26.- Uno que asocie con la música que le gusta.

La muerte en Venecia (Der Tod in Venedig) de Thomas Mann. 

 “Sabe que ha envejecido mucho; lo siente, lo ve. Y sin embargo el tiempo en que era joven parece como ayer. Que breve espacio, qué breve espacio.”

Un anciano. Kavafis

 

Me gusta música distinta entre sí. Salvo por dos o tres géneros, la promiscuidad marca mi gusto musical –esta frase no es del todo mía: se la robé a una linda jovencita del mundo 2.0. Así que podría escribir sobre rock, pop FM, balada o incluso salsa. Pero este libro de Mann lo asocio con la música académica, que tiene la particularidad de que es la única que escucho en vivo ya que a la par del sonido con ella disfruto por igual –a veces más-, la puesta en escena. De hecho como la mayoría de los mortales me aburría ver un concierto en televisión (aun hoy casi nunca lo hago), u oírlo en radio (algo que hago solo con fines didácticos). A principios de 1997 un compañero de clases que llegaría a ser maestro de fila en los cellos –jamás podré pagarle el favor-, nos invitó a un concierto. Había oído del sistema de orquestas infantiles y juveniles, pero cediendo al lugar común me parecía elitesco, culturoso, sin embargo y por no parecer un pan troglodytes; acompañé al resto al teatro pensando que debía haber alquilado un frac. Fue precisamente esa primera invitación la que me vinculó con esta música hasta hoy, porque el primer concierto al que asistí fue parte de un festival de violines. De este instrumento se dice que para construirlo y tocarlo con maestría debes venderle tu alma al diablo. Creo que cuando se trata solo de oírlo el demonio se salta la transacción comercial y te roba el alma –si es que tienes una-, sin que lo adviertas.

            Como escribía poco más arriba, la música académica no solo se oye: también puede mirarse. Mientras los músicos afinan los instrumentos, ajustan las partituras en los atriles, carraspean de último minuto o entre movimientos, hay toda una escena frente al espectador que se prepara para oír la ejecución como no lo hace con ninguna otra forma de música. Con la particularidad en el contexto nuestro de que no es música para bailar, y que la percusión ocupa un lugar distinto –no solo en el escenario, sino también en la composición-, al que tiene en los tipos de música con los que crecemos.

            Aparte, el concierto está lleno de arcanos como todo ritual. Mi favorito es el aplauso. En esa primera ocasión y durante al menos un año aplaudí cuando no debía, aunque notaba la cara de asco de algunos asistentes que no lo hacían –me parecían unos desagradecidos que no retribuían a los músicos por el placer que nos regalaban-, aplaudía como loco hasta que empecé a ver que ellos también lo hacían pero en determinados momentos (hay ciudades en las que la audiencia nunca se equivoca y villorrios como el mío en el que siempre lo hace). En algún momento serené mi efusividad, comencé a leer y averigüe cuándo debía aplaudir. Aun hoy miro con indulgencia cuando algún novato aplaude a destiempo y me divierte el escozor que les causa al director y a los músicos.[1]

           El libro La muerte en Venecia está indisolublemente ligado a la versión cinematográfica de Luchino Visconti en la que el cuarto movimiento; el adagietto, de la quinta sinfonía de Mahler es una muestra perfecta de síntesis del arte en la que el sonido traduce la imagen. Aquí lo dirige Bernstein[2]:

           No he visto la película –no sé por qué al escribir para el blog tengo que ser tan honesto-, salvo por esa parte. Pero el que asocie el libro con la música que me gusta tiene que ver más con el hecho de que la música académica[3] es la única capaz de traducir las emociones contenidas en la narración. Esto requiere un comentario más amplio.

           En el resto de los géneros musicales –con la excepción del Jazz-, el sentido de la canción es evidente y al mismo tiempo limitado. El que a la música le acompañe una letra hace que la canción sea un empaque cerrado contentivo de una fórmula precisa. Una balada es eso y nada más, un bolero igual. Pero al carecer de palabras, la música académica permite que la llenes con el sentido que quieras, más allá incluso de la intención del compositor o del sello del director o de la orquesta. Es quien escucha, el que asocia el sonido a una emoción, a un estado de ánimo en particular.

           Un ejemplo prístino de lo anterior lo tenemos en el poema O Fortuna de la cantata Carmina Burana. Esta obra está constituida  por cantos de los goliardos, esos estudiantes medievales guasones muy interesados en el vino y en las mujeres. Aquí -aunque sí hay palabras- lo cierto es que los oyentes le han adjudicado el sentido: hoy en día esa parte de la cantata es acompañante indiscutida del cine de terror, lo cual resulta muy alejado de su significado original.

           Al leer La muerte en Venecia, solo los sonidos de la música culta pueden acompañar el significado de las palabras. Esta novela corta tiene una estructura sencilla: dos personajes principales que ni siquiera interactúan entre sí. Sin embargo la complejidad está en el mundo interior de uno de ellos: el escritor Gustav Von Aschenbach que viaja a Venecia –esa ciudad de ruinas hermosas-, para tratar de encontrar la inspiración. Cuando cree que ya no deseará más, la pasión más esclavizante –aunque sin posibilidades de realizarse-, le domina. Sin embargo este amante presa de la hibris contradictoriamente se limitará a mirar lánguidamente lo que ama. No hayo mejor forma de expresar eso que con la variación Goldberg número 25, interpretada aquí –solo la primera que toca-, por Glenn Gould:

           Se percibe el tiempo que no transcurre para el enamorado, esa espiral sofocante de minutos que envuelve al que desea. En el caso de Aschenbach ese laberinto comienza con la descripción de Tadzio aun antes de saber que está enamorado. Esto es bien irónico porque lo describe con precisión, se regala con lo que ve, pero nunca lo tocará. Otro tanto hace con su nombre: lo descifra, lo pronuncia. Cuántos no hemos hecho eso, cuántas veces no nos hemos detenido una y otra vez en el pueril placer de repetir el nombre de quien nos gusta.

          Pero nuestro personaje no puede permitirse ni esa ni ninguna puerilidad, porque es un viejo enamorado de alguien infinitamente más joven, olvidarlo solo lo llevará a degenerar en la caricatura que se esconde en cada relación amorosa ficticia o no. Pero como la pasión más fuerte, la más difícil de romper es la unidireccional, sucumbirá, intentará burlar al tiempo para verse como ya no puede porque percibe claramente su decadencia, la carne joven de su amado ofrece un contraste demasiado agudo: “Pensando en la dulce juventud que le atraía, le repugnaba su cuerpo, ya que comenzaba a envejecer”. En esas líneas habla Mann, pero lo hace de él mismo. Está absorto describiéndose, está obnubilado porque se enamoró.

           Su infierno interior no incide en el mundo exterior. Vaya tragedia la de los enamorados: quemados por la pasión con su mundo interno desencajado, pero sin que nadie fuera de él lo advierta. Sobre los personajes en ese mundo que ignora lo que siente Aschenbach se cierne la peste.

          No intentará huir de ella, no puede dejar de querer a quien ni siquiera sabe que existe, tampoco puede huir de la muerte. Solo quiere mirar a quien ama. Aunque ya mencioné que Visconti usa el adagietto de la quinta de Mahler para describir esto, a mí se me antoja la parte Lacrimosa del Réquiem de Mozart, interpretado aquí por la Filarmónica de Viena bajo la dirección de Karl Böhn:

(Las imágenes fueron tomadas de: http://de.wikipedia.org/w/index.php?title=Datei:Markusplatz_a.JPG&filetimestamp=20110416115535, http://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Antonio_stradivari.jpg y http://it.wikipedia.org/wiki/File:Degas_l’orchestre.jpg, respectivamente).


[2] También lo dirigió durante el funeral de Robert Kennedy. No es casual su elección para la película, dado el tono elegíaco ya que también presenciamos una muerte en la novela.


[3] Uso esta expresión porque es más exacta que música clásica. En mis correrías por este arte descubrí que lo clásico vendría a ser solo un período –entre 1730 y 1820, según Wikipedia-, con Haydn y Mozart como mejores exponentes, de una forma musical mucho más amplia y que también engloba otros períodos.

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