Matías y las mujeres

diaper

Imagen: blog.compete.com/

Dur, dur d’être bébé.

Jordy Lemoine

Es sorprendente el éxito que puedes tener con ciertas mujeres en Venezuela si compras –y exhibes– al paquete de pañales correcto. Veamos.

Una de las muchas terribles consecuencias del intento demente de replicar una economía centralizada en el país es que escasean los pañales de tallas pequeñas (según he aprendido en las últimas semanas los pañales para niños se clasifican desde los RN –recién nacidos– que son para niños de hasta cuatro kilos y que se usan normalmente solo los tres primeros meses de vida del bebé, los P –pequeños– que se subdividen según la marca en P1 y P2; y que son para chavales de hasta seis kilos, los M –medianos– que dependiendo de la marca son para niños entre los cuatro y cinco y medio kilos hasta los nueve y medio kilos, los G y varios XG para pesos superiores, esto sin contar con las diferencias de calidad para cada talla que se identifican según la marca con empaques de diferentes colores) es como si los genios chavistas nos dijesen que es posible entrenar a un bebé en sus primeros meses a ir al baño solo cuando haya pañales –ya lo hacen sin duda con los adultos ante la escasez de papel higiénico: en un dudoso salto evolutivo el ‘hombre nuevo’ debe sufrir de estreñimiento y la ‘mujer nueva’ no debe menstruar–.

Dada la escasez, a lo que llegan pañales a los comercios las mamás –en la única conducta económica racional– los arrasan lo que obliga al racionamiento y a mayor escasez. Esto le sirve al régimen para la absurda conclusión de que el colapso de la economía es culpa de una población masoquista que adora no tener lo mínimo para vivir.

Bien, ayer me hice con tres paquetes de codiciados pañales RN para mi sobrino Matías (en lo sucesivo me referiré a este sobrino por nacer como Matita, ya que asumiendo que heredará la mala conducta de su padre –y en general la larga tradición familiar hacia los tíos–, sé que nunca me dirá por mi nombre y que pasará buena parte de su infancia inventándome divertidos y vulgares apodos, me he adelantado en rebautizarlo) y como tuve que hacer varias diligencias con el paquete a cuestas descubrí lo de las mujeres.

Todo empezó en la misma fila para pagar. A la preciosa mamá delante de mí le indicaron que solo podía llevarse cuatro paquetes de la talla M, ella llevaba seis, por lo que volteó hacía el primer incauto –yo– y le pidió salameramente que le comprara ficticiamente los otros dos (más arriba hablaba de demencias y este es un ejemplo: la cajera le indica con el placer de las personas dotadas de un poder fútil que cada cliente solo puede llevar cuatro paquetes de pañales,  delante de esa cajera la muchacha me pide que le compre los dos que exceden su cuenta, hago el trámite delante de la misma cajera que sabe que estoy burlando la directriz que ha vociferado un instante antes, pero esta ni se inmuta y acepta la compra ¿no era más sencillo aceptar que mi mami –perdón: la mami– se llevase desde el principio los seis paquetes de pañales?).

Actualización de la entrada: cargando a Matías con casi tres meses.

Actualización de la entrada: cargando a Matías con casi tres meses.

Tartamudeé algo y le hice el favor a la mamá que se deshizo en salemas y gracias. Ese sería solo el inicio. En el camino con el paquete de pañales comencé a notar que ciertas mujeres me miraban –eso me parecía a mí– con deseo. Comencé a pensar que la calva era sexy –aunque no fuese Bruce Willis–, pero cuando algunas de esas mujeres-mamás empezaron a preguntarme con voz angustiosa qué tipo de pañales eran, dónde los había comprado o si todavía quedaban, me percaté de que no era precisamente yo el objeto del deseo: eran esos pedazos de plástico acolchado que harán que Matita duerma toda la noche confortable y seco.

Sé que debí aparcar mi sempiterna timidez y aprovechar mi repentino aunque postizo furor con las mujeres. Pedir un teléfono, invitar a comer tal vez. Ahora tengo que esperar un mes o más a que lleguen –tal vez– nuevos lotes de pañales en tallas pequeñas para aprovecharme de madres desesperadas (en Venezuela la mayor parte de ellas son madres solteras).

Gracias Matita.

 

 

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