Ideas desordenadas sobre el (d)olor

El atajo más largo

Oscar-Perez-Muerto

El otro día, Luis Yslas me comentó que estaba leyendo Say her name, el desgarrador libro que escribió Francisco Goldman sobre la muerte de Aura, su joven esposa. Con la metódica voracidad lectora que lo caracteriza, Luis quería seguir leyendo novelas que trataran el tema y estaba haciendo la ronda de consulta entre los amigos. Yo apenas le pude recomendar dos libros bastante extraños que solo en el mercado editorial anglosajón podían tener el impacto que han tenido. Me refiero a Grief is the thing with feathers [El duelo es esa cosa con alas], de Max Porter, y Lincoln en el Bardo, de George Saunders, que hacía poco había recibido el prestigioso Man Booker Prize.

Con el paso de los días, la lista mental de posibles recomendaciones fue creciendo hasta el punto de que llegué a pensar si la literatura, toda ella, no tendría que ver…

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Memorias de una bolchevique a destiempo – Literal Magazine

Gisela Kozak Rovero

I¿Cómo es posible que a los quince años yo anduviera presumiendo de materialista histórica y dialéctica?¿Todo empezó con una lectura adolescente, la novela La madre, del escritor ruso  Máximo Gorki?  ¿O tal vez una amiga del liceo influida por alguna hermana mayor que estudiaba  en la Universidad […]

Origen: Memorias de una bolchevique a destiempo – Literal Magazine

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McChávez

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Imagen: listas.20minutos.es/

 

Disfraz: Artificio o vestimenta con que alguien cambia o modifica su aspecto o condición para no ser reconocido.

 

Escribir sobre la naturaleza travestida de Chávez y de ahí del chavismo todo resulta reiterativo, pero tal vez útil: por ser unos disfraces nos condenaron a esta miseria. Seamos honestos; el de presidente fue solo uno más de los disfraces de Chávez, junto al de beisbolista, militar, bandera de Venezuela y su favorito: el de Fidel Castro. Con Maduro la tragedia es que es un disfraz de un disfraz.

El disfraz que me hace escribir esto es un disfraz post mortem –la necrofilia es la otra  afición chavista– y en realidad es viejo, de hace un par de meses: es Chávez disfrazado de médico en un cartón a la entrada de cada servicio del Hospital Militar de Caracas.

No siempre me gusta la equidad de género en la televisión o el cine de hoy. Es posible que sea un troglodita acostumbrado al machismo y el racismo de la televisión de los 70: demasiado SWAT, Starsky & Hutch, Los duques del peligro e incluso Mazinger Z, como para apreciar el cambio en las convenciones de ciertos géneros. De estos, el de las series médicas es uno de mis más entrañables, de ER o Chicago Hope, pasando por El doctorcito (Doogie Howser, M.D.) o Scrubs hasta ese vómito de perro que es House M.D.

Hasta que llegó Shonda Rhimes y mandó a parar. Siendo honestos ella solo ahondó una tendencia que ya estaba en ER –tal vez incluso desde General Hospital–, la de convertir a los médicos de la ficción en modelos de revista dirigiendo la serie a un público exclusivamente femenino, amén de convertir a las mujeres mismas en los personajes centrales –ya no más esas enfermeras a las que el doctor se tiraba–, que ahora son doctoras, salvan más pacientes que sus contrapartes masculinas y compiten con estos a ver quién se ve mejor con tapaboca –y los doctores se siguen tirando–.

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Imagen venezuelaaldia.com/

De ahí el McDreamy, ese sobrenombre de uno de los personajes de Grey’s Anatomy que como repelente nuclear para ratas, disuade a cualquier hombre hetero –no solo homofóbico– de convertirse en fanático de la serie.

El chavismo, como es sabido, apela a los recursos de la televisión: melodrama, animadores estridentes, falsos finales, música pop –¿no Guaco?–. Eso hasta que muestra los dientes con militares y paramilitares asesinado muchachos con tiros en la cabeza. Pero siempre vuelve a su histrionismo, a la utilería.

Por eso, en estos días en los que los pacientes se mueren porque no hay inmunosupresores después de haber esquivado la muerte una vez y haber conseguido un trasplante, alguna Shonda Rhimes criolla –no me imagino a un militar, de esos que disfrazan de ministro de sanidad, en semejante pendejada– decidió que a las puertas del Hospital Militar, cual Sayón irredento, los pacientes al menos se consuelen mirando a su McChávez de cartón.

Fiebre

Fiebre

Imagen: acento-noticias.blogspot.com/

La política es para nosotros una obsesiva pesadilla, sin contornos precisos.

Fiebre. Miguel Otero Silva

 

Es una imagen que había guardado por unos 30 años: la del actor venezolano Lucio Bueno muriendo en una escena de la película Fiebre (1976) de Alfredo Anzola, adaptación de la novela homónima de Miguel Otero Silva (1939) –aunque la reescribió a partir de 1971–.

La novela, virtualmente autobiográfica, retrata a los estudiantes de la Generación del 28; en esa escena que recuerdo, la última, varios ya son presos políticos obligados a construir carreteras como esclavos. A la vera de una de ellas, muere de paludismo Vidal Rojas –el personaje de Bueno– entre el polvo, mientras los demás pican y acarrean piedras.

Ese recuerdo –que no sabía que tenía– me ha estado acompañando desde ayer cuando leí que José Saldivia; un estudiante, preso político secuestrado el 2 de julio de este año en un asalto paramilitar a la universidad donde trabajo, está gravemente enfermo de paludismo en el purgatorio de El Dorado.

Así como yo, todos habíamos olvidado en Venezuela la dictadura –no importa el sátrapa en la que encarne: siempre es la misma dictadura–, habíamos olvidado que militares encapuchados podían meterse en las casas y sacarte a rastras, habíamos olvidado que podían torturar y violar estudiantes después de secuestrarlos.

Como siempre, lo trágico es que ese olvido fue voluntario, escogimos no recordar la barbarie que estaba advertida en la novela de Miguel Otero Silva, pero también en Memorias de un venezolano de la decadencia (1927) de Pocaterra, Puros Hombres (1938) de Antonio Arráiz, Se llamaba SN (1964) de José Vicente Abreu; libros que seguramente José Saldivia ni siquiera sabe que existen.

Arrojamos los grilletes de Gómez al mar, demolimos La Rotunda o la sede de la Seguridad Nacional en Los Caobos; con fruición nos avocamos a la damnatio memoriae de nuestras taras políticas, durante un par de generaciones vivimos nuestra historia como el delirio de una fiebre: imaginando sin recordar, creyendo que habíamos conjurado las pesadillas. Por escoger olvidar vivimos hoy en 1928 y 1952 al mismo tiempo, atrapados en nuestra historia, sin más futuro que huir afuera o dentro de nosotros.

Ahora, por un rato recordaremos –mientras apresuradamente olvidamos de nuevo– que desde siempre nuestra dictadura mata estudiantes no solo a tiros, sino también de fiebre.

Jugando

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La gallina ciega. Goya, 1789. Imagen: es.wikipedia.org/

Don’t move 

U2. Numb

 

En La insoportable levedad del ser, Kundera cuenta cómo en el aplastamiento de la Primavera de Praga los rusos usaron las fotos que habían tomado periodistas y particulares mientras los checos celebraban sus breves días de libertad para luego cazarlos. También narra cómo las checas con sus minifaldas enloquecían a propósito a los soldados del ejército rojo, ese que había violado a dos millones de alemanas al final de la Segunda Guerra Mundial.

Para los checos era un juego; impregnados con el espejismo del espíritu contestatario de Occidente, retaron al totalitarismo y fueron derrotados. No es casual que lo recuerde por estos días: vivo en Venezuela. Aquí también hemos estado retando al totalitarismo, al cubano en este caso, que por mampuesto de sus lacayos chavistas ha asesinado a más de 100, detenido a más de 5000 (de los más de 1000 que permanecen presos la OEA considera a 620 como presos políticos) y herido a innumerables venezolanos solo en los últimos cuatro meses.

Pero nosotros también estamos jugando luego de casi 19 años de peste roja. No podía esperarse algo distinto de una de las sociedades más inmaduras del mundo, esa que eligió a un militar felón y ratero y cuya vanguardia hoy, en las manifestaciones, son muchachos con escudos de los Avengers, alucinados desnudos o doñitas con rosarios.

Esa estupidez genética del gentilicio es la que explica la postración luego del fraude del 30 de julio. Como cuando el niño malcriado pierde: tira los juguetes, amaga una pataleta y dice “no juego más”. No seguimos la convocatoria de Capriles y Leopoldo López, ni tomamos los centros de votación del fraude, pero sí queríamos que los militares, esos árbitros inmundos a los que tratamos de sobornar impúdicamente con monedas que no quieren: democracia y decencia; pitaran penal en el último minuto.

Como no nos salvaron –creo que están ocupados asesinando y robando–, a partir del 31 nos rendimos –¿eso fue todo lo que duró la resistencia de nuestros espartanos posmocaribeños?–, le rezamos al sagrado corazón de Jesús y aceleramos los planes para irnos a pasar hambre en Bogotá, Lima o cualquier otra ciudad latinoamericana a la que hasta hace poco, en nuestra arrogancia de nuevos ricos petroleros, considerábamos un arrabal incomparable a nuestra sucia, peligrosísima y marginal Caracas.

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Imagen: sienteamerica.com/

No podemos engañarnos y asumirnos como una sociedad épica solo porque cual obra de teatro de liceo nos disfrazamos de Simón Bolívar, Páez o cualquier otro caudillo, con esas pendejas franelas estampadas con alamares y demás zarandajas. Ese es solo un juego, ese que llamamos resistencia, lo real es que en buena medida Venezuela solo quiere levantarse mañana y que sea 1998 o al menos 2013. Porque siendo honestos; no tenemos problema en convivir con la peste roja siempre y cuando nos de algo del pastel –sí, es así a pesar de las multitudinarias marchas, del valor de tantos, del sacrificio–, por eso raspábamos el cupo en dólares por medio mundo en esa orgía terrible en la que nos robábamos a nosotros mismos los fondos para escuelas y hospitales. Por eso se dialogó en 2013, 2014 y 2016.

Por eso, por adultos estúpidos, jugamos un nerd juego de rol pero con muertos, en batallas coreografiadas sobre la autopista Francisco Fajardo que recuerdan a la guerra decimonónica y sus perfectas formaciones de soldados, esas que adultos ociosos recrean con soldaditos de plomo; ¿qué otra cosa es, si no, arrancarle la reja a La Carlota –mientras se pierde la vida en ello– para que al día siguiente se reanude el tránsito en la utopista como si nada?

Si esto no fuese un juego, cada vez que han detenido o secuestrado manifestantes, el próximo plantón ha debido ser frente a las cárceles –sobre todo las militares– cada vez más parecidas a la ESMA donde incluso se les retiene mientras los esbirros cobran rescate dolarizado. Cuando eso pasa el único plantón es el de los familiares y abogados (luego de la razzia de febrero de 1928, algunos de los estudiantes que quedaron libres se entregaron voluntariamente para compartir el destino de sus compañeros en las cárceles gomecistas). Si esta fuese una rebelión y no un simulacro, luego de que el 1 de mayo se anunció la constituyente espuria, la siguiente marcha debió ser sobre Fuerte Tiuna –se entiende que toda dictadura es militar, ¿no?–, así como debió serlo en octubre del año pasado cuando fraudulentamente el chavismo suspendió el revocatorio, o como debió serlo el lunes 31 de julio, sin esperar el pendejo striptease de Smartmatic –una compañía que puede ser considerada pública: se constituyó gracias a la plata drenada al CNE–.

Por eso, algunos partidos –los más experimentados, los que hacen quórum porque les dimos la mayoría– luego de jugar al 350 y otras cifras absurdas de esa lotería en nombre de la cual se ha muerto, y que esconde palabras –rebelión, derrocamiento, revuelta– precisamente porque es un juego de espejos, anunció que votará en la gallinita ciega de la regionales, el mismo día en el que esta compañía que contó los votos –y que los ha contado los últimos 10 años– le pone tímidos números al fraude. Ellos saben mejor que nadie que en las calles solo se está jugando y que así no se le arrebata el poder a una dictadura.

Ya que estamos jugando, como niños, a la muerte y al hambre es congruente que nos paralicemos como en la ere o en 1, 2, 3, pollito inglés; mientras, los políticos juegan la silla loca.

Tsundoku

Sufro de este mal. Ahora entiendo mi aversión a mudarme.

Jacintario

Hace poco descubrí una caricatura del ilustrador estadounidense Grant Snider, llamada “Las etapas del lector” (“Stages of the Reader” en su idioma original). Snider define dichas etapas como (1) descubrir libros; (2) enamorarse de los libros; (3) los libros como una identidad; (4) los libros como una manera de evitar interactuar con humanos; (5) los libros como una frustración insoportable (“debo escribir un libro”); (6) no tener libros; (7) redescubriendo libros; (8) acumular libros y (9) pasar libros a la siguiente generación.

Las etapas están ilustradas como gradas que suben hasta el número cinco. Pero la número seis es un corte en toda la composición, donde se mira a un hombrecito echado en el fondo del corte (es decir, en un hoyo), viendo televisión y comiendo comida chatarra.

Cuando compartí dicha imagen en Twitter, varias personas me comentaron la etapa en la que sentían estar o no habían estado…

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El perro de Trump

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Imagen: dailymail.co.uk/

                                                                                     A dog is smarter than its tail, but if the tail were smarter, then the tail would wag the dog.

 

En la política estadounidense no hay nadie más fotogénico que los Kennedy –aunque los Obama se les acercaron bastante–, las cámaras los adoraban. Una de mis fotos favoritas de ellos es esa portada de Life en la que Bobby Kennedy corre con su perro Freckles en una playa de Oregón pocos días antes de que lo mataran. Bobby no llegó a ser presidente, pero de haberlo sido, junto a su perro, habría formado parte de una tradición no oficial de la Casa Blanca que se remonta a Theodore Roosevelt.

A partir del vigésimo sexto presidente, el amo, entre otros, de Pete y Rollo, todos los presidentes estadounidenses han tenido al menos un perro –u otras mascotas– durante su período.

Hasta el odioso Nixon tuvo un trío de perritos durante su presidencia: Vicki, Pasha y King Timahoe, una presidencia que, como es sabido, le debía a otro can: Checkers.

Durante la reciente campaña presidencial circuló la falsa noticia –solo una más– en la que se contaba de Spinee, el perro de Trump que se recuperaba de una cirugía (hay un artículo en este enlace: http://www.nytimes.com/2016/10/01/us/politics/presidential-pets-clinton-trump.html), pero lo cierto es que esa tradición de presidentes con sus perros en la Oficina Oval la romperá precisamente Trump quien no tiene mascotas. Es muy probable que le regalen uno. Tal vez un chihuahua.

Aunque con la más reciente escogencia para su gabinete caigo en cuenta de que en realidad también Trump tendrá su perro en la Casa Blanca. Como se sabe, el presidente electo ha seleccionado para los puestos de seguridad a halcones, destacan el senador Mike Pompeo y el General Michael Flynn al frente de la CIA y como asesor de seguridad nacional, respectivamente. Este último ocupará un puesto que no requiere confirmación del Congreso –incluso uno dominado por los republicanos–, sobre lo que hay una extensa explicación en este artículo: http://www.nytimes.com/2016/11/18/us/politics/michael-flynn-national-security-adviser-donald-trump.html.

Esa tríada se completa con el Secretario de Defensa, cargo que ocupará el general de los marines James Mattis, un veterano de Afganistán e Iraq –donde su código de radio era Caos–, de quien Trump ha dicho: ‘es la cosa más cercana que tenemos del General George Patton’. Hay un perfil completo en este artículo: http://www.nytimes.com/2016/12/01/us/politics/james-mattis-secrtary-of-defense-trump.html?smid=tw-nytimes&smtyp=cur.

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General James Mattis. Imagen: thedailybeast.com/

No ha habido un general como Secretario de Defensa desde George Marshall en 1951. Claro, tampoco había habido nunca un Trump en la Casa Blanca: solo perros, gatos y creo que loros. Algunos creímos que la Guerra Fría por fin había terminado con la muerte de Fidel Castro la semana pasada.

El apodo de Mattis es Mad Dog.

Derrocar

Hace un rato arrugaba el papelito donde había anotado la escuela en la que la página web https://revocalo.com/ me sugería ir a firmar para solicitar el revocatorio del hijo de puta de Nicolás Maduro.

Debo estarme haciendo viejo, o tal vez ya acepté mi derrota. No sentí esa ira arrasadora como la de agosto de 1999 mientras el chavismo liquidaba la democracia al disolver el Congreso, ni la de agosto de 2004 con ese resultado fraudulento construido durante meses, tampoco la de hace dos años con su ristra de torturados y muertos.

La clausura del referéndum revocatorio –algo que sabíamos que pasaría– ha acelerado los planes de irse de los que me rodean, acercándome más a tener que abandonarlo todo, con la única certeza de la incertidumbre.

Siento una arrechera fría, unas ganas de destruir metódicamente, en silencio. He detestado profundamente al chavismo desde que se hizo con el poder, antes de eso solo eran una secta, una especie de evangélicos pendejos que seguían a un llanero bruto y ladrón. A ellos este maldito país salvaje les dio el poder. Por casi la mitad de mi vida he vivido en la sentina que fabricaron.

Durante todo ese tiempo he atestiguado los más absurdos mecanismos que ha empleado esta sociedad para deshacerse de la tenia que voluntariamente tragó. Absurdos porque han oscilado entre la insurrección amateur y la legalidad barroca de la república que nunca hemos sido.

También he mirado, como cualquier otro, la complicidad, la indiferencia, la entrega. Hoy seguíamos con nuestras colas de miseria, con nuestros pequeños planes mientras UNT pagaba la libertad de Rosales traicionando al país.

No quiero irme, no aún. Quiero ser turba que derriba estatuas y que saca tiranos cagados de las alcantarillas para luego arrastrarlos por las calles. Quiero derrocar.

Maduro y su padrino mágico

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Imagen: fairlyoddparents.wikia.com/

That’s all Folks!

 

Me tardé unos días en escribir esto pensando que se me habían adelantado. Pero no, nadie más, de todos los que han escrito, satirizó así la cobarde abdicación de Nicolás Maduro.

En buena medida es un lugar común identificar al chavismo con una comiquita, ¿qué podría ser más infantil que Chávez pretendiendo ser un Simón Bolívar con verruga al tiempo que imitaba a Fidel Castro? ¿En el universo pop venezolano que podría representar más un dibujo animado que Maduro?

Aunque el dolor y la miseria que estas caricaturas han dejado producen una terrible discrepancia con lo que es un divertimento para niños, lo cierto es que asumir la peste roja como una banda de muñequitos de colores en movimiento es paradójicamente una exacta descripción. Un mundo de ficción, un discurso cursi y violento al mismo tiempo que pudre una sociedad idiota.

Como se sabe, desde finales de los ochenta del siglo pasado, hubo una reinterpretación de las comiquitas y de las historietas (cartoons and comics). En los primeros resulta la versión que de las icónicas parejas como Tom y Jerry encontramos en Ren y Stimpy (The Ren & Stimpy Show). Hay incluso, en estas comiquitas todo un alegato feminista (escondido en la cultura pop más chiclosa) en The Powerpuff Girls.

Pero tal vez el nihilismo y la alienación de los Millennials están muy bien camuflados en esa comiquita, Timmy y los padrinos mágicos (The Fairly Oddparents) –sé que dejo de lado a Los Simpsons y a South Park–, en la que un niño pendejo solo tiene que pedir lo que sea para ser complacido.

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Imagen: el-nacional.com/

Al abdicar el poder que heredó en el gorila de Padrino López, Nicolás Maduro actúa exactamente igual que Timmy cuando pide una bicicleta: ¡Padrino concédeme que el hambre no me derroque!

Se ha mencionado hasta el hartazgo que en El tambor de hojalata, Oscar es un adulto con el cuerpo de un niño, precisamente porque Günter Grass hace la metáfora de una sociedad infantilizada que fatalmente debía engendrar al nazismo. Nosotros, los venezolanos, esos adultos ineptos incapaces de construir una comunidad política, también usamos el ruido como arma y nos negamos a crecer.

Lo que me preocupa no es que esa caricatura trágica que es Maduro haya terminado de entregar el poder político que nunca le perteneció, a sus verdaderos dueños desde que el chavismo se hizo con él, sino que hoy, la sociedad toda ve en los militares a sus padrinos mágicos.

Mamando

Mal amamantada 
y el tetero de petróleo que se acaba. 

Desorden Público

 

No es una idea original. Está en el diagnóstico de algunos de los más agudos pensadores del país desde hace décadas. Lo que determina el atraso de Venezuela es su economía rentista, que además pone exclusivamente en manos del Estado esa renta.

Aun así no creo que el petróleo sea una maldición. Al llamarlo ‘excremento del diablo’, Pérez Alfonso solo delataba la aversión de los vestigios de una sociedad agrícola por la industrialización o la misma modernidad. La parte más premoderna de la nación pretende, aun en el siglo XXI, un regreso a esa supuesta arcadia natural que cosechaba café, tabaco o cacao. Tal vez eso explique nuestra incapacidad para hacer ciudades viables.

Por el contrario, el petróleo constituyó el único medio de aspirar a una vida civilizada como nación. Algunos de los estudios de Asdrúbal Baptista muestran cómo a principios del siglo XX nuestra economía era peor que la de Haití. Eso explica las epidemias de malaria, bilharzia, analfabetismo o caudillismo.

La erradicación del paludismo, la masificación de la educación, las autopistas, la Ciudad Universitaria, el whiskey, la prepotencia del gentilicio –ya desparecida ante las humillantes colas por comida–, y en fin todo lo que nos separó a partir de 1958 del atajo de campesinos muertos de hambre que fuimos desde la Independencia, se lo debemos al petróleo. Fueron esos logros los que precisamente destruyó el chavismo.

Pero ese modelo fue pensado para ser provisional, el petróleo debía ser un medio, no un fin. No otra cosa es la conclusión de ‘Venezuela, política y petróleo’ de Betancourt, que inspiró la política petrolera venezolana incluso hasta la Apertura de 1998. Un medio, se pensaba, para la industrialización, la diversificación de la economía, para –y esto delata aún más nuestro amargo fracaso como sociedad– hacernos menos dependientes.

Tal vez la otra utilidad que le encontró la clase política al petróleo, pervirtió el primer fin. Como ha sido ampliamente estudiado, el régimen que nace en 1958 es uno de conciliación de élites –cercano a la poliarquía de Dahl– que requería el ungüento del petróleo para funcionar, el petróleo debía disminuir las fricciones de la sociedad dándole a cada quien lo suyo.

Porque que el petróleo le dé a cada quien lo que quiere, es la verdadera noción de justicia que define al venezolano; solo tenía que pedir su barril en forma de unas láminas de zinc para el ranchito, cupos en la universidad para los hijos de profesores, una beca Gran Mariscal, chatarra militar o gasolina barata.

A partir de ahí, la economía ya nunca andaría sin la muleta del petróleo, la nación misma cojearía vacilante hasta desembocar en la postración actual. Una postración que es en gran medida elegida, una decisión consciente del país. Porque cada vez que se intentó hacernos menos dependientes del petróleo, cada vez que se intentó liberalizar la economía, la sociedad eligió andar hacia atrás con los políticos más populistas, más ineptos, los que solo ofrecían repartir renta.

Carlos Andrés Pérez advirtió en su segundo mandato –con la oposición virulenta de su partido Acción Democrática–, en una de las más agudas ironías de nuestra historia, que el modelo que él mismo había fabricado a finales de los 70, ese en el que la nación vive del Estado y este a su vez del petróleo, ya no daba más. Sus reformas fueron respondidas con esa orgía que tan bien nos retrata como sociedad que fue El Caracazo, y luego con su defenestración pseudo legal. La Agenda Venezuela de 1996 –que Caldera pospuso irresponsablemente por dos años– se saldó con la elección de Hugo Chávez.

He ahí la evidencia que nos delata como mamadores de renta petrolera cual piara de cerditos. El chavismo –a pesar de las pendejadas de hoy sobre producir, luego de que se robaron todo– solo ofrece satisfacer esa perentoria necesidad nacional. Con la peste roja el barril de crudo se transformó en el Dakazo, en apartamentos gratis pero mal construidos, neveras Haier, cupos de dólares, Pastor Maldonado chocando en cada válida de la F-1, chatarra militar o gasolina barata.

Aun luego de las colas por comida o medicinas, el país no quiere que lo desteten, no quiere pagar lo que vale la electricidad, el agua o la educación. Quiere seguir mamando.

Gisela Kozak Rovero

Escritora - Blog Personal

Ecos de pentagrama

Una caja de música guarda muchos pensamientos aleatorios

Foreign Policy

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Jacintario

Página web de la escritora Jacinta Escudos

PolítiKa UCAB

Escribiendo política de una manera distinta

Un tiempo de mala fe

Espacio dedicado al pensamiento de Nicola Chiaromonte (1905-1972)

El atajo más largo

Signo zodiacal: Leo. Ascendente: Escribo.

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Brunch: Sábados, Domingos y Feriados. Lee la carta más abajo.

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