Dípticos consulares

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Imagen: da.wikipedia.org

Timeo Danaos et dona ferentes.

Virgilio

Todo regalo es un contrato bilateral: incluso quien que no quiere otro objeto a cambio de su obsequio, quiere agradar, seducir y eso solo lo da la otra parte.

Leo en la red que entre los reinados de Teodosio y de Justiniano se usaban unos dípticos de marfil, madera o metal para conmemorar el ejercicio del consulado que al mismo tiempo servían para recompensar a los que habían apoyado al candidato ganador.

No eran exactamente una recompensa grosera a la clientela política –para eso eran los millones de sestercios repartidos por ejemplo para que el ejército y la plebe aceptasen la adopción del futuro César–, de hecho; los mejor elaborados son pequeñas obras de arte (aún se conservan varios) que sirvieron posteriormente en la Edad Media como tapas de manuscritos, que se reservaban a un grupo pequeño de la aristocracia romana.

No puedo evitar compararlos con los regalos que hoy se hacen en Venezuela (ni mejor ni peor que en otros lugares y momentos) a quien apoya al chavismo: dinero, electrodomésticos chinos, bolsa de comida y qué ironía: consulados.

Lo primero sobre todo para militares en forma de aumento de sueldos por encima de la inflación (los únicos empleados públicos que reciben tal prebenda) pero también se les paga y más abundantemente dejando que se ceben en la corrupción de un país podrido. Aunque debo decir que estos bastos pretorianos caribeños también reciben un objeto ‘delicado’ como pago de su apoyo: las charreteras con soles, estrellas o rayas.

Algo de dinero en forma de burlones aumentos de sueldo va a parar a manos de nuestra versión de la plebe, que prefiere sin embargo televisores de plasma saqueados con mayor o menor orden a los comerciantes que pagan (quieran o no) esta cuenta del chavismo o traídos de la China, por los inadvertidamente pagan varias veces su valor.

Me atrae la sempiterna presencia de la clientela política que ordeña en toda era la hacienda pública confundida también desde tiempos inmemoriales con el patrimonio del que ejerce el poder. Pero más aún la degradación en el gusto de esa clientela que cambia lealtad ya no por hermosos objetos de marfil sino por programadamente obsoletas pantallas de plástico, billetes sin valor y uno que otro pollo.

 

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