5.- Uno de viajes.

La isla del tesoro (Treasure Island) de Robert Louis Stevenson.

“Wabrus”

 

Uno de los primero y más persistentes recuerdos de mi niñez es el pirata ciego –Pew-, que va a la taberna de Jim tras el cofre del capitán Bill y luego muere bajo los caballos  de la guardia cuando sus compañeros lo dejan atrás en la huida.

            En literatura hay viajes íntimos –geográficamente insignificantes-, el Ulises de Joyce es un manido ejemplo –y una de mis grandes deudas-, sin embargo creí que un libro sobre un viaje largo, en barco para más señas y que transforma a su protagonista, merecía ser el libro de viajes del reto de los treinta libros[1].

            Casi podía oler el salitre durante la preparación del viaje en busca de la isla del tesoro, sentir la emoción, la ansiedad que antecede a todo viaje, más si eres un niño y te parece que la vida misma es un viaje. Cuando eso pasa estas tan absorto que no percibes nada más. En el libro todos los armadores del buque se portan como niños a los que John Silver engaña –ladinamente-, precisamente como infantes.

            Como se recodará el viaje se pone interesante cuando involuntariamente Jim espía desde el tonel de las manzanas –es magistral la forma en la que Stevenson lo salva con aquello de que todo un señor pirata no se refresca con manzanas, sino con ron-, a partir de ahí una serie de viñetas –de hecho una de las versiones del libro que más me gustó de niño era en comiquitas, con un ritmo trepidante-, se suceden la una a la otra sin que sea posible dejar de sorprenderse con la dirección de la trama –hay que ser adulto o peor: uno muy descreído para percibir la estructura de folletín que tiene el libro.

            Una vez enterado del plan de Los caballeros de la fortuna a los que en el fondo se les toma el pelo como monigotes durante toda la aventura, ya que nunca tuvieron (salvo por Silver), posibilidad de hacerse con el tesoro, Jim Hawkins sufrirá una transformación súbita –recuerda mucho a Un capitán de quince años de Verne-, que en cierto sentido le convertirá en el capitán: encuentra a Ben Gunn, pone a La Hispaniola a salvo con una maniobra digna del mejor piloto, divide a los piratas sin disparar un solo tiro, en fin; salva el día. Por eso resulta tan sosa –pese a la fórmula Bruckheimer-, Piratas del Caribe: esta no tiene héroes, solo bufones.

            Aun hoy cuando me enfrento a un juez en una audiencia –en Venezuela el ejercicio del derecho fatalmente significa tener como contrincantes a la contraparte y al juez-, y a pesar de la parafernalia de rigor de traje, corbata, maletín de cuero y jerga cacofónica, me imagino como un violento y torvo pirata hediondo a ron que arrastra una pata de palo y que musita: “Quince hombres sobre el cofre del muerto. ¡Yo… ho-ho…, y una botella de ron!” Así, a veces he logrado escapar con algunos doblones.    

(La imagen fue tomada de: http://en.wikipedia.org/wiki/File:TI-parrot.jpg)


[1] Aunque tuve como serios candidatos a Las aventuras de Huckleberry Finn de Mark Twain y a En el camino de Kerouac.

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