30.- Uno que pueda salvar vidas.

Escultismo para muchachos (Scouting for boys) de Robert Baden-Powell.

He tenido una vida muy dichosa y deseo que todos ustedes tengan también vidas muy dichosas.

B.P.

 

No soy nada original al decir que cualquier libro puede salvar vidas (con la sola excepción de Mein Kampf, el Libro rojo de Mao –quien por cierto tenía la mala costumbre de no cepillarse los dientes-, el Libro verde, Los Protocolos de los sabios de Sion –este no es exactamente un libro-, aunque para que estos panfletos produjesen las muertes que ocasionaron fue necesario el concurso de millones de fanáticos dementes, no solo de la palabra), más aun en mi caso particular, aunque amo los libros –mi última adquisición es de hace apenas unas horas: un ejemplar de Taschen sobre el modernismo-, nunca los he necesitado para salvar mi vida, ha habido períodos incluso en los que he sido alérgico a la palabra escrita –por suerte han sido breves, mínimos-, por ello pude elegir cualquiera. Sé que hay libros que rescataron del infierno a alguien, que cambiaron el rumbo de sus vidas para bien.

          Tal vez por eso escojo al Escultismo para muchachos de Baden Powell. Si: fui scout de niño. Más aun: Scout de Bolívar, guía de patrulla, guía de barra blanca, el segundo con más especialidades de mi tropa. Salvo por lo gordo, la verdad es que parecía a Russell en Up.

          Hoy el libro parece de ciencia ficción. De hecho el subtítulo es: A Handbook for Instruction in Good Citizenship (Un manual para la instrucción en buena ciudadanía). No voy a largarme con una perorata sobre los valores, solo me refiero a que este general inglés pensó en la posibilidad de dotar a niños y adolescentes con una brújula –no podía evadir este lugar común-, que les permitiese encontrar siempre el camino, uno que les condujese a una vida plena, dichosa, como lo menciona en su mensaje de despedida escrito ante las montañas nevadas en Kenia en 1941. En el camino hacia esa vida feliz debían convertirse en buenos ciudadanos paradójicamente mediante el contacto con esa ficción hoy que denominamos naturaleza.

          Alrededor de los scouts siempre ha habido esa burla sobre su carácter bobalicón o poco viril –al vivir en un barrio obrero, salir con el uniforme completo era un reto a los vagos de esquina. Lo que se desconoce en gran medida es que los scouts tienen su origen en el entrenamiento militar que recibieron los niños y jóvenes en Mafeking, una plaza militar en Suráfrica sitiada durante seis meses en 1899 durante la Segunda Guerra Bóer. Cuando los soldados británicos empezaron a escasear porque estaban muertos o heridos, el general Baden-Powell formó los Cuerpos de Cadetes de Mafeking y les adiestró en –no hay otra forma de llamarlo-, guerra de guerrilla.

            En mi tropa scout, los jefes de unidad siempre tuvieron esto presente y pusieron el acento en enseñarnos exploración, primeros auxilios y combate con bordón o a patadas sobre un puente colgante. Siempre recuerdo estas últimas peleas en situaciones límite porque la opción del que perdía era caer del puente a tres metros de altura (indudablemente las mamás no estaban muy de acuerdo, por lo que antes de volver a casa había que limpiarse bien la sangre y quitarle algo de tierra al uniforme). Los soldados bóer de la imagen son los primeros comandos de la historia militar moderna y contra ellos pelearon los muchachos de Mafeking.

           Indudablemente los scouts tal y como se conocen hoy son una versión atemperada de esos niños-soldados, a lo que contribuyó en gran medida el libro que comento. En él encontramos capítulos llamados fogatas en los que se sugiere un método pedagógico de educación no formal que a través del desarrollo de habilidades físicas adquiridas en campamento debía dotar al muchacho de las destrezas necesarias para ejercer la ciudadanía. Respecto a esto último vale la pena mencionar que pese al origen militar que ya comenté, la intención de Baden-Powell era la de una ciudadanía mundial, ecuménica, en la que los jóvenes de distintos países no se mirasen como enemigos.

         Inseparablemente unida a esa formación estaba el ideal caballeresco medieval, de estar dispuesto a hacer lo que estuviese a tu alcance por el bienestar de otros, no exactamente por altruismo –aunque esa fuese la consecuencia-, sino porque siempre estaba en juego tu honor. Esa fue la noción más pesada que tuve que cargar durante mi infancia: la de la posibilidad de estropear mi honor –algo que en realidad siempre hacemos por lo que el honor viene  a ser algo así como una colcha remendada-, por no tener el valor suficiente.

         Aunque no todo era prender fogatas con un par de fósforos o cargar morrales pesados, también había que aprender a pensar, a mirar, ser más inteligente que la otra patrulla o que la situación. Dado que Baden-Powell era un general imperial sus gustos literarios derivaban hacia Kipling (aunque a mis compañeros esto les tenía sin cuidado y solo asimilaban una versión libre –muy apartada del original- de sus historias), por lo que a las unidades de mi rango de edad se les enseñaba el denominado juego de Kim. Muchos años después cuando leí la novela –justo después de los atentados terroristas del once de septiembre-, me dí cuenta de que el personaje a emular era un espía que servía a los británicos en el ‘gran juego’. También me quedó clara la noción del nirvana con el entrañable monje budista, por no mencionar el descubrimiento de El libro de las tierras vírgenes y del poema If.

      Y es que gran parte del gusto de ser scout tenía que ver con descubrir un mundo de palabras nuevas: sinodal, bache (esa versión indígena de la palabra en inglés badge), portal, scouter, ballestrinque, anclaje, scalp, entre otras muchas. Cuando llegaba el lunes a clases mis compinches no entendían de qué les hablaba –lo que a veces me servía para captar su interés y reclutarlos. Lo cierto es que me ocupaba menos del campismo –mi hermano era mi mano derecha en eso- y más de hablar, por eso era el guía.

      Aun hoy luego de tanto tiempo mi patrulla existe. Es lo más cercano que tengo a un hijo: en unos meses tendrá veinte años. Por ella han pasado muchos chamos que de alguna forma han tratado de seguir las enseñanzas de este libro -la mayor parte de ellos sin haberlo leído, lo que resulta paradójico-, así como millones de muchachos a lo largo del mundo. Tal vez salvó la vida de alguno de ellos. Tuve suerte y no necesité que salvara la mía. Aunque no me molestaría volver a creer en los principios y virtudes que expresa, ahora mientras repaso el libro para escribir esta nota, percibo -me ha pasado con frecuencia con las entradas de esta categoría-, lo implacable que puede ser el paso del tiempo. Es una dimensión que ignora por completo al hombre, al que le causa estragos, lo transforma hasta que se resulta irreconocible a sí mismo. Para conservar algo de quien era cuando leía El Escultismo…, trato de no alejarme tanto de la lealtad, la abnegación y la pureza.

(Las imágenes fueron tomadas de: http://usuarios.multimania.es/Grupo_Baden_Powell/mafeblue.html, http://www.google.co.ve/search?q=scouting+for+boys, http://en.wikipedia.org/wiki/File:MafekingCadets.jpg, http://en.wikipedia.org/wiki/File:Afrikaner_Commandos2.JPG y http://4.bp.blogspot.com/_nmtfSi2q_X0/, respectivamente).

 
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