NatGeo Channel: I’m a prepper!

Traje ABQ militar.

Traje ABQ militar.

Y salió otro caballo. Era de color rojo, y el que lo montaba recibió poder para quitar la paz…

Apocalipsis 6:4

 

 

 

Me tropecé con el programa Preppers del canal NatGeo buscando la seriedad y las imágenes de la revista destinada a desaparecer. Como se sabe en el programa se evalúan las habilidades de supervivencia de personas denominadas preppers que creen que la sociedad occidental colapsará pronto. Algunos acumulan agua, comida y armas, otros construyen refugios. Antes de aburrirme encontré un par de coincidencias entre los diferentes preppers y en quienes les rodean: sobrevivir al fin del mundo requiere un esfuerzo y gastos considerables y dado que no hay certeza sobre ese fin, se considera algo locos a los que hacen ese esfuerzo.

Lo creí así hasta que me di cuenta de que soy un prepper, más aún: vivo en un país lleno de ellos. En Venezuela nos preparamos para un apocalipsis cada vez que hay elecciones. El cívico, aburrido y anodino acto de ir a votar se nos ha convertido en ese meteorito que exterminó a los dinosaurios y sumió al planeta en la obscuridad un rato. Veamos.

La primera medida que sume al país en un estado de anormalidad apocalíptica es el acuartelamiento y movilización de las fuerzas armadas. En un país con escasa confianza interpersonal –lo de escasa es un eufemismo, lo cierto es que no somos capaces de predecir el comportamiento del otro o lo hacemos dando por sentado que nos perjudicará- y como herencia de una democracia amenazada, se instituyó desde los sesenta del siglo pasado que los militares debían cuidar las elecciones. Para ello se implementa el Plan República: la disuasión de las armas como última garantía de civilidad. Así, los militares se despliegan en todo el país, custodian los centros electorales, ejecutan la logística y se encargan de tareas de policía durante una semana alrededor de la fecha de las elecciones. No hay en período de paz una movilización militar semejante –no tendría porque haberla. Nunca como cuando se vota, se ven tantos fusiles de asalto en Venezuela.

Esta –reitero- es una herencia del período democrático que va de 1958 a 1998. A partir de ese momento la presencia militar mutó cual virus para peor. A partir de 1999 se les concedió el voto a los militares, a la par que se les convertía en un brazo del partido chavista de gobierno. Los que vigilaban dejaron de ser neutrales y se hizo imperioso responder a la pregunta de siempre: ¿Quién vigila a los que vigilan?

Peor: una parte importante del despliegue militar en las elecciones sería ejecutado en los últimos años por tropas no profesionales fuera de la cadena de mando del ejército regular denominadas milicias. En las distopías apocalípticas con las que nos aburre el cine y la televisión, las milicias siempre son retazos de ejércitos, bandas mal armadas a la carrera para enfrentar alienígenas, zombis y similares. Son el resultado de un cataclismo tal que los soldados profesionales son anulados. Bien, aquí votamos con tal soldadesca al lado.

Hay otras medidas de fin de mundo. Se cierra la frontera colombo-venezolana –la más importante- sin aviso previo, de madrugada y entre cinco y tres días antes. En una frontera tan porosa y con el intercambio comercial que tiene –si bien venido a menos por la absurda política económica chavista- tal cierre obliga a los que están del lado “equivocado” de la raya[1] a malvivir sin dinero, sin ropa limpia y sin comida por varios días ¿quién sale de su casa por más que viva en la frontera con mudas de ropa, sacos de dormir, plata, medicinas? Asumo que habrá algunos preppers andinos que como el personaje de Cormac McCarthy en La carretera llevan en un carrito de mercado todo lo que sostiene precariamente la vida humana de los que sobreviven a un holocausto, así crucen la frontera solo para comprar dulce de leche.

También se prohíbe desde un día antes la circulación de vehículos pesados -¿útil previsión contra tanques invasores quizás?-, se suspende el porte de armas y se declara la ley seca –la delicia del mercado ilegal de licor- dos días antes y hasta un día después de las elecciones, por otra parte se emiten salvoconductos y permisos especiales de circulación para personal de salud, bomberos, prensa y afines, hay permisos laborales y algunas actividades comerciales se suspenden, se militarizan estaciones eléctricas y de gasolina: un simulacro de emergencia nacional en toda la regla ¿O no es un simulacro?

Más demencia milenarista: las clases se suspenden cinco días antes ¿Cómo puede llevarle cinco días al ejército de un país cuyo gobierno amenaza con la guerra a Estados Unidos asegurar los edificios que servirán de centros de votación –en su mayoría escuelas, liceos y universidades- y trasladar allí el material electoral? Hay guarniciones en todos los estados, hace siglos adoptamos el uso de la rueda –desde hace menos tiempo los helicópteros rusos, tal vez porque estos suelen estrellarse- y la mayoría y los más grandes centros de votación están en las ciudades, no en pueblos remotos. El ejercicio de la ciudadanía a través del voto significa simultáneamente el menoscabo del derecho a la educación, y asocia desde la infancia las elecciones y la política en general con la anormalidad de la vida –o con la vagancia.

CampbellPero donde mejor se manifiesta el espíritu prepper es en la compra de víveres. En un país con un desabastecimiento actual de 20% y que considera muy probable que los resultados electorales arbitrados por un órgano electoral no independiente terminen en una confrontación en las calles, los días previos a la elección se convierten en saqueos legales de supermercados y estaciones de gasolina. Mis paisanos preppers y yo compramos agua, alimentos enlatados y no perecederos en general, velas, medicinas y combustible en tal cantidad que parece que el apocalipsis zombi se ha desatado y hay que esperar bajo tierra bien apertrechados a que algún buen dios se apiade de nosotros. Los estantes de estos rubros quedan vacios con esa imagen desoladora de una lata solitaria en un anaquel o de un paquete roto con el contenido medio derramado.

Así se amanece el día de la votación[2]. Pero la ordalía supervivencialista –vaya palabra- es de largo aliento. La dupla formada por el sistema automatizado (Consejo Nacional Electoral) y la forma en la que los militares organizan el acceso al centro de votación está diseñada para aumentar innecesariamente el tiempo en las colas (la abstención en medio de la polarización derrota al bando que la padece, así que si puedo obligar a los que esperan en fila a rendirse e irse sin votar o desmovilizar a los que aún no llegan, me apuntaré puntos valiosos en el escrutinio), por lo que vemos a la gente insolarse, padecer hambre y sed en largas filas. O la veíamos, ya que la experiencia del referendo revocatorio de 2004 nos enseñó a ser votantes preppers que debemos salir con sombrero, ropa que nos proteja del sol, agua, comida, silla portátil, un radio de baterías –aunque mejor es el par de audífonos que se conectan al celular cuya batería cargamos la noche anterior al máximo- abundante material de lectura y paciencia para tolerar la incompetencia programada del sistema. Si no se está preparado, vendedores ambulantes –la mayor parte de ellos ocasionales- suplirán nuestras necesidades pero a un precio mayor, exactamente como pasa cuando los canales de distribución comercial se anulan en medio de una catástrofe.

En el fondo estas medidas están destinadas a una parte de la población -¿qué mayor muestra del final de una sociedad que el apartheid?-, ya que las largas filas en los centros de votación son evadidas por una porción significativa de electores chavistas que  son arreados en vehículos oficiales –o privados pagados con recursos públicos- al final de la tarde, cuando los centros electorales están sin electores en espera –y por ende deberían estar cerrados y ejecutando el escrutinio- para votar sin obstáculos. Al menos en las últimas elecciones bandas armadas chavistas en motos se han adueñado de las principales ciudades desde media tarde y han intimidado centros de votación. Es pueril tal vez pero solo se me ocurre compararlo con Mad Max: el terrorismo motorizado como método de coerción en una sociedad post apocalíptica[3].

El epílogo del día del juicio es el anuncio de los resultados. De nuevo la espera –inconcebible en un sistema automatizado y en un proceso que inicia a las 6 a.m.-, está pensada para desmovilizar: si se anuncia las 2 de la madrugada que su candidato perdió, luego de haber sobrevivido a la elección ¿con qué fuerza protesta la oposición por más organizada que esté? Al día siguiente el resultado es un hecho consumado y hay fuerzas militares desplegadas.

Pero antes de esto y una vez que se han cerrado los centros de votación, el país que participó se queda pegado a los medios de comunicación, como cuando luego de una catástrofe se pide a la población que permanezca en sus casas –de ser posible- y espere las instrucciones de las autoridades para saber qué hacer. Ante la conducción chavista del país, los resultados de sus victorias[4] son recibidos por cerca de la mitad del país como una plaga bíblica.

¿Por qué votar es tan anormal en este país[5]? ¿El ejercicio de la ciudadanía no debería ser común y corriente? Si la ejecución de las potestades ciudadanas está rodeada de las condiciones que describo –no hay exageraciones pese a la guasa[6]– es porque no somos una sociedad democrática viable, si no una muchedumbre de preppers esperando el fin del mundo como lo conocemos (REM dixit).

 

Imágenes: http://lasmonedasdejudas.blogspot.com/2011/09/chemtrails-estelas-quimicas-de-muerte.html y propia.


[1] Si intentan entrar son detenidos y devueltos a Colombia, por lo que de facto y mientras dura ese cierre de la frontera por las elecciones, se puede considerar a esos venezolanos como exiliados políticos, una pena que no se aplicaba en el país desde 1958.

[2] En realidad nos despiertan con el toque de diana emitido desde altavoces de carros chavistas a las 5 a.m. ¡El día de las elecciones comienza con un llamado militar! ¿Fascismo o fin de mundo?

[3] No es un mal título para una tesis en ciencias sociales viéndolo bien.

[4] De sus victorias y de sus derrotas: porque desde el referendo consultivo de 2007 en el que el país rechazó una propuesta de reforma constitucional que convertía al país en un sucedáneo de Cuba, que luego se hizo efectiva –al menos en el papel- con otro referendo írrito en 2009 y con paquetes de leyes aprobados por el ejecutivo en una delegación legislativa del parlamento que nos convirtió en una satrapía de facto, sabemos que el chavismo no respeta ningún resultado electoral adverso.

[5] Dentro y fuera en realidad, al menos si eres opositor. Desde el año pasado y luego de la expulsión de la cónsul venezolana en Miami por su apoyo a acciones de ciberterrorismo dentro de Estados Unidos, el gobierno chavista decidió cerrar el consulado en esa ciudad, la que tiene la mayor cantidad de venezolanos en el exterior y trasladar las funciones consulares a Nueva Orleans, por lo que esos electores deben hacer un viaje de aproximadamente 500 kilómetros –solo de ida: el equivalente de ir de Caracas a Maracaibo en Venezuela- si quieren votar.

Otro caso es el de Australia: en ese país la sede consular queda en Canberra, por lo que un elector de Perth –que los hay- debe hacer un viaje de 3000 kilómetros –solo ida: el equivalente a ir de Caracas a Santiago de Chile.

Afuera solo si vota en Cuba, un venezolano no requiere de un viaje épico, ni de ninguna otra incomodidad como la solicitud de residencia legal, lo que convierte al gobierno venezolano en el único –que se sepa- que discrimina a sus nacionales por su estatus migratorio en el extranjero.

[6] Solo resta por mencionar que en las elecciones venezolanas no está permitida la observación internacional.

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