7.- Uno muy divertido.

La Habana para un infante difunto de Guillermo Cabrera Infante.

“Mueren ya las ilusiones del ayer
Que sacié con lujurioso amor
Y muere también con sus promesas crueles
La inspiración que un día le brindé.”

Amor de loca juventud. Compay Segundo

 

La segunda elección para esta entrada era La Broma de Milan Kundera, aunque me reí más con este libro de Cabrera Infante que nos enseña para qué sirve una ciudad (ese cajón de arena del urbanita), e ilustra de forma inmejorable esa idea de que una ciudad no es solo el conjunto de edificios, calles y direcciones que se apiñan con más o menos sentido en un lugar (su forma, su silueta), sino –mucho más importante-, un conjunto de relaciones, de nexos entre personas. Es al describir esas relaciones cuando Cabrera Infante me divierte.

            Siempre recordamos mejor de lo que fue aquello que amamos. Y Cabrera Infante parecía amar La Habana, una ciudad con la maldición de estar embalsamada pudriéndose en el calor comunista del Caribe durante los últimos cincuenta años.

            La Habana del Infante difunto –debemos entender que hay una versión de Cabrera Infante que ya no estás, pero ¿cuál? ¿la del comunista de los primeros días del castrismo? ¿la del muchacho provinciano seducido por la ciudad?[1]-, tal vez sea solo La Habana ida[2]: no la de los edificios y calles, sino la de los vínculos. En todo caso es la ciudad anterior a la revolución cubana.

            Líneas atrás escribía que el autor nos enseña para qué sirve una ciudad. Debemos concluir que para educarnos. En sus palabras, junto a su primer recuerdo de La Habana: “…supe que había comenzado lo que sería para mí una educación”. Hacerlo con la ciudad –y la cultura-, como fondo, pero sobre todo; usando la pedagogía del sexo, singando si he de ser textual.

            De alguna manera lo que vemos educa, refina al ojo. El primer recuerdo habanero es una “escalera de mármol impoluto, de arquitectura en voluta y baranda barroca”. Y una ciudad –no estoy siendo nada original-, es una fuente inagotable de cosas que ver (hay cierta repetición del mismo tema en el campo, en cambio). Cosas que para ser descritas requieren que domemos el lenguaje, que seamos señores de la palabra (no de un modo pedante, después de todo las palabras son las herramientas más útiles que hemos producido como especie desde que nos bajamos del árbol, y deben servir para el uso diario, para hacer reír[3], para llevar a una mujer a la cama; entre otras cosas), y en el libro los juegos de palabras, los retruécanos, insertados en el momento justo son el disparador de la risa.

            Aunque asomo la idea de que la risa también la causa el efecto de leer el aprendizaje –reitero-, de Cabrera Infante en la ciudad. Dado que aprende por ensayo y error –único método posible-, nos reímos con la descripción del error sazonada con la jerga habanera (no sabía que la expresión: estar buena lo era, tal parece que los cubanos nos han estado invadiendo con éxito hace más rato del que creía), empezando con la noche en la que la familia duerme por equivocación en “un hotelito, una casa de citas”. No tengo la habilidad de reproducir el vacilón en esta nota, quien me lea debe detenerse aquí e ir al libro.

            Quizá tenemos el epítome del libro –y de la carcajada-, cuando Julieta (la amante para un Infante difunto), luego de una fellatio pregunta por ‘Erapao’. Todo condimentado con las películas, los libros y la música que consume y que le permiten descifrar a la ciudad. Esa sofisticación que se le suele recriminar al citadino como muestra de afectación, de frivolidad, no es un lujo: requieres de todas esa palabras, imágenes, de todos los códigos que te da el arte o la cultura en su sentido más amplio para vivir a plenitud en una ciudad. Si no los posees te pierdes lo mejor de la experiencia urbana –tal vez sin advertirlo como tonto consuelo-, así; Cabrera Infante nos cuenta cómo se enamoró en el intermezzo de un concierto de cámara; o en una biblioteca, o de su búsqueda de “amor” en los cines habaneros.

            Todo es una burla –el resultado de la ‘Dulce’ fellatio o la amazona y su ‘discapacidad’ no dejan duda de ello-, una burla de la búsqueda de la mujer, que pareciera ser solo una aunque posea muchos cuerpos y de la ciudad llena de calles-metáforas que la alberga.


[1]Citándole: “Ambos olores son el olor de la iniciación, el incienso de la adolescencia, una etapa de mi vida que no desearía volver a vivir”.

[2] ¿Qué sentiría al volver en 1965 para enterrar a su madre con La Habana de fondo?

[3] Al repasar el libro para escribir esto, me rio de nuevo con esa Carmina –inalcanzable objeto de deseo-, y su forma de hablar eligiendo la forma incorrecta de cada palabra, algo que Cabrera Infante no podía dejar de advertir por más que le gustase esa mujer.

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