13.- El primer libro que leyó en su vida.

 

 

 

 

 Silabario Mi Jardín de la colección angelito.

ἀγωγή

 

Recuerdo con claridad que este y no otro fue el primer libro que leí porque con él aprendí a leer.

            Me gustaría tener un acta de nacimiento bibliófila más relevante, que delatase mi precocidad intelectual, pero aunque le habré mencionado a alguien a Hemingway o a García Márquez como mis primeros autores (que en realidad sí fueron mis primeras lecturas adultas), lo cierto es que todo comenzó con este silabario. Más aún: las únicas dos plegarias que me sé –mi ateísmo militante hace que eso no importe-, las aprendí en el catecismo de la misma colección.

            Mi mamá fue quien me enseñó a leer. Ella era maestra normalista (nunca he sabido bien a qué alude lo normalista), con experiencia en preescolar. Así que asumió la tarea de enseñarme como algo natural. Pero también como una forma de escapar del tedio al que la encadenaban las tareas de la casa. Los embarazos truncaron su vida de una forma que nunca imaginó, pasó de la universidad (donde estudiaba psicología) a cuidar a unos pequeños monstruos que aunque eran sus propios hijos, no eran nada adorables.

            Comento esto no porque quiera usar el blog como diario (de hecho al repasar las entradas de esta categoría me doy cuenta de lo pornográficamente exhibicionista que estoy siendo, lo que requerirá alguna edición más tarde), sino porque quiero explicar cómo al mismo tiempo que es el primer libro que leí, es uno de los que he terminado más rápido.

            Las lecciones se deban –me las daban-, en la tarde, justo antes de las comiquitas. Mi maestra percibió con profunda decepción que su primogénito no era muy inteligente y que enseñarle a leer tomaría más esfuerzo y tiempo –algo de lo que se sabía escasa-, de lo pensado. Así que empleó la estrategia del palo y la zanahoria –las comiquitas-, para despachar el asunto. Cuando el incentivo de esas comiquitas ochentosas se mostró vano, nos quedamos solo con el otro término de la ecuación.

            La cuestión era más o menos así: repasamos las vocales y las consonantes una a una, las repetí formándolas bien con la boca, y pasamos entonces a la primera lección que era la de la letra M (algún pedagogo habrá considerado que la cercanía con la palabra mamá aligeraba el proceso), como con miles de niños a principios de los ochenta, el dialogo discurría así:

Mamá: –M con A: MA– Después:

 ¿M con A?:-

Niño analfabeta (yo): –MA

            Luego con la E y las demás vocales. Pero en mi caso y por alguna tara congénita (achacable a mí papá, según la interesada opinión materna), no percibía el cambio de vocales y me quedaba estancado con la A, así que todas las combinaciones posibles (ME, MI, MO, MU),  las traducía como MA. Esto agotó la exigua paciencia de mi mamá (en realidad nunca ha tenido la paciencia necesaria para tratar con seres vivos), y cada error se traducía en un golpe a la cara. Por eso digo medio en broma que fue el libro que más rápido terminé, ya que al tercer error ya sabía leer.

            Lo que cuento es en serio, aunque me estoy riendo al escribirlo. Es curioso porque fui el único de mis hermanos que aprendió así (de hecho creo que mi hermano menor nunca aprendió a leer, lo cual habla muy bien de él ya que hoy en día trabaja en el poder judicial y hasta tiene novia), sin embargo también fui el único que se vinculó con los libros (mis hermanos son brillantes, tienen una inteligencia que no poseo, pero los libros no son para ellos como para mí acompañantes y fetiches), de una manera que el castigo físico no hacía presagiar.

            Aparte de a leer, también entendí que ningún niño aprende nada bueno con golpes (solo que si es más fuerte o más violento puede obtener de otros lo que quiera). No sabría cómo ensañar a un hijo propio, sobre todo si sale bruto.

(La imagen fue tomada de: http://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:La_letra_con_sangre_entra.jpg).

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