Correo.

2101

No sé en qué tiempo gramatical escribir esto. Buena parte debería leerse en pasado aunque no esté escrita así.

Tampoco sé decir por qué una de las cosas que me hace feliz es recibir correspondencia. Aunque en mi familia hay inmigrantes, de niño nunca percibí que las noticias importantes llegasen por carta, fue mucho más tarde cuando recibir una se convirtió en el hecho significativo que aún es.

He tenido corresponsales en lugares lejanos, también cercanos. Una vez el correo me entregó por error una carta que había enviado a Europa: remitente y destinatario del mismo mensaje, el dios Jano epistolar.

Las cartas que me gustan son las manuscritas tanto en la dirección del sobre como en la misiva, y deben estar franqueadas con estampillas de las que es necesario humedecer, no de las autoadhesivas, ni con sellos impresos.

A veces me tomo un tiempo para abrirlas, sopesando el peso, imaginando el contenido, otras; rasgo el sobre bruscamente y me abalanzo sobre lo escrito. En cuanto al matasellos prefiero el ondulado, ese que parece surcos trazados por un borracho u olas –puedo abstraerme viéndolo por largo rato-, a las marcas circulares o de otro tipo.

Capítulo aparte merecen los lugares del remitente y los códigos postales. Como autista trato de descifrar significados ocultos en estos últimos. En cuanto a aquellos paladeo las palabras: Rotterdam, Teramo, Bethesda, La Habana. Sitios que recreo a mi gusto ejerciendo mi potestad de destinatario.

Trato de responder la pregunta del inicio. Se me ocurre que es por lo íntimo que resulta hablar por carta. Aun para decir lo más trivial una carta es una apelación personal al destinatario como ninguna otra, velada por el sobre a los ojos de los demás[1]. Por ello en mis relaciones personales he usado con frecuencia cartas.

En una ocasión o dos he sido tan sincero como me es dado, escribiéndolas. Todavía más, las señas del sobre (que tan frecuentemente se han empleado para transmitir información cifrada) establecen un diálogo único entre quienes se escriben: esos renglones de caligrafía torcida o elegante permiten sin siquiera abrir la carta evocar como pocas cosas a alguien distante. Solía tocarlos.

Luego siempre está la sorpresa del contenido: cuánto escribió, qué dijo. La anécdota construida con palabras a la que vuelves una y otra vez, en la que tratas de ubicarte como en un diorama armado en tu mente.

Al final una carta siempre es una promesa fatua, siempre una expectativa. Al terminar de leerla nunca sabes cuándo llegará la próxima, no sabes cuándo el nexo se enfriará tanto que las cartas sobren. Alguna vez creí que podía retrasar ese momento, incluso impedirlo; si escribía mi respuesta –una muy larga- inmediatamente apenas terminaba de leer.

Hoy recibí una carta.

Imagen: Wikipedia.


[1] Alberto Manguel cuenta en Una historia de la lectura, como “según Plutarco, Alejandro Magno leyó una carta de su madre en silencio en el siglo IV a.C., ante el desconcierto de sus soldados.”

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