El perro de Trump

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Imagen: dailymail.co.uk/

                                                                                     A dog is smarter than its tail, but if the tail were smarter, then the tail would wag the dog.

 

En la política estadounidense no hay nadie más fotogénico que los Kennedy –aunque los Obama se les acercaron bastante–, las cámaras los adoraban. Una de mis fotos favoritas de ellos es esa portada de Life en la que Bobby Kennedy corre con su perro Freckles en una playa de Oregón pocos días antes de que lo mataran. Bobby no llegó a ser presidente, pero de haberlo sido, junto a su perro, habría formado parte de una tradición no oficial de la Casa Blanca que se remonta a Theodore Roosevelt.

A partir del vigésimo sexto presidente, el amo, entre otros, de Pete y Rollo, todos los presidentes estadounidenses han tenido al menos un perro –u otras mascotas– durante su período.

Hasta el odioso Nixon tuvo un trío de perritos durante su presidencia: Vicki, Pasha y King Timahoe, una presidencia que, como es sabido, le debía a otro can: Checkers.

Durante la reciente campaña presidencial circuló la falsa noticia –solo una más– en la que se contaba de Spinee, el perro de Trump que se recuperaba de una cirugía (hay un artículo en este enlace: http://www.nytimes.com/2016/10/01/us/politics/presidential-pets-clinton-trump.html), pero lo cierto es que esa tradición de presidentes con sus perros en la Oficina Oval la romperá precisamente Trump quien no tiene mascotas. Es muy probable que le regalen uno. Tal vez un chihuahua.

Aunque con la más reciente escogencia para su gabinete caigo en cuenta de que en realidad también Trump tendrá su perro en la Casa Blanca. Como se sabe, el presidente electo ha seleccionado para los puestos de seguridad a halcones, destacan el senador Mike Pompeo y el General Michael Flynn al frente de la CIA y como asesor de seguridad nacional, respectivamente. Este último ocupará un puesto que no requiere confirmación del Congreso –incluso uno dominado por los republicanos–, sobre lo que hay una extensa explicación en este artículo: http://www.nytimes.com/2016/11/18/us/politics/michael-flynn-national-security-adviser-donald-trump.html.

Esa tríada se completa con el Secretario de Defensa, cargo que ocupará el general de los marines James Mattis, un veterano de Afganistán e Iraq –donde su código de radio era Caos–, de quien Trump ha dicho: ‘es la cosa más cercana que tenemos del General George Patton’. Hay un perfil completo en este artículo: http://www.nytimes.com/2016/12/01/us/politics/james-mattis-secrtary-of-defense-trump.html?smid=tw-nytimes&smtyp=cur.

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General James Mattis. Imagen: thedailybeast.com/

No ha habido un general como Secretario de Defensa desde George Marshall en 1951. Claro, tampoco había habido nunca un Trump en la Casa Blanca: solo perros, gatos y creo que loros. Algunos creímos que la Guerra Fría por fin había terminado con la muerte de Fidel Castro la semana pasada.

El apodo de Mattis es Mad Dog.

Derrocar

Hace un rato arrugaba el papelito donde había anotado la escuela en la que la página web https://revocalo.com/ me sugería ir a firmar para solicitar el revocatorio del hijo de puta de Nicolás Maduro.

Debo estarme haciendo viejo, o tal vez ya acepté mi derrota. No sentí esa ira arrasadora como la de agosto de 1999 mientras el chavismo liquidaba la democracia al disolver el Congreso, ni la de agosto de 2004 con ese resultado fraudulento construido durante meses, tampoco la de hace dos años con su ristra de torturados y muertos.

La clausura del referéndum revocatorio –algo que sabíamos que pasaría– ha acelerado los planes de irse de los que me rodean, acercándome más a tener que abandonarlo todo, con la única certeza de la incertidumbre.

Siento una arrechera fría, unas ganas de destruir metódicamente, en silencio. He detestado profundamente al chavismo desde que se hizo con el poder, antes de eso solo eran una secta, una especie de evangélicos pendejos que seguían a un llanero bruto y ladrón. A ellos este maldito país salvaje les dio el poder. Por casi la mitad de mi vida he vivido en la sentina que fabricaron.

Durante todo ese tiempo he atestiguado los más absurdos mecanismos que ha empleado esta sociedad para deshacerse de la tenia que voluntariamente tragó. Absurdos porque han oscilado entre la insurrección amateur y la legalidad barroca de la república que nunca hemos sido.

También he mirado, como cualquier otro, la complicidad, la indiferencia, la entrega. Hoy seguíamos con nuestras colas de miseria, con nuestros pequeños planes mientras UNT pagaba la libertad de Rosales traicionando al país.

No quiero irme, no aún. Quiero ser turba que derriba estatuas y que saca tiranos cagados de las alcantarillas para luego arrastrarlos por las calles. Quiero derrocar.

Maduro y su padrino mágico

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Imagen: fairlyoddparents.wikia.com/

That’s all Folks!

 

Me tardé unos días en escribir esto pensando que se me habían adelantado. Pero no, nadie más, de todos los que han escrito, satirizó así la cobarde abdicación de Nicolás Maduro.

En buena medida es un lugar común identificar al chavismo con una comiquita, ¿qué podría ser más infantil que Chávez pretendiendo ser un Simón Bolívar con verruga al tiempo que imitaba a Fidel Castro? ¿En el universo pop venezolano que podría representar más un dibujo animado que Maduro?

Aunque el dolor y la miseria que estas caricaturas han dejado producen una terrible discrepancia con lo que es un divertimento para niños, lo cierto es que asumir la peste roja como una banda de muñequitos de colores en movimiento es paradójicamente una exacta descripción. Un mundo de ficción, un discurso cursi y violento al mismo tiempo que pudre una sociedad idiota.

Como se sabe, desde finales de los ochenta del siglo pasado, hubo una reinterpretación de las comiquitas y de las historietas (cartoons and comics). En los primeros resulta la versión que de las icónicas parejas como Tom y Jerry encontramos en Ren y Stimpy (The Ren & Stimpy Show). Hay incluso, en estas comiquitas todo un alegato feminista (escondido en la cultura pop más chiclosa) en The Powerpuff Girls.

Pero tal vez el nihilismo y la alienación de los Millennials están muy bien camuflados en esa comiquita, Timmy y los padrinos mágicos (The Fairly Oddparents) –sé que dejo de lado a Los Simpsons y a South Park–, en la que un niño pendejo solo tiene que pedir lo que sea para ser complacido.

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Imagen: el-nacional.com/

Al abdicar el poder que heredó en el gorila de Padrino López, Nicolás Maduro actúa exactamente igual que Timmy cuando pide una bicicleta: ¡Padrino concédeme que el hambre no me derroque!

Se ha mencionado hasta el hartazgo que en El tambor de hojalata, Oscar es un adulto con el cuerpo de un niño, precisamente porque Günter Grass hace la metáfora de una sociedad infantilizada que fatalmente debía engendrar al nazismo. Nosotros, los venezolanos, esos adultos ineptos incapaces de construir una comunidad política, también usamos el ruido como arma y nos negamos a crecer.

Lo que me preocupa no es que esa caricatura trágica que es Maduro haya terminado de entregar el poder político que nunca le perteneció, a sus verdaderos dueños desde que el chavismo se hizo con él, sino que hoy, la sociedad toda ve en los militares a sus padrinos mágicos.

Mamando

Mal amamantada 
y el tetero de petróleo que se acaba. 

Desorden Público

 

No es una idea original. Está en el diagnóstico de algunos de los más agudos pensadores del país desde hace décadas. Lo que determina el atraso de Venezuela es su economía rentista, que además pone exclusivamente en manos del Estado esa renta.

Aun así no creo que el petróleo sea una maldición. Al llamarlo ‘excremento del diablo’, Pérez Alfonso solo delataba la aversión de los vestigios de una sociedad agrícola por la industrialización o la misma modernidad. La parte más premoderna de la nación pretende, aun en el siglo XXI, un regreso a esa supuesta arcadia natural que cosechaba café, tabaco o cacao. Tal vez eso explique nuestra incapacidad para hacer ciudades viables.

Por el contrario, el petróleo constituyó el único medio de aspirar a una vida civilizada como nación. Algunos de los estudios de Asdrúbal Baptista muestran cómo a principios del siglo XX nuestra economía era peor que la de Haití. Eso explica las epidemias de malaria, bilharzia, analfabetismo o caudillismo.

La erradicación del paludismo, la masificación de la educación, las autopistas, la Ciudad Universitaria, el whiskey, la prepotencia del gentilicio –ya desparecida ante las humillantes colas por comida–, y en fin todo lo que nos separó a partir de 1958 del atajo de campesinos muertos de hambre que fuimos desde la Independencia, se lo debemos al petróleo. Fueron esos logros los que precisamente destruyó el chavismo.

Pero ese modelo fue pensado para ser provisional, el petróleo debía ser un medio, no un fin. No otra cosa es la conclusión de ‘Venezuela, política y petróleo’ de Betancourt, que inspiró la política petrolera venezolana incluso hasta la Apertura de 1998. Un medio, se pensaba, para la industrialización, la diversificación de la economía, para –y esto delata aún más nuestro amargo fracaso como sociedad– hacernos menos dependientes.

Tal vez la otra utilidad que le encontró la clase política al petróleo, pervirtió el primer fin. Como ha sido ampliamente estudiado, el régimen que nace en 1958 es uno de conciliación de élites –cercano a la poliarquía de Dahl– que requería el ungüento del petróleo para funcionar, el petróleo debía disminuir las fricciones de la sociedad dándole a cada quien lo suyo.

Porque que el petróleo le dé a cada quien lo que quiere, es la verdadera noción de justicia que define al venezolano; solo tenía que pedir su barril en forma de unas láminas de zinc para el ranchito, cupos en la universidad para los hijos de profesores, una beca Gran Mariscal, chatarra militar o gasolina barata.

A partir de ahí, la economía ya nunca andaría sin la muleta del petróleo, la nación misma cojearía vacilante hasta desembocar en la postración actual. Una postración que es en gran medida elegida, una decisión consciente del país. Porque cada vez que se intentó hacernos menos dependientes del petróleo, cada vez que se intentó liberalizar la economía, la sociedad eligió andar hacia atrás con los políticos más populistas, más ineptos, los que solo ofrecían repartir renta.

Carlos Andrés Pérez advirtió en su segundo mandato –con la oposición virulenta de su partido Acción Democrática–, en una de las más agudas ironías de nuestra historia, que el modelo que él mismo había fabricado a finales de los 70, ese en el que la nación vive del Estado y este a su vez del petróleo, ya no daba más. Sus reformas fueron respondidas con esa orgía que tan bien nos retrata como sociedad que fue El Caracazo, y luego con su defenestración pseudo legal. La Agenda Venezuela de 1996 –que Caldera pospuso irresponsablemente por dos años– se saldó con la elección de Hugo Chávez.

He ahí la evidencia que nos delata como mamadores de renta petrolera cual piara de cerditos. El chavismo –a pesar de las pendejadas de hoy sobre producir, luego de que se robaron todo– solo ofrece satisfacer esa perentoria necesidad nacional. Con la peste roja el barril de crudo se transformó en el Dakazo, en apartamentos gratis pero mal construidos, neveras Haier, cupos de dólares, Pastor Maldonado chocando en cada válida de la F-1, chatarra militar o gasolina barata.

Aun luego de las colas por comida o medicinas, el país no quiere que lo desteten, no quiere pagar lo que vale la electricidad, el agua o la educación. Quiere seguir mamando.

Becerro huérfano

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Imagen: @elestimulo

‘Como holocausto de olor agradable (…), ofrecerán un becerro, (…)’

Nm 29, 8-9

 

¿Cuántos Jefes de Estado declararían en radio y televisión que son unos becerros? ¿Dilma ante la venidera votación en el Senado que decidirá su impeachment dirá algo así como ‘Mientras más votan en mi contra más becerra me pongo’? ¿O Evo: ‘Mientras más hijos me descubran por ahí, más becerro me pongo’? No, solo Maduro, quien ladraba ayer en cadena de radio y televisión –esa omnipresente forma de corrupción que convierte a  todos los medios desde hace 17 años en voceros del chavismo quiéranlo o no–: “Mientras más me chantajeen, más me pongo becerro”.

Ya es común que Maduro exprese sus profundas deficiencias por medio del lenguaje. Las palabras no son sus amigas, desde esos inexplicables gazapos con la geografía nacional hasta aquello de leer ‘Maduro chúpatelo’, el idioma se le ha revelado como un enemigo más.

En un país inculto como el nuestro, a veces las palabras son como ese objeto brillante que encuentra un chimpancé. Chávez proveía a la horda de objetos para distraerse. Su lenguaje soez era parte del circo: escuálido, majunche, frijolito y demás zarandajas. Tal vez Maduro, en su vano intento de ser un sosías de Chávez –a su vez un sosías de Castro–, procura que la galería emule sus palabras. Pero, ¿quién quiere hablar como Maduro? ¿Quién quiere parecérsele?

En Venezuela ‘becerro’ es un insulto de pobres. Nada retrata más la marginalidad de alguien que oírle decir ‘Eres sendo becerro’. No entiendo del todo la ofensa que contiene, tal vez alude a la estupidez de los bovinos, a su mansedumbre que los convierte en bistecs. Por eso es aun más incomprensible que Maduro lo usase –salvo porque sea válido lo que leí en twitter sobre que en realidad quería decir verraco, algo que terminaría de delatarlo como colombiano– justo cuando el país le pide que se vaya de la forma que sea con tal de que sea ya.

El insulto tiene una variante: ‘becerro huérfano’. Un pendejo abandonado, solo.

 

Spies like us: Martinis secos

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Imagen: @007

“Champagne, if you are seeking the truth, is better than a lie detector.”

Graham Greene

Me tomó tiempo encontrar mi forma de beber: lento y a solas. Tal vez eso me describa como un alcohólico. Tal vez solo soy socialmente inepto. La verdad es que no me siento a gusto con más de dos personas al mismo tiempo –mucho menos si el alcohol las ha desinhibido–, cuando eso pasa hay algo de pánico en mi expresión, que el común suele confundir con hosquedad. Además me gusta acercarme lentamente al sopor etílico para decidir con tiempo si lo convierto en una borrachera o no.

No creo que beber a solas tenga que ver con miedo a que el alcohol me haga develar mi verdadera personalidad: soy un tipo aburrido que arrastra su grisura sobrio o borracho. Pero supongo que para un espía sí debe ser un problema profesional eso de cambiar luego de unos tragos o peor, empezar a soltar la lengua.

En esta serie de entradas en las que comparo a los espías de John Le Carré con el de Ian Fleming no había repasado la relación de los personajes con el alcohol. Para James Bond es central; pero ahora mismo solo recuerdo a Alec Leamas entre los personajes de Le Carré, quien finge ser alcohólico para que los del otro bando lo fichen como desertor.

Para Bond el alcohol es un fetiche, en su trago favorito está una mujer que amó. En la interpretación de Daniel Craig, a veces parece como si se estuviese bebiendo a Eva Green mientras sorbe una de esas elegantes copas de cocktail: no bebe para olvidar, lo hace para recordar. Leamas en realidad es un proto alcohólico, por eso casi no finge su deterioro.

Bond bebe desde sofisticados cócteles hasta cerveza boliviana si nos atenemos a las películas, mientras que el personaje de Le Carré echa mano de la ginebra. De nuevo Bond gana.

Aunque siento algo de admiración por la disciplina puritana –si es que tal cosa aún existe–, pienso que una de las formas de ejercer la libertad es sucumbir a los vicios, al menos a aquellos que no te convierten en un adicto. Por eso la noticia de que Polar cierra sus plantas de cerveza hace a Venezuela –al menos para mí– aun menos libre.

Casualmente pocos días antes leía una reseña biográfica del maestro cervecero Gerhard Wittl, quien junto al también maestro Carlos Roubicek dieron forma a la  cerveza Pilsen de Polar y a la harina PAN. Estos hombres definieron el paladar del venezolano: deberían aparecer en los billetes por lo menos.

Podría recurrir al lugar común y escribir sobre el emprendimiento, el valor del trabajo duro o sobre la modernidad comprimida en un empaque amarillo con la marca PAN en azul, pero no, mi lugar común es la arrechera de no poder tomar la cerveza que me gusta. Ya antes la economía chavista me había impedido beber vino –nunca fui aficionado al whiskey–, dejándome solo el ron y la cerveza, amén de esos aguardientes baratos que te hacen jurar a la mañana siguiente que no beberás nunca más.

Al principio escribía sobre cómo el alcohol puede hacer que te delates, algo fatal si eres un espía. Lo de la Polar delata al chavismo como una banda de rateros ineptos. Ojalá también les resultase fatal.

 

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La del estribo. He aquí la receta del trajinado Vesper Martini puesta a tono para Casino Royale en 2006 según la revista Esquire: http://www.esquire.com/food-drink/bars/a204/esq1106drinks-84/

 

Valiente soldado

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Imagen: panorama.com.ve

       A soldier who committed an act of theft (furtum) against civilians by contrast had his right hand cut off.

Wikipedia

 

Lo primero que leo hoy en lo que queda de prensa libre es que a los militares en Venezuela (putas bien pagadas) se les ocurrió un plan de adoctrinamiento de niños en escuelas y liceos. Uno muy cursi por cierto, porque hasta contempla un concurso de poesía. También hay uno de ensayos; buen chiste ese de que una cofradía de analfabetos proponga escribir ensayos y poemas.

La nota de prensa que puede ser leída en este enlace: http://www.el-nacional.com/politica/Min-Defensa-adoctrinar-escuelas-publicas_0_831516928.html#.VxULsuVnees, habla de exaltar la figura del así llamado ‘Valiente Soldado Bolivariano’, no otra cosa que un pretoriano chavista o un asesino de uniforme verde como sabemos bien desde 2014.

Me detengo en esa grotesca burla y me vienen varias imágenes a la cabeza: Chávez entregándose a sus socios militares como un cobarde en abril de 2002, disfrazado con un uniforme que era delito que usase, el rostro desfigurado de Geraldine Moreno, gorilas con la cara pintarrajeada marchando mientras gritan en Los Próceres, los soldaditos que cuidan y drenan las colas por comida, etc., etc. Pero no hay una sola referencia de bravura o valor con la que pueda vincular a los militares venezolanos.

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Imagen: panorama.com.ve

En Venezuela, los militares nunca han estado para defendernos –tal vez, salvo por un breve período durante la Independencia y en la derrota de la guerrilla–, sino para oprimirnos. La misma nota que denuncia el adoctrinamiento explica cómo el país ha perdido 1.321.950 kilómetros cuadrados sin que los militares hayan disparado un solo tiro. Sin ellos el chavismo se hubiese derrumbado hace rato. Chávez y Maduro amoldaron con evidente gusto sus culos al filo de las bayonetas.

Pero en esto de humillar y someter no hay absolutos. Estos valientes soldados en Venezuela, se hincan en Cuba. Falta un concurso sobre cómo arrodillarse, si de verdad se quiere honrar a los valientes militares chavistas.

Dilma, Jesús and the Demise of the Pink Tide — Caracas Chronicles

As I reflected on Dilma’s impeachment in Brazil yesterday, the image I kept going back to is this one: It was taken in 1992 in Yare Prison, shortly after Chávez’s failed coup attempt. In between a, to our eyes, stunningly young Chávez and Francisco Arias Cárdenas, we see a figure I bet most of our…

a través de Dilma, Jesús and the Demise of the Pink Tide — Caracas Chronicles

Lame ducks

Emigracion

Imagen: Runrunes.com

Legislators represent people, not trees or acres.

Chief Justice Earl Warren

 

Hablar con expresiones idiomáticas –además de con groserías–, es la mejor prueba de que se domina otro idioma. Aparte: no hay nada más expresivo. Tomemos por ejemplo farfalla; una de las formas en la que los italianos llaman a la vagina. No creo que haya una mejor forma de describirla, en ningún otro idioma, incluyendo el lenguaje de señas.

En inglés hay un idiom sobre política que me gusta bastante: lame duck, literalmente  ‘pato cojo’, que alude al cargo de elección popular cuyo sucesor ya ha sido electo. Es traducido frecuentemente en español como ‘hombre de paja’. El caso emblemático es el mismo Presidente estadounidense, quien luego de la elección de noviembre de su último año, pasa a ser un lame duck. A veces lo es ya desde que gana su segundo término, porque la expresión alude en un sentido más amplio a la debilidad de quien ya no ejercerá nunca más el poder.

Ayer, el editorial de The Washington Post (que puede ser leído en este enlace: https://www.washingtonpost.com/opinions/venezuela-is-in-desperate-need-of-a-political-intervention/2016/04/12/d7071d98-00c9-11e6-9203-7b8670959b88_story.html?tid=ss_tw), que clama por una intervención política de los países de la región, encabezados por los Estados Unidos en esta Zimbabue caribeña llamada Venezuela, me remitía a un informe de Human Rights Watch de diciembre del año pasado (puede ser leído aquí https://www.hrw.org/tet/node/284410) en el que se describe cómo los legisladores chavistas –me parece exagerado llamarles así– cuyos sustitutos ya habían sido electos en esa paliza que la dirigencia opositora se niega a terminar en la calle, nombraron a los jueces –de nuevo una grotesca exageración llamarles así– que desarticulan cada intento del Parlamento por salir del chavismo usando su propia constitución.

En la versión en inglés del reporte a esos legisladores –varios de ellos analfabetos funcionales–, se les llama lame ducks. Los jueces que nombraron eran todos militantes chavistas, funcionarios rojos. Algunos de ellos solo eran jueces de primera instancia, de ahí saltaron –o cayeron– en esa sentina suprema.

Así ha sido desde 2004, cuando el chavismo tomó el control del así llamado Tribunal Supremo, para barrer los restos de miquelenismo que habían quedado de la colonización de 1999. En los últimos 12 años no ha habido una sola sentencia de las salas políticas de ese tribunal (todas en la práctica) que ponga en riesgo el ejercicio chavista del poder.

En contraposición, una de las formas que delatan que no se domina un idioma, son los juegos de palabras con la pronunciación incorrecta, ese jugar con ellas como si fuesen bloques de lego que no encajan pero suenan gracioso. Algunos de estos juegos son también agudamente elocuentes.

El lame que en inglés se pronuncia lɑːmeɪ, en español se lee ‘lame’. ¿Cuánto lame un togado o un diputado chavista antes de enchufarse? ¿Cuánto lame para mantenerse ahí?

Fukuyama tenía razón

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Imagen: ‏Reuters

Conduciremos a la humanidad con mano de hierro hasta la felicidad, decía un cartel en la entrada del campo de concentración de Solovkí, primera semilla del Gulag.

jotdown.es/

 

Sí, ya sé, a las viudas del comunismo –esa especie aun más resistente que las cucarachas– el título de esta entrada las hará retorcerse como un vampiro al que se le enseña la cruz, pero es cierto: el fin de la historia ya sucedió.

Como es sabido, las dos grandes ideologías modernas proponen un fin de la historia, no otra cosa son la dictadura del proletariado para el marxismo-leninismo y el advenimiento de la democracia liberal y la economía de mercado en el liberalismo.

Siempre me ha parecido paradójico –la idea no es original– que la aceleración del tiempo que propone la modernidad, terminase en un no-tiempo, en un estadio en el que nada pasa. Para los comunistas, en su paraíso obrero, la dictadura del proletariado con su abolición a sangre y fuego de las instituciones burguesas, elimina la necesidad de revoluciones y la lucha de clases, no sucede nada: los seres humanos –menos los que son destruidos en los campos de concentración– nos dedicaríamos a ser felices por toda la eternidad. En la acera de enfrente, para los liberales (a veces mal llamados neoliberales), luego de la Revolución Francesa, antes o después la humanidad abrazaría el estado de narcolepsia en el que comprar sustituye al conflicto y por ende cancela la historia.

Obviamente mi resumen es muy apretado –alguien podría declararme inepto para enseñar en una universidad– y sirve de blanco para la docta crítica, sin embargo, si abrimos el periódico hoy –¿todavía se lee en papel?– es imposible no constatar que el fin de la historia que propuso Fukuyama (quien popularizó una idea de Alexandre Kojève), justo al caer el Muro de Berlin, se verifica con la visita de Obama a Cuba.

Cuando el Air Force One entró al espacio aéreo cubano, liquidó la dialéctica (o los restos fosilizados que quedaban), el bloqueo y ese complejo de inferioridad tan latinoamericano llamado antiyanquismo. Cuba será el mercado que le faltaba al área de libre comercio que de facto es América Latina –me gusta pensar cómo Chávez se retuerce en su tumba–.

Lo que describo no es necesariamente malo. Donde se hace más patética la primacía del binomio democracia liberal/economía de mercado[1], o más sencillamente del american way of life, es  en la foto que abre la entrada y que representa mejor que ninguna otra esta visita de Obama a La Habana. En ella se ve al Air Force One, un Boing 747 personalizado, volando sobre un par de esos carros de museo que abundan en La Habana y que harían las delicias de Chip Foose. Hay una brecha, tal vez insalvable, de 60 ó 70 años entre ambas tecnologías, que representa una más grande aun, que va de la premodernidad a la postmodernidad. He ahí la única promesa cumplida del castrismo: podrirte en el tiempo, aunque excusándose en el bloqueo.

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Imagen: sumarium.com/

La crítica de Trump sobre que Obama no fue recibido por Raúl Castro, no es relevante: solo artificios electorales, porque su sola presencia en Cuba muestra la aguda postración cubana que ya no puede ordeñar a su quebrada colonia venezolana. Incluso si Trump ganase la presidencia y desanduviese un poco la política exterior de Obama, basta mirar la lista de empresarios que desembarcaron con Obama[2], para entender que la inviabilidad del modelo cubano que Fidel Castro confesó justo antes de sucumbir a esa senilidad que tanto parece disfrutar Nicolás Maduro[3], está siendo resuelta con dólares estadounidenses y adulación castrista –les va la vida en ello–, en un proceso irreversible que coloca a la así denominada Revolución Cubana como un desvío más, aunque terrible, en la fatal marcha de la historia hacia la satisfacción idiota de comprar en un mall y ver reality shows.

 

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[1] Aquí debo citar la posibilidad mencionada por Fareed Zakaria de que a los distintos tipos de capitalismo le correspondan distintos regímenes políticos, no siempre democráticos, lo que no hace inviable una sociedad tal. Ahí está China para demostrarlo o tal vez Cuba en el futuro

[2] Hay información relevante sobre el tema en este enlace: http://www.lanacion.com.ar/1881622-quienes-son-los-empresarios-que-acompanan-a-barack-obama-en-su-visita-a-cuba.

[3] Aunque luego la propaganda cubana le enmendó la plana al ‘Caballo’, su declaración puede leerse en este enlace: http://www.theatlantic.com/international/archive/2010/09/fidel-cuban-model-doesnt-even-work-for-us-anymore/62602/.

 

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