Spies like us: Alvis vs. Aston Martin

Imagen: mercadolibre.com/

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We don’t want ‘em swiping the Alvis! It’s irreplaceable! Thanks to socialism.

Jim Prideaux. Tinker, Taylor, Soldier… Spy

 

He escrito ya, en esta serie de entradas, sobre las mujeres y la ropa en las novelas (y películas) de espías de Ian Fleming y John le Carré. De los productos culturales que se derivan de ellas –que obviamente son a su vez productos culturales– solo me restan el alcohol y los carros.

Los carros son para James Bond –como para la mayoría de los hombres–, o bien sucedáneos de las mujeres o inmejorables señuelos para conseguirlas. Por eso los cuerpos femeninos son tan buenos vendiendo carros, motos o cualquier cosa que ruede.

En las películas de James Bond –si me pongo en modo Galeano– los carros son además propagandas del capitalismo, de su desarrollo tecnológico y de su lujo. Del Sunbeam Alpine, pasando por los Bentleys, el icónico Aston Martin o la extravagancia del Lotus Esprit submarino, por mencionar solo unos pocos, las películas de Bond se pasean por lo mejor de la industria automotriz occidental; de Ford a BMW, mostrando carros tan eficientes en su socavamiento del enemigo como cualquiera de los otros peroles de Q.

Porque si Gramsci estaba en lo cierto y el capitalismo ejerce su dominación a través de la hegemonía cultural, entonces el comandante Bond es un poderoso enemigo del proletariado más allá del hecho de servir a su Majestad la Reina de Inglaterra, porque ¿qué cosa es menos socialista que manejar tu propio carro –mientras más grande e ineficiente en el consumo de gasolina mejor– mientras la masa usa el metro el trasporte público? ¿Qué cosa delata más escandalosamente el fracaso de toda economía centralizada que poder cambiar de modelo de carro según salgan al mercado?

Citroën Sapo. Imagen: imcdb.org/

Citroën Sapo. Imagen: imcdb.org/

En las novelas de le Carré los carros también nos muestran el fracaso del comunismo aunque de forma inversa. En ellas vemos esos carros grises en las aún más grises ciudades del telón de acero[1]. Porque el comunismo[2] nunca pudo construir un carro decente (no estoy seguro de que los Trabants, Wartburgs o Ladas, puedan ser llamados carros decentes), nunca pudo poner en el imaginario una marca, no digamos de carros, sino siquiera de medias.

De ahí su fracaso, porque desde antes de Roma y hasta la pax americana –¿no era el secretario de defensa de Eisenhower, Wilson, el que decía que los intereses de General Motors eran los intereses de Estados Unidos?–, ¿qué imperio no ejerce la dominación cultural? Y la dominación cultural se ejerce a través de cosas, de objetos.

Cuando a principios de los noventa, Venezuela y otros países latinoamericanos tuvieron un breve delirio por los Lada –el carro de una URSS agonizante–, solo evidenciaban (y padecerían) la incapacidad soviética para insertarse en la economía global: incómodos carros que se vendían a saldo sin servicio técnico ni repuestos.

Imagen: acumendesign.co.uk

Imagen: acumendesign.co.uk

Tal vez la destrucción de la industria automotriz venezolana a partir de 2008 sea de las pocas cosas congruentes que hemos padecido: Cuba tiene –por ahora– sus chevy 57 y sus oldsmobile llenando las calles de La Habana como declaración rodante de que el comunismo no sirve. En Venezuela tenemos Chevrolet Malibu de 1980 en 150 mil bolívares (150 millones antes de la pendejada esa de quitarle tres ceros a la moneda) o lista de espera por baterías de carro.

Comprar cosas, cambiarlas por cosas más nuevas y así ad infinitum puede que sea uno de nuestros rasgos alienantes como civilización, uno que nos termine destruyendo ahogándonos en iPhones obsoletos, pero los sistemas que funcionan son precisamente los que permiten ese consumo, porque: ¿Qué otra cosa somos como especie que unos primates que acumulan cosas?

 

[1] Aunque en la adaptación cinematográfica de Tinker Taylor Soldier Spy, de 2011, es la Londres setentosa la que se muestra gris con sus Citroën DS. Este carro también se conoce como Citroën Tiburón o Citroën Sapo. Sin duda el nombre perfecto para un carro usado por espías.

[2] En general los totalitarismos fueron ineptos para producir –tal vez China sea la excepción parcial– carros. El Volkswagen escarabajo es en realidad un sobreviviente del nazismo. Con ese humor de hooligans, los muchachones de Top Gear nos dan un repaso en este enlace: https://www.youtube.com/watch?v=vXNuA41ZlkI

 

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