Alegorías cívicas.

Y de los edificios públicos, cuantos prestan el servicio referente a los contratos, causas judiciales, citaciones y demás administración de este tipo, así como el concerniente a la vigilancia del mercado y la llamada administración urbana, deben colocarse junto a la plaza o en algún lugar público de afluencia, y el más indicado es el lugar próximo a la plaza ordinaria…

Aristóteles. Política.

En los últimos dos días los principales candidatos presidenciales en Venezuela hicieron sus inscripciones formales ante el órgano electoral, el así denominado Consejo Nacional Electoral (CNE)[1].

En buena medida tales actos fueron una excusa para una medición de fuerzas y dieron inicio de facto a la campaña electoral, si es que no había empezado ya. Los politólogos reiteran que no es tan relevante la cantidad de asistentes a esas manifestaciones si no la calidad de estas para determinar las posibilidades de victoria de cada candidato el 7O. Igual ya habrá tiempo para las verdaderas movilizaciones a partir del 1 de julio, inicio de iure de la campaña.

Más allá de las consideraciones necesarias sobre cuánta gente llevó cada candidato, la ‘composición’ de esa gente, los avatares de plástico de uno de los candidatos que adornaron edificios públicos en un acto de obscena corrupción, la salud o la enfermedad, etc., etc., quiero referirme al escenario de los actos, a la ciudad.

La forma en la que nos relacionamos con la ciudad delata quienes somos, las calles que escogemos, los lugares a los que siempre volvemos; son trazos de nosotros, nos dibujan. Más en una ciudad como Caracas, con sus guettos, su infranqueable división este-oeste. Aunque cualquier ruta de estos actos políticos estaba condicionada por la ubicación del CNE al final de la Plaza Caracas, lo cierto es que los senderos escogidos por cada candidato para llegar, los sitios desde los que hablaron, los edificios del entorno, todo el mobiliario urbano, habla sobre ellos de una forma más clara que los discursos que ofrecieron.

 

 

 Del parque a la plaza.

“Es posible también atraer la atención sobre uno mismo si se intenta restaurar  muchos de los buenos usos que en las ciudades han decaído y cambiar los hábitos que por una mala costumbre se han introducido para deshonra y menoscabo del Estado”.

Plutarco. Consejos Políticos.

La ruta más larga de las ocho que podían recorrer los partidarios de Henrique Capriles Radonski iba del Parque del Este[2] a la Plaza Caracas. Esta enlaza a la ciudad desde el este hasta el centro en aproximadamente diez kilómetros de recorrido. El mismo candidato la escogió para caminarla, aunque solo lo hizo parcialmente.

En sus extremos ofrece una alegoría importante sobre la ciudad: va de un parque a una plaza, lugares en los que el encuentro es entre pares. El recorrido ciudadano por excelencia. Pero además tanto el Parque del Este como el Centro Simón Bolívar, del que las Torres de El Silencio y la Plaza Caracas forman parte, son dos hitos de la arquitectura moderna. Vida cívica y modernidad son las ideas que si aguzamos la mirada encontramos en este recorrido. Ambas truncadas.

Es pertinente detenernos un momento en el Parque del Este. Como se sabe es obra -junto con Fernando Tábora y John Stoddart- del paisajista modernista brasileño Roberto Burle Marx, uno de los más importantes del siglo XX. Cuando el parque se inaugura en 1961, la democracia venezolana está en plena efervescencia. El nuevo régimen de libertades y el mar de petróleo nos están convirtiendo en ese momento en un país próspero. El epicentro de esto es Caracas, cuya transformación de villorro en ciudad va a suponer a la fecha un intento de modernización urbana sin precedentes en América Latina.

En el Parque del Este asistimos a un intento de planificación, de racionalidad modernista, en el que se pretendía dotar a la ciudad de los lugares que la hacen una comunidad política. Ese objetivo inalcanzado es el que denota la experiencia fallida: nunca nos convertimos en una comunidad política. El parque del Este está ahí para recordárnoslo. Sus mutilaciones, su secuestro por parte del gobierno para convertirlo en una pantalla de su propaganda lo ponen de relieve.

Es muy didáctico comparar al Parque del Este actual con su hermano mayor –aunque inaugurado en 1965-, el Aterro do Flamengo en Río de Janeiro, que será sede olímpica en 2016.

La última estación de todos los recorridos en apoyo a Henrique Capriles era la Plaza Caracas –aunque por la cantidad de gente, las plazas Miranda y O’Leary también sirvieron de ágoras- diseñada por Germán Castro e inaugurada en 1983. Esta plaza es el lobby de la Torres del Centro Simón Bolívar -qué otro nombre podría tener- inauguradas en 1954 y que también son un ejemplo de arquitectura modernista y un símbolo de la transformación del país, aunque en este caso solo desde la economía, ya que esta obra fue llevada a cabo durante la dictadura militar de Marcos Pérez Jiménez.

Esas torres son un monumento a nuestra incapacidad para entrar en la modernidad (el arquitecto y escritor venezolano Federico Vegas dice -lo parafraseo- que Caracas es una ciudad que tiene en el pasado su futuro), si obviamos la ranchificación que en su interior han cometido los distintos organismos públicos que las habitan, la prueba más clara quedó expuesta cuando el candidato Capriles saludó a una damnificada asomada a una de sus ventanas. Los edificios símbolos de la modernidad se usan como refugios para las personas cuyas casas precarias –que nunca debieron construirse- son destruidas con las lluvias cada año.

La plaza está adornada con un busto de grandes dimensiones de Bolívar, obra de Victorio Machado, que es parte de una escultura tan faraónica y cuyo destino original era el Ávila, que fue abortada y solo la cabeza fue esculpida, como recordatorio de los desvaríos que cometemos inspirados en nuestra equívoca historia.

Capriles habló desde un lugar que es una semblanza de las oportunidades que como sociedad hemos desperdiciado, pero habló sobre aprovechar otras oportunidades. Por su posición geográfica –y dado que arbitrariamente le impidieron usar la Plaza Diego Ibarra- el candidato de la Unidad habló mirando hacia el oeste de la ciudad, la parte tradicionalmente habitada por las clases populares, habló teniendo en perspectiva la Urbanización El Silencio[3].

 

 

Del palacio a la tarima.

Os habéis quedado aquí demasiado tiempo para el bien que habéis hecho. ¡Partid, os digo!”

Cronwell al Parlamento Largo.

El “recorrido” de Chávez comenzó en el Palacio de Miraflores, la sede del poder ejecutivo en Venezuela, es decir y dadas nuestras taras políticas: la sede del poder en Venezuela. Se le denomina palacio de forma exagerada (nunca hemos podido aceptar la humildad de nuestra arquitectura, de nosotros mismos) ya que no tiene nada de palaciego salvo por la sordidez del poder. Por ello pocos lugares se antojan tan contrarios a lo popular. De esto lo único que tiene es la fila de personas, de las más necesitadas de todas partes del país, esperando en una entrada lateral a que su petición –más bien una plegaria- sea atendida.

El origen de esta residencia oficial de los presidentes de Venezuela como se sabe es el de casa particular de Joaquín Crespo a finales del siglo XIX. Pero al morir este y ante las deudas –y la falta de poder- que dejó, a su viuda le resultó más beneficioso alquilarla a Cipriano Castro hasta que la república la adquirió.

Al pasar a pie por el frente del palacio lo más probable es que un hombre armado –aunque sin ninguna identificación, ni uniforme, a fin de cuentas la guardia pretoriana chavista es una mezcla de extranjeros y delincuentes, o ambos, paralela a las fuerzas armadas- pregunte hacía dónde se dirige el transeúnte. Eso y las barricadas indican que es un lugar aparte, segregado de la trama de la ciudad.

De ahí el candidato Hugo Chávez pasó en un camión -no caminando- por la Plaza República, el Calvario, la Plaza Miranda, la Plaza O’Leary, y la Plaza Caracas (unas diez cuadras), para luego seguir a pie hasta su oficina en el CNE y finalmente a la Plaza Diego Ibarra para perorar por horas mientras buena parte de sus seguidores-funcionarios se retiraban, en un intento por mostrar que su candidatura no es un fraude porque gozaría de buena salud. Por ello la arenga desde la plaza fue artificial, porque no fue un encuentro con los ciudadanos, fue un ejercicio más de propaganda.

Como ya indiqué, el día anterior se le había negado al candidato Capriles Radonski el uso de la Plaza Diego Ibarra, una plaza pública, para concentrar a sus seguidores. En un régimen tan profundamente corrupto como este los recursos públicos  –de ser necesario la ciudad toda- están el servicio de un particular, de un privado. Cuando afirmo que el recorrido terminó en la tarima y obvio la plaza, aludo en buena medida  que el espacio urbano no era relevante, tampoco la cantidad de gente, mucho menos las palabras que diría (de hecho es uno de los peores discursos de un de por sí muy mal orador), lo importante era mostrar que no está muriendo. Sin embargo la Plaza Diego Ibarra esconde una alegoría importante.

Esta plaza (obra de John Stoddart y Santos Michelena, propuesta por Tomás Sanabria) inaugurada en 1968 como una addendum a las Torres del Centro Simón Bolívar, perdida hasta 2007 por el comercio informal, lleva el nombre del general independentista, edecán de Bolívar, Diego Ibarra. Este fue uno de los conjurados que en la denominada “Revolución de las Reformas” de 1835 depuso a José María Vargas, primer presidente civil de la nación. Vale decir; uno de los militares que como una plaga se cernieron – y se ciernen- sobre la república dispuestos a tomarla como botín en pago de los servicios prestados. Por ello no había lugar más idóneo para que Hugo Chávez proclamase oficialmente su deseo de gobernar veinte años a Venezuela. Las nociones implícitas en su recorrido son siglo XIX  y poder.

Por su ubicación geográfica Chávez hablaba en dirección este, el sector de la ciudad tradicionalmente visto como asiento de las clases pudientes. El edificio que tenía en perspectiva era el Palacio de Justicia entre las avenidas Bolívar y Universidad. Tal vez contemplaba la ruina que representa.

Si imaginamos los dos mítines simultánemente los candidatos se darían la espalda el uno al otro. Aunque sus respectivos seguidores se verían de frente. Debo estar mezclando indebidamente  fēng shuǐ y política doméstica.

Hay otra alegoría que me gusta: al comparar a Capriles Radonski, abogado y diputado con Hugo Chávez, militar golpista, tenemos la sempiterna contradicción entre la ley y las armas. Pero ese es un lugar común.

 

 

Imágenes: Google Earth, venezuelatuya.com, eluniversal.com, wikipedia y santateresacaracas.wordpress.com


[1] La corrupción con la que le permite al candidato oficialista hacer campaña –puesta en evidencia durante estos actos- hace que parezca una oficina electoral de Miraflores.

[2] Aunque fue rebautizado ‘Miranda’ en 2002 –por esa cacofonía nuestra que el chavismo ha llevado al paroxismo y que consiste en llamar todo una y otra vez con los nombres de dos o tres militares decimonónicos-, y pese a que ha tenido los nombres oficiales de ‘Rómulo Gallegos’ y ‘Rómulo Betancourt’, nadie lo llama de otra forma que no sea Parque del Este, en un ejemplo de que son los ciudadanos los que se apropian de la ciudad. El parque es el principal lugar de esparcimiento público en Caracas.

[3] Como se sabe la reurbanización de El Silencio llevada a cabo por Carlos Raúl Villanueva durante el mandato de Isaías Medina Angarita en 1942 recuperó una de las zonas más depauperadas de la ciudad. Aquí Villanueva ensaya la síntesis de las artes que desarrollará tan brillantemente en la Ciudad Universitaria de Caracas: las esculturas de las toninas de la Plaza O’Leary son de Fernando Narváez. Hay una conjunción de arte, técnica y política inigualable.

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