23.- Uno que le gustaría volver a leer en su vejez.

Imagen: wikipedia.org

Corazón (Cuore) de Edmundo De Amicis.

Stringiamci a coorte

Siam  pronti alla morte

 L’Italia chiamò.”

Il Canto degli Italiani

No lo había advertido al confeccionar la lista del reto de los #30libros, pero al comparar estas dos últimas entradas me doy cuenta de cuán viejo me he vuelto, del cambio. De alguna manera ya no existo.

Lo leí siendo niño. Fue un regalo de mi papá. A los once años era uno de mis libros de cabecera. No sé a dónde fue a parar, a veces los objetos se desintegran contradiciendo eso de que la materia solo se transforma. Supongo que lo escojo porque de viejo, cuando mi cuerpo adquiera la tesitura de un enemigo, cuando ya no estén los que amo, me gustaría de vez en cuando mirar el mundo ido, sentir de nuevo que la vida nunca terminará.

No lo percibí con nitidez en su momento pero el libro está teñido de nacionalismo, el que su autor consideraba necesario para que el país se erigiese como república y del que fue más que militante.

El libro no tiene la estructura de una novela, no hay en él una trama que justifique y amalgame la acción de cada personaje. El título es bien descriptivo: se nos presenta un diario, y aunque hay congruencia entre las diferentes entradas, lo cierto es que bien podría leerse por fragmentos, incluso sin un orden particular. Lo que sí se mantiene constante a través de cada episodio es la presencia de esos valores caros a Edmundo De Amicis. Ya mencioné al nacionalismo, pero también destacan su sucedáneo el patriotismo, la generosidad, la solidaridad, el cursi sacrificio y la familia, que expone sobre todo en los cuentos mensuales que los niños tienen la tarea de copiar, tales como Sangre romañola o De los Apeninos a los Andes (esa historia se llamó popularmente Marco, y en forma de animé japonés la pasó RCTV en los ochenta, algún lector lo recordará y sonreirá).

Imagen: it.wikipedia.org/

Mientras lo leía comparaba la vida escolar de Enrique –el autor señala que su personaje es un “alumno de tercero, en una escuela municipal de Italia”-, con la mía (debí estar en quinto grado al tiempo), así cada personaje encajaba más o menos en algún compinche del salón. Aunque había diferencias insalvables con la realidad, como en ese episodio en el que una pelea entre Coreta y Enrique ni siquiera empieza porque el primero propone que sigan siendo amigos.

Imagen: wikipedia.org/

En mi corta carrera de boxeador de recreo, siempre salí derrotado –es un eufemismo-, porque tenía la mala puntería de cazar peleas con unos psicópatas (Angelo ‘Angelito’ Papa y Ludvik –los nombres extravagantes comenzaban a bautizar toda una generación ya a principios de los ochenta-, cuyo apellido he olvidado), a quienes sus padres enviaban a lecciones de karate y judo en las tardes. Así que salir con eso de “Sigamos siendo amigos como antes” aparte de la tunda, me hubiese rebajado a la condición de cobarde, de leproso.

Supongo que la única cuota de adultez en la que no fracaso es el cinismo. Ya no puedo aproximarme a nada ingenuamente. Cuando leí este libro lo disfruté, era una historia simplemente, una que contenía otras como esa del vigía lombardo –mi favorita entonces-, o la del tamborcillo sardo. Pero cuando lo repasé en la biblioteca pública para escribir esto, pensé en que el nacionalismo que exuda el libro degeneraría pocos años después de escrito en el fascismo italiano, las camisas rojas se tornarían negras, los personajes del libro: Garrón, Deroso, el mismo Enrique, encarnarían en italianos de carne y hueso que saludarían ridículamente con la mano en alto al grito de: Credere, obbedire, combattere (el fascismo y sus ridiculeces repetidas ad nauseam: está frase tiene entre otras, la versión castrista Donde sea, como sea, para lo que sea, Comandante en Jefe, ¡Ordene! y la servil copia chavista, ordene mi Comandante), a ese demente de Mussolini.

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