24.- Uno que no le prestaría a nadie.

No es país para viejos (No Country for Old Men) de Cormac McCarthy.

An aged man is but a paltry thing,…”

Sailing to Byzantium por William Butler Yeats.

 

 

No prestaría –no presto-, ninguno de mis libros. La razón principal es mi profundo egoísmo, pero también defenderme del adagio: ‘es un idiota quien presta un libro y más idiota quien lo devuelve’. Mi relación con los libros (con mis cosas en general), se acerca al fetichismo: son bellos objetos –más allá de lo relevante de su contenido-, son cosas cuyo estado me gusta preservar, que no quiero que cambien o se dañen. Intento que los libros mantengan su olor a tinta inicial.

            La gente que me conoce lo sabe perfectamente. Entienden que es inútil que me los pidan prestado. Por un par de años salí con alguien que lo entendió casi al final con esa clarividencia que causa el silencio ante una petición reiterada. Así que podría escoger cualquiera de los libros que poseo, pero elijo esta novela de Cormac McCarthy, porque alguien que no me conocía muy bien me la pidió prestada. Educada pero firmemente dije no. Aun me considera un posesivo-compulsivo.

            Llegué al libro por la película, y a esta por el oscar. Normalmente esta premiación se refiere al cine estadounidense y a las películas de otras partes del mundo que copian con éxito la formula hollywoodense. No tengo problema en aceptarlo, sé que hay otra cinematografía, así que no me quejo por la falta de calidad. Es como comer perros calientes en la calle: son sabrosos, matan el hambre, pero no se me ocurriría comerlos todos los días, ni postular que son un plato gourmet. Sin embargo con la cinematografía de los Cohen –también con Malick, a veces Scorsese, entre otros pocos-, la fórmula americana se desdibuja. Aún con sus comedias nos presentan comida de mucho mejor sabor que la chatarra usual. Las imágenes eran limpias –con el mejor Bardem posible-, no sabría explicarlo mejor, había una ausencia de adorno, nada parecía sobrar, además de la historia sobre un hombre añorando el tiempo ido en medio de la violencia. Así que quise leer el libro que inspiraba esa sobriedad, esa calidad de la película.

             No me defraudó. En buena medida el libro supera a la película. Hay cosas imposibles de transmitir: esos largos soliloquios del Sheriff Bell que son usados a manera de epígrafes en el libro por ejemplo. Aunque lo mejor de la narración es ese sentimiento de que no hay lugar en este mundo –la historia se desarrolla en 1980-, para los viejos. Creo que esto merece una explicación que delate al mismo tiempo por qué me gusta tanto este libro.

            La voz del Sheriff es la de un hombre que ya no entiende su tiempo, que está fuera de él decirlo de alguna manera. Su mundo cambió para peor mientras envejecía, lo sigue haciendo mientras nos habla. En su contexto se refiere a unos Estados Unidos que empezaban a desintegrarse en medio de una violencia que le resultaba sucia, sin honor, aunque suene sin sentido. A lo largo del libro somos testigos de su perplejidad, de cómo no entiende lo que le rodea, y de cómo se lamenta por el cambio. Sin embargo –y esto es lo que hace excelente al libro-, no es un cínico, ni un derrotado, se enfrenta con todas sus fuerzas al cambio, a ese mundo demente que deja muertos y sangre por todas partes. En lo formal, los diálogos me recordaron al mejor Hemingway, lo mismo que la economía en las palabras: solo las necesarias. Aparte hay un ritmo acerado en el cambio de las escenas, no hay explicaciones de más.

            Antes o después dejaré de entender mi mundo. En gran medida ya no está: hace años no oigo música en radio, cada vez voy menos al cine (hacerlo en la red es claudicar, aceptar que mis gustos me llevan a ruinas, a vestigios de una cultura que no existe más), o me quedo mirando lugares en las calles que fueron demolidos hace años. Algún día solo me quedarán sueños de los que despertaré abruptamente.

(La imagen fue tomada de: http://www.cowboyhatstore.com/cattleman_index/cattleman1.htm).

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