¿Cómo se dice “no hables” en mandarín? Respuesta: 莫言.

Cartel de la Revolución Cultural con la leyenda: “Destruiye el viejo mundo”.

No siempre el Partido Comunista Chino saluda con beneplácito el otorgamiento del premio Nobel como lo hizo con el de literatura este año. No siempre la Academia Sueca acierta al conceder los premios Nobel de literatura. De esas ocasiones en las que los comunistas [chinos] se sienten ofendidos y la Academia acierta al mismo tiempo, hay una que prefiero por sobre todas: el premio Nobel de Literatura de 1957.

Este es el discurso[1] del galardonado ese año:

Discurso de Albert Camus en el banquete del Nobel en el ayuntamiento de Estocolmo, el 10 de diciembre de 1957.

Al recibir la distinción con la cual su Academia me ha generosamente honrado, mi gratitud es profunda, particularmente cuando considero la extensión con la que esta recompensa ha sobrepasado mis méritos personales. Todo hombre, y por razones más fuertes aún, todo artista, quiere ser reconocido. Yo también. Pero no he sido capaz de enterarme de su decisión sin considerar sus repercusiones sobre lo que realmente soy. Un hombre joven todavía, rico solamente en dudas y con su obra en progreso, acostumbrado a vivir en la soledad de la obra o en el refugio de la amistad: ¿cómo no sentiría alguna clase de pánico con el decreto que lo transportaría súbitamente, solo y reducido a sí mismo, al centro de una luz deslumbrante? ¿Y con cuáles sentimientos aceptaría este honor al mismo tiempo que otros escritores en Europa, entre ellos los verdaderamente grandes, están condenados al silencio, e incluso en un momento en el que su país de nacimiento está atravesando una desgracia sin fin?

Sentí esa sacudida y desazón internas. Para tener paz de nuevo he tenido que, en resumen, aceptar una muy generosa providencia. Y dado que no puedo conformarme con tan solo vivir tranquilo con este logro, no he hallado nada mejor en que apoyarme, que lo que me ha servido de sostén toda mi vida, incluso en las circunstancias más contrarias: la idea que tengo de mi arte y del papel del escritor. Déjenme tan solo decirles, con espíritu de agradecimiento y amistad, tan sencillamente como pueda, cuál es esta idea.

No puedo vivir sin mi arte. Pero nunca lo he colocado por encima de todo. Si, por otra parte, lo necesito, es porque no puedo ser separado de mis semejantes, y este me permite vivir, tal como soy, al mismo nivel que ellos. Es un medio para conmover al mayor número de personas, ofreciéndoles una imagen privilegiada de las alegrías y sufrimientos comunes. El arte obliga al artista a no mantenerse apartado; lo sujeta a la humilde y universal verdad. Con frecuencia aquel que ha elegido el destino del artista porque siente que es diferente pronto se percata de que no puede mantener su arte ni su diferencia a menos que admita que es como los otros. El artista se forja a sí mismo con los otros, a medio camino entre la belleza sin la que no puede estar y la comunidad de la que no puede separarse. Es por esto por lo que los verdaderos artistas no desprecian nada: están obligados a entender más que a juzgar. Y si tienen que tomar partido en este mundo, tal vez puedan hacerlo solo por aquella sociedad en la cual, y de acuerdo con las grandes palabras de Nietzsche, no sea al juez sino el creador el que domine, así sea un trabajador o un intelectual.

Por el mismo rasgo distintivo, el papel del escritor no está libre de deberes difíciles. Por definición no puede ponerse hoy al servicio de aquellos que hacen la historia; él está al servicio de aquellos que la padecen. De otro modo, estará solo y privado de su arte. Ni siquiera todos los ejércitos de la tiranía con sus millones de hombres lo liberarán de su soledad, incluso y particularmente si marca el paso con ellos. El silencio de un prisionero desconocido, abandonado a las humillaciones al otro lado del mundo, es suficiente para que el escritor se retire de su exilio, al menos cuando, en medio de los privilegios de la libertad, procura no olvidar ese silencio y transmitirlo haciéndolo resonar por medio de su arte.

Ninguno de nosotros es lo suficientemente grande para tal tarea. Pero en todas las circunstancias de la vida, en el anonimato o en la fama, arrojado en las cárceles de la tiranía o libre para expresarse, el escritor puede ganarse el corazón de una comunidad viva que lo justificará, con la única condición de que acepte como límite de sus habilidades las dos tareas que constituyen la grandeza de su oficio: el servicio de la verdad y el servicio de la libertad. Porque su labor es unir el número más grande posible de personas, su arte no debe comprometerse con las mentiras y la servidumbre que, donde sea que dominan alimentan la soledad. Cualquiera que sea nuestra debilidad personal, la nobleza de nuestro oficio siempre estará enraizada en dos compromisos, difíciles de mantener: el rechazo a mentir y la resistencia a la opresión.

Durante más de veinte años de historia enloquecida, desesperadamente perdido en las convulsiones de este tiempo como todos los hombres de mi generación, me he apoyado en una cosa: el sentimiento oculto de que escribir hoy era un honor porque esta actividad era un compromiso –y un compromiso no solo con la escritura. Específicamente, considerando mis facultades, era el compromiso de cargar, junto a todos aquellos que estaban viviendo de principio a fin la misma historia, la miseria y la esperanza que compartimos. Estos hombres, que nacieron  al inicio de la Primera Guerra Mundial, que tenían veinte años cuando Hitler se hizo con el poder y comenzaban los primeros juicios de Moscú, que completaron su educación con la Guerra Civil Española, la Segunda Guerra Mundial, el mundo de los campos de concentración, una Europa de cárceles y torturas –estos hombres deben criar a sus hijos y crear sus obras hoy en un mundo amenazado por la destrucción nuclear. Nadie, creo, puede pedirles que sean optimistas. Incluso pienso que debemos entender –sin dejar de combatirlo- el error de aquellos que en un exceso de desespero han hecho valer su derecho al deshonor y se han precipitado en el nihilismo de la era. Pero permanece el hecho de que la mayoría de nosotros, en mi país y en Europa, hemos rechazado ese nihilismo y nos hemos enzarzado en una búsqueda de legitimidad. Estos hombres se han forjado un arte del vivir para sí mismos en tiempos de catástrofe para renacer y pelear contra el instinto de muerte que trabaja en nuestra historia.

Sin duda cada generación se siente llamada a reformar el mundo. La mía sabe que no lo reformará, pero su tarea es quizás más grande. Consiste en prevenir que el mundo se destruya a sí mismo. Heredera de una historia corrupta, en la cual se confunden revoluciones fallidas, tecnología demente, dioses muertos y gastadas ideologías, donde poderes mediocres pueden destruirlo todo aunque ya no sepan persuadir, donde la inteligencia se ha envilecido a ser la sirvienta del odio y la opresión, esta generación partiendo de sus propias negaciones ha tenido que restablecer, al mismo tiempo dentro y fuera, un poco de aquello que constituye la dignidad de la vida y la muerte. En un mundo amenazado por la desintegración, en el que corremos el riesgo de que nuestros grandes inquisidores establezcan por siempre el reino de la muerte, esta generación sabe que debe, en una loca carrera contra el reloj, restaurar entre las naciones una paz que no sea servidumbre, reconciliar de nuevo trabajo y cultura, y rehacer con todos los hombres el Arca del Pacto. Aunque no es seguro que esta generación será capaz de cumplir esta inmensa tarea, ya se está erigiendo en todas partes del mundo ante el doble desafío de la verdad y la libertad y, si es necesario, sabrá cómo morir por él sin odio. Donde quiera que se encuentre, merece ser saludada y aupada, particularmente donde se está sacrificando a sí misma. En todo caso, seguro de la total aprobación de ustedes, es a esta generación a la que me gustaría ceder el honor que me acaban de hacer.     

Al mismo tiempo que delineaba la nobleza del oficio de escritor, le he puesto en su justo lugar. No tiene otras pretensiones sino aquellas que comparte con sus compañeros de armas: vulnerable pero obstinado, injusto pero apasionado por la justicia, haciendo su trabajo sin vergüenza ni orgullo a la vista de todos, sin dejar de estar escindido entre la belleza y la pena, y finalmente devoto de sacar de su doble existencia las creaciones que obstinadamente trata de erigir en el destructivo movimiento de la historia ¿Quién después de todo esto puede esperar de él soluciones totales y elevadas costumbres? La verdad es misteriosa, elusiva, siempre a ser conquistada. La libertad es peligrosa, tan difícil de vivirla como es de soberbia. Debemos marchar hacia esas dos metas, penosa pero resueltamente, ciertos de que avanzaremos sobre nuestros errores en un camino tan largo ¿Qué escritor con buena conciencia se atrevería a partir de ahora a postularse a sí mismo como un dechado de virtudes? Debo aclarar una vez más que no estoy hecho de esa madera. Nunca he sido capaz de renunciar a lo alegre, a lo placentero de existir, y a la libertad en la que crecí. Pero aunque esa nostalgia explique muchos de mis errores y de mis faltas, me ha ayudado sin duda hacia un mejor entendimiento de mi oficio. Aún me ayuda a apoyar incuestionablemente a todos aquellos hombres silentes que sobrellevan la vida que les tocó solo gracias al recuerdo de una felicidad libre y breve.

Así, reducido a lo que realmente soy, a mis límites y obligaciones como también a mi difícil credo, me siento más libre, para concluir, opinando sobre el alcance y la generosidad del honor que me han concedido, más libre también para decirles que lo recibiré como un homenaje rendido a todos aquellos que, compartiendo la misma lucha, no han recibido ningún privilegio, sino por el contrario aflicción y persecución. Falta que les agradezca desde el fondo de mi corazón y que haga ante ustedes públicamente, como un signo personal de mi gratitud, la misma y antigua promesa de lealtad que todo verdadero artista se repite a sí mismo cada día en silencio.

 

Coda: http://prodavinci.com/blogs/la-condicion-intelectual-por-antonio-lopez-ortega/?utm_source=feedburner&utm_medium=email&utm_campaign=Feed:ProdavinciProdavinci y http://www.elpais.com/articulo/portada/Larga/vida/presidente/Mao/elpepuculbab/20100206elpbabpor_4/Tes.

 

Imágenes: http://en.wikipedia.org/wiki/File:Destroy_the_old_world_Cultural_Revolution_poster.png, http://en.wikipedia.org/wiki/File:Three_wise_monkeys_figure.JPG, y http://www.codigovenezuela.com/2012/06/opinion/graciela-pantin/simios-y-gobernantes-la-naturaleza-del-liderazgo-politico-por-gracielapantin/attachment/monos-sabios-2, respectivamente.


[1] Ofrezco una traducción de la versión en inglés –pidiendo disculpas por mi pésimo dominio de ese idioma. Esta, junto al discurso original en francés pueden ser consultados en: http://www.nobelprize.org/nobel_prizes/literature/laureates/1957/camus-speech.html.

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