Plegarias atendidas

2012_0218AE       “El dolor y el cuerpo se descubrían mutuamente; como los amantes, no llegaban a saciarse, volvían a lanzarse uno contra el otro (…)”

Sándor Márai. La Hermana

Mi última operación –una intervención más bien baladí– me dejó un par de cicatrices que me gusta acariciar. Son cicatrices modestas, aunque a su favor debo decir que le causaron algo de genuino espanto a la primera persona no vinculada con un hospital que las vio.

Como decía: me gusta tocarlas. Ese par de marcas rosadas están entre las cosas más íntimas que poseo.

Hay otra razón para este gusto ya no tan reciente. Cuando me abandonó la anestesia sentí dolor, uno terrible. Lo recuerdo acercándose en olas como un placer equívoco desde el interior de mi cuerpo hasta instalarse en la piel, justo bajo esas heridas hoy cicatrizadas. Durante horas fui un guiñapo. Nada más eficaz para arrasar la dignidad –luego vuelve a crecer– que un dolor que solo aumenta, que no se alivia.

Aunque soy ateo militante me gustan las oraciones, esos monólogos cercanos a veces  a la poesía que el hombre en su inmensa soledad creó en su intento de hablar con un dios que nunca responde. Debe ser el ritmo, la forma en la que la repetición de una letanía ordena el tiempo, la manera como le otorga sentido a los minutos.

Esa noche oraba en silencio, así ahogaba cualquier quejido: un enfermo tiene entre sus deberes no molestar a quien lo vela diligentemente. Sabía que antes o después los calmantes –me gusta su nombre en inglés: pain killers– me apagarían. Solo necesitaba contar en silencio suficientes minutos. Obviamente no podía tocar las heridas –tenía vedada esa zona cero del dolor–  mientras oraba. Hoy lo hago como quien pasa las cuentas de un rosario, en recuerdo de esa noche.

 

Imagen: http://samayanacentroholistico.blogspot.com/2012/10/japa-mala-rosarios-budistas-tibetanos_4914.html.

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