Dictador tapa amarilla

Your power is fading, Ming!

Flash Gordon

 

Venezuela es un sucedáneo de país. A lo largo de nuestra historia hemos sido una versión de Las Trece Colonias, del Miami repleto de Malls, de una república bananera –no, creo que de esta sí hemos sido y somos un ejemplar original, tal vez hasta inventamos el molde–, de un reino saudita, y ahora somos una muy buena réplica de Zimbabue.

Somos un país tapa amarilla, como esos productos de limpieza genéricos que tal vez limpian como los de marca, huelen casi como los de marca, pero no son los de marca: solo son una copia más barata –con la humillante escasez actual los compraríamos con fruición–. De ahí que al menos en el español usado en Venezuela decimos que una cosa es tapa amarilla cuando tiene la misma calidad que una de esas millones de copias piratas chinas de marcas occidentales o japonesas.

En un país tapa amarilla, sus habitantes también somos una imitación deslucida. Somos ciudadanos de mentira: profesores universitarios que cobran cerca de 40 dólares al mes, pacientes cardíacos a los que se les da de alta para que se mueran porque no hay cómo operarlos, electores cuyo voto vale un tercio o menos si son opositores y así.

Pero en esta entrada quiero perorar sobre nuestro producto tapa amarilla por excelencia: la ideología chavista. Esa mala copia de una quimera.

Como se sabe, en algún momento de 2005, Chávez decidió salir del closet ideológico –no puedo dejar de compararlo con la salida de Ricky Martin: ¿quién antes de la confesión del artista puertorriqueño daba por sentada su heterosexualidad? Por otra parte ¿quién antes de 2005 podía ignorar la intoxicación marxista del pobre cerebro de Chávez?– y declararse socialista.

Pero como no podía faltar en quien no leyó a Marx sino los rancios manuales cubanos (más basura tapa amarilla), el socialismo chavista era una copia pirata de la marca registrada, por eso lo llamó –sin explicar nunca en qué consistía– socialismo del siglo XXI, socialismo chavista. Hoy sus herederos lo degradaron –también sin explicación alguna– a eco socialismo.

Misiles de la era soviética sobre la Plaza Roja. Imagen: weaponsman.com/

Misiles de la era soviética sobre la Plaza Roja. Imagen: weaponsman.com/

Si su ideología era una copia defectuosa y su oficiante, el imitador Chávez, era un Fidel con verruga –más bien un Fidelito, porque después de todo al gigante lo empequeñeció el miedo a la muerte (como a todos los seres humanos) y cambió el lema ‘Patria, socialismo o muerte’ por un fatuo mantra new age contra el cáncer–, se requería entonces que Venezuela fuese una Cuba, o mejor; una provincia de Cuba. Así, nos convertimos en un remedo de dictadura comunista.

Si el país se convirtió en una sentina porque decidió darle el poder en 1998 a un imitador, las cosas han empeorado –si algo sabemos en Venezuela es que las sociedades pueden degradarse ad infinitum– desde que el show lo lleva un imitador del imitador.

Misiles venezolanos amarrados con un mecate hace una semana. Imagen: maduradas.com/

Misiles venezolanos amarrados con un mecate hace una semana. Imagen: maduradas.com/

Porque a fin de cuentas el verdadero legado de Chávez (un imitador semi profesional de Fidel Castro) es Nicolás Maduro, un imitador –también amateur, aunque su espectáculo lo paga muy caro la república– de Chávez.

Aunque tal vez harto de ser un sosías de Chávez, Maduro ha incluido a Stalin en su repertorio de personajes a imitar. Es un lugar común que todo imitador usa un rasgo sobresaliente de su imitado para, caricaturizándolo, transmitirnos la totalidad del personaje.

Maduro ha elegido el bigote de Stalin (no sabe cuántas carcajadas nos ahorró al no escoger imitar a Hitler o al Malvado Ming con su ridículo bigote Fu Manchú) para entregarnos su caracterización del Hombre de Acero: ‘Mira, Stalin se parecía a mí. Mira el bigote, igualito (…)’ ha dicho nuestro showman.

Sin embargo a esta imitación le falta oficio, se le ven las costuras:

No tenemos el Gulag, pero sí Ramo Verde: esa prisión militar desde la cual Leopoldo López no tuvo ningún problema en llamar desde un teléfono público a CNN en español. Los militares para compensar su chapucero cerco al preso político más importante del país terminaron arrancando el teléfono de la pared. Fuerza bruta literalmente.

No tenemos los disuasivos desfiles militares de la era soviética en la Plaza Roja de Moscú, pero si tenemos misiles amarrados con mecates en la comparsa chavista de hace una semana.

Ficha de Stalin en la policía zarista: Imagen: cultura.elpais.com/

Ficha de Stalin en la policía zarista: Imagen: cultura.elpais.com/

No tenemos la hambruna que mató a millones solo para exterminar a la clase social de los kulács, solo la inflación y la escasez que causaron más de una década de control de cambio y de precios para destruir a la clase media, y el robo de más de 25 millardos de dólares de la hacienda pública para crear a la boliburguesía.

Por último: no tenemos al padrecito Stalin (en estos enlaces: http://www.el-nacional.com/alberto_barrera_tyszka/Guerras-fantasmas_0_595740485.html#.VQ-XI9P-A6U.twitter y http://internacional.elpais.com/internacional/2015/03/24/actualidad/1427226457_270245.html, respectivamente, hay dos opiniones que explican muy bien la condición de dictadorcito de Maduro). Solo tenemos a un pendejo que cree que su bigote ochentoso lo convierte en un malvado dictador. Un dictador tapa amarilla.

 

Edificios firmados

Architecture is the art of how to waste space.

Philip Johnson

 

Es un tópico que el Guggenheim Bilbao firmado por Gehry revitalizó esa ciudad. La sacó de su languidez post-industrial[1].

Sin embargo es discutible el valor arquitectónico de ese edificio. De hecho es otro lugar común que el Guggenheim Bilbao se asemeja –no hay otra forma de decirlo– a la cagada de un robot gigante: una masa de metal informe –deconstructivista dicen los críticos– que jamás será una ruina. Es un edificio ahistórico como ni siquiera el más desaforado estilo internacional soñó.

En la era de la arquitectura postmoderna los arquitectos estrella van dejando su firma –o su cagada– en las ciudades: el Gherkin en Londres, el Palacio de las Artes en Valencia, España y así. Aún más: franquician su firma, por lo que cualquier país nuevo rico puede tener también su propio mojón firmado por una vedette de la arquitectura.

Pese a que Venezuela hace mucho dejó de ser un país nuevo rico, aquí también tenemos edificios firmados, aunque no por un arquitecto.

Con los damnificados que dejaron las lluvias en 2010, luego de 11 largos años de régimen chavista, se descubrió que existía en el país un grave déficit de casas.

La solución obvia fue una estafa, vale decir, una “misión”, una de esas corruptas maneras de crear –como todas– una clientela que mantuviese al chavismo en el poder sin usar mucho la fuerza.

Pero como la marca ya estaba agotada hacía varios años –sirvió para ganar fraudulentamente el referéndum de 2004 y nada más–, la propaganda roja se fusiló a sí misma y pergeñó aquello de “[Gran] Misión Vivienda Venezuela”.

Antes o después –si no se les derrota– tendremos la “Mega Gran Misión” o la “Súper Mega Gran Misión”. El fracasó colosal descrito en el nombre de cada ‘misión’.

Gaudí usaba trencadís y Mies van der Rohe solo acero y vidrio para cubrir sus edificios respectivamente. El chavismo –no se le podía pedir más– hace lo propio con pintura roja y negra con la cual dibujan los ojos –a veces les salen bizcos– y la firma de Chávez en las paredes de esos edificios de viviendas sociales que construyen a un ritmo que jamás alcanzará la demanda.

Estos edificios están llenos de fallas porque fueron mal concebidos –¿qué país llena la principal avenida de su capital con edificios de viviendas sociales?–, y peor ejecutados, porque serían ocupados por pobres.

Más allá de deficiencias que algún trasnochado marxista podría considerar lujos burgueses, como por ejemplo el que no tengan estacionamientos –el chavista way of life condena a los pobres al transporte público o a motos chinas de baja cilindrada–, ni áreas verdes; hay fallas en la construcción de estos bloques que los convertirán en ruinas prematuras. Puede leerse al respecto en estos enlaces: http://www.el-nacional.com/caracas/Constataron-fallas-obras-Mision-Vivienda_0_62993817.html y http://www.eluniversal.com/caracas/140525/mision-vivienda-construye-en-zonas-de-riesgo-en-los-corales, respectivamente.

Al repetir la urbanización caótica y deficiente de los barrios marginales que las lluvias derrumban cada cierto tiempo, estos edificios sólo son una versión en propiedad horizontal de esos barrios, con la consecuente violencia criminal, como podemos leer en estos enlaces: http://www.el-nacional.com/sucesos/paz-habita-urbanismos-Mision-Vivienda_0_246575504.html y http://www.eluniversal.com/caracas/140504/delincuencia-gano-espacio-en-la-mision-vivienda, respectivamente.

Con estos edificios el chavismo no está urbanizando, no se incluye a los marginales (tal vez sobra la explicación de que estos son quienes están al margen de la ciudad, de sus servicios, de su comunidad política), sino que se marginaliza la ciudad toda. El siguiente artículo de @revistaclimax muestra una mejor perspectiva de lo que trato de decir: http://elestimulo.com/climax/gran-mision-viviendas-las-ciudades-del-gigante-muerto/.

Se está reproduciendo el gueto al considerarse que estos edificios fueron construidos por chavistas (una mentira corrupta) para uso exclusivo de otros chavistas –varios funcionan como centros de votación ad hoc donde adivinen quién siempre gana–, sin posibilidad de integración con el resto de la ciudad aun si fuesen mitigados los graves problemas de convivencia que generan como focos de violencia criminal.

Como se sabe una de las premisas del movimiento moderno en arquitectura es que la modificación del espacio debía tener como objetivo hacer mejor la vida de las personas. Sin embargo los edificios de viviendas de gran densidad probaron no ser la vía para esto. El régimen no tenía que buscar mucho para constatarlo: ahí está la urbanización 23 de Enero de Caracas como recordatorio.

Los bloques de viviendas de Le Corbusier fueron otra pesadilla soñada por la razón, no en balde a su Unité d’Habitation en Marsella se le apoda ‘La casa del loco’. Le Corbusier con este edificio es el precursor del estilo brutalista. Nosotros no podemos aspirar a tanto, lo más que podemos presumir es que nuestros arquitectos [rojos] son brutos.

Los arquitectos posmodernos suelen citar en sus edificios estilos anteriores, casi siempre como una burla, como un remedo. Los edificios chavistas ‘firmados’ también hacen una cita de períodos pasados: nos recuerdan con sus deficiencias y segregación a la mayoría de las urbanizaciones populares de la última etapa del período 1958-1998. Hacen la misma declaración explícita de las tardías políticas de vivienda adeco-copeyanas de que los pobres no merecen vivir en un lugar decente.

Es innegable que –y pese a ser una muestra más de corrupción[2]– el meta discurso en las firmas y ojos que cubren las paredes de esos edificios tiene sentido: ¿quién sino Chávez firmaría y supervisaría tales colmenas para seres humanos?

En Venezuela hay gente que tiene la firma de Chávez tatuada en la piel y vive en casas que tienen la misma firma en sus paredes. La satrapía usa el kitsch –que todos pagamos– para emular la distopía de Orwell.

Al inicio aludía al Guggenheim Bilbao como la cagada de un robot gigante. Bien, los edificios ‘firmados’ por Chávez tienen en común con ese museo que también son la cagada puesta por un gigante.

 

[1] Se suele obviar el peso que tuvo el metro en esa revitalización de la ciudad.

[2] El siguiente enlace contiene información relevante sobre la corrupción vinculada a estas obras públicas: http://www.derechos.org.ve/pw/wp-content/uploads/2do-GMVV.pdf

Cortesía policíaca

“Cuidado en la calle (…)”

Rubén Blades

 

Anoche cierta jovencita me hizo caminar por calles non sanctas. Justo cuando le advertía que nos arriesgábamos a sumarnos a los números de la violencia criminal, a nuestro lado una jauría de policías motorizados detuvo a un moto taxista para pedirle que se identificara y cachearlo.

No pude distinguir a uno de otros: todos iban en motos, llevaban uniformes (los moto taxistas usan sudaderas con las siglas bordadas de los distintos sindicatos/pandillas en que se agavillan, amén del chaleco fluorescente, exactamente igual a como lo hacen los policías) y maltrataban el castellano con idéntica saña.

Los policías iban a ejercer una forma de control social discriminatoria: comenzarían a detener motos de baja cilindrada en una alcabala ilegal, pero no las de lujo. Era eso o simplemente se preparaban para robar a un pendejo con mala suerte.

En un país en el que nadie cumple la ley (muy probablemente el moto taxista manejaba sin licencia, estaba indocumentado, armado o borracho), los policías y militares tienen patente de corso para saquear. Pero además hay que estar muy salao para que entre los millones de abusadores y delincuentes que agrupa la nacionalidad venezolana, te toque precisamente a ti.

De hecho, a una cuadra de donde cribaban al motorizado –mi acompañante contó ocho policías en cinco motos–, unas daifas (con sus respectivos chulos un poco más allá cuidando el ganado) ofrecían su mercadería. Los policías ni los vieron. Ahí con seguridad había más ocasión de ejercer el control social: verificar la edad de la hetairas, la vigencia de sus carnets sanitarios, revisar los bolsillos –nunca hay nada bueno en ellos– de los jaques, pero no: unas y otros eran invisibles.

Creo haberle comentado –en voz baja eso sí– a mi Virgilia que para un policía era más rentable extorsionar a un moto taxista reteniéndole su herramienta de trabajo por alguna excusa más o menos legal mientras no pague un rescate, que esquilmar a modestas trabajadoras de la noche que apenas van trajinando un martes.

Lo sorprendente, lo que hace que escriba esta torpe crónica, es que uno de los policías me dijo “buenas noches”. No dijo el tradicional “buenas noches suidadano” (sic), sino un cortés y bien modulado “buenas noches”. Aún cavilo sobre su motivación para saludarme afablemente justo cuando se disponía a oficiar de esbirro.

Porque ese hombre, recordé de inmediato, forma parte de la policía estadal, una de las más violentas en la represión de las protestas en Venezuela, una policía que ha golpeado mujeres en el piso y apoyado grupos paramilitares en la ciudad. Sin embargo, de noche (en un país que es aterradoramente peligroso en pleno día), en una calle que bien podría llamarse de la puñalada, uno de sus miembros fue educado conmigo. No sé por qué.

Solo elucubro. Yo llevaba mi uniforme de trabajo número dos (el que no incluye chaqueta, ni corbata –faltaba más en este maldito calor–), y tal vez parecía un ciudadano respetable en el barrio equivocado. A lo mejor –lo más seguro– su ojo entrenado detectó lo vacío de mis bolsillos como para pedirme pa’ los frescos –de nuevo el maldito calor–. Tal vez fue la preciosa cara de mi acompañante lo que provocó su gesto civilizado.

Fiel seguidor del refrán “lo cortés no quita lo valiente”, musité un buenas noches en respuesta.

 

 

 

El coronel Kilgore ataca en Chacao

Fotograma de la película Apocalypse Now.

Fotograma de la película Apocalypse Now.

War is Hell.

General Sherman

La célebre escena en Apocalypse Now en la que los estadounidenses atacan un pueblo vietnamita con la Cabalgata de las Walkirias tronando desde los helicópteros artillados resume la demencia militar.

El personaje que comanda a los happy boys de la ficción es el coronel Bill Kilgore –el mejor Robert Duvall–, un militar delirante que cree que puede ganar la guerra solo porque el napalm no deja ni los restos de los muertos luego de horas de bombardear una colina.

En la película el objetivo táctico de esa batalla que se pelea con Wagner de fondo –como una maldición su música es perniciosamente cercana al fascismo– es permitir que los estadounidenses surfeen en una playa excepcional por sus olas. La estúpida pero cruel demencia militar.

Durante los últimos asaltos chavistas a Chacao, en Caracas, la guardia nacional ha usado parlantes que reproducen a todo volumen a Chávez cantando ‘patria querida’, el himno cubano o música llanera –también la fastidiosa música de Alí Primera, una muy buena ironía esa de que los represores usen su música de protesta, sin pagar derechos de autor claro está–.

Ride of the Valkyries Flauta M-1¿Cuál será el objetivo de los milicos al atacar a civiles inermes mucho después de que los manifestantes han sido disueltos y capturados con la voz de Chávez como fondo? ¿Intimidar? ¿Desmoralizar? ¿A quién puede asustar la voz de Chávez, ese pesado cadáver que sus herederos no han querido enterrar?

En vida sus palabras ni siquiera intimidaban. Esa retórica suya vulgar e incoherente que expresaba muy bien las terribles limitaciones de quien nunca debió ser presidente, sirvió en realidad para inflamar a la oposición a su régimen.

Recordamos el vergonzoso espectáculo del 7 de abril de 2002 en el que remedando a un árbitro de fútbol botó en televisión a los gerentes de PDVSA con un pito. Menos de una semana después renunciaba para luego llorar a la espera de su destino.

Ex militares han indicado que lo que hace la guardia nacional chavista en Chacao es una táctica de guerra psicológica –también cortan la electricidad justo antes de los ataques–. No lo creo así. Eso sería darles demasiado crédito a los mismos gorilas que quebraron el país con el barril de petróleo a 100 dólares.

Esas agresiones de los militares cada vez más cercanos a una banda de malandros que adornan la represión con Chávez gritando desde una corneta –tan invasión de Panamá en 1989–, se parece más bien al salvajismo machista con el que en este maldito país un guapo borracho y armado nos impone su música marginal –o los ladridos de su perro– a todo volumen, toda la madrugada.

Otros guapos armados nos imponen la revolución y el socialismo con una violencia feroz que ahoga cualquier otra voz. Nos obligan a oír en medio del terrible aquelarre de la represión.

Al final como se sabe, los estadounidenses nunca supieron qué asustaba a los vietnamitas[1], ninguna de sus armas hizo mella nunca en su voluntad de pelear.

 

Imágenes: http://www.tocapartituras.com/2012/01/la-cabalgata-de-las-valkirias-de-wagner.html, http://www.tocapartituras.com/2012/01/la-cabalgata-de-las-valkirias-de-wagner.html y  http://www.psywarrior.com/DeathCardsAce.html respectivamente.


[1] satcongCardEn la película también vemos cómo luego de matar enemigos, Kilgore deja sobre sus cadáveres cartas de póker. Son las denominadas cartas de la muerte –death cards– que el verdadero ejército estadounidense usó en Vietnam como táctica de guerra psicológica derivada de la errónea creencia de que eso asustaba al vietcong, también para humillar por supuesto.

Pericles gocho

tumblr_lm9t5hI6Q71qev2zxEstos hombres al actuar como actuaron, estuvieron a la altura de su ciudad.”

Pericles. Discurso fúnebre

Leo en la prensa (en este enlace está el artículo: http://www.eluniversal.com/nacional-y-politica/140302/la-resistencia-gocha-se-pertrecha-hasta-con-catapultas) que los manifestantes en las barricadas de San Cristóbal, Táchira, se llaman entre sí “Pericles”.

Se sabe que ante la represión los manifestantes intentan no ser identificados y son particularmente paranoicos –un rasgo del gentilicio que el chavismo ha agregado a la cédula–, por lo que no suelen usar sus nombres. Pero por qué Pericles (podría ser más apropiado Aristión como nombre clave), qué haría Pericles en los Andes venezolanos por estos días. No pude averiguarlo.

No importa el punto de vista con el que se miren las protestas de estos días, es muy difícil no concluir que no se está construyendo una polis. Luego de 15 años de humillación, una buena parte de la oposición ha salido de nuevo a expresar su legítima ira usando un rango que va desde la violencia más cruda a la ingenuidad más idiota. La respuesta chavista ha sido la represión.

Nada de discursos –ni siquiera fúnebres–, nada de un líder –estamos hartos de ellos– que conduzca a la comunidad política a través de su peor crisis. Asistimos a algo muy parecido a una “guerra civil” dentro de cada bando y a su expresión en la violencia callejera de estos días.

Los protagonistas de las protestas son estudiantes universitarios. Algo sé de ellos y me consta su alergia virulenta a la historia, más aún a la del mundo clásico. Por eso me resulta más incomprensible aún esa referencia a la Atenas clásica. Tal vez todo sea un asunto tonto que se limita al atractivo por un nombre poco común, a lo mejor hay algún estudiante viejo –de esos que las universidades casi ‘jubilan’ luego de décadas en la carrera–, que recuerda a Pericles (Pugsley Addams)  el hijo pequeño de The Addams Family.

Algunos de los desplantes de esos muchachos me recuerdan hoy al niño motolita con franela a rayas que veía en blanco y negro hace muchos años ya.

La incertidumbre sobre si los ‘Pericles’ de San Cristóbal –y de Venezuela– emulan a un personaje de televisión o al prohombre griego le ponen más desazón a estos días.

 

Imagen: http://the-addams-family-60s.tumblr.com/post/66381775960/casting-the-addams-family-1964-1966-pugsley.

Lugar común

BhCBBhNCUAEdK_m“Palabra, voz exacta Y sin embargo equívoca; (…)”

Octavio Paz. Palabra

He visto –como todos– muchas imágenes de la violencia en Venezuela por estos días. Encapuchados lanzando piedras: clic; barricadas en llamas: clic; malandros en motos: clic; militares y policías disparando: clic; muertos y heridos: clic.

Trato de borrar la memoria caché de mi cerebro cada par de días. Por eso la imagen con la que inicio esta entrada llamó mi atención. Tenía un detalle que no aparece con frecuencia en esas imágenes: una librería.

En el lado izquierdo se ve el local abierto en un receso de las protestas ¿? de la librería Lugar Común (@LibreriaLC ) ubicado en la avenida Ávila (subiendo desde la autopista a la Plaza Francia) en el Edificio Humboldt, Caracas. Esta librería que vende entre otros los libros de la editorial del mismo nombre, abrió a finales de 2012. ¿Quién en su sano juicio abriría aquí una librería en estos tiempos?

El aviso publicitario de la librería le puso nombre a la sensación que comienzo a masticar luego de diez días de este último asedio.

Los lugares comunes abundan en las crisis. Ellas mismas lo son en un país tan depauperado. He escrito esta semana media docena de entradas en el blog tupidas de ellos.

“Paz” es uno de esos lugares comunes, en buena medida uno idiota. Si escribo ‘paz’ en un parabrisas ¿me vuelvo más pacífico? ¿El que va manejando tal vez? ¿El régimen acaso?

“Diálogo” es otro sonsonete. ¿Cómo se dialoga con un régimen que se sostiene sobre bandas paramilitares que asesinan misses con tiros en la cabeza? Constitución, salida democrática, #SOSVenezuela, #prayforVenezuela son otros tantos inocuos lugares comunes, junto a los que no son juego: violencia, censura, tortura.

Pero no solo las palabras son clichés, también lo son los hechos. En Venezuela, eso de matar a una muchacha de 22 años con un tiro en la cabeza es en realidad el más común de los lugares. Es otro gastado lugar común que el chavismo luego de masacrar una manifestación opositora encarcele sin fórmula de juicio a sus líderes.

Hay quien se queja de la cada vez más insistente comparación de estos días de febrero de 2014 con los de abril de 2002, los de marzo de 2004, los de mayo de 2007, o los de abril de 2013. ¿Por qué alguien habría de objetar tales similitudes? ¿Qué tiene de inédito en Venezuela una ‘guarimba’, la represión, el fracaso como sociedad?

Supongo que seguiré mirando imágenes de la violencia estos días. Aún queda por ver si habrá algo original esta vez, si algo escapará del lugar común.Lugar Común-002

La vitrina –aparte de los libros– es lo que distingue a la librería Lugar Común. La próxima vez que esté en Altamira le daré un vistazo.

 

 

 

Imágenes: @DTV_Oficial y http://caracasenimagenes.blogspot.com/2013/07/libreria-lugar-comun.html respectivamente.

No plazas

Plaza Independencia de Kiev el 18 de Febrero de 2014.

Plaza Independencia de Kiev el 18 de Febrero de 2014.

Marc Augé acuñó el concepto ‘no-lugar’ para referirse a los lugares de transitoriedad que no tienen suficiente importancia para ser considerados como ‘lugares’.”

Wikipedia

Si se generaliza miopemente podríamos decir que Venezuela vive por estos días su versión de la primavera, su propia revolución de color (aún por definir el tono) o que se incorpora tardíamente a las revueltas indignadas.

Podría ser todo lo anterior o incluso algo mejor: una revolución. Una en el sentido que he repetido insistentemente –siguiendo a Hannah Arendt– que deja como saldo la construcción de un espacio de libertad política.

En un caso u otro la experiencia que vivimos se diferencia de sus similares que menciono, en que el escenario de la protesta no ha sido exactamente la plaza pública, el ágora citadina real.

Innegablemente y ante la censura de prensa en el país, el ágora virtual –especialmente twitter– ha servido para motorizar la protesta y al mismo tiempo para narrarla. En esto coincidimos con el resto de las convulsiones políticas recientes en el mundo. Pero la plaza como lugar de la ciudad pensado para la política ha estado ausente en buena medida.

Desde el inicio de las protestas, los escenarios si bien han sido lugares emblemáticos de las ciudades, no son plazas, no lo son en esencia. Veamos.

La Plaza Venezuela, el epicentro de la convocatoria que descolocó al régimen el 12 de febrero, es más una redoma, que una plaza. Ese obelisco que observamos abarrotado de gente en las imágenes de ese día es casi una isla en medio de un distribuidor de tránsito caótico por lo que es difícil alcanzarlo a pie, la razón de ser de toda plaza.

La Plaza Brión de Chacaito donde Leopoldo López se entregó iniciando quizá un camino que lo siente en Miraflores, es en realidad el tramo más ancho y mejor conectado del boulevard de Sabana Grande.

Indudablemente no entran en esta lista Plaza Altamira, Plaza Miranda en Los Dos Caminos, la Sadel o la Plaza Las Tres Gracias en Los Chaguaramos que también han sido lugares de protestas en Caracas, sobre todo la primera. Pero sitios como el boulevard del Cafetal, Parque Cristal, Parque del Este, las inmediaciones del metro en Caricuao o las avenidas Francisco Fajardo y Francisco de Miranda, obviamente no son plazas en ningún sentido.

Plaza de la República, Maracaibo.

Plaza de la República, Maracaibo.

En el resto del país –salvo excepciones– sucede otro tanto. En Valencia por ejemplo se protesta mayoritariamente en la Redoma de Guaparo (de nuevo una rotonda para distribuir tráfico) obviándose la cercana Plaza Montes de Oca, o en frente del Shopping Center, sin considerar la Plaza Fabián de Jesús Díaz (creo que solo yo –extranjero al fin– llamo así a la plaza de Prebo) a pocos metros. También son ignoradas las Plazas Bolívar, Candelaria o Sucre como lugares de protesta que sobre todo en el caso de esta última tendrían una carga política y cívica mucho mayor que la de protestar en las inmediaciones del ‘Shopping’.

En Maracay sucede otro tanto, se protesta mayoritariamente el final de la avenida Las Delicias en una intersección de tráfico, pero no en la cercana Plaza Cristóbal Mendoza (de nuevo yo extranjero llamo así a lo que todo el mundo conoce como la ‘placita’ de La Soledad) o en frente del Hyper Jumbo Mall al final de la avenida Fuerza Aérea.

En el caso de esta ciudad su plaza emblemática, la Bolívar está desde hace unos meses en manos de contratistas (esos que tan buenos negocios hacen con la administración roja local y regional), aunque igual cuando estaba despejada no era el ágora de la polis.

El Obelisco de los Italianos en San Cristóbal, la redoma de Los Pájaros en Barcelona o la de Guanta,  o la Redoma de Banco Obrero en Punto Fijo tampoco son plazas aunque congreguen a los manifestantes.

Se me objetarán razones de tamaño, de visibilidad, o de seguridad. Con respecto al tamaño, varias pueden albergar multitudes tan bien como lo hace un distribuidor de tráfico y en cuanto a las más pequeñas, en varios momentos del día las manifestaciones son exiguas por lo que las plazas cumplirían su cometido, cuando la masa de gente aumentase no habría problemas con que el núcleo desbordase la plaza hacía las calles adyacentes. La visibilidad no es problema en una era en la que todos reporteamos y en cuanto a la seguridad, las manifestaciones en calles y avenidas son barridas igual por la represión como lo son las que han tomado plazas como bastión.

Hay excepciones a la falta de protagonismo que menciono. Están entre otras la Plaza Juan Maldonado en san Cristobal, la Plaza Monumento CVG en Ciudad Guayana, la Plaza Milla en Mérida o las Plazas de la República y Yepez (Plaza José Ramón Yepez) en Maracaibo. Qué mejor símbolo para protestar podría tener Maracaibo luego del asalto militar y policial de la Plaza de la República de ayer.

Las plazas son símbolos de la protesta a lo largo del mundo y de la historia desde Trafalgar Square hasta Tahrir. Poderosos símbolos, no en vano algunas son demolidas hasta los cimientos por haber acogido protestas. Por eso sus nombres son Libertad, Independencia o República. Esos símbolos además –sobra decirlo– aglutinan a las sociedades, hacen a los manifestantes más poderosos.

Plaza Altamira en Venezuela cumple mal esa función porque la oposición no pudo combatir con éxito la propaganda chavista luego de 2002, pero eso no obsta para que la protesta aquí tenga su propia Maidan Nezalezhnosti.

Plaza Sucre, Valencia.

Plaza Sucre, Valencia.

Tal vez me confunde el espejismo luego de años de enseñar la importancia de la política ejercida en el ágora ateniense donde el ciudadano trataba de convencer  –no siempre–  a su igual con su lógica y su oratoria.

 

Imágenes: http://www.theatlantic.com/infocus/2014/02/bloody-battles-in-kiev/100684/, @Intuitweetvo y http://www.skyscraperlife.com/city-versus-city/49508-valencia-vs-valparaiso-55.html  respectivamente.

Meydan

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“Estos acontecimientos, (…), causaron desplazamientos y movimientos de enormes masas de población, (…)”

Vasili Grossman

 

De nuevo escribo sobre plazas y manifestaciones en el tiempo de las redes sociales. Las protestas en Ucrania y Tailandia de los últimos días merecen un breve comentario.

La UE presenta un dilema irónico: algunos de sus miembros son anti europeos, sobre todo mientras más al oeste se ubiquen, mientras que varios países de su periferia –siempre el este– quieren entrar al club. No importa lo tambaleante de la zona euro: algunos países quieren estar en Occidente, lo perciben rico, moderno.

Por estos días vemos un nuevo intento de Ucrania. Como se sabe la asfixiante influencia rusa empuja a este país hacia el oeste, de hecho una de las primeras de las así denominadas revoluciones de colores[1] tuvo lugar aquí en 2004 (justo antes de la era de las redes sociales) precisamente contra esa influencia que no cambió un ápice luego del fin de la guerra fría.

De pantano a símbolo soviético a hito de la independencia del país, la Plaza de la Independencia de Kiev fue escenario entonces y ahora. Los ucranianos (en algún lugar leí ucranios) pro europeos han manifestado durante la última semana luego del rechazo de su presidente Victor Yanukóvich a la firma de un Acuerdo de Asociación con la Unión Europea en la reunión de Vilna[2][3].

En Venezuela las fotos de esas manifestaciones se han esparcido por twitter en un llamado a los opositores a derrocar al gobierno chavista –tal vez ignorando las elecciones del domingo 8 de diciembre–, con la inexacta explicación (justificada en parte por nuestro contexto) de que allá rechazan en las calles una vuelta al comunismo.

No se considera que si bien la consecuencia de la Revolución Naranja de 2004 fue la repetición de las elecciones fraudulentas, la implosión del tándem Yushchenko-Tymoshenko tomó menos de un año y el denostado Yanukóvich volvió al poder desde entonces. La calle llena de gente no es el inicio de una democracia, muchas veces es su fin.

 

Protesters_at_Democracy_Monument,_November_2013   En Tailandia la ley de amnistía decretada por el parlamento (dominado por su partido) para favorecer al ex primer ministro Thaksin Shinawatra (un empresario depuesto por los militares en 2006 y cuyo hermano es el primer ministro actual) ha generado de nuevo protestas en ese país. Uno de los centros de las manifestaciones no es exactamente una plaza sino una redoma, la que alberga al Monumento de la Democracia en el centro de Bangkok. Este monumento conmemora un golpe de estado y fue visto por el dictador militar de turno como un símbolo de una ciudad occidentalizada.

Lo que llama mi atención de estas protestas es que los manifestantes cortan la electricidad y el agua de los edificios gubernamentales y los ocupan. Manifestantes civiles, armados precariamente asaltan las oficinas del gobierno cual asedio medieval.

Es marcado el contraste de esta forma de manifestar con por ejemplo la Ley Fernández[4] que se discute en España y que criminaliza la protesta callejera en el país de origen de los indignados o con los decretos de zonas de seguridad que convirtieron en Venezuela a todas las oficinas públicas (especialmente las militares) en zonas de exclusión ciudadana. Tal vez los tailandeses tomaron nota de esos airados manifestantes que en abril de 2002 cortaron la electricidad de la embajada cubana en Caracas. El video debe estar en YouTube.

 

Imágenes: http://internacional.elpais.com/internacional/2013/11/25/actualidad/1385372283_922984.html y http://en.wikipedia.org/wiki/File:Protesters_at_Democracy_Monument,_November_2013.jpg respectivamente.

Neolengua chavista: Guerra

Toy_Soldier_by_tmr5555Mambrú se fue a la guerra es la versión en español de una canción popular infantil francesa, Marlbrough s’en va-t-en guerre.

Wikipedia

 

 

 

Algunos lugares comunes para empezar: toda neolengua en el sentido que se le da aquí es un arma por su finalidad de destrucción del lenguaje y una guerra es el enfrentamiento entre enemigos. Al enemigo se le captura o mata, de preferencia esto último.

Ese carácter militar de las neolenguas podría no ser del todo premeditado: ¿qué otras palabras utilizaría un teniente coronel –o un cabo– que asaltase el poder; distintas a batalla, patria, vanguardia, ofensiva, héroe?, ¿cuántas palabras usa, en que tiempos verbales escribe un capitán, un sargento? Lo árido del vocabulario, con su sintaxis casi taquigráfica llena de siglas y abreviaturas reduce el alcance del pensamiento, lo que facilita la dominación. Pero más que esa intencionalidad podría pensarse que al menos al inicio no pueden hablar de otra manera, no tienen otro lenguaje.

Aunque Chávez era militar y transformó el lenguaje en la peligrosa jerigonza castrense que ladra  hoy el país, no fue él quien declaró la guerra civil[1], sino Nicolás Maduro, quien no es un líder de ningún tipo, pero sobre todo no es un líder militar.

Si la oposición vence al chavismo ejerciendo los derechos que establece su propia constitución hecha a la medida, y no puede criminalizarse ese ejercicio en la escala necesaria, si reprimirla indiscriminada y masivamente es inviable en momentos de ilegitimidad, si no termina de irse del país, o la propaganda falla en convertir a sus miembros en chavistas, ¿cómo se le anula?: se inventa una guerra y se le convierte en la enemiga que la causa. Ese casus belli legitima las acciones mencionadas en el primer párrafo.

Esta peligrosa construcción retórica es también una justificación. Como la propaganda fracasó en fabricar una guerra convencional (esa pendejada en la que se acusaba a la oposición hace pocas semanas de tener aviones de combate en Colombia), como también fracasó incluso desde los tiempos de Chávez en endilgarle a la oposición la autoría de la guerra de baja intensidad[2] que causa la violencia criminal[3] (aquel ‘argumento’ delirante de que el capitalismo es el culpable de los robos y asesinatos) y dado que la regencia de Maduro coincide con las peores consecuencias del manejo chavista de la economía, la opción que queda es precisamente la de la guerra económica.

La neolengua debe acondicionar el pensamiento para que sea imposible advertir que la economía colapsó porque Chávez fue un ladrón gigante que confundió el patrimonio del estado con el suyo, o por  la demencia de Giordani[4], o por la mera ineptitud: debe creerse que es porque está bajo ataque del chivo expiatorio habitual –no por manida, la deformación del lenguaje es menos peligrosa–: la oposición dirigida por los Estados Unidos[5].

Es inconcebible que el chavismo acepte que durante 14 años destruyó la economía con la confiscación (mal llamadas en neolengua expropiaciones) de tierras y otros bienes de producción, el control de cambio y de precios, el aumento de la dependencia petrolera y en suma (sin considerar el efecto del crimen organizado y la corrupción) el intento absurdo de una economía planificada desde el estado. Las palabras deben distorsionar esta realidad.

No importa si la contumacia en el error conduce a la caída: el chavismo no puede ser en el pensamiento de nadie, el responsable de una quiebra económica idéntica a la que produjeron los gobiernos adeco-copeyanos a partir de 1983. Por eso la palabra guerra, por eso se alcanza tal cota en la destrucción del lenguaje.

~ ~ ~

Imagen: http://tmr5555.deviantart.com/art/Toy-Soldier-174663866.


[1] Chávez amenazó en neolengua con la “revolución pacífica pero armada” al país, con la “guerra al latifundio” al campo, puso al ejército a hacer el ridículo entrenando y ofreciendo “guerras de cuarta generación”, pero nunca afirmó que había una “guerra” en el país, ni siquiera durante finales de 2002.

[2] Se toman licencias con esta definición que puede consultarse en este enlace: http://es.wikipedia.org/wiki/Guerra_de_baja_intensidad. Aunque una de las definiciones de guerra a secas más empleada establece como uno de los requisitos del concepto la muerte de al menos 1000 personas durante el conflicto. En reitera que en Venezuela ocurren 20 mil muertes violentas al año.

[3] Se insiste en la advertencia de que la Venezuela chavista no es la Alemania nazi o la Italia fascista, porque otra forma de destruir el lenguaje es vaciar de contenido ciertas palabras-hitos mediante su banalización. Además, aunque el chavismo usa la delincuencia como forma de control social, esta no es aún un cuerpo paramilitar organizado como las SA o los camisas negras. Lo más cercano son las bandas de motorizados armados empleados mayormente durante las elecciones y las bandas de narcotraficantes –denominadas ‘colectivos’ en la  neolengua chavista–. La así denominada ‘milicia bolivariana’ podría eventualmente llenar la figura.

[4] El peor ministro de finanzas de América Latina según puede verse en este vínculo: http://www.elmundo.com.ve/noticias/economia/politicas-publicas/giordani-es-calificado-como-el-peor-ministro-de-fi.aspx.

[5] Emulando aún más la neolengua cubana hubo aquí una tímida alusión a un ‘bloqueo económico’ que no prosperó, sin embargo y dado que es muy posible que la economía empeore no sería extraño que se incruste de nuevo en el lenguaje junto a la frase ‘período especial’.

Neolengua chavista: Felicidad

smiley-faceDon´t worry, be Happy.

Bobby McFerrin

 

 

 

 

 

Al chavismo genéticamente incapaz de gobernar, siempre le ha parecido la frase del Discurso de Angostura del Libertador “El sistema de gobierno más perfecto es aquél que produce mayor suma de felicidad posible, mayor suma de seguridad social y mayor suma de estabilidad política”, una eficaz orientación para sus políticas públicas, considérese que sus únicas herramientas intelectuales son la poca historia que se enseña mal y se aprende peor  en Venezuela y los añejos manuales marxistas de segunda mano.

La frase, hábil plagio que hace Bolívar de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de 1776[1] (influida por los utilitaristas ingleses: maximizar la felicidad, reducir el sufrimiento, quienes a su vez parten de la eudemonología aristotélica) y de moda en su contexto, ha sido una coartada para el populismo. Si la definición de pueblo[2] es la de masa, la de populacho (nada original construcción de esta nueva lengua que es también un refrito); su felicidad estará en un subsidio permanente, en su transformación irreversible en clientela política.

Pero si se quiebra la economía y ya ni siquiera se le puede dar las migajas usuales a esa clientela, el gobierno se hace inestable, por lo que ante la imposibilidad de arreglar la economía –que ya no hace ‘feliz’ a nadie– hay que decretar la felicidad en un intento más idiota que totalitario de torcer la realidad y evitar el desalojo del poder.

Aunque se ha usado mucha propaganda cuasi fascista para criminalizar a Capriles por su más bien ingenuo y blando llamado a expresar “arrechera” con un cacerolazo luego del fraude del 14 de abril, lo cierto es que a nada temen más los chavistas en el poder –aparte de a un golpe militar– que a la arrechera de su constructo de pueblo cuando cuestione el reparto del botín.

Eso, el determinismo y la ineptitud de la peor clase política venezolana, su cursilería y no una torpe imitación de pesadillas totalitarias reales o literarias llevaron a la creación del Viceministerio de la Suprema Felicidad[3], ese motivo de burla fuera y dentro de un país iracundo que produce 20 mil muertes violentas al año.

 

 

Imagen: http://elrincondelohumano.wordpress.com/2012/02/26/origen-de-happy-face-la-historia-del-primer-emoticon/.


[1] Irónicamente para el chavismo y su ideología recalcitrante la búsqueda de la felicidad es uno de los leit motiv de la Revolución Americana. Una lectura actual al respecto aquí: http://content.time.com/time/magazine/article/0,9171,2146449,00.html.

[3] Se ha citado abundantemente el intento de usar la felicidad como un indicador del éxito de la gestión política. Hay datos mínimos sobre el tema en este vínculo: http://en.wikipedia.org/wiki/Gross_national_happiness.

Gisela Kozak Rovero

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