Mamando

Mal amamantada 
y el tetero de petróleo que se acaba. 

Desorden Público

 

No es una idea original. Está en el diagnóstico de algunos de los más agudos pensadores del país desde hace décadas. Lo que determina el atraso de Venezuela es su economía rentista, que además pone exclusivamente en manos del Estado esa renta.

Aun así no creo que el petróleo sea una maldición. Al llamarlo ‘excremento del diablo’, Pérez Alfonso solo delataba la aversión de los vestigios de una sociedad agrícola por la industrialización o la misma modernidad. La parte más premoderna de la nación pretende, aun en el siglo XXI, un regreso a esa supuesta arcadia natural que cosechaba café, tabaco o cacao. Tal vez eso explique nuestra incapacidad para hacer ciudades viables.

Por el contrario, el petróleo constituyó el único medio de aspirar a una vida civilizada como nación. Algunos de los estudios de Asdrúbal Baptista muestran cómo a principios del siglo XX nuestra economía era peor que la de Haití. Eso explica las epidemias de malaria, bilharzia, analfabetismo o caudillismo.

La erradicación del paludismo, la masificación de la educación, las autopistas, la Ciudad Universitaria, el whiskey, la prepotencia del gentilicio –ya desparecida ante las humillantes colas por comida–, y en fin todo lo que nos separó a partir de 1958 del atajo de campesinos muertos de hambre que fuimos desde la Independencia, se lo debemos al petróleo. Fueron esos logros los que precisamente destruyó el chavismo.

Pero ese modelo fue pensado para ser provisional, el petróleo debía ser un medio, no un fin. No otra cosa es la conclusión de ‘Venezuela, política y petróleo’ de Betancourt, que inspiró la política petrolera venezolana incluso hasta la Apertura de 1998. Un medio, se pensaba, para la industrialización, la diversificación de la economía, para –y esto delata aún más nuestro amargo fracaso como sociedad– hacernos menos dependientes.

Tal vez la otra utilidad que le encontró la clase política al petróleo, pervirtió el primer fin. Como ha sido ampliamente estudiado, el régimen que nace en 1958 es uno de conciliación de élites –cercano a la poliarquía de Dahl– que requería el ungüento del petróleo para funcionar, el petróleo debía disminuir las fricciones de la sociedad dándole a cada quien lo suyo.

Porque que el petróleo le dé a cada quien lo que quiere, es la verdadera noción de justicia que define al venezolano; solo tenía que pedir su barril en forma de unas láminas de zinc para el ranchito, cupos en la universidad para los hijos de profesores, una beca Gran Mariscal, chatarra militar o gasolina barata.

A partir de ahí, la economía ya nunca andaría sin la muleta del petróleo, la nación misma cojearía vacilante hasta desembocar en la postración actual. Una postración que es en gran medida elegida, una decisión consciente del país. Porque cada vez que se intentó hacernos menos dependientes del petróleo, cada vez que se intentó liberalizar la economía, la sociedad eligió andar hacia atrás con los políticos más populistas, más ineptos, los que solo ofrecían repartir renta.

Carlos Andrés Pérez advirtió en su segundo mandato –con la oposición virulenta de su partido Acción Democrática–, en una de las más agudas ironías de nuestra historia, que el modelo que él mismo había fabricado a finales de los 70, ese en el que la nación vive del Estado y este a su vez del petróleo, ya no daba más. Sus reformas fueron respondidas con esa orgía que tan bien nos retrata como sociedad que fue El Caracazo, y luego con su defenestración pseudo legal. La Agenda Venezuela de 1996 –que Caldera pospuso irresponsablemente por dos años– se saldó con la elección de Hugo Chávez.

He ahí la evidencia que nos delata como mamadores de renta petrolera cual piara de cerditos. El chavismo –a pesar de las pendejadas de hoy sobre producir, luego de que se robaron todo– solo ofrece satisfacer esa perentoria necesidad nacional. Con la peste roja el barril de crudo se transformó en el Dakazo, en apartamentos gratis pero mal construidos, neveras Haier, cupos de dólares, Pastor Maldonado chocando en cada válida de la F-1, chatarra militar o gasolina barata.

Aun luego de las colas por comida o medicinas, el país no quiere que lo desteten, no quiere pagar lo que vale la electricidad, el agua o la educación. Quiere seguir mamando.

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