Camisetas mojadas.

Dotación del Barcelona FC para la próxima temporada.

Dotación del Barcelona FC para la próxima temporada.

El fútbol es popular porque la estupidez es popular.” Jorge Luis Borges

 Es raro ver a Messi con la camiseta albiceleste –fue aún más raro no ver al Barça ayer en la final de la UEFA Champions League-, son muchos partidos en la liga, muy pocos con la selección, son muchas orejonas: uno se acostumbra a un uniforme.

Me gusta la historia: incluso el ser humano más anodino puede atestiguar hechos importantes –o no tanto-. Al inicio de esta temporada el Barcelona FC anunció que rompería una tradición secular y usaría como segunda dotación del uniforme la senyera o bandera catalana. Ya se sabe cómo la crisis española ha dado alas al separatismo catalán y en menor medida al vasco: las ratas siempre abandonan el barco de primeras cuando amenaza el naufragio.

No es casual la cercanía entre el fútbol y el nacionalismo: ambos son básicos, seducen a las masas creando identidades culturales falsas y usan telas de colores para identificarse. De esta impostura nacionalista del Barça me interesa el origen de uno de los jugadores que se disfraza de bandera catalana: su principal jugador hoy, el de la mejor versión del equipo, su máximo goleador histórico es -¿no lo han notado nacionalistas catalanes?- un argentino.

No soy nada original al escribir que en la actualidad la identidad cultural es lo que permite a los individuos ubicarse en la sociedad[1], y que esa identidad cultural es una construcción arbitraria de esos mismos individuos. Lo original –no mucho- está en verificar cómo esas identidades culturales tienen mucho de ridículo. Eso me lleva más cerca en la geografía.

En Venezuela el fanatismo futbolístico genera interesantes observaciones en ese sentido: es casi tan artificial como la afición local al vino. Siempre fue sospechosa la afinidad con ese deporte porque estaba reducido a minorías de origen extranjero o fronterizo, a venezolanos no tan venezolanos por usar un eufemismo. Aunque el fútbol llegó al país en 1870[2] incluso antes que el béisbol, su profesionalización –esa palabra luce exagerada al mirar el campeonato local- data de la década de los sesenta del siglo pasado con el denominado fútbol de colonias: españoles, italianos y portugueses. Los mismos a los que siempre hemos llamado no tan cariñosamente –junto a chinos, colombianos y sirios- muertos de hambre eran los que jugaban, hinchaban y sostenían el fútbol.

La afición autóctona no postiza ha estado radicada siempre en los Andes, en la frontera con Colombia –en menor medida en Guayana al sur del país- conformada por los así llamados gochos, de quienes se dice que al carecer de cualquier otra cosa, solo les queda el fútbol para ver pasar el tiempo.

No seguíamos –aún no lo hacemos- la liga nacional porque era diversión de gochos y de portus que se juega en campos de fútbol que ni siquiera las mulas usarían para entrenar, y no seguíamos –ahora si lo hacemos- a la selección nacional porque era una conspicua y vergonzante perdedora y porque para eso teníamos -¿tenemos?- a la selección nacional de Brasil[3].

Además esas colonias de europeos (a los que también llamamos ladrones y les pedimos –por lo bajo- cuando nos venden caro el pan o la pasta que regresen a sus países) tienen aquí unos excelentes clubes sociales. Así que (y dado que un venezolano promedio considera inaceptable quedarse fuera de la fiesta aunque no lo hayan invitado): ¿por qué no disfrazarnos de fanáticos de esos países el día del juego –sobre todo a partir de los cuartos de final del mundial- mientras comemos con la cara pintada una paella como las que se sirven en Madrid o unos tagliatelle que ni la nonna, en la Hermandad Gallega, en el Centro Hispano, en el Centro Ítalo Venezolano[4] [5]?

Así era -¿aún es así?- hasta que llegó la televisión por cable primero y Richard Páez después.

El cable sirvió para expandir la afición postiza por clubes extranjeros[6]. De la exclusiva transmisión dominical de fútbol español, italiano y portugués que hacía el canal del estado en los 80 –y que nadie veía- pasamos a la transmisión de más fútbol del que podemos digerir sanamente y dado que nuestros equipos locales son apaleados en el continente –un venezolano promedio es incapaz de aceptar la derrota y menos si es deportiva- la adopción de un club extranjero no se hizo esperar porque necesitábamos inscribirnos en la identidad cultural global copada por camisetas pirateadas del Barça y del  Real Madrid, de la Juve y del Manchester United. Además la UEFA Champions League, la copa UEFA Europa League o la Confederaciones suenan más interesantes que la Libertadores.

La mitad de nuestra inserción cultural en el fútbol –como la de millones en el planeta- se produce a través del disfraz de fanático madridista o culé. La otra mitad se hizo con el disfraz vinotinto que es el que corresponde a la camiseta de la selección nacional venezolana. Para esto último se requirió la intervención del entrenador venezolano Richard Páez quien continuaría con mejores resultados lo que inició el entrenador argentino José Omar “Pato” Pastoriza con la selección nacional cambiando el perfil del equipo haciendo simplemente que no quedase de último en la clasificación suramericana[7] al mundial de fútbol. Tan mal jugábamos -¿jugamos?- que bastaba ese penúltimo lugar para sentir alivio.

Es ilustrativo de la idea de fútbol como suma de nacionalismo y fanatismo[8], el que los jugadores de la “era Páez” relaten que en su virtual primera sesión con el entrenador merideño, este les pidiese que se quitasen las camisetas de la selección y reflexionasen sobre cómo ponérselas de nuevo[9].

Algunos jugadores se lo tomaron a chiste -¿de qué otra forma podrían?- pero la intensión de Páez era seria: que asumiesen la camiseta como símbolo del país[10]. Bien, si la camiseta de fútbol es el país, cuándo al final del partido los jugadores las intercambian ¿están intercambiando nacionalidades?, ¿pasaportes acaso?, ¿podrían ser acusados de traición a la patria? Si los jugadores sudan la camiseta –sospecho que lo hacen- ¿están sudando al país? ¿Por qué una camiseta de fútbol no es solo un trapo mojado y maloliente que unos adultos en pantalón corto y medias largas intercambian al final de un juego de niños?

Hay una publicidad de la filial local del BBVA usada en el último mundial que nos retrata justamente como fanáticos[11]. En ella unas mujeres usan las tarjetas de crédito del banco para comprar todos los uniformes posibles de los equipos participantes en el mundial y luego se los combinan según criterios de moda, no de país: las medias de Brasil, el pantalón de México, la camisa de Argentina y así. El disfraz de fanático como emblema cultural debe combinar según la coquetería femenina. En buena medida, culturalmente somos más misses de concurso de belleza que fanáticos.

Volviendo al Barça: tal vez los mejores goles de su historia pertenezcan a extranjeros. Propongo estos tres, ejecutados por jugadores que nacieron a miles de kilómetros de Catalunya:

 

 

 

 

Imagen: http://deportes.elpais.com/deportes/2013/05/21/actualidad/1369135401_072210.html.


[1] Es común la referencia al concepto de tribus urbanas de Michel Maffesoli, sin embargo estimo que debe agregarse la lectura de Juan Castells sobre el tema.

[2] Hay datos que indican que en la actualidad y desde hace más de una década es el deporte amateur más practicado en el país, por encima del béisbol incluso.

[3] Es de antología (y una representación del país) la ocasión en la que el presidente de la República más retóricamente nacionalista de la historia se disfrazó –solía usar disfraces: de bandera, de deportista, de militar, de presidente- en una alocución oficial con la camiseta de la selección brasilera.

[4] O mudándonos de continente: un excelente asado uruguayo o un tiradito argentino en el Club Uruguayo o en la embajada argentina.

[5] Personalmente disfruto más la comida árabe –Allahu akbar-, pero las selecciones de esos países no tiene los mejores clubes sociales en Venezuela –salvo sirios y libaneses-, además de que su participación en los mundiales es tan modesta que la fiesta –y posibilidad de comer- termina muy pronto.

[6] Que vino a sustituir en parte -o a complementar en pocos casos- el fanatismo por los equipos de basquetbol estadounidenses de la NBA que había dominado aquí la primera mitad de los noventa del siglo pasado luego del preolímpico de Portland de 1992 –con antecedentes en el Suramericano del año anterior, pero cuyos emblemas se asociaban con la marginalidad y con la delincuencia que iniciaba su escalada por la misma época.

Ayer veía en un local de apuestas datos sobre un juego de hockey. Quién quita que en este calor veamos gente disfrazada de fanáticos de equipos de la NHL algún día. Mientras escribo esto, unos zagaletones hacen escándalo en la mesa de al lado con un balón de fútbol americano.

[7] Esta zona de clasificación (la Conmebol) se ha mostrado tan difícil, que no ha faltado quien nacionalistamente sostenga que debemos abandonar cual balsa de piedra Suramérica y jugar en la Concacaf o zona norteamericana y caribeña para clasificar por fin al mundial. Otros más cínicos y minoritarios sugerían antes de la “era Páez” que no perdiésemos más tiempo en el fútbol y nos concentrásemos en el béisbol.

[8] Otro ejemplo aunque trágico –entre muchos- es el de Port Said, en Egipto, en 2012, en el que enfrentamientos durante un partido entre los mismos fanáticos que tuvieron una destacada –por violenta-  actuación en las manifestaciones que destronaron a Mubarak causaron muertes y cuyo juzgamiento desestabilizó al gobierno de transición.

[9] ¿En qué idioma o con cuál acento reflexionarían sobre el asunto hoy jugadores venezolanos como Amorebieta o los hermanos Feltscher? ¿Técnicamente estos jugadores no deberían ser considerados por nuestros químicamente puros fanáticos –¿cuándo no es puro un fanático?– como ‘pasteleros’?

[10] Ese significado de camiseta como símbolo del país llevó en buena medida a que el gobierno chavista presionase a la complaciente y enquistada federación local para que se rescindiese ilegalmente el contrato de patrocinio con la compañía Polar –ese bestia negra del chavismo a la cual sin embargo se necesita desesperadamente para mantener algo de producción local de alimentos- y se sustituyese por el de la estatal PDVSA que aún con números en rojo debe hacer este aporte para que el nombre del chavismo y no el de una empresa se asocie con la camiseta/país.

El -¿chavista?- entrenador actual también se ha inscrito en esa retórica al mencionar –palabras más, palabras menos- que él y “su” selección  no son el producto de un canal de televisión –en alusión al cerrado RCTV, el único medio de comunicación masivo en apostar a la selección cuando nadie la veía jugar-, ni del patrocinio de una marca: la Polar, que también invirtió en la selección y en el fútbol venezolano en un momento en el que esa inversión publicitaria era una quijotada.

[11] Es tan artificial ese fanatismo que copiamos en los estadios de fútbol –últimamente también en los de béisbol- los cánticos de las barras bravas argentinas: la misma cadencia, los mismos insultos: casi nos creemos piqueteros. En Venezuela no podemos dejar de ser extranjeros al ser fanáticos del fútbol.

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