Dictador tapa amarilla

Your power is fading, Ming!

Flash Gordon

 

Venezuela es un sucedáneo de país. A lo largo de nuestra historia hemos sido una versión de Las Trece Colonias, del Miami repleto de Malls, de una república bananera –no, creo que de esta sí hemos sido y somos un ejemplar original, tal vez hasta inventamos el molde–, de un reino saudita, y ahora somos una muy buena réplica de Zimbabue.

Somos un país tapa amarilla, como esos productos de limpieza genéricos que tal vez limpian como los de marca, huelen casi como los de marca, pero no son los de marca: solo son una copia más barata –con la humillante escasez actual los compraríamos con fruición–. De ahí que al menos en el español usado en Venezuela decimos que una cosa es tapa amarilla cuando tiene la misma calidad que una de esas millones de copias piratas chinas de marcas occidentales o japonesas.

En un país tapa amarilla, sus habitantes también somos una imitación deslucida. Somos ciudadanos de mentira: profesores universitarios que cobran cerca de 40 dólares al mes, pacientes cardíacos a los que se les da de alta para que se mueran porque no hay cómo operarlos, electores cuyo voto vale un tercio o menos si son opositores y así.

Pero en esta entrada quiero perorar sobre nuestro producto tapa amarilla por excelencia: la ideología chavista. Esa mala copia de una quimera.

Como se sabe, en algún momento de 2005, Chávez decidió salir del closet ideológico –no puedo dejar de compararlo con la salida de Ricky Martin: ¿quién antes de la confesión del artista puertorriqueño daba por sentada su heterosexualidad? Por otra parte ¿quién antes de 2005 podía ignorar la intoxicación marxista del pobre cerebro de Chávez?– y declararse socialista.

Pero como no podía faltar en quien no leyó a Marx sino los rancios manuales cubanos (más basura tapa amarilla), el socialismo chavista era una copia pirata de la marca registrada, por eso lo llamó –sin explicar nunca en qué consistía– socialismo del siglo XXI, socialismo chavista. Hoy sus herederos lo degradaron –también sin explicación alguna– a eco socialismo.

Misiles de la era soviética sobre la Plaza Roja. Imagen: weaponsman.com/

Misiles de la era soviética sobre la Plaza Roja. Imagen: weaponsman.com/

Si su ideología era una copia defectuosa y su oficiante, el imitador Chávez, era un Fidel con verruga –más bien un Fidelito, porque después de todo al gigante lo empequeñeció el miedo a la muerte (como a todos los seres humanos) y cambió el lema ‘Patria, socialismo o muerte’ por un fatuo mantra new age contra el cáncer–, se requería entonces que Venezuela fuese una Cuba, o mejor; una provincia de Cuba. Así, nos convertimos en un remedo de dictadura comunista.

Si el país se convirtió en una sentina porque decidió darle el poder en 1998 a un imitador, las cosas han empeorado –si algo sabemos en Venezuela es que las sociedades pueden degradarse ad infinitum– desde que el show lo lleva un imitador del imitador.

Misiles venezolanos amarrados con un mecate hace una semana. Imagen: maduradas.com/

Misiles venezolanos amarrados con un mecate hace una semana. Imagen: maduradas.com/

Porque a fin de cuentas el verdadero legado de Chávez (un imitador semi profesional de Fidel Castro) es Nicolás Maduro, un imitador –también amateur, aunque su espectáculo lo paga muy caro la república– de Chávez.

Aunque tal vez harto de ser un sosías de Chávez, Maduro ha incluido a Stalin en su repertorio de personajes a imitar. Es un lugar común que todo imitador usa un rasgo sobresaliente de su imitado para, caricaturizándolo, transmitirnos la totalidad del personaje.

Maduro ha elegido el bigote de Stalin (no sabe cuántas carcajadas nos ahorró al no escoger imitar a Hitler o al Malvado Ming con su ridículo bigote Fu Manchú) para entregarnos su caracterización del Hombre de Acero: ‘Mira, Stalin se parecía a mí. Mira el bigote, igualito (…)’ ha dicho nuestro showman.

Sin embargo a esta imitación le falta oficio, se le ven las costuras:

No tenemos el Gulag, pero sí Ramo Verde: esa prisión militar desde la cual Leopoldo López no tuvo ningún problema en llamar desde un teléfono público a CNN en español. Los militares para compensar su chapucero cerco al preso político más importante del país terminaron arrancando el teléfono de la pared. Fuerza bruta literalmente.

No tenemos los disuasivos desfiles militares de la era soviética en la Plaza Roja de Moscú, pero si tenemos misiles amarrados con mecates en la comparsa chavista de hace una semana.

Ficha de Stalin en la policía zarista: Imagen: cultura.elpais.com/

Ficha de Stalin en la policía zarista: Imagen: cultura.elpais.com/

No tenemos la hambruna que mató a millones solo para exterminar a la clase social de los kulács, solo la inflación y la escasez que causaron más de una década de control de cambio y de precios para destruir a la clase media, y el robo de más de 25 millardos de dólares de la hacienda pública para crear a la boliburguesía.

Por último: no tenemos al padrecito Stalin (en estos enlaces: http://www.el-nacional.com/alberto_barrera_tyszka/Guerras-fantasmas_0_595740485.html#.VQ-XI9P-A6U.twitter y http://internacional.elpais.com/internacional/2015/03/24/actualidad/1427226457_270245.html, respectivamente, hay dos opiniones que explican muy bien la condición de dictadorcito de Maduro). Solo tenemos a un pendejo que cree que su bigote ochentoso lo convierte en un malvado dictador. Un dictador tapa amarilla.

 

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