Nicolás de Sherwood

1384195098_374867_1384195830_noticia_normalHe was a good outlawe …

 

 

 

 

 

Podríamos clasificar a los ladrones en: 1) los que roban a los ricos para darle a los pobres (que hayan su arquetipo en el legendario Robin Hood), 2) los que roban a los pobres para darle a los ricos, sobre todo sin son ellos mismos (esos malvados capitalistas y burgueses creados por la idiotez marxista) y; 3) los que roban a los ricos para darle a otros ricos –o casi–.

Como se sabe Nicolás Maduro agobiado por su propia crisis de inflación y devaluación creada por el chavismo en los últimos 14 años ha ordenado la rebaja de precios de electrodomésticos y algunos repuestos de carros desde el viernes pasado[1]. Ninguno de estos bienes estaba sometido previamente a regulación de precios. Ha amenazado además con la quimera de fijar los precios de cada objeto que se comercie (no ha mencionado aún los servicios –tal vez no es un alumno entendido en economía política) en el país mediante la regulación de la ganancia de cada actividad económica.

Asegura que con esto establecerá ‘precios justos’, o en neolengua chavista: robar a los comerciantes para satisfacer al resto de la clase media. Porque como tantas veces en los últimos años estamos viendo la confiscación de la riqueza de unos (edificios, tierras, fábricas, canales de televisión) para ser repartida entre otros de la misma condición. Los pobres alcanzan algunas migajas del convite, pero no muchas.

En la actual economía venezolana, las distorsiones y nuevas formas de hacer dinero solo benefician realmente de la clase media para arriba (a los pobres se les roba mediante la inflación). De la clase media (algunos guasones la ven tan paupérrima que la llaman media clase) para abajo lo que hay es Mercal, Barrio Adentro y otras sevicias.

Esto queda de manifiesto con los así denominados ‘raspa cupo’, esos turistas nacionales que aprovechan el diferencial cambiario para hacer pequeñas fortunas viajando o simulando que viajan por aquí cerca. Para ser uno de ellos hay que estar bancarizado (en Venezuela solo se accede a dólares preferenciales para viajar –o compras electrónicas– si se posee tarjeta de crédito), tener pasaporte y visa en algunos casos, contactos en el extranjero y cierta alfabetización tecnológica. Según los estándares nacionales esas condiciones no caracterizan a los estratos D y E de la población que es la menos bancarizada y educada del país. No son los pobres con raídas franelas rojas –esos limpian las calles– los que llenan Maiquetía por estos días: es la debilitada clase media venezolana que desde hace un buen rato no depende del título universitario o de la destreza comercial legítima para vivir decentemente.

Otro tanto sucede con los así llamados empresarios que también se benefician del diferencial cambiario constituyendo empresas fantasmas que obtienen la liquidación real de divisas baratas, con las que no importan nada, sino que revenden al precio paralelo. Los moto taxistas, los que hacen cola en mercal no se dedican a esto: no tienen las destrezas necesarias para participar en el juego.

Con el ucase de la bajada de precios de los últimos días lo vemos de nuevo. Los que hacen colas tras neveras, portátiles y pantallas planas (y aprovechan el saqueo iniciado, ahí sí por el populacho: malandros  motorizados, policías y guardias nacionales, precisamente los que no tienen para comprar ni siquiera estas rebajas artificiales) son individuos bancarizados (pagan con tarjetas de crédito), con empleos estables y relativamente bien remunerados (muchos están usando las utilidades decembrinas para participar del festín), con lujosos SUV de último modelo para cargar lo comprado –o robado– y el conocimiento para identificar los mejores aparatos según el beneficio que genere su reventa. Muchos son –a qué negarlo: opositores recalcitrantes cuando no ejercen de hienas–.

Esas filas de gente frente a las tiendas lo que están demostrando –aparte de que somos un país postrado– no es poder de compra como decía algún chavista cínico y pendejo, sino precisamente la terrible inflación que convirtió al así llamado bolívar fuerte en un chiste de mal gusto: el tipo que con una mano empuja un carrito con media docena de televisores de plasma (tal vez se quede con uno que probablemente se le queme por los apagones), empuña en la otra el celular con el que los está negociando. Los compra a precio del así llamado socialismo del siglo XXI –o se los roba– gracias a Maduro y los revende a precio de mercado, de nuevo gracias a Maduro.

Con el beneficio pagará la tarjeta de crédito, derrochará un poco esta navidad, comprará dólares para revender al precio del mercado negro (hoy 900% por encima del precio oficial), en fin: se protegerá de la inflación gracias al saqueo que el gobierno que la causa ha perpetrado contra ciertos comerciantes –con la amenaza de que todos ellos sean confiscados en los próximos días–.

Comerciantes que paradójicamente han medrado en una economía que no produce casi nada y lo importa casi todo. El sector terciario de la economía es el único –sobre todo en telecomunicaciones– que crece en el país inmune a la debacle por ejemplo del sector manufacturero y agrícola. Por eso sostengo que el gobierno chavista (oxímoron) está robando a unos ricos –esos comerciantes[2] que se han favorecido con el control de cambio, de Cadivi, de la importación– para darle a otros ricos –esa parte de la población que aún puede pagar 15 millones de bolívares por un plasma minutos después de decretado el saco de la ciudad–.

Pero este ladrón pendejo que roba a ricos para beneficiar a otros ricos (para apaciguarlos, comprar sus votos, para llegar a 2014) está dejando a demasiados venezolanos viendo la orgía sin poder participar. No me gusta pensar en cómo será si se hartan y deciden hacerlo.

 

 

Imagen: http://internacional.elpais.com/internacional/2013/11/11/actualidad/1384195098_374867.html.

 


[2] Un ejemplo por antonomasia son los dueños de Daka (el emblema de esta versión del 27F) con tiendas en Caracas, Valencia y Ciudad de Panamá, que son de origen sirio, y quienes a pesar de la vara alta con la que está comunidad cuenta en el régimen –más en Valencia donde el narco Walid Mackled luego de romper el paro cívico de 2002 en la ciudad, se convirtió en el financista de esa gobernación a cambio de la infraestructura necesaria para traficar droga– sufrieron esta vez la confiscación disfrazada de saqueo.

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