Sofismas rojos.

Que tus palabras signifiquen no por lo que significan/Sino por en contra de quien han sido usadas.

Hijo de Europa. Czeslaw Milosz

El uso del lenguaje para derrotar al adversario es parte de la esencia de la política, también de la guerra[1]. En el primer campo ya los griegos desconfiaban del arte negro de la retórica, al menos los que podían percibir que en manos adecuadas esta es una herramienta inmoral, capaz de destruir a la comunidad política.

Platón fiel a su desprecio por el demos sabía que la retórica servía no solo para embaucar a los menos cívicos de sus ciudadanos, a esos que en toda época renuncian a pensar y son cegados por la mercadotecnia electoral, sino también para derruir los cimientos de la polis, por medio de la corrupción del lenguaje.

Si de acuerdo a Hannah Arendt: “el hombre desde Aristóteles, ha sido definido como un ser que domina el poder de la palabra y del pensamiento…[2], al dejar de dominar tal poder –al que se refiere en este contexto como retórica- por cedérselo a otro, por asumir como real el mundo deformado que el demagogo anuncia, es forzoso concluir entonces que se ha dejado de ser humano. Para el mismo Estagirita las opciones fuera de la humanidad son pocas: bestias, esclavos y dioses. No parece lógico pensar que los dioses permitiesen que se les impusiesen las palabras, ahí está el ejemplo del cristianismo: al principio, cuando el dios cristiano lo llenaba todo, solo había el verbo, la palabra[3].

Este artículo tiene por objeto mostrar brevemente cómo en Venezuela la sociedad renunció a lo que la define como humana. Como incluso sus intelectuales más brillantes han adoptado el deformante lenguaje de los militares golpistas

Si se observa con detenimiento y contrario a la opinión generalizada que lo achaca al empleo de la fuerza o a la debilidad de las instituciones que surgieron en 1961, el chavismo ha construido su acceso primero; y su ejercicio del poder después, con palabras. Durante veinte años su retórica ha secuestrado la comunidad política. Tanto, que hasta la oposición más recalcitrante se ha visto colonizada por el discurso chavista, por el lenguaje que la margina. Veamos.

 

Intento de asalto contra Miraflores en la madrugada del 2 de febrero de 1992. Imagen: http://www.lapatilla.com

1.- El fracaso golpista trocado en victoria simbólica.

La aparición desembozada del chavismo en la sociedad venezolana se produjo el martes 4 de febrero de 1992. Pese a su preparación por casi una década, el golpe fue derrotado en apenas cuatro horas por las fuerzas armadas leales a la constitución. De los objetivos militares de los felones, el más relevante que era la toma del Palacio de Miraflores, el centro del poder en Venezuela, junto con la captura del presidente Carlos Andrés Pérez, no se cumplió porque Chávez no se movió –ni él, ni la unidad que comandaba- del Museo Militar, desde donde era testigo de los infructuosos intentos de los otros sublevados a las puertas de palacio.

El 4 de febrero el país presenció un intento de golpe de estado militar en toda regla, con su corolario de muerte y destrucción, un calco del golpe de Pinochet (con el que se le ha comparado por el número e importancia de las unidades militares involucradas), uno más en una historia nacional jalonada de golpes de estado.

Sin embargo no fueron las armas las que dañaron a la sociedad –pese a la violencia de este y del segundo intento fallido el 27 de noviembre del mismo año-, sino la ominosa frase “Por ahora” que militares conspiradores en lo alto de la jerarquía le permitieron pronunciar al golpista en el mensaje en el que pedía la rendición de los que no habían aceptado aún el fracaso. Su mensaje de derrota cambiado en una victoria simbólica ha estado pendiendo sobre la parte democrática del país como una amenaza desde entonces. No es causalidad el que fuese empleado luego de la derrota electoral chavista de 2007.

Hoy se asiste a la conmemoración del intento de golpe como si fuese una fecha patria. Hoy se le llama oficiosamente rebelión y en una muestra de lo inviable que se ha tornado la comunidad política en Venezuela, se le llama oficialmente Día de la Dignidad Nacional.

 

2.- Las repúblicas numeradas.

En la historia de Venezuela el período comprendido entre el 19 de abril de 1810 y el 25 de julio de 1812 se denomina Primera República, esta sucumbe ante la ineptitud de sus primeros dirigentes con la capitulación de San Mateo, al período que va de 1813 a 1814 le corresponde respectivamente ser la Segunda República que será exterminada por la eficaz violencia de José Tomás Boves, al que va de 1817 a 1819 se le denomina Tercera República, y por último Cuarta República se llamaría al período que inicia en 1830 con la separación de Colombia.

Esta división de la historia en repúblicas que imita la historiografía europea en general y francesa en particular, no es sin embargo de uso extendido más allá de las academias. En una educación tan deficiente como la nuestra, la enseñanza de la historia suele mencionar únicamente a los dos primeros períodos. En todo caso, de seguirse el modelo, habría que reconocer forzosamente que aún estamos en la Cuarta República.

Sin embargo en una práctica que se haría común en los años por venir, el chavismo reescribió la historia a partir de 1998 desde la estulticia intelectual y con la aquiescencia ignorante de la sociedad.

Así, los toscos militares golpistas pasaron a denominar al período comprendido entre 1815 y 1958; Tercera República, sin considerar la heterogeneidad de un lapso de más de cien años, y al periodo que va de 1958 a 1998, lo nombraron Cuarta República. Con ellos se inauguraba la historia que no tendría fin: el año cero, el período mal llamado Quinta República, desde 1998 y hasta la eternidad megalomaníaca.

De nuevo se renunció a pensar. Se asumió el lenguaje viciado, corrupto, del chavismo. La división pseudo histórica fue incorporada al discurso de todo el país. Tras esta división del tiempo hay dos motivos fascistas nada históricos. El primero fue la necesidad en 1997 cuando Chávez decide participar en las elecciones de ajustar el nombre de su logia golpista militar, el Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 o MBR 200 (responsable de conspirar en los cuarteles), a la ley electoral vigente que prohibía usar en la denominación de los partidos o en sus siglas los nombres de los próceres, o en sus símbolos y logos los símbolos patrios.

Asumiendo al MBR 200 como una marca política, pero más aún: burlándose de la democracia, el chavismo eligió un cambio mínimo. El MBR se cambió por el MVR; o, Movimiento Quinta República, emulando en parte a Charles de Gaulle[4], el militar que restaura la salud de Francia aboliendo la caótica Cuarta República e instaurando la Quinta República presidencialista y recupera el orgullo nacional. A las elecciones de 1998 concurrió un partido cuyas siglas eran un calco fonético de las de una banda de militares golpistas que en dos ocasiones habían atacado el orden constitucional con las armas de la república ¿Podría un partido cuyas iniciales fuesen un sucedáneo de NASDAP participar en elecciones en Alemania? ¿Algo que sonase como ETA podría hacer lo mismo en España?

El otro motivo para reescribir la historia tiene que ver con establecer una cabeza de turco para responsabilizarla por los problemas del país, y también con la posibilidad de exhibir una pureza moral y política que divida a la sociedad entre los que merecen el poder y los que ni siquiera deberían ser considerados ciudadanos (es abundante el uso de términos como apátridas, traidores o pitiyanquis, para insultar a los opositores).

Al establecer una categoría de valores ‘cuartorepublicanos’ (no casualmente estos son: el control parlamentario del poder ejecutivo, el respeto a la ley, la descentralización, la independencia de las ramas del poder público, la meritocracia, entre otros) que impiden el ejerció arbitrario del poder, pero a los que se les adjudica la falsa mancha moral de ser propios de un tiempo corrupto, antipopular, antinacional; la coartada para obviarlos está servida. Más aun: la ineptitud luego de trece años de ejercicio omnímodo del poder no sería responsabilidad del chavismo, sino de la mentalidad de la “Cuarta” aún vigente y que requiere de más control político para ser extirpada definitivamente.

Por último, en un país de clientes políticos por excelencia en el que la nación vive del Estado, y el Estado vive de la renta petrolera, es imposible exhibir la moralidad cívica a la que aspiraron los “refundadores”[5] chavistas de la patria (la descomposición chavista actual les ha impuesto metas mucho más modestas), más si su núcleo proviene de las fuerzas armadas, uno de los sectores tradicionalmente más clientelares y corruptos surgido de la entente de partidos vigente a partir de 1961. La solución era crearse esa cualidad moral superior[6] inventando un nuevo –aunque falso- tiempo: la Quinta República.

Lo sorprendente es que la oposición adoptó el nuevo calendario, pasó a contar el tiempo de la misma manera, con las mismas estaciones ficticias. No es casual que en la actual contienda de las primarias opositoras, entre los precandidatos que tuvieron que abandonar temprano, destaquen precisamente los que son asociados a la mal llamada cuarta república, a saber: Antonio Ledezma, Oswaldo Álvarez Paz o Eduardo Fernández. O que entre los peor ubicados en las encuestas de los que aún continúan en liza estén también miembros de ese ‘grupo’: Pablo Medina y Diego Arria.

Peor aún: todos los políticos haciéndose eco de una exigencia de sus respectivos electorados, prometen en alguna medida que no habrá una vuelta al pasado, y aunque no delimitan muy bien ese pasado, lo cierto es que se están refiriendo a esa invención chavista de la cuarta república. Si no se volverá a ese período, si sus prácticas son anatema para la comunidad política, entonces la sociedad debe renunciar a la estabilidad que en los países civilizados otorgan los pactos políticos –el Pacto de Punto Fijo fue el mecanismo que permitió el traspaso pacífico del poder a la posición por primera vez en la historia de Venezuela-, debe renunciar también a que los militares estén sujetos al poder civil, pero lo que es más importante: la prédica chavista estará legitimada, aguardando el momento de reiniciar la historia borrando todo lo demás.

 

Juramentación como Presidente de Chávez en 1999. Imagen: http://informe21.com

3.- La ruptura del hilo constitucional.

Los puristas del derecho constitucional usan esta expresión para referirse al desconocimiento de la constitución cuando no es el resultado de un hecho de fuerza, sino más bien de una interpretación arbitraria de la misma, que la desfigura o la torcedura a través de leyes y otras instituciones de sus preceptos.

La palabra “moribunda” al referirse a la vigente constitución de 1961, en su arenga de investidura el 2 de febrero de 1999, fue el instrumento que usó Chávez para desconocer la legalidad que legitimaba su ejercicio del poder[7]. Lo alienante es que casi de inmediato el país incluida la oposición lo asumió así, se hizo eco de la expresión y se aprestó para desmantelar el orden jurídico que por única vez en la historia había permitido el ejercicio civilizado del poder en el país, participando en la espurrea Asamblea Nacional Constituyente de ese año. A partir de ese momento la fuerza ha impuesto el desconocimiento de toda norma sin importar la majestad de la que haya estado investida, incluyendo a la misma constitución chavista de 1999. Hay un hilo continuo entre esa violación simbólica del derecho y la exposición de la teoría fascista que con citas de Schmitt se atrevió a hacer el así denominado magistrado Arcadio Delgado Rosales en la inauguración del año judicial hace una semana[8].

Partiendo de esa malhadada palabra, el estado de derecho pasó a ser considerado –nada originalmente por cierto- una decadente formalidad burguesa. Al insultar la constitución en virtud de cuyas reglas había alcanzado el poder, Chávez daba el golpe de estado esta vez con éxito. Un golpe que usó una frase como arma más eficaz.

 

4.- La minoría eterna.

Luego de la victoria electoral chavista de 1998 (la única legítima), la palabra “escuálido” ha sido usada hasta hoy como insulto para nombrar a cada ciudadano opositor. El limitado léxico de un militar golpista echó mano de esta palabra para aludir al carácter minoritario de quienes le adversábamos. Indudablemente luego de esa elección los opositores a Chávez éramos minoría, pero en democracia las minorías y las mayorías son circunstanciales: cambian. Si no, sería superflua la política. Al denominar a la oposición como minoría por medio de la palabra escuálido, se anulaba simbólicamente –luego en la ley- la posibilidad de que esta se convirtiese en mayoría y alcanzase de nuevo el poder a través de los votos: ¿cómo podría ganar la oposición si es escuálida? Su triunfo siempre sería ilegítimo porque no se debería a los votos –escuálidos, pocos, insuficientes-, si no a conspiraciones fraguadas contra –y aquí se cierra el círculo- los votantes.

De la condición simbólica que colocaba a la oposición como minoría política inamovible, se pasó a la condición legal: la modificación de los circuitos electorales tiene como resultado la aberración de que aun obteniendo más votos que el chavismo, la oposición haya alcanzado menos diputados en las elecciones parlamentarias de 2010. Recuérdese: una minoría de votos entre los que participan no gana elecciones en un régimen presidencialista, esta se somete a la mayoría, que bajo el chavismo comenzó siendo una construcción del lenguaje, para erigirse hoy en una construcción pseudo legal.

De nuevo, los opositores escogieron renunciar al poder de la palabra y del pensamiento, sin considerar que le ofrecían una victoria al chavismo sin pelear, sin calibrar las consecuencias: se reivindica el insulto chavista, se asume el insulto “escuálido” o “escuaca” exhibiendo franelas con el mote, o con frases como: “yo si soy escuálido” ¿Alguien imagina a un judío proclamándose untermensch?

 

Washington and Lafayette at Valley Forge. Imagen: Wikipedia.

Washington and Lafayette at Valley Forge. Imagen: Wikipedia.

5.- La falsa revolución.

Donde mejor se expresa la idea de este ensayo es en la denominación “Revolución Bolivariana”. Esta es la marca comercial electoral chavista. Así se autonombra, prescindiendo las más de las veces del apellido bolivariana. Y así también le nombra la oposición.

En primer lugar hay que señalar que todo intento de sustituir una revolución política es considerado como reaccionario, como antipopular. Si el régimen chavista fuese una revolución, derrotarlo por lo votos y pretender un cambio de rumbo aun en el marco de su constitución, sería no el resultado de un ejercicio democrático, sino un crimen político: la pretendida alteración de la forma republicana del país, como sucede en Cuba. Hay por ello una trampa semántica, un sofisma terriblemente peligroso, en asumir al gobierno chavista como una revolución.

Además y en congruencia con lo expuesto en apartados anteriores, las revoluciones sustituyen el orden legal imperante a su arribo por otro: arbitrario, provisional, cambiante. Una revolución se traduce en la anormalidad de la vida política, en la suspensión de los acuerdos, de los consensos mínimos que hacen viables a las sociedades. Las leyes en una revolución solo sirven para el afianzamiento de esta. Si estamos en revolución, si construimos esa mentira desde la palabra, entonces el despojo del país a través de las leyes no es ilegítimo.

Sin embargo la mentira que esconde el que los chavistas se llamen a sí mismos revolucionarios tiene que ver más con la cobardía y con la necesidad de emparentarse con Fidel Castro. Chávez no alcanzó el poder luego de una épica lucha guerrillera, sus comandantes cuando gana en diciembre de 1998 no son el Che Guevara o Camilo Cienfuegos, sino Luis Miquilena, un diestro operador político de la izquierda, pero no un guerrillero, también están los abogados –nada revolucionarios por cierto- Ricardo Combellas, Herman Escarrá y el periodista Jorge Olavarría, agrupados en la Comisión Nacional Constituyente, entre otros. No hay fusiles, no hay columnas guerrilleras. No hay revolución. Esto para el chavismo es inaceptable al menos por dos razones: la primera es que es urgentísimo no ser considerados militares golpistas, gorilas; mientras que la otra tiene que ver con la necesidad de Chávez de emparentarse, de asumirse como legatario de Fidel Castro, quien parece ocupar en su psique la figura de tutor, de padre.

Se reitera: no hay nada revolucionario en cómo el chavismo se hizo con el poder en Venezuela. Primero intentaron un golpe de estado militar, inserto en la tradición de subdesarrollo político latinoamericano durante al menos dos siglos. Luego, y convencido por políticos tradicionales, el chavismo recorrió lo vía de constituir una plataforma electoral –no un partido político en toda regla-, como lo hizo exitosamente Rafael Caldera en 1993 en Venezuela, y como lo ha hecho buena parte del continente por veinte años, para ganar unas elecciones.

Si no hay nada revolucionario –conspirar en cuarteles y romper el juramento de defender la constitución es solo traición-, en su arribo al poder, su desempeño, su ejerció de este carece aun más de lo revolucionario. En un país tan atrasado como Venezuela, lo realmente revolucionario sería un sistema de seguridad social universal que funcione[9], una economía en la que más de la mitad de la fuerza laboral no sea informal, militares que consideren su participación en política como un anatema, seguridad jurídica y personal, políticos que no tuviesen inscrito en su ADN la confusión entre patrimonio público y privado, ramas del poder público independientes, una sociedad que no considere al Estado un botín, estado de derecho, una educación que forme para el trabajo independiente, y un largo etcétera que se resume en: democracia liberal[10], economía de mercado, civilización.

En todos estos ítems el chavismo ha fracasado de forma miserable. Es decir: somos más “venezolanos” que nunca bajo la egida chavista desde 1998. Una vez hecho con el poder y pese  a su retórica, el chavismo ha profundizado el modelo económico rentista vigente en el país desde el primer tercio del siglo XX: el Estado secuestra la renta petrolera convirtiéndose en un leviatán hipertrofiado y contradictoriamente débil e inepto, mientras que la nación parasita en la órbita del Estado. Se ha acentuado al límite esta condición –nuestra enfermedad holandesa nos ha convertido en un país agonizante-, no se ha cambiado. Esa estructura económica condiciona todo lo demás.

Y aunque el resultado práctico de la írrita Asamblea Nacional Constituyente de 1999 –más que una nueva constitución- fue permitir al chavismo colonizar como un cáncer todos los órganos del poder público e iniciar la escalada hacía la antidemocrática reelección indefinida, súcubos dormidos por cuarenta años, lo cierto es que eso al menos en nuestra historia no tiene nada de revolucionario. Es la norma –salvo muy breves períodos- que una facción se haga con el Estado, se confunda con él; para desde el poder que otorga el modelo rentista, saquear al país.

Si la tesis expuesta aquí es correcta, entonces el cambio del régimen chavista será un logro, una reivindicación del voto –de la democracia representativa y liberal-, de los ciudadanos[11] y de la política, que someterá al país al desafío de mantener su viabilidad en el escenario más hostil posible. Pero lo verdaderamente importante vendrá –si viene- después de ganar esa elección, y consistirá en recuperar un acuerdo mínimo sobre el significado de las palabras en política. Al menos hoy, el chavismo no usa ninguna de las palabras de la oposición.

 

Bibliografía

Arendt, H. (2004): Los Orígenes del Totalitarismo. Bogotá. Editorial Taurus.

 

Notas:

[1]En realidad su alcance es mucho más amplio. Para el aspecto político de la dominación por medio del lenguaje una de las referencias ineludibles es 1984 de George Orwell, aunque también luce interesante –en este contexto- esto: http://wikilivres.info/wiki/Politics_and_the_English_Language, del mismo autor. Sin embargo aun en el ámbito privado, no politizado, se ejerce la dominación del otro a través del lenguaje, para lo que es requisito la destrucción del lenguaje previo y su sustitución por uno corrupto, en el que el significado es arbitrario, alienante y violento. Al respecto son ilustrativas las películas: The clockwork orange y Trainspotting, de las nóvelas de Anthony Burgess e Irvine Welsh respectivamente.

[2] Arendt, 2008: 375.

[3] En el evangelio según San Juan 1.1: “En el principio ya existía la Palabra; y aquel que es la palabra estaba con Dios y era Dios.” Aquí está el uso de la palabra como creación, aunque en otros pasajes de la biblia equivaldrá al logoi platónico, a la palabra como explicación.

[4] No será esta la única vez que el chavismo tome sus símbolos del mundo militar. De hecho el color rojo con el que pretenden pintar la realidad se debe al color de la boina del uniforme militar de los paracaidistas traidores el 4 de febrero de 1992, no al tradicional emblema comunista.

[5]  No por postiza es menos casual la identidad puritana entre el chavismo y los ayatolás.

[6] También pretenden arroparse con una cualidad moral superior al copar la figura de Bolívar (costumbre de todos los grupos en el poder en Venezuela desde 1842) en un país que tiene a este como el dios de una castrante religión civil. Si son los nuevos sacerdotes del culto, pueden elegir quién entra al “templo”, pueden imponer la liturgia o la interpretación de la “palabra sagrada”, pueden administrar el diezmo, pueden también –como ya lo ofreció Chávez una vez- quemar herejes.

[7] En agudo contraste con lo anterior destaca la juramentación del presidente Obama en enero de 2009. Como se recordará el presidente de la Corte Suprema de Justicia que es el cargo ante quien se jura, John G. Roberts (en una muestra de sumisión del poder político a la ley, al derecho, y no como en nuestro medio en el que se jura ante el presidente del parlamento, tal vez para señalar la sumisión del poder al pueblo, con lo que la demagogia y al populismo quedan institucionalizados), se equivocó al alterar el orden de las palabras del juramento, lo que confundió a Obama, por lo que al día siguiente de la ceremonia en el Washington Mall, lo tomó de nuevo en la Casa Blanca. La forma de algunos actos jurídicos –este en particular- les otorga validez. Se ejerce como presidente en virtud de un poder soberano que no radica en quien jura. Si se jura arbitrariamente es como si la fuente del poder, la soberanía, ya no radicase más en el pueblo, sino en quien pronuncia las palabras alucinadas.

[8] El 31 de enero en la apertura del año judicial hubo dos discursos. El de la presidenta del Tribunal Supremo de Justicia que extrañamente aludía como logros del poder judicial al ornato de las barriadas aledañas al tribunal, y el del magistrado aludido, en el que de la mano de Carl Schmitt hizo apología del estado total y atacó la democracia liberal.

[9] Por estas fechas una decena de niños recién nacidos ha muerto en un par de días, en una de las ciudades principales del país, porque su hospital más importante es incapaz de mantener por falta de recursos la higiene en al área de neonatos.

[10] Hay otros sofismas chavistas que podrían ser considerados: nombrar a la moneda como “bolívar fuerte” en un país con una inflación anual de más de 20%, llamar a los observadores internacionales en las elecciones “acompañantes”, llamar a cualquier propietario de lo que sea “burgués” o bautizar a sus clientes políticos como “vencedores” o “dignificados”. Sin embargo destacan la “democracia participativa” y el “socialismo del siglo XXI”. Ambos –en realidad todos- constituyen insultos a la inteligencia que no serían tomados en serio sino fuésemos un país tan propenso a la sumisión ante el caudillo ignorante. Del primero huelga decir que todos los intentos de “participación” impuestos como alternativa a la democracia liberal y representativa han resultado en concentración de poder y en dictadura, verbigracia los soviets. Del segundo basta con decir que el mismo Chávez al proclamarse socialista, confesó no haber leído a Marx. No es necesario agregar nada más para mostrar la falacia.

[11] La modernidad instituyó que la condición de ciudadano fuese inherente a todos, un derecho adquirido, heredado; no ganado. Los romanos; más sabios, la condicionaban al servicio en las legiones por diez años. Pero es innegable que pese a ello no todos somos ciudadanos –no lo son en particular quienes renuncian a pensar, quienes adoptan el sofisma. Ser miembro de la civitas requiere mucho más que el azar de haber nacido en sus límites o habitarla.

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