat) de Anne Rice.

“How could I be this way when I pray to God above?
I must love what I destroy and destroy the thing I love”

Sting

 

Creo que primero debo aclarar que el placer culposo no lo causa el que sea un libro de vampiros. Hubo un tiempo demasiado lejano ya en el que los vampiros no eran como hoy –excepto por True Blood, aunque en la última temporada perdió algo de músculo-, historias de y para adolescentes. Los no muertos no eran el símbolo de la abstinencia puritana de la derecha conservadora americana y –lo mejor-, tenían más de diecisiete años. De hecho los vampiros -y estoy pensando en imágenes: el Nosferatu expresionista de Murnau, el señor de frac de Bela Lugosi, la lasciva Catherine Deneuve en The Hunger, el extraño conde Drácula de Gary Oldman, los mismos Lestat, Louis y Claudia [1]-, representaban adultos depravados que se regodeaban –con más o menos culpa-, por el hecho de no tener ninguna de las limitaciones humanas. Más aún; la mordida de la mujer cuasi adolescente –pienso en la deliciosa Winona Ryder en sus veinte, a la que Francis Ford Coppola llamaba puta en el plató para muy a lo Hitchcock, excitarla, desubicarla y así obtener el tono adecuado en algunas escenas de su Drácula de 1990-, era una alegoría de la cópula.

            Lo de placer culposo viene porque no se le considera cultura de ceja levantada, ni siquiera a la altura de Sheridan Le Fanu o del hábil plagiario Bram Stocker. A pesar –o tal vez precisamente-, de la película de Neil Jordan (autor de la joya The Cryng Game), lo cierto es que los vampiros de Anne Rice han sido considerados demasiado pop.

            La trilogía luego innecesariamente extendida de la Reina Vampiro bajo el título de Crónicas Vampíricas está formada como se sabe por: “Entrevista con el vampiro”, “Lestat el vampiro” y “La reina de los condenados[2]”.  Había visto la película de la primera a principios de 1995 y luego en diciembre de ese año uno de los regalos de navidad fue la segunda, comprado en la extinta librería Entre líneas en su etapa del Centro Comercial Maracay.

            Comencé a leerlo de camino a casa. Paladeas todas las transgresiones sexuales posibles y su epílogo –un credo para alguien que no llegaba a los veinte años-, de que la moral es una convención, un pacto que obliga solo a los que lo suscriben. En la novela estaba implícita la promesa de Whitman:

“Quédate conmigo este día y esta noche y poseerás el origen de todos los poemas,

Poseerás lo bueno de la tierra y del sol (aún quedan millones de soles)”

 

            Anne Rice está enamorada de su personaje, de su semidiós Lestat de Lioncourt al que describe –lo hace él mismo con narcisismo-, con deseo, con lujuria. Aunque para mí el gancho estaba en la descripción que ofrecía sobre cómo convertirse en vampiro: en el rito oscuro. El cuerpo moría con todo lo penoso y desagradable que puede ser, con sus esfínteres descontrolados y el dolor físico de una muerte violenta, para luego en el momento justo volver a la vida bebiendo de la muñeca rota del nuevo padre.

            Este rito le convertía en un ser nuevo, uno que paradójicamente no podía abandonar su naturaleza –los vampiros pueden vivir eternamente, escalar paredes, leer la mente; pero no pueden dejar de desear. Esa dicotomía termina destruyéndolos –es aterrador el aquelarre en el que muere Nicolás-, sobre todo porque al no conocer su origen, el por qué de su existencia, lo habían teñido de judeocristianismo: sus criptas en Les Innocents provocan asco. Es precisamente aquí donde destaca Lestat: el personaje se propone comprender por qué la naturaleza permitiría la existencia de tales monstruos delicados solo capaces de sentir con una intensidad que les demolía.

            Algo contradictoriamente Anne Rice ofrece una explicación religiosa –nada lo es más que un demonio-, acerca del origen de los vampiros. Y hará comenzar a Lestat un viaje en pos de ese origen, uno que inicia con su creación por el cansado Magnus y en el que irá dejando atrás todo lo que ama, lo que le da sentido a su existencia: Nicolás, el Theatre des Vampires, su ángel Gabrielle, inexorablemente se va vaciando porque necesita espacio para Marius y Los que deben ser guardados.

            De la relación entre Lestat y Marius queda un consejo: debes escoger a los humanos sobre los que obrarás el rito oscuro porque te guste la forma en la que sus cuerpos llenen el espacio, en la que se muevan, el sonido de sus voces. La eternidad es demasiado tiempo para pasarla en compañía.

            Sin embargo y precisamente por ser dioses, los vampiros de las Crónicas… terminan convirtiéndose en seres cínicos, porque ese desear del que escribía antes si se agota luego de una o dos existencias sin ningún límite y ellos tienen perfecta noción de que vivirán una eternidad sin que nada tenga significado, salvo que elijan ser como Mael que:

“Cuando supo la verdad, se convirtió en un demonio cruel y depravado.”

(La imagen fue tomada de: http://www.hotflick.net/pictures/big/994ITV_Laure_Marsac_002.html)


[1]En este recuento se colaron en mi memoria Capulina contra los vampiros, y George Hamilton con Love at First Bite contradiciendo mi idea.

[2] La malograda Aisha hace que valga la pena ver la deficiente película de 2002.

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