Ideas desordenadas sobre el (d)olor

El atajo más largo

Oscar-Perez-Muerto

El otro día, Luis Yslas me comentó que estaba leyendo Say her name, el desgarrador libro que escribió Francisco Goldman sobre la muerte de Aura, su joven esposa. Con la metódica voracidad lectora que lo caracteriza, Luis quería seguir leyendo novelas que trataran el tema y estaba haciendo la ronda de consulta entre los amigos. Yo apenas le pude recomendar dos libros bastante extraños que solo en el mercado editorial anglosajón podían tener el impacto que han tenido. Me refiero a Grief is the thing with feathers [El duelo es esa cosa con alas], de Max Porter, y Lincoln en el Bardo, de George Saunders, que hacía poco había recibido el prestigioso Man Booker Prize.

Con el paso de los días, la lista mental de posibles recomendaciones fue creciendo hasta el punto de que llegué a pensar si la literatura, toda ella, no tendría que ver…

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La revolución de los cerdos

Cuban-Pork-Shoulder-Roasted

Imagen. popville.com/

 

Si no tienen pan, que coman costra de pastel

Frase atribuida a la reina María Antonieta

 

La historia de Venezuela durante el siglo XIX se encuentra jalonada por las así llamadas revoluciones: la de las reformas, la Revolución de marzo, la azul, la Revolución libertadora; incluso si extendemos ese siglo mucho más allá de 1935, la fecha en la que, según Mariano Picó Salas, el país entró por fin en el siglo XX, tendríamos la Revolución de octubre –ese intento adeco por construirse una épica emparentada con su amor inicial por los sóviets–. El hilo, como es obvio, alcanza hasta la peor impostura de todas: la fulana Revolución bolivariana. Con el hambre y la miseria que trajo solo los enchufados se atreven todavía a decirle bonita.

En puridad ninguna lo fue, paradójicamente los cambios más drásticos en la historia venezolana han sido producto de hitos que no denominamos revoluciones, como por ejemplo la independencia, la separación de Colombia o el advenimiento de la democracia en 1958. Esa paradoja se explica porque no sabemos qué es una revolución, nuestro deformado concepto, que no es exclusivo, confunde revolución con montonera de macheteros –o saqueadores– liderados por un pulpero o militar inculto –vaya pleonasmo este último–. Bulla y humo, esa es nuestra definición de revolución.

A partir de julio de 2017 hemos estado esperando ansiosos un deus ex machina que revierta la derrota de la oposición venezolana; en agosto fue la estupidez de Trump sugiriendo la posibilidad de que al régimen de Maduro lo tocase su ración de furia y fuego, en octubre fue el espejismo de las votaciones regionales, ahorita, terminando diciembre, fue lo que algún jodedor llamó la revolución del pernil y que yo prefiero llamar la revolución de los cerdos: no otra cosa que los más hambrientos reclamando su pago, en carne de cochino, por haber vendido su voto en el fraude de las municipales del 10 de diciembre.

El chavismo compró esos votos fiado precisamente porque está quebrado desde octubre de 2012. Lamento –no mucho– usar lenguaje soez, pero es que no tengo una mejor manera de decirlo: ¿qué clase de puta pendeja presta el servicio y cobra después? ¿Más aún a un cliente limpio? Si nuestros hambrientos iban a vender su voto debieron tener el tino de cobrar antes, aunque sea la mitad, ¿no?, algo así como: “antes de venderte mi voto (y con él mi condición de ciudadano) resuélveme con un par de pollos y una mano de topochos compadre”. Luego no vale, sobre todo porque cuando se le cobra, el chavismo suele responder con plomo.

Los ralos disturbios que generaron nuestros incautos hambrientos pusieron a salivar de nuevo a algunos con la posibilidad de que ahora sí: el hambre obligaría a los cerros a bajar y en medio de una de nuestras revoluciones de mentira el régimen caería. Ya están por llegar los reyes magos y nada. Y esto por dos razones, la primera es que esa gente estaba diciendo: “sí, vendí mi voto ¿y qué? Ahora vengo a cobrar arrecho”, no estaban, ni remotamente, reclamando derechos civiles y políticos, al contrario: ¡estaban mostrando el recibo de su muy barata venta! porque en los buenos viejos tiempos de los adecos el voto valía más que un pernil. Eso generó el legítimo asco de buena parte de la clase media –más bien del espectro de ella que anda por ahí–; si esa gente no peleó junto a nosotros entre abril y julio de 2017 por la libertad, ¿por qué habría que acompañarlos ahora en su lucha por un poco de chicharrón? Pero la razón más importante, al menos según yo lo entiendo, es que en Venezuela no son las revoluciones las que cambian regímenes, no fue así en 1810, que fue un asunto de blancos –aunque de orilla– letrados, mucho menos con nuestros sátrapas: Gómez se fue con la muerte, el día que quiso, y Pérez Jiménez fue expulsado por una camarilla militar, el pueblo en las calles el 23 de enero es muy posterior al arreglo entre nuestros gorilas desarrollistas.

Otros países han tenido sus revoluciones con nombres poéticos, ahí está la Revolución de los Claveles portuguesa que inauguró la tercera ola democrática, o la Revolución naranja ucraniana; incluso la malograda Revolución verde iraní que casualmente parece reeditarse por estos días. Pero nosotros tenemos hambre, así que la nuestra iba a ser la revolución de los cerdos.

Memorias de una bolchevique a destiempo – Literal Magazine

Gisela Kozak Rovero

I¿Cómo es posible que a los quince años yo anduviera presumiendo de materialista histórica y dialéctica?¿Todo empezó con una lectura adolescente, la novela La madre, del escritor ruso  Máximo Gorki?  ¿O tal vez una amiga del liceo influida por alguna hermana mayor que estudiaba  en la Universidad […]

Origen: Memorias de una bolchevique a destiempo – Literal Magazine

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Gisela Kozak Rovero

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