El viejo Faulkner.

Así lo llama García Márquez –creo que se copia de uno de sus amigos- en sus memorias: “el viejo Faulkner”. Junto al “viejo Hemingway” o a la “vieja Woolfe” fueron los maestros que le enseñaron a escribir –también a Vargas Llosa y a muchos más-, maestros difíciles.

Pongo como ilustración de la entrada una portada de ¡Absalón, Absalón! porque es el primer libro que leí de Faulkner –una molesta voz en mi cabeza me pide que escriba que también es el único de sus libros que he entendido-, aunque no fueron esas las primeras palabras que le leí. Puedo decir que su primera historia que leí fue su apellido. Ese ‘Faulkner’ que me sonaba tan americano y que solía pronunciar obviando la “l” como corresponde y marcando la “k”, presumiendo de mi broken English. Con el tiempo me enteré de que el apellido original es Falkner, y de que lo modificó para que sonase más francés.

Sin embargo lo primero que le leí con propiedad fue su discurso de aceptación del Nobel. Vaya paradoja esa de empezar por el final la obra de un autor tan difícil como este caballero sureño.

En ese discurso hay palabras que escritas por alguien más me resultarían cursis, idiotas. Pero en Faulkner adquieren el significado que no debieron perder nunca. Por la fecha, por recordar –cada vez me disgusta más el paso del tiempo- ofrezco ese discurso traducido, advirtiendo como siempre que los errores de estilo se deben a mi deficiente inglés.

Premio Nobel de Literatura 1949.

Discurso de William Faulkner en el banquete del Nobel en el Ayuntamiento de Estocolmo, el 10 de diciembre de 1950.

“Siento que este premio no me fue concedido a mí como persona, sino a mi obra –el trabajo de toda una vida en la fatiga y la agonía del espíritu humano, no por la gloria y mucho menos por la ganancia, sino por crear de la sustancia del espíritu humano algo que no existía antes. Así que este premio me es dado en depósito. No será difícil encontrar un destino para el dinero del premio adecuado al propósito y significado de su origen. Pero me gustaría hacer lo mismo con la celebración del premio, usando este momento como un pináculo desde el cual pueda ser escuchado por los jóvenes hombres y mujeres dedicados también a la misma angustia y al mismo afán, entre los cuales se encuentra ya aquel que algún día estará parado aquí donde me encuentro.

Hoy nuestra tragedia es un universal miedo físico sufrido tanto tiempo que podemos incluso soportarlo. Ya no hay más problemas del espíritu. Solo queda la pregunta: ¿Cuándo estallaré? A causa de esto, los jóvenes hombres y mujeres que escriben hoy han olvidado los problemas del corazón humano en conflicto consigo mismo, los únicos que pueden crear buena literatura, porque solo de ellos vale la pena escribir, solo ellos valen la agonía y la fatiga.

Ese escritor debe aprenderlos de nuevo. Debe enseñarse a sí mismo que el cimiento  de todas las cosas es tener miedo; y, al enseñarse eso, olvidarlo para siempre, sin dejar sitio en su taller para nada que no sea las viejas verdades y realidades del corazón, las verdades universales sin las cuales toda historia es efímera y está condenada a la ruina –amor y honor,  piedad y orgullo, compasión y sacrificio. Hasta que lo haga, está maldito. No escribe sobre el amor, sino sobre la lujuria, escribe sobre derrotas en las que nadie pierde nada valioso, sobre victorias sin esperanza y, lo peor de todo, sin piedad, ni compasión. Sus sufrimientos no son universales, no dejan cicatrices. No escribe del corazón sino de las glándulas.

Hasta que reaprenda estas cosas, escribirá como si estuviese parado en medio y mirase el fin del hombre. Me rehúso a aceptar el fin del hombre. Es fácil decir que el hombre es inmortal simplemente porque perdurará, que cuando la última campanada de la destrucción haya retumbado y se haya desvanecido de la última insignificante roca meciéndose sin marea en el último moribundo y rojo atardecer, incluso entonces todavía habrá un sonido más: el de su diminuta e inextinguible voz, hablando todavía. Me niego a aceptar esto. Creo que el hombre no solo perdurará: sino que prevalecerá. Es inmortal no solo porque entre todas las criaturas sea el que tiene una voz inextinguible, sino porque tiene un alma, un espíritu capaz de sentir compasión y sacrificio, y sufrimiento. El deber del escritor, del poeta, es escribir sobre estas cosas. Es su privilegio ayudar al hombre a resistir elevando su corazón, recordándole el valor,  el honor,  la esperanza,  el orgullo,  la compasión, la piedad, y el sacrificio que han sido la gloria de su pasado. La voz del poeta necesita no ser solo el registro del hombre, puede ser uno de los apoyos, de los pilares que le ayuden a resistir y a prevalecer.”

La versión original en inglés puede ser leída aquí: http://nobelprize.org/nobel_prizes/literature/laureates/1949/faulkner-speech.html

Imagen: http://www.letraslibres.com/revista/libros/absalon-absalon-de-william-faulkner

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