21.- Uno de cuentos (no valen antologías).

Nueve cuentos (Nine Stories) de J.D. Salinger.

Si encuentras a Buda, mátalo.

Linji

 

Normalmente la única referencia bibliográfica que se hace de Salinger es El cazador en el centeno, tanto literaria como extraliterariamente es virtualmente la única obra que de él se cita. Por eso cuando hace unos meses me tropecé con sus nueve cuentos no vacilé en sumarlo a la biblioteca. Me animaba el deseo de escarbar en un libro ‘inédito’.

            Salinger escribe muy bien, por lo que es una lástima la locura alrededor de sí mismo (sugiero un vistazo a este vínculo: http://www.elpais.com/articulo/portada/J/_D/_Salinger/J/D/Salinger/engendra/monstruo/elpepuculbab/20110924elpbabpor_61/Tes), que salpica los pocos libros que publicó. Es absurdo si su voluntad era escapar de la atención que se comportarse como un anormal.

            Para este autor –como en general en todos los de su generación-, la palabra es un recurso que debe usarse con tino, como si fuese escasa: Hemingway, Dos Passos, Steinbeck; escriben solo el adjetivo necesario, emplean la palabra justa. En todos ellos la escritura brilla por su precisión, por su falta de manierismo.

             En Salinger además, esa cualidad hace que su obra esté compuesta fundamentalmente por cuentos, incluso El cazador… puede ser considerado una novela corta –Holden Caufield es un personaje de un cuento anterior. Las historias publicadas en el volumen que comento constituyen el primer libro de cuentos del autor. El título nada original alude a que lo conforman nueve relatos –el primero Un día perfecto para el pez banana, le ganó un contrato con The New Yorker y ya había sido publicado en 1948.

            Antes mencionaba la locura alrededor de Salinger –convicto transculturizado  paladeo las palabras weird y freak-, aunque no hay nada de ello, ninguna conspiración cifrada entre líneas en El cazador en el centeno, en todos los cuentos de las nueve historias hay algo de inquietante. Entiendo que un cuento –si es bueno-, debe ser como un rayo que ciegue súbitamente, que descoloque al lector. De alguna manera durante el relato va creciendo esa tensión a veces sin que el lector lo note, y justo antes del final la trama estalla dejándonos con la boca abierta. De los cuentos que me ocupan esa tensión es por añadidura macabra en el ya mencionado Un día perfecto…, agridulce en El hombre que ríe, entrañable en el cuento En el bote, extrañamente cariñosa en Para Esmé, con amor y sordidez, teñida de humor negro en Linda boquita y verdes mis ojos, creo que inspiradora del vacío en El período azul de Daumier-Smith, infeliz en Teddy; y así habrá una versión para cada cuento.

            El epígrafe del libro es un kōan, una pregunta o en un sentido más amplio; un problema que se le plantea al aprendiz budista -sin aparente lógica en Occidente-, cuya respuesta alcanzada tras la meditación, debe llevar a la iluminación –repito el dato biográfico de la cercanía de Salinger con el Zen-, de ahí que no fuese casual que compárese líneas atrás a los cuentos con rayos que ciegan. Sus historias deben ser considerados kōans que permitan despertar.

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