Mots, palabras, parole, words, worte.

“Aún soy esclavo de un insaciable deseo que hasta ahora ni he podido  ni he querido reprimir… Todos los libros que consigo me parecen pocos.”

Petrarca. Hacia 1346 en carta a Giovanni dell ‘Incisa.

 

 

Hace unas semanas terminé el reto de los treinta libros (http://treintalibros.blogspot.com/ #30libros). En mi caso lo retador –donde fallé un par de veces-, estuvo en evadir las fallas de electricidad en un país azotado por la autocracia militar y en encontrar dos horas diarias para escribir. Tal vez también en la calidad de lo que escribía –aun estoy haciendo correcciones, no imaginé que sentiría tal responsabilidad por las entradas de un blog-, pero prefiero no darme por enterado.

Durante poco más de un mes me la pasé recordando y releyendo, es decir: mirando de nuevo. Me sorprende –no siempre de forma grata-, la lista final. Es una foto de mí. Al compararla con la de otros que siguieron esta meme, envidio a algunos y siento algo de pena ajena por otros. Como casi siempre me ubico casi a medio camino –eso me gusta pensar-, entre la estulticia y algo de criterio. Elegí libros indiscutibles pero también otros que no me explico por qué leí. Al mismo tiempo que comentaba cada libro iba tejiendo una red que tenía como nodos a otros productos culturales: películas, canciones, pinturas. Al centro de esa red estaba yo disfrutando de los objetos, de las relaciones entre ellos, de su belleza.

Los libros no salvaron mi vida como explicaba en la última entrada de esta categoría. Tuve una inmensa suerte y mi vida ha sido privilegiada. Leo en gran medida porque mis padres se sacrificaron (su tiempo, su dinero) para permitírmelo.

Estos artefactos llenan mi vida –he tenido más libros que relaciones de carne y hueso, les he cuidado mucho mejor que a estas- aunque no sabría explicar la razón de esa philia. Hay algo de posesión, de afirmación personal en mi vínculo con ellos. Por eso me disgusta tanto que alguien me recomiende libros con esa actitud que es un mandato: ‘-Léelo porque a mí me gustó’. Mis gustos me definen y elegir un libro es una de las pocas ocasiones en las que no me siento constreñido, en la que mi individualidad se expresa con nitidez.

También hay alguna clase de conexión física, esa que alude al libro-fetiche, al objeto que produce sensaciones y que me lleva a conservarlos en el mejor estado posible con obsesión para evitar que su ajamiento, que su deterioro modifique esas sensaciones. Aunque lo cierto es que me conformo con esas ediciones relativamente baratas que están a mi alcance. Aun no he tocado una edición príncipe o un incunable.

Pero el rasgo determinante es que la única cosa que sé hacer es leer. No hay ninguna otra cosa relevante en mí. Incluso mi introspección o su sino opuesto: esa forma rara de hablar que tengo y que me obliga a repetir muchas veces lo que digo, cuando no a sentir que nunca se me termina de entender, son derivaciones del leer.

Percibí hace rato que el vínculo es con la palabra escrita, pero que al ser el libro ese objeto tan maravillosamente particular, eclipsa todo lo demás. Es el saber traducir esos signos, pero también los signos mismos per se (recuerdo el arrobo con el que contemplé una Toráh ofrecida por un sibilino librero de la Av. Fuerzas Armadas -vaya contradicción encarna en esa urbe-, siendo yo completamente ajeno a su significado, solo por el placer de mirar las palabras –en hebreo- impresas en un libro encuadernado en cuero) lo que me dota de sentido.

De los formatos en los que puede trasmitirse información –reitero- el libro en forma de códice es mí preferido, el papel más bien; ya que de ser eso posible tendría las manos callosas por el periódico. Y lo es –aventuro explicaciones- por la facilidad con la que me permite esconderme o evadirme (no solo metafóricamente: nada mejor que enterrar la cara en un libro o desplegar a todo lo ancho el periódico para interrumpir el contacto con otros), por lo asombrosamente fácil que resultaba sacar buenas notas si leías el libro adecuado o simplemente seguías sus instrucciones (aun hoy me pregunto por qué los otros niños en la escuela que mutarían en los matones del liceo y en los vagos de la universidad- no lo advertían), por lo infalibles que son si consideramos que las personas siempre fallan, que todas las relaciones del tipo que sean terminan siempre, mientras que un pedazo de papel con unas palabras garrapateadas, con una imagen, puede durar más que tu existencia, acompañándote o impidiendo que te vuelvas loco virtualmente por siempre.

Eso sin contar con que las palabras son los ladrillos más versátiles –el mundo está construido con ellos-, que lo nombran todo y al mismo tiempo las armas más letales que como especie hemos diseñado: basta ver sino los efectos que puede tener una acusación o un insulto.

Debo advertir que a diferencia de lo que dice Pamuk en el sentido de que:

Otra cosa que convierte la lectura en una tarea agradable es la ilusión que nos da de ser profundos. Cuando leemos hay parte de nuestra mente que no se entrega al texto que estamos leyendo sino que nos felicita continuamente recordándonos lo profundo y lo inteligente que es lo que estamos haciendo, o sea, leer.[1]

Mi mente no me felicita por leer, no hay una pretensión esnobista, no exhibo el leer como un galardón –de hecho tardé demasiado en escribir esta entrada cavilando sobre no contradecir lo anterior- o como muestra de inteligencia –me considero una de las personas más estúpidas que ha existido nunca-, esa es solo la forma que uso para entender  y para sentirme menos solo.

En este vínculo: http://www.elpais.com/articulo/portada/huella/libros/elpepuculbab/20110108elpbabpor_3/Tes, hay una nota más interesante que la mía sobre los libros. De hecho no plagiarla fue muy díficil.

Las imágenes fueron tomadas de:

http://de.wikipedia.org/w/index.php?title=Datei:Tosa_Mitsuoki_001.jpg&filetimestamp=20080223210749,

http://www.hispamercado.com.ve/compro-enciclopedia-mi-libro-encantado-y-enciclopedia-practica-jackson-anuncio-2397,

http://en.wikipedia.org/wiki/File:K%C3%B6ln-Tora-und-Innenansicht-Synagoge-Glockengasse-040.JPG y

http://en.wikipedia.org/wiki/File:Arabic_aristotle.jpg, respectivamente.


[1] La cita está tomada de Otros colores, editado por Mondadori en 2008, página 134.

30.- Uno que pueda salvar vidas.

Escultismo para muchachos (Scouting for boys) de Robert Baden-Powell.

He tenido una vida muy dichosa y deseo que todos ustedes tengan también vidas muy dichosas.

B.P.

 

No soy nada original al decir que cualquier libro puede salvar vidas (con la sola excepción de Mein Kampf, el Libro rojo de Mao –quien por cierto tenía la mala costumbre de no cepillarse los dientes-, el Libro verde, Los Protocolos de los sabios de Sion –este no es exactamente un libro-, aunque para que estos panfletos produjesen las muertes que ocasionaron fue necesario el concurso de millones de fanáticos dementes, no solo de la palabra), más aun en mi caso particular, aunque amo los libros –mi última adquisición es de hace apenas unas horas: un ejemplar de Taschen sobre el modernismo-, nunca los he necesitado para salvar mi vida, ha habido períodos incluso en los que he sido alérgico a la palabra escrita –por suerte han sido breves, mínimos-, por ello pude elegir cualquiera. Sé que hay libros que rescataron del infierno a alguien, que cambiaron el rumbo de sus vidas para bien.

          Tal vez por eso escojo al Escultismo para muchachos de Baden Powell. Si: fui scout de niño. Más aun: Scout de Bolívar, guía de patrulla, guía de barra blanca, el segundo con más especialidades de mi tropa. Salvo por lo gordo, la verdad es que parecía a Russell en Up.

          Hoy el libro parece de ciencia ficción. De hecho el subtítulo es: A Handbook for Instruction in Good Citizenship (Un manual para la instrucción en buena ciudadanía). No voy a largarme con una perorata sobre los valores, solo me refiero a que este general inglés pensó en la posibilidad de dotar a niños y adolescentes con una brújula –no podía evadir este lugar común-, que les permitiese encontrar siempre el camino, uno que les condujese a una vida plena, dichosa, como lo menciona en su mensaje de despedida escrito ante las montañas nevadas en Kenia en 1941. En el camino hacia esa vida feliz debían convertirse en buenos ciudadanos paradójicamente mediante el contacto con esa ficción hoy que denominamos naturaleza.

          Alrededor de los scouts siempre ha habido esa burla sobre su carácter bobalicón o poco viril –al vivir en un barrio obrero, salir con el uniforme completo era un reto a los vagos de esquina. Lo que se desconoce en gran medida es que los scouts tienen su origen en el entrenamiento militar que recibieron los niños y jóvenes en Mafeking, una plaza militar en Suráfrica sitiada durante seis meses en 1899 durante la Segunda Guerra Bóer. Cuando los soldados británicos empezaron a escasear porque estaban muertos o heridos, el general Baden-Powell formó los Cuerpos de Cadetes de Mafeking y les adiestró en –no hay otra forma de llamarlo-, guerra de guerrilla.

            En mi tropa scout, los jefes de unidad siempre tuvieron esto presente y pusieron el acento en enseñarnos exploración, primeros auxilios y combate con bordón o a patadas sobre un puente colgante. Siempre recuerdo estas últimas peleas en situaciones límite porque la opción del que perdía era caer del puente a tres metros de altura (indudablemente las mamás no estaban muy de acuerdo, por lo que antes de volver a casa había que limpiarse bien la sangre y quitarle algo de tierra al uniforme). Los soldados bóer de la imagen son los primeros comandos de la historia militar moderna y contra ellos pelearon los muchachos de Mafeking.

           Indudablemente los scouts tal y como se conocen hoy son una versión atemperada de esos niños-soldados, a lo que contribuyó en gran medida el libro que comento. En él encontramos capítulos llamados fogatas en los que se sugiere un método pedagógico de educación no formal que a través del desarrollo de habilidades físicas adquiridas en campamento debía dotar al muchacho de las destrezas necesarias para ejercer la ciudadanía. Respecto a esto último vale la pena mencionar que pese al origen militar que ya comenté, la intención de Baden-Powell era la de una ciudadanía mundial, ecuménica, en la que los jóvenes de distintos países no se mirasen como enemigos.

         Inseparablemente unida a esa formación estaba el ideal caballeresco medieval, de estar dispuesto a hacer lo que estuviese a tu alcance por el bienestar de otros, no exactamente por altruismo –aunque esa fuese la consecuencia-, sino porque siempre estaba en juego tu honor. Esa fue la noción más pesada que tuve que cargar durante mi infancia: la de la posibilidad de estropear mi honor –algo que en realidad siempre hacemos por lo que el honor viene  a ser algo así como una colcha remendada-, por no tener el valor suficiente.

         Aunque no todo era prender fogatas con un par de fósforos o cargar morrales pesados, también había que aprender a pensar, a mirar, ser más inteligente que la otra patrulla o que la situación. Dado que Baden-Powell era un general imperial sus gustos literarios derivaban hacia Kipling (aunque a mis compañeros esto les tenía sin cuidado y solo asimilaban una versión libre –muy apartada del original- de sus historias), por lo que a las unidades de mi rango de edad se les enseñaba el denominado juego de Kim. Muchos años después cuando leí la novela –justo después de los atentados terroristas del once de septiembre-, me dí cuenta de que el personaje a emular era un espía que servía a los británicos en el ‘gran juego’. También me quedó clara la noción del nirvana con el entrañable monje budista, por no mencionar el descubrimiento de El libro de las tierras vírgenes y del poema If.

      Y es que gran parte del gusto de ser scout tenía que ver con descubrir un mundo de palabras nuevas: sinodal, bache (esa versión indígena de la palabra en inglés badge), portal, scouter, ballestrinque, anclaje, scalp, entre otras muchas. Cuando llegaba el lunes a clases mis compinches no entendían de qué les hablaba –lo que a veces me servía para captar su interés y reclutarlos. Lo cierto es que me ocupaba menos del campismo –mi hermano era mi mano derecha en eso- y más de hablar, por eso era el guía.

      Aun hoy luego de tanto tiempo mi patrulla existe. Es lo más cercano que tengo a un hijo: en unos meses tendrá veinte años. Por ella han pasado muchos chamos que de alguna forma han tratado de seguir las enseñanzas de este libro -la mayor parte de ellos sin haberlo leído, lo que resulta paradójico-, así como millones de muchachos a lo largo del mundo. Tal vez salvó la vida de alguno de ellos. Tuve suerte y no necesité que salvara la mía. Aunque no me molestaría volver a creer en los principios y virtudes que expresa, ahora mientras repaso el libro para escribir esta nota, percibo -me ha pasado con frecuencia con las entradas de esta categoría-, lo implacable que puede ser el paso del tiempo. Es una dimensión que ignora por completo al hombre, al que le causa estragos, lo transforma hasta que se resulta irreconocible a sí mismo. Para conservar algo de quien era cuando leía El Escultismo…, trato de no alejarme tanto de la lealtad, la abnegación y la pureza.

(Las imágenes fueron tomadas de: http://usuarios.multimania.es/Grupo_Baden_Powell/mafeblue.html, http://www.google.co.ve/search?q=scouting+for+boys, http://en.wikipedia.org/wiki/File:MafekingCadets.jpg, http://en.wikipedia.org/wiki/File:Afrikaner_Commandos2.JPG y http://4.bp.blogspot.com/_nmtfSi2q_X0/, respectivamente).

 

29.- Uno que se haya robado.

Coriolano (Coriolanus) de William Shakespeare.

 “Pues bien, la explicación de que haya varios regímenes es que hay varias partes en toda ciudad.”

Aristóteles. Polítika.

 

Me robé este libro de la librería Limesama en la USB durante el primer año de la maestría que aun no concluyo un siglo después. La verdad es que ellos me robaron primero.

            Un día fui a comprar libros y por estar alelado recibí el vuelto mal. Soy abogado –no uno muy exitoso- y uno de mis poquísimos rasgos de deformación profesional es que soy partidario del adagio: ‘nemo auditur propiam turpitudinem suam allegans’, por ello decidí no reclamar, pero si hacerme justicia por mi propia mano –mi noción del derecho es elástica como se puede apreciar.

            Antes en esa librería no había ningún sistema antirrobo, más que la vigilancia –porosa-, de los vendedores. Así que luego de planearlo cuidadosamente (ver dónde estaban los libros que me interesaban, medir si cabían en la chaqueta del traje, pero sobre todo comprobar que los libros que me robaría valían exactamente lo mismo que el dinero birlado), un día me puse el disfraz –traje y corbata-, con el que creí tener menos aspecto de delincuente y me robé un ejemplar de las obras de Shakespeare que contenía El mercader de Venecia y Coriolano. Como la deuda no estaba saldada aún, debí volver un par de días después por El sueño de una noche de verano. Fue el crimen perfecto.

            En esa tragedia asistimos al sacrificio de un general romano. Su madre Volumnia, le tienta con el poder político sin entender que el orgullo del militar jamás se inclinaría a seducir a la plebe. Para Coriolano bastaban sus heridas ganadas peleando contra los bárbaros para el ejercicio del poder. Más aún: las masas no debían elegir a quienes les gobernasen. Como queda claro, su ideal de república es el de la aristocracia, no el de la democracia de la que abjura sin poder disimularlo.

            Lo que hace que aun leamos a Shakespeare es su universalidad –agrego poco al decirlo-, la capacidad que tiene de poner por escrito la experiencia humana. En esta obra en particular alude a la política como condición humana por excelencia. Su personaje expone una idea sencilla: no somos iguales, de ahí que tengamos distintos derechos. Hay órdenes políticos que dependen de esa desigualdad, modificarla es una herejía para sus sostenedores que más que perder el poder abominan la sensación de desorden, el desarreglo de los estamentos, del sistema de castas. A Coriolano le da asco el que la muchedumbre deba pronunciarse sobre la validez de sus méritos para el consulado porque no pertenecen a su clase.

            Su actitud delata su debilidad por la aristocracia, ese gobierno de pocos cuya forma degenerada es la oligarquía, al mismo tiempo que su incapacidad para comprender que la polis es un organismo compuesto de varias partes que solo es viable cuando estas alcanzan un equilibrio. Hasta hoy el nombre de ese equilibrio es república democrática. De hecho y pese a su esplendor: cuando Roma dejo de ser una república –hacía rato ya no era una democracia-, se encaminó inexorablemente hacia su caída. Esto es válido para cualquier estado, a medida que su forma republicana se desdibuja tiene el ocaso sobre sí.

           La filoaristocracia junto a la falta de cinismo pierden a Coriolano; hábil en la guerra, pero inepto en la política porque no sabe cómo dejar de lado la toga palmata en favor de la praetexta. No engaña a la chusma que desprecia, no la alaba para una vez llegado al poder crear leyes que la segreguen. Peor: se muestra voluble, ante los ruegos de la misma madre que lo metió en la senda equivocada, decide traicionar a los bárbaros que le dieron cobijo luego del ostracismo. Así se completa el sino trágico que se avizoraba desde el principio.

          Pienso que es lícito robar libros, pero ya no lo hago: han mejorado los sistemas antirrobo en las librerías.

(Las imágenes fueron tomadas de: http://1.bp.blogspot.com/_6-fI-32fvg0/Sae32H93cjI/AAAAAAAAASY/NIwos1iUQD0/s1600-h/excomunion-por-robar-libros.jpg y http://www.swordsandarmor.com/images/H-910914-RD_Roman.jpg, respectivamente).

28.- Uno que lo haya asustado.

Narraciones extraordinarias de Edgar Allan Poe.

«That is not dead which can eternal lie, And with strange aeons even death may die.»

Lovecraft

Poe escribe sobre el miedo al describir la muerte. Reconozco algo de ingenuidad al ser asustado por su versión del miedo. Ese tema ha dejado de asustar hace rato al hombre posmoderno: es su existencia la que lo aterra.

Destaca como al mismo tiempo que excita nuestra emoción más primaria, Poe está siendo cerebral escribiendo sus pesadillas como precursor de la novela negra en las que engranan todos los mecanismos. En Los crímenes de la calle morgue, es clara esa mezcla entre miedo (el que se nos causa), e inteligencia (la que se usa para escribir y resolver los asesinatos). Cuando deduce lo que pasó Dupin nos muestra cómo el miedo es algo que creamos –que pensamos-: el asesino no era temible, ni siniestro per se, era tan potencialmente adorable que en realidad era una mascota. Lo que nos causa miedo es no identificar la lógica del crimen, el no saber -más la sangre abundante-, y llenar ese hueco con nuestros pensamientos.

En otras dos de sus narraciones (El barril de amontillado y La máscara de la muerte roja), ya sin rasgos de novela negra, de nuevo el miedo es producto del castigo a los personajes, que imaginamos, pero que casi ni se describe. Asumo que el miedo será mayor según los rasgos que añadamos, según la crueldad del suplicio que elaboremos. En el Enterramiento prematuro advertimos otra vez ese juego de la imaginación en el que al trocar el dormir en un espacio reducido por el enterramiento en vida, el personaje vive unos minutos de horror solo pensando, sin que un hecho real lo agreda.

Rememoro –sintiéndolo-, el miedo; al releer el libro para escribir esta entrada del blog. Es tarde en la noche y estoy leyendo Metzergerstein, el cuento sobre las familias húngaras enemigas en la que un caballo venido del infierno arrastra a su jinete al fuego. Luego Berenice, con ese demente enamorado saqueando tumbas en las que de nuevo han enterrado a alguien vivo.

A la par del miedo se percibe con nitidez la técnica necesaria para escribir un cuento en la que destaca Poe: durante cuatro o cinco páginas pone todo en su lugar, describe personajes, construye una atmósfera cálida para el terror y  súbitamente en las últimas líneas nos golpea con el desenlace.

Podría estar ahí la explicación de la vitalidad de los cuentos de Edgar Allan Poe. Estos se comportan como esculturas in situ que adquieren plena forma solo cuando un elemento externo (la sombra, la perspectiva, el tiempo), las completa. Con Poe ese elemento externo es nuestra mirada, o con más propiedad nuestro pensamiento; lo que completa, lo que dota de sentido último a lo que escribe. No sé sí alcanzo a explicarme: con otros autores el sentido está en el libro, ya listo, terminado, incluso –cuando son realmente buenos-, han meditado las sensaciones exactas que nos causarán. En esos casos, como lectores solo registramos el dato, percibimos la anécdota, pero no se requiere nuestro concurso para construir, si acaso para interpretar. Con Poe en cambio –considero-, debemos aportar nuestro propio cargamento de crueldad, misterio o atavismo para que la palabra escrita funcione.

(La imagen fue tomada de: http://en.wikipedia.org/wiki/File:Study_after_Velazquez%27s_Portrait_of_Pope_Innocent_X.jpg).

27.- Uno que le regalaron y no le gustó.

El proceso (Der Prozeß) de Franz Kafka.

Nosotros en cambio, hacemos el cerebro perfecto antes de destruirlo. La consigna de los antiguos despotismos era: ‘No harás esto’. La de los totalitarios era: ‘Harás esto’. Nuestra orden es: ‘Eres’.

George Orwell. 1984 

 

 

Los gustos literarios son tan caprichosos. Podemos enamorarnos de un autor intrascendente –v.gr. Dan Brown-, y obviar a uno que explique la civilización occidental. Aun de un mismo escritor podemos preferir sus libros menos relevantes, los que tienen fallas en su construcción y relegar los que le definen.

            Trato de justificar por qué no me gustó, no sé si lo consigo. En todo caso no hay justificación para menospreciar un regalo. Es solo que con los libros las personas deberían preguntar específicamente: ‘¿Qué libros quieres que te regale?’ Sin titubeos, sin vacilaciones, así no se vería uno en la necesidad –a veces culposa-, de donar a la biblioteca los libros que le regalan.

            Disfruté mucho La Metamorfosis y Carta al padre, pero no El proceso –regalado-, ni El Castillo –prestado-, y aun tengo entre los pendientes a América. Las dos que no me gustaron Kafka las dejó inacabadas.

            En el caso de El proceso (lo leí justo antes de que en Venezuela se empezara a usar de forma cínica esa expresión para nombrar la satrapía en la que se convirtió la república desde 1999), lo que no me gusta es la atmósfera opresiva que construye. No estoy seguro pero creo que la animadversión fue a posteriori, cuando dejó de ser una fabula. Al vivir en este país son muchas las ocasiones en las que te sentirás como K: aplastado por un poder sin rostro.

            En el libro somos testigos de la división burocrática demencial del Estado totalitario que es la primera alcábala en el proceso de deshumanización que afrontará el personaje. Una muestra de eso está en la cita: “Nosotros no somos más que unos empleados sublaternos, apenas conocemos nada de papeles de identidad y no tenemos otra cosa que hacer que vigilarte durante diez horas por día y cobrar nuestro salario por este trabajo.” He aquí además una exposición ejemplar de la justificación que esgrimen los esbirros de toda laya.           

            Ese poder te empequeñece, te degrada, al hacer que adviertas que ninguna gestión ante un funcionario sirve de algo; que el poder es inmutable, que soy insignificante ante el Leviatán. Más adelante se percibe cómo esa persona enajenada por el poder, lo justifica. Esta cita lo ilustra: “Seguramente se había calumniado a José K…, pues sin haber hecho nada malo, fue detenido una mañana.” Al personaje no se le ocurre la posibilidad de que el poder se ejerza arbitrariamente, de que no haya equivocación alguna en su detención. No. Hay un error, y además una razón para el error. K se pasará todo el libro frustrado porque el poder no reconoce el error –lo que le liberaría-, sin advertir que a los ojos de sus verdugos el error es que siga vivo. La justificación de su pusilanimidad  es la certeza del burgués de que “…vivía, sin embargo, en un Estado constitucional. La paz reinaba en todas partes. Las leyes eran respetadas”, sin poder concebir que la sociedad con su derecho y sus constituciones es solo una pátina de civilización muy delgada expuesta constantemente a su destrucción por parte del violento, del voluntarista semianalfabeto que desprecia todo orden que no emane de su voluntad. es esa convicción la que hace que K participé de todo.

           No hay de su parte resistencia a la violencia que se ejerce sobre él. Hasta el final es parte del proceso que terminará con su vida. Kafka vislumbraba ya en 1925, la realidad de los campos de concentración que a decir de Vasili Grossman en Vida y Destino: “Uno podría pensar que para controlar a aquella enorme masa de prisioneros se necesitaría un ejército de vigilantes igual de enorme, millones de guardianes. Pero no era así. Durante semanas no se veía en los barracones un solo uniforme de las SS. En las ciudades-Lager eran los propios prisioneros los que habían asumido el deber de la vigilancia policial.”

            ¿Por qué no revelarte ante el poder totalitario, aun en tu fuero interno? ¿Cuánto tiempo puede tomar el que percibas que estas en una ratonera -algunos judíos solo se percataron cuando el zyklon B comenzó a hacer efecto-, y al menos insultar al esbirro? ¿Por qué convertirte en Nacht und Nebel convencido de la razón de tu carcelero?

(La imagen fue tomada de: http://en.wikipedia.org/wiki/File:FFridrich,_Praha,_Karluv_most_a_Prazsky_hrad.jpg).

26.- Uno que asocie con la música que le gusta.

La muerte en Venecia (Der Tod in Venedig) de Thomas Mann. 

 “Sabe que ha envejecido mucho; lo siente, lo ve. Y sin embargo el tiempo en que era joven parece como ayer. Que breve espacio, qué breve espacio.”

Un anciano. Kavafis

 

Me gusta música distinta entre sí. Salvo por dos o tres géneros, la promiscuidad marca mi gusto musical –esta frase no es del todo mía: se la robé a una linda jovencita del mundo 2.0. Así que podría escribir sobre rock, pop FM, balada o incluso salsa. Pero este libro de Mann lo asocio con la música académica, que tiene la particularidad de que es la única que escucho en vivo ya que a la par del sonido con ella disfruto por igual –a veces más-, la puesta en escena. De hecho como la mayoría de los mortales me aburría ver un concierto en televisión (aun hoy casi nunca lo hago), u oírlo en radio (algo que hago solo con fines didácticos). A principios de 1997 un compañero de clases que llegaría a ser maestro de fila en los cellos –jamás podré pagarle el favor-, nos invitó a un concierto. Había oído del sistema de orquestas infantiles y juveniles, pero cediendo al lugar común me parecía elitesco, culturoso, sin embargo y por no parecer un pan troglodytes; acompañé al resto al teatro pensando que debía haber alquilado un frac. Fue precisamente esa primera invitación la que me vinculó con esta música hasta hoy, porque el primer concierto al que asistí fue parte de un festival de violines. De este instrumento se dice que para construirlo y tocarlo con maestría debes venderle tu alma al diablo. Creo que cuando se trata solo de oírlo el demonio se salta la transacción comercial y te roba el alma –si es que tienes una-, sin que lo adviertas.

            Como escribía poco más arriba, la música académica no solo se oye: también puede mirarse. Mientras los músicos afinan los instrumentos, ajustan las partituras en los atriles, carraspean de último minuto o entre movimientos, hay toda una escena frente al espectador que se prepara para oír la ejecución como no lo hace con ninguna otra forma de música. Con la particularidad en el contexto nuestro de que no es música para bailar, y que la percusión ocupa un lugar distinto –no solo en el escenario, sino también en la composición-, al que tiene en los tipos de música con los que crecemos.

            Aparte, el concierto está lleno de arcanos como todo ritual. Mi favorito es el aplauso. En esa primera ocasión y durante al menos un año aplaudí cuando no debía, aunque notaba la cara de asco de algunos asistentes que no lo hacían –me parecían unos desagradecidos que no retribuían a los músicos por el placer que nos regalaban-, aplaudía como loco hasta que empecé a ver que ellos también lo hacían pero en determinados momentos (hay ciudades en las que la audiencia nunca se equivoca y villorrios como el mío en el que siempre lo hace). En algún momento serené mi efusividad, comencé a leer y averigüe cuándo debía aplaudir. Aun hoy miro con indulgencia cuando algún novato aplaude a destiempo y me divierte el escozor que les causa al director y a los músicos.[1]

           El libro La muerte en Venecia está indisolublemente ligado a la versión cinematográfica de Luchino Visconti en la que el cuarto movimiento; el adagietto, de la quinta sinfonía de Mahler es una muestra perfecta de síntesis del arte en la que el sonido traduce la imagen. Aquí lo dirige Bernstein[2]:

           No he visto la película –no sé por qué al escribir para el blog tengo que ser tan honesto-, salvo por esa parte. Pero el que asocie el libro con la música que me gusta tiene que ver más con el hecho de que la música académica[3] es la única capaz de traducir las emociones contenidas en la narración. Esto requiere un comentario más amplio.

           En el resto de los géneros musicales –con la excepción del Jazz-, el sentido de la canción es evidente y al mismo tiempo limitado. El que a la música le acompañe una letra hace que la canción sea un empaque cerrado contentivo de una fórmula precisa. Una balada es eso y nada más, un bolero igual. Pero al carecer de palabras, la música académica permite que la llenes con el sentido que quieras, más allá incluso de la intención del compositor o del sello del director o de la orquesta. Es quien escucha, el que asocia el sonido a una emoción, a un estado de ánimo en particular.

           Un ejemplo prístino de lo anterior lo tenemos en el poema O Fortuna de la cantata Carmina Burana. Esta obra está constituida  por cantos de los goliardos, esos estudiantes medievales guasones muy interesados en el vino y en las mujeres. Aquí -aunque sí hay palabras- lo cierto es que los oyentes le han adjudicado el sentido: hoy en día esa parte de la cantata es acompañante indiscutida del cine de terror, lo cual resulta muy alejado de su significado original.

           Al leer La muerte en Venecia, solo los sonidos de la música culta pueden acompañar el significado de las palabras. Esta novela corta tiene una estructura sencilla: dos personajes principales que ni siquiera interactúan entre sí. Sin embargo la complejidad está en el mundo interior de uno de ellos: el escritor Gustav Von Aschenbach que viaja a Venecia –esa ciudad de ruinas hermosas-, para tratar de encontrar la inspiración. Cuando cree que ya no deseará más, la pasión más esclavizante –aunque sin posibilidades de realizarse-, le domina. Sin embargo este amante presa de la hibris contradictoriamente se limitará a mirar lánguidamente lo que ama. No hayo mejor forma de expresar eso que con la variación Goldberg número 25, interpretada aquí –solo la primera que toca-, por Glenn Gould:

           Se percibe el tiempo que no transcurre para el enamorado, esa espiral sofocante de minutos que envuelve al que desea. En el caso de Aschenbach ese laberinto comienza con la descripción de Tadzio aun antes de saber que está enamorado. Esto es bien irónico porque lo describe con precisión, se regala con lo que ve, pero nunca lo tocará. Otro tanto hace con su nombre: lo descifra, lo pronuncia. Cuántos no hemos hecho eso, cuántas veces no nos hemos detenido una y otra vez en el pueril placer de repetir el nombre de quien nos gusta.

          Pero nuestro personaje no puede permitirse ni esa ni ninguna puerilidad, porque es un viejo enamorado de alguien infinitamente más joven, olvidarlo solo lo llevará a degenerar en la caricatura que se esconde en cada relación amorosa ficticia o no. Pero como la pasión más fuerte, la más difícil de romper es la unidireccional, sucumbirá, intentará burlar al tiempo para verse como ya no puede porque percibe claramente su decadencia, la carne joven de su amado ofrece un contraste demasiado agudo: “Pensando en la dulce juventud que le atraía, le repugnaba su cuerpo, ya que comenzaba a envejecer”. En esas líneas habla Mann, pero lo hace de él mismo. Está absorto describiéndose, está obnubilado porque se enamoró.

           Su infierno interior no incide en el mundo exterior. Vaya tragedia la de los enamorados: quemados por la pasión con su mundo interno desencajado, pero sin que nadie fuera de él lo advierta. Sobre los personajes en ese mundo que ignora lo que siente Aschenbach se cierne la peste.

          No intentará huir de ella, no puede dejar de querer a quien ni siquiera sabe que existe, tampoco puede huir de la muerte. Solo quiere mirar a quien ama. Aunque ya mencioné que Visconti usa el adagietto de la quinta de Mahler para describir esto, a mí se me antoja la parte Lacrimosa del Réquiem de Mozart, interpretado aquí por la Filarmónica de Viena bajo la dirección de Karl Böhn:

(Las imágenes fueron tomadas de: http://de.wikipedia.org/w/index.php?title=Datei:Markusplatz_a.JPG&filetimestamp=20110416115535, http://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Antonio_stradivari.jpg y http://it.wikipedia.org/wiki/File:Degas_l’orchestre.jpg, respectivamente).


[2] También lo dirigió durante el funeral de Robert Kennedy. No es casual su elección para la película, dado el tono elegíaco ya que también presenciamos una muerte en la novela.


[3] Uso esta expresión porque es más exacta que música clásica. En mis correrías por este arte descubrí que lo clásico vendría a ser solo un período –entre 1730 y 1820, según Wikipedia-, con Haydn y Mozart como mejores exponentes, de una forma musical mucho más amplia y que también engloba otros períodos.

25.- Uno para aprender a perder.

El viejo y el mar (The Old Man and the Sea) de Ernest Hemingway.

“I am the master of my fate:
I am the captain of my soul.”

Invictus. William Ernest Henley.[1]

 

Habrá quien considere un error elegir a Big Papa como autor de un libro para aprender a perder, tal vez el tragarse una bala no sea precisamente saber hacerlo. O tal vez si se requiera sabiduría para aceptar que la vida terminó y acabarla entonces en nuestros términos.

            Elijo el libro por el personaje, por lo que cuenta. Desde el inicio sabemos que ha sido derrotado: “Todo en él era viejo, salvo sus ojos; y estos tenían el color mismo del mar y eran alegres e invictos”. A lo largo de la narración descubriremos que nunca será destruido, y entendemos la diferencia que establece Hemingway. Antes, con su maestría evocará imágenes como esa de la vela remendada con sacos, en la cual no dejamos de advertir a Santiago.

            Alrededor del viejo pulula Manuel o Manolín, que es el único que no advierte la mala suerte que acompaña al viejo, el único que no se deja ganar por el rechazo y que siempre ve en el viejo a ese campeón invicto. Durante la larga travesía en el mar, el pescador lo echará mucho de menos, tal vez en una alegoría de la fuerza de la juventud perdida que tan necesaria nos es siempre, y que por más que se añore no regresa. A falta de esa vitalidad, se tiene la maña: “-Quizá no esté tan fuerte como creo –dijo el viejo-. Pero conozco muchos trucos y tengo voluntad.” Que es la que despliega para pelear con decencia en esa refriega en la que los tiburones lo van despojando a jirones de su pieza.

           De nuevo advierto aquí una alegoría. Mientras escribo tengo una lesión en mi mano –un verdadero achaque de viejo-, que me hace escribir muy lento, uso lentes de miope, es como si a pedazos el tiempo me quitará destrezas, cosas, certezas. El personaje del libro no se lamenta cada vez que le roban un trozo de carne a su trofeo de caza: lo acepta con estoicismo. Es esta la distinción entre ser derrotado y destruido: la cara que le plantas a la desgracia, las veces que lo intentas aun cuando sabes que no ganarás. Esto no por cómo te verán los otros, sino por tener decencia contigo mismo.

          A solas, sin la opinión de nadie, hay una voz –la tuya-, que te recuerda quién fuiste o quién eres, que te recuerda las reglas con las que elegiste jugar y que no te está permitido romper, no mientras quieras considerarte un hombre. Esa voz –si aguzas el oído-, también te indica cuándo terminó todo. Imagino a Hemingway, viejo, sabiendo que ya no escribiría nunca más un libro como este, entendiendo que su cuerpo cada día se le haría más un fardo, un enemigo al que no vencería nunca, convirtiéndose cada día más en un súbdito del alcohol, preguntándose: “¿Y qué es lo que te ha derrotado, viejo?” para responder halando el gatillo de su escopeta para matar palomas.

(La imagen fue tomada de: http://www.elangelcaido.org/fotografos/lange/alange04.html).


[1] El nombre del poema también es el de la película sobre la copa de rugby ganada por Suráfrica en 1995, basada en el libro Playing the Enemy: Nelson Mandela and the Game That Changed a Nation (en español El factor humano), de John Carlin, en la que vemos a Mandela sostenerse en medio de la peor adversidad con esos versos. A qué negarlo: son inspiradores. Lo que poca gente sabe es que también fueron las últimas palabras que escogió Timothy McVeigh antes de morir. Supongo que a él también le inspiraron.

24.- Uno que no le prestaría a nadie.

No es país para viejos (No Country for Old Men) de Cormac McCarthy.

An aged man is but a paltry thing,…”

Sailing to Byzantium por William Butler Yeats.

 

 

No prestaría –no presto-, ninguno de mis libros. La razón principal es mi profundo egoísmo, pero también defenderme del adagio: ‘es un idiota quien presta un libro y más idiota quien lo devuelve’. Mi relación con los libros (con mis cosas en general), se acerca al fetichismo: son bellos objetos –más allá de lo relevante de su contenido-, son cosas cuyo estado me gusta preservar, que no quiero que cambien o se dañen. Intento que los libros mantengan su olor a tinta inicial.

            La gente que me conoce lo sabe perfectamente. Entienden que es inútil que me los pidan prestado. Por un par de años salí con alguien que lo entendió casi al final con esa clarividencia que causa el silencio ante una petición reiterada. Así que podría escoger cualquiera de los libros que poseo, pero elijo esta novela de Cormac McCarthy, porque alguien que no me conocía muy bien me la pidió prestada. Educada pero firmemente dije no. Aun me considera un posesivo-compulsivo.

            Llegué al libro por la película, y a esta por el oscar. Normalmente esta premiación se refiere al cine estadounidense y a las películas de otras partes del mundo que copian con éxito la formula hollywoodense. No tengo problema en aceptarlo, sé que hay otra cinematografía, así que no me quejo por la falta de calidad. Es como comer perros calientes en la calle: son sabrosos, matan el hambre, pero no se me ocurriría comerlos todos los días, ni postular que son un plato gourmet. Sin embargo con la cinematografía de los Cohen –también con Malick, a veces Scorsese, entre otros pocos-, la fórmula americana se desdibuja. Aún con sus comedias nos presentan comida de mucho mejor sabor que la chatarra usual. Las imágenes eran limpias –con el mejor Bardem posible-, no sabría explicarlo mejor, había una ausencia de adorno, nada parecía sobrar, además de la historia sobre un hombre añorando el tiempo ido en medio de la violencia. Así que quise leer el libro que inspiraba esa sobriedad, esa calidad de la película.

             No me defraudó. En buena medida el libro supera a la película. Hay cosas imposibles de transmitir: esos largos soliloquios del Sheriff Bell que son usados a manera de epígrafes en el libro por ejemplo. Aunque lo mejor de la narración es ese sentimiento de que no hay lugar en este mundo –la historia se desarrolla en 1980-, para los viejos. Creo que esto merece una explicación que delate al mismo tiempo por qué me gusta tanto este libro.

            La voz del Sheriff es la de un hombre que ya no entiende su tiempo, que está fuera de él decirlo de alguna manera. Su mundo cambió para peor mientras envejecía, lo sigue haciendo mientras nos habla. En su contexto se refiere a unos Estados Unidos que empezaban a desintegrarse en medio de una violencia que le resultaba sucia, sin honor, aunque suene sin sentido. A lo largo del libro somos testigos de su perplejidad, de cómo no entiende lo que le rodea, y de cómo se lamenta por el cambio. Sin embargo –y esto es lo que hace excelente al libro-, no es un cínico, ni un derrotado, se enfrenta con todas sus fuerzas al cambio, a ese mundo demente que deja muertos y sangre por todas partes. En lo formal, los diálogos me recordaron al mejor Hemingway, lo mismo que la economía en las palabras: solo las necesarias. Aparte hay un ritmo acerado en el cambio de las escenas, no hay explicaciones de más.

            Antes o después dejaré de entender mi mundo. En gran medida ya no está: hace años no oigo música en radio, cada vez voy menos al cine (hacerlo en la red es claudicar, aceptar que mis gustos me llevan a ruinas, a vestigios de una cultura que no existe más), o me quedo mirando lugares en las calles que fueron demolidos hace años. Algún día solo me quedarán sueños de los que despertaré abruptamente.

(La imagen fue tomada de: http://www.cowboyhatstore.com/cattleman_index/cattleman1.htm).

23.- Uno que le gustaría volver a leer en su vejez.

Imagen: wikipedia.org

Corazón (Cuore) de Edmundo De Amicis.

Stringiamci a coorte

Siam  pronti alla morte

 L’Italia chiamò.”

Il Canto degli Italiani

No lo había advertido al confeccionar la lista del reto de los #30libros, pero al comparar estas dos últimas entradas me doy cuenta de cuán viejo me he vuelto, del cambio. De alguna manera ya no existo.

Lo leí siendo niño. Fue un regalo de mi papá. A los once años era uno de mis libros de cabecera. No sé a dónde fue a parar, a veces los objetos se desintegran contradiciendo eso de que la materia solo se transforma. Supongo que lo escojo porque de viejo, cuando mi cuerpo adquiera la tesitura de un enemigo, cuando ya no estén los que amo, me gustaría de vez en cuando mirar el mundo ido, sentir de nuevo que la vida nunca terminará.

No lo percibí con nitidez en su momento pero el libro está teñido de nacionalismo, el que su autor consideraba necesario para que el país se erigiese como república y del que fue más que militante.

El libro no tiene la estructura de una novela, no hay en él una trama que justifique y amalgame la acción de cada personaje. El título es bien descriptivo: se nos presenta un diario, y aunque hay congruencia entre las diferentes entradas, lo cierto es que bien podría leerse por fragmentos, incluso sin un orden particular. Lo que sí se mantiene constante a través de cada episodio es la presencia de esos valores caros a Edmundo De Amicis. Ya mencioné al nacionalismo, pero también destacan su sucedáneo el patriotismo, la generosidad, la solidaridad, el cursi sacrificio y la familia, que expone sobre todo en los cuentos mensuales que los niños tienen la tarea de copiar, tales como Sangre romañola o De los Apeninos a los Andes (esa historia se llamó popularmente Marco, y en forma de animé japonés la pasó RCTV en los ochenta, algún lector lo recordará y sonreirá).

Imagen: it.wikipedia.org/

Mientras lo leía comparaba la vida escolar de Enrique –el autor señala que su personaje es un “alumno de tercero, en una escuela municipal de Italia”-, con la mía (debí estar en quinto grado al tiempo), así cada personaje encajaba más o menos en algún compinche del salón. Aunque había diferencias insalvables con la realidad, como en ese episodio en el que una pelea entre Coreta y Enrique ni siquiera empieza porque el primero propone que sigan siendo amigos.

Imagen: wikipedia.org/

En mi corta carrera de boxeador de recreo, siempre salí derrotado –es un eufemismo-, porque tenía la mala puntería de cazar peleas con unos psicópatas (Angelo ‘Angelito’ Papa y Ludvik –los nombres extravagantes comenzaban a bautizar toda una generación ya a principios de los ochenta-, cuyo apellido he olvidado), a quienes sus padres enviaban a lecciones de karate y judo en las tardes. Así que salir con eso de “Sigamos siendo amigos como antes” aparte de la tunda, me hubiese rebajado a la condición de cobarde, de leproso.

Supongo que la única cuota de adultez en la que no fracaso es el cinismo. Ya no puedo aproximarme a nada ingenuamente. Cuando leí este libro lo disfruté, era una historia simplemente, una que contenía otras como esa del vigía lombardo –mi favorita entonces-, o la del tamborcillo sardo. Pero cuando lo repasé en la biblioteca pública para escribir esto, pensé en que el nacionalismo que exuda el libro degeneraría pocos años después de escrito en el fascismo italiano, las camisas rojas se tornarían negras, los personajes del libro: Garrón, Deroso, el mismo Enrique, encarnarían en italianos de carne y hueso que saludarían ridículamente con la mano en alto al grito de: Credere, obbedire, combattere (el fascismo y sus ridiculeces repetidas ad nauseam: está frase tiene entre otras, la versión castrista Donde sea, como sea, para lo que sea, Comandante en Jefe, ¡Ordene! y la servil copia chavista, ordene mi Comandante), a ese demente de Mussolini.

22.- Uno de poemas (no valen antologías).

Las flores del mal (Les Fleurs du mal) de Charles Baudelaire.

Sé que el opio agiganta lo que no tiene límites,…

XLIX, El veneno

Con estas flores malsanas comprendí que hay belleza en lo grotesco. Si se usan las palabras con arte la deformidad –el mal-, puede ser hermosa.

            Creo haber mencionado antes que infiel a mi historia, me había aficionado a la poesía sencilla de Neruda, a sus versos de amor correcto. Había sido un acólito de Whitman –hace siglos llegué a creer que usando su estilo podría enamorar a alguien. Pero la verdad es que no me interesa el color del otoño, ni ninguna sandez semejante. Así, la cercanía del abismo en Baudelaire me resultó conocida. Él les canta a seres que conozco. Él siente hartazgo después de satisfacer el más intenso vicio.

             Y lo hace con elegancia, con palabras que sin disfrazar lo horrendo, te hacen muy agradable el mirar muecas.

             Aparte, y en un aspecto más formal, el libro antes de la censura ofrece una estructura, un orden –un poco como los discos cuando tenían sentido-, que permiten leerlo como si fuese narrativa (esta característica, huelga que se diga; no es exclusiva, ni un hallazgo de este poeta), sin embargo su poesía es un epitome del modernismo y una de las fuentes más importantes del simbolismo. No todo en Baudelaire era regodearse en la cloaca, ni retar la comodidad burguesa. Tal vez pútrida para el gusto de algunos, pero lo cierto es que renovó la poesía con su sabia decadente.

           Las pinturas que uso para ilustrar esta entrada son de Toulouse Lautrec -como muchas otras de esta categoría-, pero también lo son al mismo tiempo de París. No recuerdo las palabras exactas pero Henry Miller en uno de sus Trópicos…, describía París como una puta que escandila -hay una descripción equivalente sobre BA en la canción La ciudad de la furia de Soda Stereo-, y es que paralelo a su discurso poético esta omnipresente esta ciudad, hay ocasiones en las que pareciera encarnar en uno de los personajes de sus poemas, la ciudad hecha persona, acostada a su lado.

           Me resulta extremadamente díficil leer y escribir sobre poesía. Es una habilidad que perdí, excepto por este autor, por la poesía intelectual y perfecta de Octavio Paz y desde hace unas semanas por Kavafis. Advierto al editarla que esta es una de las entradas más cortas de la categoría -apenas la salvé reescribiendo incluso la nota original que era mucho más escueta.

           Por ello me resulta importante este libro, uno al que siempre vuelvo, del que uso trozos como cebo para atraer, para indicarle a quien me lee que debe encontrar un ejemplar y empezar a tragar ajenjo. Valgan estos versos para mi propósito:

Como un pobre vicioso que devora y que besa

Todo el pecho ulcerado de una vieja ramera,

De pasada robamos un placer prohibido

Que exprimimos igual que una seca naranja.

 

(Las imágenes fueron tomadas de: http://fr.wikipedia.org/wiki/Fichier:Alone.jpg y http://fr.wikipedia.org/wiki/Fichier:Lautrec005.jpg, respectivamente).

 

Gisela Kozak Rovero

Escritora - Blog Personal

Ecos de pentagrama

Una caja de música guarda muchos pensamientos aleatorios

Foreign Policy

the Global Magazine of News and Ideas

Jacintario

Página web de la escritora Jacinta Escudos

PolítiKa UCAB

Escribiendo política de una manera distinta

Robert Minto

essaying to be

Un tiempo de mala fe

Espacio dedicado al pensamiento de Nicola Chiaromonte (1905-1972)

El atajo más largo

Signo zodiacal: Leo. Ascendente: Escribo.

BOSTON BAKERY

Brunch: Sábados, Domingos y Feriados. Lee la carta más abajo.

Hippie Artsy Penpal

A site of mail art, stories & letters

miquel rosselló arrom

succede in arduum

A fork in the road

Music of the heart. Listen closely...

Zonalibre digital

Un espacio de Alexandra Cariani para enriquecer la vida cotidiana