Modiano, las perlas y la Ocupación

Banderas nazis en París. Imagen: www.dailymail.co.uk/

Banderas nazis en París. Imagen: http://www.dailymail.co.uk/

–¡Siga así, señora! ¡Que vean que no les tenemos miedo!

Irène Némirovsky. Suite francesa

 

Esta entrada está llena –más de lo normal– de lugares comunes y cosas que ya todo el mundo conoce.

Ayer se anunció que Patrick Modiano es el ganador del Premio Nobel de Literatura de este año. Es el escritor de París, del colaboracionismo y del mismo libro escrito una y otra vez. Esto lo sé por todo lo que he leído sobre él, ya que no lo he leído a él, y muy probablemente no lo haga. Vivo en un país que es una isla a la deriva en la que no hay libros y cuando los hay son tan caros que se impone cruelmente aquello de cine o sardina.

Casi siempre el Nobel me sirve para descubrir escritores. Ha sido así en los últimos años: Imre Kertész, Orhan Pamuk o Tomas Tranströmer entre muchos otros. A veces he podido leerlos, antes sus libros inundaban las librerías poco después de ganar el premio. Ahora ni en muchoslibros.com se consiguen. Supongo que me queda amazon y el pedacito de barril que me toca en forma de dólares para compras electrónicas.

Hoy algunos periódicos locales resaltaron el tenue –y al parecer insignificante– vínculo de Modiano con Venezuela: su abuelo comerció con perlas en Margarita, además tuvo una tienda en Caracas y Monte Ávila –cuando no se dedicaba a editar basura chavista con dinero público– editó algunos de sus libros. También escribieron para contar lo poco conocido que es Modiano por estos predios y describir de paso la indigencia de nuestras librerías y lectores.

No sé, como nunca tendremos un Nobel de Literatura y ya que los únicos productos culturales importantes para nosotros son el béisbol y las misses –anoche precisamente hubo una coincidencia estelar de ese kitsch venezolano por excelencia: peloteros y bellos pedazos de carne en trajes de baño–, nos arrimamos cuanto podemos al azar de que el abuelo de todo un Premio Nobel de Literatura haya pasado por aquí.

Viéndolo bien, Venezuela sí tiene un profundo nexo con Modiano; aunque no con su historia personal, sino con su obra. A pesar de haber nacido en 1945 –o tal vez precisamente por eso: como Proust intenta recuperar el tiempo perdido–, Modiano escribe sobre la Ocupación, no desde la perspectiva heroica y ridículamente falsa de un De Gaulle, sino desde la más real de una sociedad postrada de buen grado ante el enemigo que la derrotó sin pelear.

Imagen: diariodecaracas.com/

Imagen: diariodecaracas.com/

Cuando leí la peste de Camus era aún más ignorante de lo que soy hoy –lo cual es mucho decir– y no entendí la metáfora a la que aludían las ratas invadiendo Orán. Con el tiempo y suficientes lecturas después, descubrí que se refería a los nazis. En su versión de la Ocupación, Camus no describe el acuerdo con el invasor, sino el terror y la locura que causa su llegada y cómo unos pocos la enfrentan con valor. Camus alude a la resistencia francesa, a esos pocos que pelean sabiendo que no pueden ganar. Los libros de Modiano completan la historia y muestran una y otra vez a los bons vivants amis de los boches.

En Venezuela las ratas empezaron a aparecer en 1992, tal vez poco antes y no lo advertimos. Siendo honestos y a pesar de la costosa resistencia de unos –dependiendo del momento han sido muchos o pocos, pero nunca han sido todos–, la sociedad no ha tenido ningún problema en convivir con ellas, ha adoptado con gusto sus maneras, su neolengua. Vive según sus reglas.

Muchos de los más vocingleros opositores de hoy –como la mayor parte del país en 1998– consideraron hasta hace no mucho que un militar golpista y sus huestes eran una alternativa. Otros no tienen ningún problema en negociar con bolichicos y funcionarios, total; los dólares son verdes no rojos. Yo mismo atiendo uno que otro cliente chavista, aunque debo reconocer que cargo un poco la mano al cobrarle y soy más inepto de lo habitual al llevar sus asuntos.

Ayer también empezó a usarse la sofisticada tarjeta de racionamiento en Venezuela. Comenzó discretamente –las ratas se cuelan de a poco– en una cadena de supermercados pública y otra privada, si es que tal cosa existe todavía. Una antigua profesora mía lo describe como ‘La mansa humillación dactilar’.

Eso es lo que las ratas siempre me han parecido: animales mansos, sumisos. Es el asco que nos producen lo que las convierte en amenazadoras. Por lo que he visto en mi país desde hace demasiado tiempo ya, lo que las ratas le transmiten a las sociedades que ocupan es precisamente esa sumisión, no la peste. Me gustaría leer a Modiano para ver eso escrito por un Nobel.

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