10.- Uno con una pésima versión cinematográfica.

La fiesta del chivo de Mario Vargas Llosa, con versión cinematográfica de 2005. Dirigida por Luis Llosa y protagonizada por Isabella Rossellini, Juan Diego Botto y Tomás Millán.

En primer lugar, todo el mundo acepta que los hombres aman por naturaleza la libertad y odian la servidumbre…”

Vindiciae contra Tyrannos.

 

Hay escritores que nos enseñan a escribir –sin desearlo ellos o nosotros-. Basta leerles con atención, armarnos con algunas herramientas de crítica literaria y tendremos un seminario gratuito. Esta novela en particular deja de lado educarnos sobre los problemas más apremiantes de la narrativa: el tiempo y los personajes, ya que en Vargas Llosa para ello contamos con La casa verde, Conversación en La Catedral y La guerra del fin del mundo,  pero en cambio nos muestra la ingente investigación que requiere escribir un libro serio. Es esta una labor acuciosa, a veces tan importante como la escritura misma, pero sobre todo exhaustiva. Requiere un ojo distinto al del común. Una muestra de lo que digo: los torturadores de Chapita Trujillo para disimular el olor a carne quemada usaban un perfume barato. Vargas Llosa nos cuenta a qué olía.

            En un período de decadencia en su novelística (considérese que antes del libro que nos ocupa había escrito Los cuadernos de don Rigoberto y que después de La fiestaentregará El paraíso en la otra esquina y Las travesuras de la niña mala), Vargas Llosa pone lo mejor de su oficio al servicio del relato de largo aliento. Tal vez lo anterior se debe al tema del libro: la descripción de una satrapía. Es un tópico hablar acerca del liberalismo del autor –una vez vacunado para siempre  de su juvenil escarceo comunista-, bien; en este libro no hay alegatos –como no sea el libro mismo-, no hay esa burla de contrabandear ideas para que el lector se tropiece –y se fastidie-, con ellas. Lo que hay es la descripción de una dictadura y de la forma en la que termina. En esa labor supera por mucho por ejemplo El otoño del patriarca de García Márquez.

            Para hacerlo simplemente se limita a contarnos cómo se entroniza un megalómano. Describe la cúpula de miedo, esa particular atmósfera de las sociedades sometidas. El libro es de 2000 –aunque lo leería más de un lustro después-, justo en el momento en el que esa atmósfera comenzaba a hacer fétido el aire venezolano. Al ser testigo de ello me he preguntado constantemente cómo es posible que pase. La respuesta de Vargas Llosa pareciera ser sencilla: en algún momento el ejercicio del poder por parte de un tirano se cree necesario –nunca lo es-, para conseguir ciertos equilibrios internos o externos (la República Dominicana de la dictadura de Trujillo servía de contención al avance del comunismo en el Caribe de acuerdo a la limitada óptica norteamericana, en la Venezuela de finales de los noventa el chavismo era “la única alternativa posible” –la frase es de un mendaz profesor de segunda conocido mío que hoy en día es un ‘fervoroso’ opositor-),  y una vez en el poder la dictadura se dedicará a corromper a toda la sociedad, a colonizarla como un cáncer que la pudre y la deja sin opciones.

            Tal corrupción está marcada por un demencial culto a la personalidad, uno que de no ser por sus funestas consecuencias sería solo causa de risa. El apodo de ‘chapita’ y el pasaje del libro que cuenta cómo se ajusticia a un loco por atreverse a imitar al ‘Jefe’ lo ilustran. 

            Para la caída del poder dictatorial será decisiva una reacción proveniente del pus, de la sordidez a la que se haya reducida la sociedad cautiva. En La fiesta…, algunos personajes más o menos cercanos a la dictadura se hartan de chapotear en la abyección y deciden actuar. También se requerirá un cambio en la postura que considera al dictador un mal necesario –en el libro se nos muestra cómo los Estados Unidos se dan cuenta de que la salvajada trujillista es la mejor propaganda ideológica a favor de la triunfante y cercanísima revolución cubana, por lo que deciden a inclinar la balanza.

            Una vez que esa conjunción se consigue –amén de la participación de la oposición que siempre se haya mantenido enfrentada al régimen-, no importa cuánto tiempo pase: la dictadura tiene sus días contados. En la descripción de esa transición, Vargas Llosa despierta nuestro asco al dar cuenta del cambio que experimenta la sociedad dominicana –de ser en su mayoría incondicional y asquerosamente trujillista a feroz opositora-, pero sobre todo al retratar a Joaquín Balaguer. Entendemos entonces que el paso a la democracia, que desmontar el oprobio requiere de estos personajes acomodaticios, especie de cucarachas –que resisten todo y se adaptan maravillosamente al insecticida-, que fungen como lazarillos para el nuevo orden.

            El libro es de los más logrados de Vargas Llosa, uno sin desperdicio. Pero la película es otra cosa: una exactamente opuesta. De entrada el director era una pésima opción (pese al parentesco con el autor, ya que tenía en su currículo antes de esta película las atroces The Specialist y Anaconda), que se encontraba ante el reto profesional de traducir a imágenes esa cuidada narración. La versión cinematográfica per se debía perder mucho de lo que hace bueno al libro, por lo que requería destreza para traducirlo al lenguaje del cine para así compensar esa pérdida. A eso debe sumársele un deficiente trabajo de Isabella Rossellini –fue como si nunca hubiese encarnado del todo en Urania Cabral-, lo que deja a la película convertida en una olvidable versión que solo debió emitirse por televisión.

(La foto fue tomada de: http://www.taringa.net/posts/imagenes/8100097/Las-Hermanas-Mirabal_-Heroinas-Dominicanas.html.)

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