La mayoría de uno.

 

La Estrella, 1876-1877. Edgar Degas. Pastel sobre papel.

La Estrella, 1876-1877. Edgar Degas. Pastel sobre papel.

Acomodado en mi papel de observador y oyente, (…)”.

Gay Talese.

 

 

Suelo caminar por las calles vacías de la urbanización de al lado. La semana pasada lo estuvieron de más. Al final de la gris tarde del sábado lucían desoladas.

La única señal de vida ese día irrumpió casi al final de mi paseo. Al principio fue como esa pincelada de más en un cuadro. Después de horas de caminar en silencio oyendo mis pensamientos, un ruido lejano lo alteraba todo. Era un eco sordo, sincopado, que se detenía unos instantes para reiniciarse luego.

Por azar mis pasos me llevaban cerca de la fuente del ruido. Como diletante de la arquitectura me había fijado en esa casa antes. Como se sabe en Venezuela las casas deben ser cercadas y si la valla impide que se vea dentro, mejor. Así la vida queda oculta y las ciudades se hacen más feas, más hostiles.

Aunque la casa de la que provenía el sonido había sido cercada de forma segura –habían añadido a las paredes perimetrales cerco eléctrico y cámaras de seguridad- no se escondía de la calle: podía verse el cuidado jardín y el moderno –sin estridencias- diseño de la fachada.

Tal vez por la paranoia de la inseguridad nunca había visto a nadie en el porche de esa casa. Nunca hasta ese día. Frente a la puerta cerrada de la entrada estaba parada a solas una niña. Golpeaba una olla: estaba caceroleando.

Le daba a la olla con una cuchara sopera, con esa fiereza que imaginamos en los personajes de El señor de las moscas -¿quién puede ser más cruel que un niño?- deteniéndose por momentos para ensayar pasos de ballet sin música.

Me gustó su inteligencia –que querría para mi propia hija-. No intentaba sus pasos de baile al ritmo del ruido que hacía, aun siendo pequeña entendía –quiero creerlo así- que su danza debía ser acompañada por esa otra música que tenía en su cabeza y que necesitaba oír en silencio.

Después de un par de pasos volvía a su protesta por un rato, luego de nuevo al ballet. Nadie la acompañaba: el resto de la cuadra seguía en silencio, sin nadie a la vista.

Me alejé acompañado por el eco de los golpes a la olla pensando en la expresión seria de la niña mientras se ocupaba de sus asuntos públicos y privados a diferencia del ἴδιον contemporáneo- en perfecto equilibrio formado una mayoría de uno, de una en este caso, de una pequeña bailarina.

 

 

 

Imagen: http://cisnesyrosas.blogspot.com/2012/08/edgar-degas-ensonacion-y-gracil-fantasia.html

 

 

 

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