Mots, palabras, parole, words, worte.

“Aún soy esclavo de un insaciable deseo que hasta ahora ni he podido  ni he querido reprimir… Todos los libros que consigo me parecen pocos.”

Petrarca. Hacia 1346 en carta a Giovanni dell ‘Incisa.

 

 

Hace unas semanas terminé el reto de los treinta libros (http://treintalibros.blogspot.com/ #30libros). En mi caso lo retador –donde fallé un par de veces-, estuvo en evadir las fallas de electricidad en un país azotado por la autocracia militar y en encontrar dos horas diarias para escribir. Tal vez también en la calidad de lo que escribía –aun estoy haciendo correcciones, no imaginé que sentiría tal responsabilidad por las entradas de un blog-, pero prefiero no darme por enterado.

Durante poco más de un mes me la pasé recordando y releyendo, es decir: mirando de nuevo. Me sorprende –no siempre de forma grata-, la lista final. Es una foto de mí. Al compararla con la de otros que siguieron esta meme, envidio a algunos y siento algo de pena ajena por otros. Como casi siempre me ubico casi a medio camino –eso me gusta pensar-, entre la estulticia y algo de criterio. Elegí libros indiscutibles pero también otros que no me explico por qué leí. Al mismo tiempo que comentaba cada libro iba tejiendo una red que tenía como nodos a otros productos culturales: películas, canciones, pinturas. Al centro de esa red estaba yo disfrutando de los objetos, de las relaciones entre ellos, de su belleza.

Los libros no salvaron mi vida como explicaba en la última entrada de esta categoría. Tuve una inmensa suerte y mi vida ha sido privilegiada. Leo en gran medida porque mis padres se sacrificaron (su tiempo, su dinero) para permitírmelo.

Estos artefactos llenan mi vida –he tenido más libros que relaciones de carne y hueso, les he cuidado mucho mejor que a estas- aunque no sabría explicar la razón de esa philia. Hay algo de posesión, de afirmación personal en mi vínculo con ellos. Por eso me disgusta tanto que alguien me recomiende libros con esa actitud que es un mandato: ‘-Léelo porque a mí me gustó’. Mis gustos me definen y elegir un libro es una de las pocas ocasiones en las que no me siento constreñido, en la que mi individualidad se expresa con nitidez.

También hay alguna clase de conexión física, esa que alude al libro-fetiche, al objeto que produce sensaciones y que me lleva a conservarlos en el mejor estado posible con obsesión para evitar que su ajamiento, que su deterioro modifique esas sensaciones. Aunque lo cierto es que me conformo con esas ediciones relativamente baratas que están a mi alcance. Aun no he tocado una edición príncipe o un incunable.

Pero el rasgo determinante es que la única cosa que sé hacer es leer. No hay ninguna otra cosa relevante en mí. Incluso mi introspección o su sino opuesto: esa forma rara de hablar que tengo y que me obliga a repetir muchas veces lo que digo, cuando no a sentir que nunca se me termina de entender, son derivaciones del leer.

Percibí hace rato que el vínculo es con la palabra escrita, pero que al ser el libro ese objeto tan maravillosamente particular, eclipsa todo lo demás. Es el saber traducir esos signos, pero también los signos mismos per se (recuerdo el arrobo con el que contemplé una Toráh ofrecida por un sibilino librero de la Av. Fuerzas Armadas -vaya contradicción encarna en esa urbe-, siendo yo completamente ajeno a su significado, solo por el placer de mirar las palabras –en hebreo- impresas en un libro encuadernado en cuero) lo que me dota de sentido.

De los formatos en los que puede trasmitirse información –reitero- el libro en forma de códice es mí preferido, el papel más bien; ya que de ser eso posible tendría las manos callosas por el periódico. Y lo es –aventuro explicaciones- por la facilidad con la que me permite esconderme o evadirme (no solo metafóricamente: nada mejor que enterrar la cara en un libro o desplegar a todo lo ancho el periódico para interrumpir el contacto con otros), por lo asombrosamente fácil que resultaba sacar buenas notas si leías el libro adecuado o simplemente seguías sus instrucciones (aun hoy me pregunto por qué los otros niños en la escuela que mutarían en los matones del liceo y en los vagos de la universidad- no lo advertían), por lo infalibles que son si consideramos que las personas siempre fallan, que todas las relaciones del tipo que sean terminan siempre, mientras que un pedazo de papel con unas palabras garrapateadas, con una imagen, puede durar más que tu existencia, acompañándote o impidiendo que te vuelvas loco virtualmente por siempre.

Eso sin contar con que las palabras son los ladrillos más versátiles –el mundo está construido con ellos-, que lo nombran todo y al mismo tiempo las armas más letales que como especie hemos diseñado: basta ver sino los efectos que puede tener una acusación o un insulto.

Debo advertir que a diferencia de lo que dice Pamuk en el sentido de que:

Otra cosa que convierte la lectura en una tarea agradable es la ilusión que nos da de ser profundos. Cuando leemos hay parte de nuestra mente que no se entrega al texto que estamos leyendo sino que nos felicita continuamente recordándonos lo profundo y lo inteligente que es lo que estamos haciendo, o sea, leer.[1]

Mi mente no me felicita por leer, no hay una pretensión esnobista, no exhibo el leer como un galardón –de hecho tardé demasiado en escribir esta entrada cavilando sobre no contradecir lo anterior- o como muestra de inteligencia –me considero una de las personas más estúpidas que ha existido nunca-, esa es solo la forma que uso para entender  y para sentirme menos solo.

En este vínculo: http://www.elpais.com/articulo/portada/huella/libros/elpepuculbab/20110108elpbabpor_3/Tes, hay una nota más interesante que la mía sobre los libros. De hecho no plagiarla fue muy díficil.

Las imágenes fueron tomadas de:

http://de.wikipedia.org/w/index.php?title=Datei:Tosa_Mitsuoki_001.jpg&filetimestamp=20080223210749,

http://www.hispamercado.com.ve/compro-enciclopedia-mi-libro-encantado-y-enciclopedia-practica-jackson-anuncio-2397,

http://en.wikipedia.org/wiki/File:K%C3%B6ln-Tora-und-Innenansicht-Synagoge-Glockengasse-040.JPG y

http://en.wikipedia.org/wiki/File:Arabic_aristotle.jpg, respectivamente.


[1] La cita está tomada de Otros colores, editado por Mondadori en 2008, página 134.

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