Votos restauradores.

Chairing the Member, The Humours of an Election series, 1755.

Freedom has many difficulties and democracy is not perfect …

JFK

Los resultados de la elección presidencial mexicana de hace unos días motivan esta entrada. De ellos puede derivarse –entre otras cosas- que la paciencia con la democracia es poca y que la memoria es corta. La construcción de instituciones, la vida en una sociedad que no esté secuestrada por algún autócrata y los beneficios económicos y sociales que cabría esperar de un régimen de libertades tardan en germinar, amén de las dificultades inherentes que impone la perenne construcción de la democracia. Esa tardanza no es bien recibida por los votantes, que no dudan en retornar al populismo, a la demagogia y al clientelismo, a la menor ocasión. Además la relación de las sociedades latinoamericanas con su historia es conflictiva con tendencia a la amnesia, de ahí la práctica política escindida.

Para mostrar mi tesis repasaré un par de casos, y en un ejercicio de prospección plantearé un tercero. En estos ejemplos coincide el que luego de una transición que pretendía dotar a sus sociedades de la democracia de la que carecieron por un largo tiempo o que nunca tuvieron, los electores se vieron ante la posibilidad de elegir entre: a) la continuidad de la transición inconclusa, b) algún régimen anterior a esa transición; y c) la ruptura con las dos opciones anteriores, escogiendo antes o después la restauración.

Los casos son: las elecciones generales peruanas de 2006 y 2011, las elecciones federales mexicanas de 2006 y 2012, y la eventual elección presidencial venezolana de 2018.

 

 

 

Elecciones Generales Peruanas de 2006 y 2011.

Urna electoral marca ACME.

Los muertos que vos matáis gozan de buena salud.

Juan Ruiz de Alarcón.

Los antecedentes de estas elecciones se hallan en el golpe de estado incruento que dio Alberto Fujimori en abril de 1992, con el que inauguró el régimen de tipo neoautoritario que vacía de contenido democrático las instituciones, manteniendo solo las formas legales (a veces ni eso), que domina los medios de comunicación y emplea la soberanía y el nacionalismo como excusas para incumplir las obligaciones que impone la comunidad internacional. Bajo tales condiciones las violaciones de los derechos humanos, la corrupción y el daño a la economía no se hacen esperar.

Luego de diez años de fujimorato, del rechazo de la comunidad internacional al fraude cometido en las elecciones de 2000 y de una corrupción escandalosa (incluso para los estándares latinoamericanos), el régimen se derrumbó entre septiembre y noviembre de 2000 en medio de la bochornosa renuncia y huida de Fujimori.

A la breve transición de Valentín Paniagua le siguió la victoria electoral de Alejandro Toledo en 2001. Ya en esa elección, Alán García el candidato del APRA con sus desastrosos antecedentes en los ochenta como presidente, obtuvo en la primera vuelta una cuarta parte de los votos válidos, lo que lo llevó a disputar la segunda vuelta. La posibilidad de la restauración estaba presente apenas poco más de diez años después.

Toledo fue el encargado de iniciar el cambio político. Sin embargo la tarea incompleta de reconstruir la vida institucional del país aunado a la desigualdad social que los resultados macroeconómicos no pudieron mitigar llevó a que en 2006 el electorado peruano no le diese una segunda oportunidad a Toledo y lo que representaba. Aquí se presentaron las opciones que mencionaba al inicio, de la siguiente manera:

a) La continuidad, representada por la candidata Lourdes Flores de la plataforma electoral Unión Nacional.

b) Los regímenes anteriores a esa transición, representados por el candidato Alán García del APRA –recuérdese que la democracia que inicia en 2001 no solo pretendía deslastrar al país del fujimorismo sino también del legado de García, que en buena medida le había allanado el camino a aquel y;

c) La ruptura con las dos opciones anteriores, representada por el candidato Ollanta Humala de la plataforma electoral Unión por el Perú.

Bien, casi el 55% de los electores que participaron en la primera vuelta escogieron o volver al pasado o el salto al vacío, dándole la espalda al presente luego de tan solo un período presidencial. En la segunda vuelta resultó electo Alán García (aunque la principal bancada parlamentaria pertenecía a la plataforma electoral de Humala) en buena medida por la torpe cercanía del candidato Humala con el chavismo (innecesaria para posicionarse como la opción radical, dados sus antecedentes de militar golpista y la ideología que postulaba). Por suerte para el Perú, Alán García resultó ser un presidente eficiente, respetuoso de las instituciones –lástima que algunos presidentes latinoamericanos necesiten dos períodos de gobierno: el primero en el que están aprendiendo y arruinan al país y un segundo en el que lo hacen medianamente bien.

Pero luego de su mandato y pese al crecimiento económico y a la estabilidad, en 2011 se presentó el mismo dilema electoral al que contribuyó la incapacidad de los partidos de centro por presentar una candidatura única.

En una especie de burla histórica y política, a la segunda vuelta pasaron Keiko Fujimori y Ollanta Humala. La primera, hija de Alberto Fujimori y parlamentaria –amnesia como rasgo-, y el segundo el mismo militar golpista, cercano al chavismo y defensor de algo denominado etnocacerismo de la elección anterior. Esta vez un adocenado Humala venció en una reñida elección (también obtuvo la bancada más grande en el congreso).

De nuevo la providencia: Ollanta Humala no ha mutado en una versión andina de Hugo Chávez (ese papel ya lo interpreta con éxito Evo Morales en Bolivia) destruyendo el Perú. Por ahora.

 

 

 

Elecciones Federales Mexicanas de 2006 y 2012.

Zapatazo publicado en El Nacional de Caracas, el 3 de julio de 2012.

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí“.

Augusto Monterroso.

El 2 de julio de 2000, la elección de Vicente Fox candidato del sempiterno opositor Partido Acción Nacional (PAN) como presidente de México rompió la dictadura perfecta de 70 años del PRI.

Con los votos, los mexicanos lograron su entrada demorada en la democracia. El oxímoron de la revolución institucionalizada había colonizado el estado, domeñado los medios de comunicación, construido un sistema clientelar -que aún pervive- con los sindicatos aparentemente sin fisuras y una maquinaria electoral bien aceitada.

En 2000 las opciones (dentro del esquema sugerido) eran:

a) Votar por un cambio no radical –si nos atenemos a la retórica electoral-, representado por el candidato Vicente Fox del Partido Acción Nacional (PAN) y sus aliados.

b) Votar por el régimen, representado por el candidato Francisco Labastida      del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y;

c) Votar por un cambio radical –si nos atenemos a la retórica- representado por el candidato Cuauhtémoc Cárdenas de la Alianza por México.

Los mexicanos eligieron la transición esta vez y la siguiente. En 2006 el poder continuó en manos del PAN por escaso margen, detentado esta vez por Vicente Calderón. Aunque en esta elección ya estaba presente el esquema sugerido, de la siguiente forma:

a) Elegir la continuidad representada por el mencionado Vicente Calderón del Partido Acción Nacional (PAN).

b) Votar por la restauración del régimen anterior representado por el candidato Roberto Madrazo del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y;

c) Votar por la ruptura con las dos opciones anteriores, representada por el candidato Andrés Manuel López Obrador (AMLO) del Partido por la Revolución Democrática (PRD).

A solo un período presidencial de distancia, el electorado mexicano votó en casi 58% en contra de la transición democrática que lideraba el PAN. Poco más de una quinta parte de los votos válidos fue para el PRI en 2006, que había gobernado por setenta años a través de la corrupción. Por menos de un punto porcentual AMLO que es un disidente del PRI y el candidato radical –identificado con el chavismo-, perdió las elecciones esa vez. Cuán poca paciencia con la construcción de una sociedad distinta tenían que tener los electores para votar como lo hicieron. Era imposible que la administración de Fox rediseñara con éxito al país en apenas seis años. En todo caso, ante la frustración: por qué las únicas opciones eran la vuelta al pasado o el salto al vacío. Cuánto tiempo necesita una sociedad para sustituir su clase política.

Hace unos días sin embargo, en las elecciones federales de 2012, la norma que propongo se cumplió finalmente. En esta ocasión las posibilidades eran:

a) Votar por la continuidad representada por la candidata Josefina Vásquez Mota del Partido Acción Nacional (PAN).

b) Votar por la restauración representada por el candidato Enrique Peña Neto del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y;

c) Votar por la ruptura con las dos opciones anteriores, representada por el candidato Andrés Manuel López Obrador (AMLO) del Partido por la Revolución Democrática (PRD) y sus aliados.

El electorado se dividió en tres porciones casi iguales, pero la mayoría eligió el retorno del PRI al poder. El resultado es muy reciente para sacar conclusiones, sin embargo es innegable el lastre que para el PAN constituyó la fallida guerra contra el narco (junto a un declive de la economía y a los propios errores de la candidata panista). Aunque en este punto se erigen las preguntas: qué otro curso de acción debería seguirse. Constantemente se habla de la colombianización de México. Bien: ese país no hizo replegarse al narcotráfico pactando con él o despenalizando el consumo (la propuesta de Santos al respecto luce extemporánea y oportunista). La represión está presente en la estrategia con un peso significativo. Por otra parte, la penetración del narcotráfico en México no fue súbita, no es responsabilidad exclusiva de los doce años de gobierno panista. De hecho el que Calderón recurriese al ejército –aumentando así la escalada de la guerra- se debe a la corrupción que está presente en los estados, en las policías locales, donde también gobiernan el PRI y el PRD.

Volviendo a la elección, aunque Peña Nieto se mercadea como el líder de una nueva generación dentro de su partido (es el primero electo democráticamente en su formación política), lo cierto es que las viejas prácticas priistas estuvieron presentes (nunca se ausentaron de la vida política mexicana). Destaca el pacto con Televisa que le garantizó una exposición mediática sin parangón y que colocó a los otros candidatos en desventaja.

El presidente electo parece ser más bien un producto político diseñado por hábiles tecnócratas (con esposa actriz de telenovelas incluida). Su mensaje se centra en su juventud y pragmatismo como rasgos personales sobresalientes y en la estabilidad –una velada reivindicación del pasado- como promesa electoral. No obstante su triunfo cabalga sobre una impresionante maquinaria partidista –con rumores de compra de votos y arreo de electores-, independiente de sus cualidades.  El incidente en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara de 2011 habla mejor sobre estas: delató su ignorancia (que junto a su tradicional inclinación izquierdista, justifica la adhesión de los intelectuales mexicanos a la candidatura de AMLO[1]), que siempre es peligrosa en un político y que lo acerca más al viejo PRI, tal vez al único PRI. En descargo suyo habría que leer esta entrevista ya como presidente electo: http://internacional.elpais.com/internacional/2012/07/05/actualidad/1341485221_826652.html

Es irónico que los análisis indiquen que las mayores dificultades de Peña Nieto provendrán de los dinosaurios del PRI, los de sus filas o los de la oposición.

En suma: el temor es que la Silla del Águila sea ocupada de nuevo por el Ogro Filantrópico.

 

 

Elección Presidencial Venezolana de 2018.

Caricatura de Rayma. El Universal, Caracas, 11 de enero de 2012.

 …mostré que, por razones estrictamente lógicas, nos es imposible predecir el curso futuro de la historia.

Karl Popper.

Este es el ejercicio de prospección (se supone que las ciencias –aun las sociales- tienen cierta capacidad de predecir el fututo).

Mientras escribo es muy probable que el candidato opositor, Henrique Capriles, gane las elecciones de octubre de este año. Aún las encuestas (me refiero solo a las no mercenarias) muestran su desventaja, pero esta no es amplia y la tendencia es a su crecimiento. Si ganase, terminaría con catorce años de ejercicio del poder por el chavismo en Venezuela.

El reto es formidable. Todo el estado venezolano ha sido colonizado y está al servicio de la candidatura reeleccionista chavista en un despliegue de corrupción grotesco incluso para lo que estamos acostumbrados a ver en el país. Es probable que mis palabras luzcan exageradas por tendencioso (siempre he indicado mi condición opositora), pero dentro de una neoautocracia todos los recursos públicos del tipo que sean se privatizan a favor del grupo en el poder. Esto en un país petrolero no es poca cosa.

Sin embargo la dificultad de vencer al chavismo en estas elecciones podría resultar más sencilla que gobernar con las condiciones políticas, económicas, culturales y sociales que encontraría el candidato opositor la mañana del 8 de octubre de 2012. El mismo hecho de que medien tres meses entre el momento de la proclamación del vencedor y el de la toma de posesión supone una dificultad relevante que ningún presidente ha afrontado desde 1961 por lo menos.

Las demandas sociales de una población clientelar que ha sido convencida de que es rica porque le pertenece una porción de la riqueza del subsuelo y de que el único obstáculo para que disfrute de esa riqueza es la democracia misma, no se detendrán por un entorno económico que podría ser adverso (a la fecha, la cotización de la cesta petrolera venezolana ha perdido 25% de su valor en lo que va de año).

Las instituciones del país han sido corrompidas de tal forma, erigiéndose en apéndices chavistas, que cualquier iniciativa del ejecutivo sería torpedeada. El estado fallido que [casi] somos no se haya en la mejor condición para la vida política civilizada.

Así, los eventuales seis años de presidencia de Capriles (quien ya ha adelantado su rechazo a reelegirse), acumularían tal nivel de inestabilidad que en las elecciones presidenciales de 2018 podríamos estar en presencia de las opciones que he mencionado para los casos anteriores.

Antes repasemos las formaciones políticas locales. En el bando opositor, las fuerzas se aglutinan en la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), el más exitoso esfuerzo a la fecha de articulación de la oposición, que reúne fundamentalmente –aunque no exclusivamente- partidos políticos que recorren todo el espectro desde la izquierda radical del partido Bandera Roja –ex compañeros de viaje chavistas- hasta la democracia cristiana del partido COPEI. Como parte de esa coalición destaca el partido Primero Justicia, que aunque no hace explícita su ideología política (suele escurrir el bulto apelando a un difuso humanismo o progresismo), lo cierto es que es ubicado en la centro derecha. Este es el partido del candidato Capriles Radonski, quien aunque fue postulado también por otras agrupaciones, es un justiciero.

De derrotar a Chávez en octubre, las razones para que tal coalición permanezca unida se debilitan. Más aún: un período de turbulencia como el que se avecina, que podría quemar a Henrique Capriles (consumiendo integro su capital político) podría hacer aflorar las diferencias naturales de la coalición opositora y dividirla.

Por ello, podrían presentarse a unas elecciones de 2018 dos o más candidatos por la alternativa democrática, previas primarias de cada organización. Aunque me inclino a pensar que en caso de tal división, serían dos solamente: uno por Primero Justicia (el mismo Capriles, sino hace buena su palabra de no reelegirse, o alguien que surja de las primarias de ese partido como Carlos Ocariz, sobre todo si gana la gobernación del estado Miranda), que sería identificado como el candidato continuista, y otro por lo que quede de la coalición opositora actual. Pare este candidato no imagino hoy a nadie mejor que a Pablo Pérez, el actual gobernador del estado Zulia, y el contendor que llegó de segundo en las primarias opositoras. Este candidato continuaría con el apoyo del partido Acción Democrática (AD) y de otros partidos tradicionales anteriores a las elecciones de 2000, y por ello –y por su propio perfil- sería etiquetado como el candidato adeco, el candidato del pasado. Aunque parece poco probable una restauración de la política venezolana a los términos de 1998. De no haber división y de no buscar la reelección el entonces presidente Capriles, unas primarias opositoras podrían arrojar como ganador a Pablo Pérez.

En el bando oficialista, de no ser Hugo Chávez el candidato (por muerte, enfermedad, cárcel o porque decline simplemente), con primarias o sin ellas, habría un puñado de personas que podrían asumir la candidatura. El candidato (ahora opositor en 2018) podría ser algún miembro de la nomenclatura actual o de la familia de Chávez (con frecuencia la diferencia es inexistente).

Así las opciones, en ese hoy remoto 2018: ¿El país restauraría por los votos al chavismo solo seis años después de su derrota electoral?

 

 

P.S.: Pese al nombramiento de Piñera, las elecciones chilenas desde el referéndum que sacó a Pinochet, desmienten mi tesis. Las elecciones argentinas desde la de Alfonsín me dan la razón en cambio.

 

 

Imágenes: Wikipedia, elnacional.com y eud.com


[1] Este no luce como una opción más potable. La hostilidad hacia la prensa en la rueda de prensa posterior a que se oficializaran los resultados y su reiteración del desconocimiento de estos sin mostrar que se haya torcido la voluntad popular de forma significativa, a imagen y semejanza del fiasco de 2006, lo indican. Eso sin mencionar que como disidente priista tiene inscrito el adn populista que impide las reformas de la economía que el país necesita con urgencia.

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