9.- Uno con una excelente versión cinematográfica.

Matar un ruiseñor (To Kill a Mockingbird) de Harper Lee, con versión cinematográfica de 1962. Dirigida por Robert Mulligan y protagonizada por Gregory Peck, Mary Badham, John Megna y Frank Overton.

  “Ya no me necesitas -le decía-, tendrás maestros más sabios.”

Camus 

 

La traducción del título al español es defectuosa: el mockingbird no es un ruiseñor, sino el cenzontle, el Mimus polyglottos: el ave de las muchas lenguas. Harper Lee también juega a imitar voces: desde su adultez –tenía 34 años cuando escribió la novela-, habla como la niña que una vez fue. Una niña precoz e inocente a la que extrañaba.

            Tengo una particular debilidad por las películas en blanco y negro –que Paul Auster explica en El libro de las ilusiones-, eso me bastaría para otorgar el mérito de ‘excelente versión cinematográfica’ que propone el reto de los treinta libros (http://treintalibros.blogspot.com/ #30libros), pero algo más objetivamente; lo que la hace una gran película, un clásico, es la actuación de Gregory Peck.

            En la entrada correspondiente de Wikipedia en español (creo que es una traducción servil del inglés), se dice que Peck era un “[a]ctor de recursos relativamente limitados en cuanto a su versatilidad”, pero lo cierto es que hizo llorar a la autora siempre presente en el set y que su ‘versatilidad’ lo llevó a caracterizar desde el Atticus Finch que nos ocupa hasta el General MacArthur. Parecía interpretar a la perfección el espíritu de Atticus: la sobriedad sin frialdad, el de la oración de la serenidad de Reinhold Niebuhr[1], ese espíritu que Harper Lee/Scout Finch le agradece con un hermoso libro –creo que los estudiantes americanos de high school estarán en desacuerdo-, el haberle transmitido esa templanza.

            El protagonismo cambia en el libro. Deja de ser el de Atticus y su lugar lo llena Scout Finch. Jem y Dill son comparsas –Dill una muy divertida eso sí-, siempre a los hermanos mayores nos toca ser grises, opacos: normalmente el hermano del medio es el inteligente; el brillante, mientras que el hermano más pequeño es el atolondrado, pero el que más se divierte. En Scout hay una mezcla de estos dos últimos. 

           He ahí parte de la dificultad –y de la destreza por la forma en la que lo resuelve-, de Harper Lee: el que una niña aprenda que es valioso luchar aunque se sepa que no se ganará. Su padre entra al juzgado sabiendo desde mucho antes que no ganará, de hecho se le elige por ser el único que sabiéndolo; peleará lealmente en su esquina. Por eso el cariz de homenaje al final del juicio cuando todos se levantan y esperan a que salga para retirarse, pero también la sensación de tristeza cuando unas páginas más adelante nos enteramos que han matado a Tom Robinson.

            Si bien el libro ha podido terminar allí, en el tribunal (dramáticamente lo hace, en la película es el clímax), Harper Lee tiene que terminar de contarnos de ella ya que su vida iba más allá de la segregación racial y de la injusta sociedad que la permitía. Aun debe mostrarnos cómo aprendió que las metáforas encarnan en la realidad, que proteger al desvalido puede ser mucho más difícil que solo no dispararle a un ave cantora. Es aquí donde entra Boo, que en la película construye un jovencísimo Robert Duvall en su debut en el cine –el mismo que en las botas del Coronel Bill Kilgore nos dirá en 1979 que ama el olor del napalm en la mañana-, para marcar el final de la niñez de Scout.

         Según entiendo eso pasa cuando la ayuda a que su último temor reverencial –todos los niños tienen uno-, se desvanezca, pero más aun cuando le muestra sin querer que para hacer el bien con demasiada frecuencia hay que hacer el mal.

(Las imágenes fueron tomadas de: http://en.wikipedia.org/wiki/File:Northern_Mockingbird3.jpg y http://www.squidoo.com/indianheadpenny, respectivamente). 


[1] Dios, dame la serenidad de aceptar las cosas que no puedo cambiar;
Valor para cambiar las cosas que puedo; y sabiduría para conocer la diferencia.
Viviendo un día a la vez;
Disfrutando un momento a la vez;
Aceptando dificultades como el camino a la paz;
Aceptando, como hizo Él, este mundo pecador tal como es, no como yo lo tendría;
Confiando que Él hará bien todas las cosas si yo me rindo a Su voluntad;
Que yo sea razonablemente feliz en esta vida y supremamente feliz con Él
Para siempre en la próxima. Amén.

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