Dólar Tide

We’re leaving together, But still it’s farewell

Europe. The Final Countdown

Siempre me gustaron las películas de Gene Hackman[1]. Con él siempre te crees el papel, hay un par de escenas (entre muchas otras) como esa pescozada que le da a Willem Dafoe en Mississippi en llamas o la forma en la que reta a dios en Poseidón –creo que me hice ateo poco después– que hacen que te olvides del actor y veas solo al personaje.

En Crimson Tide lo hace también: cuando se estruja la calva nos dice con ese gesto lo derrotado que está su personaje o cómo rumia el racismo del guión –por el que Denzel Washington casi le arregla los dientes a Quentin Tarantino– cuando mastica el habano.

De esta película –es increíble que hayan pasado 20 años de su estreno– me gustan además un par de conteos que hacen aún más claustrofóbico al submarino como escenario. Como se sabe, está por un lado la cuenta que llevan de cuánto falta para que los misiles rusos estén listos para ser lanzados, lo que guía el tiempo de casi toda la película, y por otro; está el conteo que hacen en algún momento, de la profundidad a la que se va hundiendo el submarino cuando es dañado por un torpedo enemigo.

Esta última escena es si se quiere un lugar común en el cine: alguien va contando los metros, el submarino cruje y justo antes de alcanzar la cota de profundidad que lo destruirá, algo se resuelve y todos respiran aliviados.

En la película –ya no hay riesgo de spoiler– lo que salva al submarino es el sacrificio de unos marineros que se ahogan cuando un oficial se ve obligado a cerrar una compuerta. De nuevo un tópico, esta vez el de alguien que debe elegir entre matar a pocos o matar a muchos (él incluido).

He estado recordando esa sensación de que me hundo junto a otros mientras alguien va midiendo la cercanía con el abismo.

Imagen: thebrigade.com/

Imagen: thebrigade.com/

El jueves en la tarde cuando el dólar llegó a los 350 bolívares (no nos engañemos con eufemismos pendejos: 350 mil bolívares) fue un hito en este conteo que nos va indicando en Venezuela a qué velocidad nos hundimos. Alguien lo comentó en voz baja en el salón de clase en el que estaba y el murmullo se fue esparciendo más ominoso cada vez. Casi pude oír crujir al submarino.

Pocas horas después, en la noche, la profundidad del hundimiento alcanzó los 400 bolívares por dólar (de nuevo y sin pendejadas: 400 mil bolívares). En muy poco tiempo me había vuelto aún más pobre, tenía aun menos futuro.

En este submarino inmundo en el que estoy atrapado, el acto desesperado que detendría el hundimiento –aparte de derrocar al chavismo– es la liberación del control de cambio que la bota roja impuso hace más de diez años para lucrarse y someternos. Esa es la escotilla que hay que cerrar para no ahogarnos todos.

Lo que me estoy preguntando ahora mismo mientras cazo alguna película de Hackman en TCM, es si ya no soy yo uno de esos marineros que se ahoga cuando la escotilla se cierra.

___________

[1] Otro admirador lo explica con mejores palabras en este artículo: http://www.jotdown.es/2014/11/te-odio-gene-hackman/.

 

 

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