Esculturas partidas

Berlin, Neue Reichskanzlei, Innenhof“(…) y si nuestro Partido no toma medidas para impedirlo, la escisión puede venir sin que nadie lo espere.”

Lenin. Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética

 

 

Como se sabe, las esculturas de Arno Breker El Partido y El Ejército flanqueaban la salida al jardín interno de la [Nueva] Cancillería del Tercer Reich.

Hace días oía a unos analistas políticos locales: uno de ellos explicaba que para gobernar se requiere controlar las instituciones independientemente de si se trata de una democracia o de una dictadura; otro, ingenuo o hipócrita le respondía que al menos en democracia eso era un anatema. Ambos coincidían sin embargo en que las instituciones a ser sometidas en la dictadura o a funcionar con independencia en la democracia eran el parlamento y el poder judicial.

Aunque realista, el primero de ellos razonaba mal si el contexto es Venezuela. Las instituciones a someter no son el congreso o los tribunales, ya que estos siempre han estado sometidos en nuestra historia a los partidos políticos, vale decir: al poder ejecutivo. La institución a dominar entonces es el partido político mismo o algún sucedáneo[1].

Durante el período 1958–1998 el sistema era bipartidista y los partidos eran civiles. Esto indicaba alternancia entre las dos formaciones principales (AD socialdemócrata y COPEI socialcristiana) e incluso la posibilidad ­–quedó demostrado en las elecciones regionales a partir de 1989 y en las presidenciales de 1993 y 1998– de que un partido ajeno al bipartidismo alcanzara el poder.

Aunque una vez que arribaban al poder los políticos triunfantes asumían al estado como un botín que incluía como joyas de la corona a la industria petrolera, al congreso y a la judicatura, no se planteaban excluir a la oposición del ejercicio del poder por siempre.

Pero a partir de 1999 esa es la única posibilidad de gobernar que asume el chavismo. Sin embargo las plataformas electorales contingentes que toman el lugar de los partidos en crisis se desinflan a medida que se torna imposible satisfacer a su inmensa clientela –la de Rafael Caldera virtualmente no existe en la actualidad y la de Chávez es irreconocible hoy día–, y los partidos tradicionales viven ciclos de auge y caída, a veces hasta desaparecen. Así, ninguna formación política está exenta de ser oposición.

Por ello la pregunta a ser respondida con urgencia por el chavismo era: ¿qué partido no pierde nunca una elección? ¿Qué partido nunca desaloja el poder por los votos bien contados? Su respuesta es una actualización –aunque suene a oxímoron– de nuestra historia: el ejército.

Pese a los miembros civiles de la nomenclatura –mamparas más o menos prescindibles–, el chavismo se sostiene con el ejército. Su partido sobre todo a partir de la purga de 2003 es una versión primitiva y cursi de las fuerzas armadas de 1998: un ejército disfrazado de rojo y con brazaletes golpistas como enseña a partir de la muerte oficial de Chávez en marzo de este año.

La vuelta de tuerca está en que; y dado que Venezuela es un país sin autonomía, el ejército debe ser castrado. Los únicos militares con poder real deben ser los del país que nos somete. Eso tiene que derivar por fuerza en que ese partido-ejército chavista tiene que ser dirigido por extranjeros.

Si hubiese un equivalente venezolano de esa Cancillería[2], el edificio estaría adornado con una sola escultura porque aquí el partido es el ejército, uno con un marcado dejo antillano.

 

Imagen: http://en.wikipedia.org/wiki/File:Bundesarchiv_Bild_146-1987-003-09A,_Berlin,_Neue_Reichskanzlei,_Innenhof.jpg.

 


[1] Lo vemos claro cuando los partidos venezolanos comenzaron a hacer agua en la primera mitad de los noventa del siglo pasado: aun así fue necesario que los dos últimos presidentes electos fuera de las filas de los partidos tradicionales de la democracia venezolana en 1993 y 1998 respectivamente, crearan sendas plataformas electorales –Convergencia o el así denominado ‘chiripero’ de Caldera y el Movimiento Quinta República de Chávez– que formalmente eran partidos políticos.

[2] No lo hay porque el chavismo es solo caudillismo, no nazismo y porque su escultura arquitectónica es fálica –ver el misil de la Plaza El Venezolano de Caracas–, pero no del todo homoerótica como la de Breker o la de los realistas soviéticos tan caros a Stalin.

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