Poesía.

Ahora ‘malgasto’ la red. Cuando no tenía conexión en casa era muy cuidadoso con el tiempo que pasaba navegando. De estudiante muy pocas veces me sobraba. Ahora me pasa todo el tiempo. Pese a disponer en Venezuela de una de las velocidades de conexión más lentas del continente, la internet en casa por una tarifa fija hace que la red deje de ser un bien escaso.

En esas horas en las que surfeo por la red sin dirección, ahíto de vínculos, ventanas, twitts y demás derrelictos virtuales, me tropecé con un artículo del New York Times (http://www.nytimes.com/2012/05/13/opinion/sunday/militant-ideals-captured-in-poetry.html?_r=1&smid=tw-share) que me hizo establecer una particular relación entre poesía y terrorismo. Sé que debería usar la red para algo más valioso (terminar la tesis –aunque nunca la apruebe mi inquisidor particular-, dar consejos legales en el blog que aumenten mi exigua –es un eufemismo- cartera de clientes o ver pornografía), pero dado que perdí la noción de necesidad, desperdicio el tiempo en establecer relaciones absurdas.

El artículo en cuestión contaba que entre los papeles hallados en el último escondrijo de Osama Bin Laden en Pakistán había referencias a la poesía. Eso me hizo caer en cuenta de que los principales ataques terroristas o militares en suelo estadounidense (creo que la selección que hago es incontestable) tienen un nexo con la poesía. A ver:

 

 

Samuráis poetas.

Shikishima no Yamato-gokoro wo hito towaba, asahi ni niou yamazakura bana.

Motoori Norinaga

El ataque japonés a Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941 resquebrajó la sensación de invulnerabilidad norteamericana por primera vez desde que en 1812 los ingleses quemaran el congreso. No sería la última vez: la derrota en Vietnam, el asalto a la embajada americana en Teherán con su corolario de ineptitud militar cortesía de Jimmy Carter, los cadáveres de rangers barriendo las calles de Mogadiscio en 1993 o la quiebra de Lehman Brothers también lo harían. Pero hasta 1941 –y luego hasta 2001- los dos océanos que como fronteras habían contribuido a formar la conciencia de la excepcionalidad americana, habían sido infalibles. Es significativo incluso que el ataque no se realizase en territorio continental.

Bien, los pilotos que despertaron al gigante dormido esa mañana hawaiana tenían un alma poética. Luego de los crímenes de guerra y contra la humanidad que cometieron los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial, lo anterior puede leerse como una apología insultante. Pero lo cierto es que esa sociedad estaba impregnada de un ritualismo, de un particular manierismo (al menos a los ojos occidentales) en las formas, que se expresaba –entre otras manifestaciones- en la poesía[1]. En buena medida por la influencia religiosa del budismo zen junto al confucianismo. Eso aunado a una sociedad militarista hasta el paroxismo al menos desde la Edad Media.

Desde los tiempos de los samuráis había una relación estrecha entre los versos y los guerreros: aquellos antes de practicarse el seppuku; recitaban un jisei no ku, poema de despedida de la vida. Los modernos soldados imperiales japoneses (los pilotos sobre Pearl Harbor, los defensores de Guadalcanal o de Iwo Jima) se asumían como herederos de los samuráis medievales no solo en sus suicidas tácticas de combate como cargar con espadas contra ametralladoras, o estrellar aviones contra barcos, sino también en su cercanía con la poesía. Tal vez inmolarse también sea lírico.

Aunque no fue el caso de Pearl Harbor (un ataque planeado, sorpresivo, al inicio de la guerra cuando a los estrategas japoneses les parecía posible neutralizar el poder estadounidense en el Pacífico), más adelante; a partir del momento en el que la derrota se perfilaba clarísima en el horizonte con la consecuente destrucción de su modo de vida, el inhumano código del guerrero, el bushidō; se acentuó en los militares japoneses con su carga poética. Basta repasar los rituales kamikazes[2]: jurar ante la bandera del sol naciente, brindar con sake, la cinta cosida por mil mujeres y recitar el jisei no ku. Todo esto para ir y estrellar un avión, en un intento desesperado e inútil, contra un barco enemigo. En estos, cuesta imaginar a un boy puesto en semejante trance, acudiendo a una forma tan elaborada de despedirse: Midway lo atestigua.

Antes aludía a lo inhumano del código[3] que seguían estos soldados (algo en lo que coincidirán los tres atacantes considerados en esta entrada, después de todo: ¿qué hay más inhumano que la premisa terrorista de justificar los medios con los fines?) y que se refleja en la frialdad –pese al dramatismo- de los poemas que les sirven de última palabra (el ya mencionado jisei no ku, puede adquirir la forma de un haikú o de un tanka). Al respecto destaca la figura del rōnin. Este samurái sin amo no tenía otra forma de expiar su condición que no fuese el junshi, el martirio por su señor (la leyenda  de los cuarenta y siete Rōnin es ilustrativa al respecto). En la guerra –y más ampliamente en la vida- no había alternativa al deshonor que no fuese la muerte. Esa muerte se envolvía en palabras para justificar su absurdo.

 

 

The insider.

I am the master of my fate:
I am the captain of my soul.

William Ernest Henley.

Resulta ingenua la incredulidad con la que los estadounidenses acogieron inicialmente la certeza de que el ataque terrorista al edificio federal Alfred P. Murrah, en Oklahoma, el 19 de abril de 1995 fue cometido por uno de sus propios ciudadanos. Una agresión de tal magnitud solo podía haber sido causada por un enemigo externo, nunca por un veterano de guerra, de una de sus guerras. Pero lo cierto es que el sentimiento anti federalista ha sido una constante en la historia de Estados Unidos desde la misma Revolución Americana. Pocas figuras lo encarnan tan bien como el histórico minute man, el miliciano que defiende su propiedad con sus armas, no con las de la república.

Timothy McVeigh, precisamente un wannabe minute man desquiciado, veterano de la primera Guerra del Golfo, perpetró el peor ataque terrorista en suelo estadounidense hasta esa fecha destruyendo un edifico federal –con una guardería en su segundo piso- con un camión lleno de fertilizantes.

Como último insulto contra las víctimas, Timothy McVeigh escogió el poema Invictus (1875) de William Ernest Henley como su última declaración escrita antes de ser ejecutado en junio de 2001. Esta elección de un poema victoriano como última palabra resulta –al menos a mí- sorprendente en buena medida. Primero por lo ajeno que tiene que serle a un militia man fanático de las armas, dotado solo con educación secundaria, limitado a los panfletos extremistas de la América profunda como único material de lectura y obsesionado con el gobierno federal; la poesía inglesa decimonónica, pero sobre todo por lo incongruente del sentido del que está imbuido el poema –o del que se le ha adjudicado- con ese uso grotesco.

Como se sabe Invictus[4] fue escrito por Henley de alguna forma como respuesta a una vida llena de privaciones, entre las que destaca la amputación de una pierna. Desde entonces el poema es una proclama de auto dominio sin parangón, un canto estoico que orienta ante la adversidad más cruel. De hecho le sirvió a Madiba; Nelson Mandela, como solaz durante su prisión sin esperanza de 27 años en Robben Island.

Yo mismo he recitado sus versos cuando no hay nada más.

 

 


Versos jihadistas.

Se os prescribe el combate, aunque os sea odioso. Es posible que abominéis de algo que sea un bien, y es posible que estiméis algo que os sea un mal.

Azora II, versículos 212 y 213.

La entrada del mundo en el siglo XXI se produjo en la mañana del 11 de septiembre de 2011. Sin advertirlo los Estados Unidos había entrenado y financiado en la década de los ochenta a su más perniciosa bestia negra: Osama bin Laden, que había corporativizado el terrorismo con su marca Al-Qaeda. Los ataques de la organización contra intereses estadounidenses fueron afinándose desde el primer atentado al World Trade Center en 1993, pasando por los bombazos en las embajadas americanas en África oriental, y el ataque al USS Cole, hasta alcanzar la más alta cota de daño[5] con la destrucción de la Torres Gemelas y el ataque al Pentágono.

Estos ataques reconfiguraron la política exterior estadounidense, lo que significa que todo el planeta sintió sus efectos. Mostró además la insalvable brecha que existe entre democracia y seguridad, enseñándonos que los ciudadanos de la parte privilegiada del planeta no dudan en cambiar esos privilegios/derechos políticos por un Gran Hermano.

Durante diez años la cabeza de Bin Laden fue el trofeo que faltó en la vitrina del Situational Room de la Casa Blanca, hasta que en mayo del año pasado la administración Obama colgó la de Gerónimo.

Tanto Al-Qaeda como el Talibán (inscritos en una práctica general de todo el radicalismo musulmán, considérese que el Corán están escrito en verso) se han expresado a través de poemas –pueden ser leídos en su sitio web-, no solo con una finalidad política, sino también para legitimar la muerte. Dado que la expresión última del extremismo islámico es el mártir de nuevo las palabras deben adormecer, deben confundir en un juego de espejos ideológico de significados maleables.

Han sido publicadas incluso antologías de poesía Talibán con el subsecuente debate estéril sobre si los editores (occidentales por cierto) son unos tontos más o menos útiles que sirven de vehículo de propaganda terrorista, sobre censura, libertad de expresión y demás.

En diciembre de 2001 Bin Laden plagiaba a un poeta árabe contemporáneo para describir los atentados de septiembre. En documentos encontrados en guaridas de Al-Qaeda durante los diez años siguientes abundan sus poemas. En algún papel se define a sí mismo como un “poeta guerrero”. Hay que entender el rol de la poesía en la cultura tribal a la que pertenece, y su intención pedagógica y de liderazgo: es a través de la palabra que se va erigiendo como la cabeza de un movimiento terrorista global.

 

Imágenes: Google y Wikipedia.

[1] Aún hoy vemos en las ediciones de Kawabata o de Mishima  –aunque no son poetas-  esas portadas con cerezos en flor o lánguidas muchachas japonesas con los rostros hieráticos bajo el polvo de arroz.

[2] Los nombres de las subdivisiones de esta unidad militar suicida –siempre según wikipedia-: Shikishima, Yamato, Asahi, y Yamazakura, corresponden precisamente a un jisei no ku.

[3] El Bushido, que se encierra en siete virtudes –todas llevadas hasta la muerte: rectitud, coraje, benevolencia, respeto, honestidad, honor y lealtad. Es muy fácil convertir esto en el reglamento de una academia militar.

[4] Out of the night that covers me, Black as the pit from pole to pole, I thank whatever gods may be For my unconquerable soul./ In the fell clutch of circumstance I have not winced nor cried aloud. Under the bludgeonings of chance My head is bloody, but unbowed./ Beyond this place of wrath and tears Looms but the Horror of the shade, And yet the menace of the years Finds and shall find me unafraid./ It matters not how strait the gate, How charged with punishments the scroll, I am the master of my fate: I am the captain of my soul.

[5] Iniciando la Era Post Americana.

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