Misión cumplida

The Beggar, óleo 63.5 x 45.72 cm, Max Ginsburg. Imagen: www.artrenewal.org/

The Beggar, óleo 63.5 x 45.72 cm, Max Ginsburg. Imagen: http://www.artrenewal.org/

Bébanse su petróleo.

Trusts petroleros a Lázaro Cárdenas

 

En Venezuela todos mendigamos algo. Dependiendo del nivel de ingreso (una categoría cada vez más borrosa, porque la verdad es que la sociedad sin desigualdad que sirvió de coartada al chavismo –millones de incautos compraron tal espejismo– consiste fundamentalmente en dos clases: unos pocos que tienen mucho y unos muchos que no tienen nada), unos piden un pollo, otros un miserable cupo de US$ 300 creyendo que con eso se saquea Amazon y algunos mejor enchufados, dólares baratos para hacer importaciones imaginarias desde Panamá.

Somos como esas piaras de cerditos pegados a las tetas de mamá cerda, solo que en nuestro caso lo que chupamos es renta petrolera del Estado cerdo.

Describo al país desde la década de los 20 del siglo pasado: la nación vive del Estado y este de la renta petrolera. Cuando ese diagrama de flujo se altera hay problemas que llamamos ‘Caracazos’ o ‘Hugo Chávez’.

Obviamente esto, el clientelismo, es el sino de una sociedad que considera que es rica porque es dueña de una renta que unos políticos malos no saben administrar, ergo; basta cambiar de políticos que no tienen porqué ser honestos, que ni siquiera tienen que saber leer y escribir, a los que lo único que se les exige es que le hagan llegar a cada quien su barril de petróleo.

Este clientelismo ha asumido una variedad de pintorescos mecanismos (podría considerarse al organigrama estatal y a la casi totalidad de las políticas públicas en Venezuela como medios clientelares de distribución de renta petrolera) sobre todo en los últimos cincuenta y seis años.

Así, el bipartidismo tenía la sustitución de importaciones, cupos en la universidad si eras hijo de un profesor, Corpomercadeo, Recadi, la Otac, los sindicatos como parte del Estado y la gasolina barata entre otros. El chavismo tiene a Cadivi y sus derivados, las misiones y como no podía faltar: la gasolina barata.

Como se ve, en realidad no hay ninguna diferencia que permita distinguir entre cuartas o quintas repúblicas, lo que hay es una sola cleptocracia bananera. De hecho lo que se ha llamado revolución bolivariana no ha sido otra cosa que una reconfiguración violenta de la clientela política que juzgó en 1998 que los rojos podían repartir mejor que adecos y copeyanos.

Imagen: @Zapata_zos

Imagen: @Zapata_zos

Aunque ni yo puedo negar la originalidad de la marca ‘misiones’; el más eficaz ejercicio de comunicación política del chavismo en 16 años de satrapía.

Y pensar que en realidad es un producto tardío. Como se sabe, luego de casi cinco años en el poder, el chavismo en 2003 estaba derrotado y hubiese perdido el referéndum revocatorio. Pero acudieron en su ayuda los cubanos –parte interesada– y el CNE. Este último le dio tiempo fijando la fecha del referéndum fuera de los lapsos legales esperando que subiera en las encuestas. Los cubanos le dieron con qué subir en las encuestas: las misiones.

Estas nunca fueron políticas públicas, ni siquiera remedos de los programas sociales de los noventa implementados por AD y Convergencia. Aunque el mantra que repite la aplastante propaganda chavista las define como misiones para los excluidos, para los pobres, para los que existen gracias a Chávez, lo cierto es que eran y han sido desde siempre mecanismos semi-institucionalizados de clientelismo, de compra de votos. De hecho el fraude del referéndum revocatorio nunca fue ejecutado por unos supuestos hackers que corrompieron el voto electrónico, el fraude estuvo y ha estado siempre en el uso de recursos públicos para comprar al electorado.

El régimen ofrece un sucedáneo de educación (el chavismo cortocircuita su propio sistema educativo oficial con el sistema ad hoc de las misiones en el que un individuo puede recorrer todas las etapas de la educación desde la primaria hasta la universitaria y obtener un título profesional, aunque de cartón, en pocos años), algo de comida a precios subsidiados y medicina cubana, a cambio de que se le mantenga en el poder. Migajas por votos, limosnas por poder.

Estas migajas cada vez son más escazas fundamentalmente porque no es posible que la sociedad viva del petróleo, pero también porque y dado que no son políticas públicas o programas sino reparticiones corruptas de dinero, no hay forma de auditarlas, de saber por ejemplo cuánto cuesta el salario mensual de un médico cubano o dónde ubicar un modulo de Barrio Adentro según la densidad de población, por ello; la corrupción agota prematuramente la miserable torta a repartir dañando la fidelidad de la clientela, obligando periódicamente al chavismo a remozar la marca.

Imagen: @raymacaricatura

Imagen: @raymacaricatura

Así, se pasó de las ‘misiones’ entre 2003 y 2010, a las ‘grandes misiones’ entre 2011 y 2014, y de estas a las ‘bases de misiones’ a partir del año pasado. Se le ofrece a la clientela el empaque vacío de la palabra misión adornada con adjetivos propios de analfabetas funcionales porque ya no hay qué repartir.

Prometer al remedo de sociedad que somos, vivir sin esfuerzo gracias al petróleo a cambio de votos ha probado ser tan redituable políticamente en el corto plazo que no hay un solo programa opositor que no ofrezca ‘misiones’ solo que con el añadido de ‘bien administradas’. Ahí está la tarjeta ‘mi negra’ o las misiones de Capriles para corroborarlo.

El estudio Condiciones de vida de la población venezolana, conducido por la UCAB, UCV y USB (hay información mínima en este enlace: http://internacional.elpais.com/internacional/2015/01/30/actualidad/1422646346_475356.html) encontró entre otras cosas que el 49% de los beneficiados –prefiero llamarles domesticados o amaestrados– por las así llamadas misiones no están en condiciones de pobreza.

Es decir, se cumplió la misión: el nivel de vida mínimo que se gana con trabajo en cualquier sociedad sana, aquí se mendiga.

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