14.- Uno que haya odiado hace años y hoy admira.

 La casa verde de Mario Vargas Llosa.

“Item, porque por ordenanzas de esta ciudad e leyes de estos reinos está mandado y prohibido que las mugeres públicas de la mancebía traigan ábitos diferentes y señales por donde sean conocidas e diferenciadas de las buenas mugeres,…”

Ordenanzas de la mancebía de Sevilla (1553)

 

 

Odié este libro por lo difícil que es leerlo. Aunque la admiración siempre ha estado, antes y mucho más ahora, sin embargo es el libro que más cerca calza con la categoría que exige el reto. No es casual que me haya pasado algo similar con Mientras agonizo de Faulkner (que no pude terminar), ambos escritores –los buenos escritores en realidad-, no tienen ningún miramiento con los lectores, no les interesa si sus experimentos formales gustan o no: despliegan su arte y el lector elige intentarlo a riesgo de que el libro le rehace (como en mi caso, no solo con el libro de Faulkner, sino también con Rayuela), y le indique que no es apto.

            Tuve La casa… durante semanas en mi morral durante la última vacación del liceo antes de graduarme, acababa de mudarme y me sentía descolocado. El libro -que era una edición de Seix Barral, un tocho-, me servía de lastre, impedía que flotase a la deriva.

            La dificultad a la que aludía está en las voces y en el tiempo. La narración no es lineal y toma tiempo (mayor o menor según tu pericia), que identifiques quién habla en el texto, mientras lo logras el libro es un laberinto de tramas (una –la de la casa verde-, se desarrolla por más de 40 años), por lo que constantemente estas volviendo atrás en el libro para armarlo todo de nuevo. Al releer porque no entiendes nada te recorre una sensación de vergüenza (llegué a preguntarme sí era un analfabeta funcional), porque tienes el libro frente a ti, le estas dedicando toda tu atención y aun así te pierdes.

            Años después leería más sobre Vargas Llosa, me enteraría de que con esta novela ganó el premio Rómulo Gallegos –el discurso al recibirlo delata su comunismo de entonces-, aunque el escritor no era desconocido para mí: me había reído a carcajadas con Pantaleón y las visitadoras que fue el primero de sus libros que leí. Por eso me acerqué tan desprevenido a La casa…, creí que encontraría el mismo tono, la sátira inteligente pero divertida, pero salvo por las habitantas, es un libro muy diferente, de ahí la frustración. Mucho tiempo después, pensaría que además de la calidad de lo que escribían (Vargas Llosa, pero también los otros escritores del Boom dados a la experimentación), también había algo de guasonería al imaginarse a sus lectores tirando sus libros contra la pared hastiados.

            Volví a leer a Vargas Llosa con algo de aprehensión en la Ciudad y los perros. A partir de ahí se me convirtió en un autor de cabecera con La guerra del fin del mundo y La conversación en la Catedral -que me recordó lo atento que hay que estar al leerle.

            Ese verano terminó con el descubrimiento de una casa verde –el color era idéntico-, en Maracay.

(La imagen fue tomada de: http://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Lautrec_rue_des_moulins,_the_medical_inspection_1894.jpg).

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