Estaciones Altamira y Caricuao

Bgte1CeIMAIC7lC“The main streets were designed to cross in the middle of the city (…)”

Lewis Mumford. The City in History

De niño viví en Caricuao y luego hasta empezar la adolescencia solía vacacionar ahí. Era la mejor caja de arena a escala urbana para un desaforado ocioso que en realidad nunca  quiso volver a la escuela en septiembre. El mejor rincón de toda la parroquia fue siempre el zoológico. Hace un par de años vi lo postrado que está, me sentí un niño maltratado.

Como todo niño mi pedazo de la ciudad era el centro de la ciudad, del mundo, Chacao quedaba más allá de la vía láctea en mi escala, en esa escala perdida hace décadas. Además pensaba que Caricuao era muy importante porque –eso creía yo– tenía su propia línea de metro que por cierto inauguré. Me tomaría años conocer las categorías sociológicas de barrio de clase obrera o de clase alta y averiguar cuál me tocaba. Por ello no percibía la división este-oeste de la ciudad.

En buena medida cada ciudad venezolana replica el gueto que somos como país, varía la orientación geográfica –en Valencia y Maracay la arbitraria línea riqueza-pobreza  sigue el eje norte-sur por ejemplo–, pero no la división. En realidad usar la palabra división es un eufemismo: cabría hablar con más propiedad de falla tectónica. Una inmensa franja insalvable es la que nos separa.

No estoy seguro de que sepamos como sociedad cerrar la brecha –no aludo a la quimera de la igualdad, sino más bien a lograr una desigualdad menos grosera, menos humillante, y nunca ante la ley–, ni siquiera en momentos como este en el que es imperioso hacer menos aguda la diferencia.

BgtZj_xIMAApSvf   Ayer cuando las protestas se hicieron por un rato más fuertes en Caricuao lo que digo se puso de manifiesto: división, desconocimiento del otro. La división quedaba patente en los alborozados tweets que clamaban ¡Ahora sí: el oeste se alzó! ¡Solo falta Antímano, La vega y Catia! Porque por más optimistamente opositor que se sea, lo cierto es que es muy difícil no advertir cierta frivolidad en la protesta –lo cual es inexcusable porque la represión ha causado muertos y heridos–, cierta intención de un salto a la nada aupado por la puerilidad de creer que una pancarta ingeniosa basta (incluso la violencia política debe administrarse o al menos domeñarse al final), que en este momento no es mayoritario. Mañana tal vez.

Indudablemente el país no aguanta más al chavismo: este ha sido un revulsivo demasiado fuerte para una nación que ya estaba quebrantada antes de su advenimiento, pero no todos los venezolanos están convencidos de que la medicina que delirantemente  representó el chavismo en 1998 siempre ha sido una pócima rancia, venenosa. Y la mayor parte de esos descreídos están en los guetos pobres de las ciudades, en los fragmentos más depauperados de la polis geográfica y espiritual. Por eso es tan vehemente la necesidad de que estos se unan a los convencidos. Sin ellos no se ganará este round, ni ningún otro.

Antes hablaba de desconocimiento del otro y esto es así porque aunque no sea mayoritariamente opositor –todavía– no es inédito que el oeste de Caracas proteste: hace un par de noches mi mejor corresponsal en Caricuao –una divertida pero extremadamente inquieta niña de cinco años me cortó al teléfono porque tenía que ir ‘a darle a la cacerola’–, también lo es porque los barrios pobres no son exclusivos del oeste de la ciudad, ni las urbanizaciones clase media –se me coló la exclusión en el lenguaje– pertenecen solo al este: Petare o El Paraíso serían tránsfugas de esos límites inexactos.

Intangibles y reales líneas semejantes, cuasi infranqueables fronteras hostiles como las que apenas describo, se encuentran en todo el país. No estoy seguro de que existan o puedan construirse suficientes puntos de encuentro que superen la escisión. Paradójicamente el mejor esfuerzo en ese sentido lo llevó a cabo ayer el régimen cuando interrumpió el servicio del metro en las estaciones Altamira y Caricuao (me resulta curioso que en ninguno de los dos lugares, ni en Chacao ni en Caricuao se proteste en las plazas epónimas) casi simultáneamente: hermanaba un poco más a los dos extremos de la ciudad en esa humillación tan del gentilicio de unos servicios públicos inoperantes. ¿Bastará tal coincidencia para igualarnos, para que todos queramos la salida?

 

Imágenes: @JoseLuis_pg  y @djTati.

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