28.- Uno que lo haya asustado.

Narraciones extraordinarias de Edgar Allan Poe.

«That is not dead which can eternal lie, And with strange aeons even death may die.»

Lovecraft

Poe escribe sobre el miedo al describir la muerte. Reconozco algo de ingenuidad al ser asustado por su versión del miedo. Ese tema ha dejado de asustar hace rato al hombre posmoderno: es su existencia la que lo aterra.

Destaca como al mismo tiempo que excita nuestra emoción más primaria, Poe está siendo cerebral escribiendo sus pesadillas como precursor de la novela negra en las que engranan todos los mecanismos. En Los crímenes de la calle morgue, es clara esa mezcla entre miedo (el que se nos causa), e inteligencia (la que se usa para escribir y resolver los asesinatos). Cuando deduce lo que pasó Dupin nos muestra cómo el miedo es algo que creamos –que pensamos-: el asesino no era temible, ni siniestro per se, era tan potencialmente adorable que en realidad era una mascota. Lo que nos causa miedo es no identificar la lógica del crimen, el no saber -más la sangre abundante-, y llenar ese hueco con nuestros pensamientos.

En otras dos de sus narraciones (El barril de amontillado y La máscara de la muerte roja), ya sin rasgos de novela negra, de nuevo el miedo es producto del castigo a los personajes, que imaginamos, pero que casi ni se describe. Asumo que el miedo será mayor según los rasgos que añadamos, según la crueldad del suplicio que elaboremos. En el Enterramiento prematuro advertimos otra vez ese juego de la imaginación en el que al trocar el dormir en un espacio reducido por el enterramiento en vida, el personaje vive unos minutos de horror solo pensando, sin que un hecho real lo agreda.

Rememoro –sintiéndolo-, el miedo; al releer el libro para escribir esta entrada del blog. Es tarde en la noche y estoy leyendo Metzergerstein, el cuento sobre las familias húngaras enemigas en la que un caballo venido del infierno arrastra a su jinete al fuego. Luego Berenice, con ese demente enamorado saqueando tumbas en las que de nuevo han enterrado a alguien vivo.

A la par del miedo se percibe con nitidez la técnica necesaria para escribir un cuento en la que destaca Poe: durante cuatro o cinco páginas pone todo en su lugar, describe personajes, construye una atmósfera cálida para el terror y  súbitamente en las últimas líneas nos golpea con el desenlace.

Podría estar ahí la explicación de la vitalidad de los cuentos de Edgar Allan Poe. Estos se comportan como esculturas in situ que adquieren plena forma solo cuando un elemento externo (la sombra, la perspectiva, el tiempo), las completa. Con Poe ese elemento externo es nuestra mirada, o con más propiedad nuestro pensamiento; lo que completa, lo que dota de sentido último a lo que escribe. No sé sí alcanzo a explicarme: con otros autores el sentido está en el libro, ya listo, terminado, incluso –cuando son realmente buenos-, han meditado las sensaciones exactas que nos causarán. En esos casos, como lectores solo registramos el dato, percibimos la anécdota, pero no se requiere nuestro concurso para construir, si acaso para interpretar. Con Poe en cambio –considero-, debemos aportar nuestro propio cargamento de crueldad, misterio o atavismo para que la palabra escrita funcione.

(La imagen fue tomada de: http://en.wikipedia.org/wiki/File:Study_after_Velazquez%27s_Portrait_of_Pope_Innocent_X.jpg).

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