Cortesía policíaca

“Cuidado en la calle (…)”

Rubén Blades

 

Anoche cierta jovencita me hizo caminar por calles non sanctas. Justo cuando le advertía que nos arriesgábamos a sumarnos a los números de la violencia criminal, a nuestro lado una jauría de policías motorizados detuvo a un moto taxista para pedirle que se identificara y cachearlo.

No pude distinguir a uno de otros: todos iban en motos, llevaban uniformes (los moto taxistas usan sudaderas con las siglas bordadas de los distintos sindicatos/pandillas en que se agavillan, amén del chaleco fluorescente, exactamente igual a como lo hacen los policías) y maltrataban el castellano con idéntica saña.

Los policías iban a ejercer una forma de control social discriminatoria: comenzarían a detener motos de baja cilindrada en una alcabala ilegal, pero no las de lujo. Era eso o simplemente se preparaban para robar a un pendejo con mala suerte.

En un país en el que nadie cumple la ley (muy probablemente el moto taxista manejaba sin licencia, estaba indocumentado, armado o borracho), los policías y militares tienen patente de corso para saquear. Pero además hay que estar muy salao para que entre los millones de abusadores y delincuentes que agrupa la nacionalidad venezolana, te toque precisamente a ti.

De hecho, a una cuadra de donde cribaban al motorizado –mi acompañante contó ocho policías en cinco motos–, unas daifas (con sus respectivos chulos un poco más allá cuidando el ganado) ofrecían su mercadería. Los policías ni los vieron. Ahí con seguridad había más ocasión de ejercer el control social: verificar la edad de la hetairas, la vigencia de sus carnets sanitarios, revisar los bolsillos –nunca hay nada bueno en ellos– de los jaques, pero no: unas y otros eran invisibles.

Creo haberle comentado –en voz baja eso sí– a mi Virgilia que para un policía era más rentable extorsionar a un moto taxista reteniéndole su herramienta de trabajo por alguna excusa más o menos legal mientras no pague un rescate, que esquilmar a modestas trabajadoras de la noche que apenas van trajinando un martes.

Lo sorprendente, lo que hace que escriba esta torpe crónica, es que uno de los policías me dijo “buenas noches”. No dijo el tradicional “buenas noches suidadano” (sic), sino un cortés y bien modulado “buenas noches”. Aún cavilo sobre su motivación para saludarme afablemente justo cuando se disponía a oficiar de esbirro.

Porque ese hombre, recordé de inmediato, forma parte de la policía estadal, una de las más violentas en la represión de las protestas en Venezuela, una policía que ha golpeado mujeres en el piso y apoyado grupos paramilitares en la ciudad. Sin embargo, de noche (en un país que es aterradoramente peligroso en pleno día), en una calle que bien podría llamarse de la puñalada, uno de sus miembros fue educado conmigo. No sé por qué.

Solo elucubro. Yo llevaba mi uniforme de trabajo número dos (el que no incluye chaqueta, ni corbata –faltaba más en este maldito calor–), y tal vez parecía un ciudadano respetable en el barrio equivocado. A lo mejor –lo más seguro– su ojo entrenado detectó lo vacío de mis bolsillos como para pedirme pa’ los frescos –de nuevo el maldito calor–. Tal vez fue la preciosa cara de mi acompañante lo que provocó su gesto civilizado.

Fiel seguidor del refrán “lo cortés no quita lo valiente”, musité un buenas noches en respuesta.

 

 

 

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