Esta satrapía ya es mayor de edad

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Imagen: notihoy.com/

Ainsi nous avons la démocratie, moins ce qui doit atténuer ses vices et faire ressortir ses avantages naturels; et voyant déjà les maux qu’elle entraîne, nous ignorons encore les biens qu’ell peut donner.

Tocqueville. De la Démocratie en Amérique

 

Es gracioso cómo en un país sin ley hay opiniones jurídicas. Para un abogado no son divertidas, son un recordatorio de su derrota, de que su título es un pedazo de pergamino con firmas y sellos que no vale nada.

Una de las que se repite por estos días, en los que el chavismo ejecuta otra de sus razias, es que, luego de que el Parlamento declarara que ese sátrapa pendejo –o no tanto– llamado Nicolás Maduro abandonó el cargo estamos en una dictadura.

Esa declaratoria fue el 9 de enero pasado. Debe entenderse que de ahí para atrás éramos una democracia, no como la suiza obvio; más bien como esos simulacros tercermundistas en los que se vota de vez en cuando, y un payaso se tercia una banda de colores los días patrios y hace como que gobierna.

¿Es así? ¿Antes del 9 de enero de 2017 Venezuela era una democracia? Resumiendo –y robándome la frase de Vargas Llosa–, ¿cuándo se jodió esto? Tengo la impresión de que fue mucho antes de enero de 2017

Este país primitivo, suicida, eligió presidente a Hugo Chávez en diciembre de 1998. El país todo: su clase media, sus medios de comunicación, sus empresarios; gente que había ido a la universidad y se suponía que sabía leer, junto a la masa pobre –solo un poco más– que quería mejores migajas del festín. Hasta ahí todo muy democrático. Bueno, según nuestros estándares: votar por listas cerradas, usar recursos públicos en la campaña, tener candidatos que solo ofrecían repartir las migajas que ya mencioné o hasta reinas de belleza con peinados ochentosos.

Pero cuando se derogó la Constitución de 1961 por un procedimiento no previsto en ella se acabó la democracia –técnicamente se dice ‘rompimiento del hilo constitucional’–.

No importa el ejercicio manierista de hermenéutica constitucional que cualquier abogado pendejo intente: desde ese momento se liquidó la democracia venezolana y el cadáver de la nación se ha estado hinchando y pudriendo al aire libre desde entonces. Las colas por comida son las moscas.

Pero supongamos que soy un anti chavista radical, un fascista impúdico con su afiche de Mussolini, Hitler y Franco, que no entiende que la Constitución chavista fue votada en un cuasi plebiscito –nunca se estableció que pasaría si perdía la opción del sí: ¿se volvería a la Constitución de 1961? ¿Chávez gobernaría por decreto hasta que se pergeñase y se votase un nuevo texto? – en diciembre de 1999. Es decir: obviemos el pecado original y consideremos válido el orden jurídico chavista instaurado en 1999.

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Imagen: psuv.org.ve/

Si hiciéramos eso, tendríamos problemas. En ese lluvioso diciembre y luego de ser votada la Constitución, la Asamblea Constituyente designó a los titulares de los órganos del poder público no electos de acuerdo a un procedimiento no previsto por la nueva carta, además de a una así denominada Comisión Legislativa que fabricó leyes por casi un año luego de ese referéndum. Todas las elecciones del año 2000 fueron llevadas a cabo según procedimientos no establecidos en la Constitución y por autoridades que ejercían írritamente sus cargos. ¿Éramos una democracia entonces?

A finales de 2002, intentando expulsar al parásito chavista que tan gustosamente había ingerido en 1998, el país probó un laxante legal –luego de los vomitivos violentos al inicio del año–: el referéndum revocatorio convocado para febrero de 2003. Este no se realizó sino hasta agosto de 2004, justo cuando el chavismo podía ganarlo. ¿Cuán democrático es un país en el que las elecciones dependen de la voluntad del que manda?

En diciembre de 2007 a Chávez se le dio una soberana paliza cuando intentó modificar fraudulentamente su propia constitución mediante una reforma que no era tal. Esa derrotada reescritura sin embargo se llevó a cabo por medio de decretos y con ese golpe de Estado incruento que fue el referéndum de febrero de 2009 que le ponía un tornillo en el culo al ocupante de la silla de Miraflores. ¿Cuán democráticos éramos luego de que el Estado aplicase leyes rechazadas en comicios?

En 2012 las elecciones presidenciales se realizaron en octubre, justo a tiempo para que un Chávez moribundo fuese candidato. En diciembre de ese año, cuando tocaba hacerlas, renunciaba. De nuevo: se votó solo cuando Chávez podía ganar. El tufo a dictadura pútrida semejaba al de un cuerpo comido por el cáncer.

Al instante en el que se supo que había muerto el Gigantísimo Líder, Maduro era nominalmente vicepresidente. Según la Constitución chavista para ejercer la presidencia interina debía nombrarse al presidente del Parlamento, y si nuestro chófer quería ser candidato, en la inminente elección, debía separarse del cargo. Sabemos que Maduro ocupó la presidencia al tiempo que era candidato, usando todos los recursos del Estado venezolano para ganar una elección cuyo resultado él mismo reconoció dudosos cuando llamó a contar cada voto en aquella madrugada de abril de 2013.

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Imagen: albaciudad.org/

El 20 de octubre del año pasado unos esbirros, que gustan llamarse jueces, clausuraron el referéndum revocatorio que de acuerdo a las mismas reglas chavistas la oposición había logrado instrumentar. Hace casi un mes debieron realizarse elecciones de gobernadores, suspendidas de facto por esa junta de madamas llamada CNE. No solía estar muy despierto en las clases de derecho constitucional –el profesor estaba perdidamente enamorado de sí mismo y pagábamos el precio oyéndolo hablar de él durante horas–, pero un país donde no hay elecciones no calza con la definición de democracia según recuerdo.

Chávez ejerció el poder con poderes legislativos más de la mitad de su tiempo como mandón. Maduro lleva más de tres cuartas partes. Esa casa de putas togadas llamada TSJ no ha sentenciado nunca en contra del régimen desde 2004. ¿Cómo se denomina un sistema político en el que el parlamento no legisla y no hay separación de poderes?

Esta satrapía no se inauguró hace tres días: ya es mayor de edad. Solo la de Juan Vicente Gómez –quien murió en funciones– ha durado más. Hasta ahora.

Maduro y su padrino mágico

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Imagen: fairlyoddparents.wikia.com/

That’s all Folks!

 

Me tardé unos días en escribir esto pensando que se me habían adelantado. Pero no, nadie más, de todos los que han escrito, satirizó así la cobarde abdicación de Nicolás Maduro.

En buena medida es un lugar común identificar al chavismo con una comiquita, ¿qué podría ser más infantil que Chávez pretendiendo ser un Simón Bolívar con verruga al tiempo que imitaba a Fidel Castro? ¿En el universo pop venezolano que podría representar más un dibujo animado que Maduro?

Aunque el dolor y la miseria que estas caricaturas han dejado producen una terrible discrepancia con lo que es un divertimento para niños, lo cierto es que asumir la peste roja como una banda de muñequitos de colores en movimiento es paradójicamente una exacta descripción. Un mundo de ficción, un discurso cursi y violento al mismo tiempo que pudre una sociedad idiota.

Como se sabe, desde finales de los ochenta del siglo pasado, hubo una reinterpretación de las comiquitas y de las historietas (cartoons and comics). En los primeros resulta la versión que de las icónicas parejas como Tom y Jerry encontramos en Ren y Stimpy (The Ren & Stimpy Show). Hay incluso, en estas comiquitas todo un alegato feminista (escondido en la cultura pop más chiclosa) en The Powerpuff Girls.

Pero tal vez el nihilismo y la alienación de los Millennials están muy bien camuflados en esa comiquita, Timmy y los padrinos mágicos (The Fairly Oddparents) –sé que dejo de lado a Los Simpsons y a South Park–, en la que un niño pendejo solo tiene que pedir lo que sea para ser complacido.

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Imagen: el-nacional.com/

Al abdicar el poder que heredó en el gorila de Padrino López, Nicolás Maduro actúa exactamente igual que Timmy cuando pide una bicicleta: ¡Padrino concédeme que el hambre no me derroque!

Se ha mencionado hasta el hartazgo que en El tambor de hojalata, Oscar es un adulto con el cuerpo de un niño, precisamente porque Günter Grass hace la metáfora de una sociedad infantilizada que fatalmente debía engendrar al nazismo. Nosotros, los venezolanos, esos adultos ineptos incapaces de construir una comunidad política, también usamos el ruido como arma y nos negamos a crecer.

Lo que me preocupa no es que esa caricatura trágica que es Maduro haya terminado de entregar el poder político que nunca le perteneció, a sus verdaderos dueños desde que el chavismo se hizo con él, sino que hoy, la sociedad toda ve en los militares a sus padrinos mágicos.

Bolsas

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Imagen: elsiglo.com.ve/

Las muy asquerosas devoraban el aire: se habían propuesto rendirnos por asfixia.

Ednodio Quintero. La danza del jaguar

 

Racionar la comida en Venezuela, distribuyendo el hambre en bolsas, he ahí la más terrible y humillante constatación del fracaso chavista. Ni siquiera los apagones o los muertos de mengua en los hospitales alcanzan esta cota. Es el hambre.

Desde el cinismo chavista se nos dice que este es el non plus ultra del Estado asistencialista, el epítome del keynesianismo. Usan propaganda pagada por todos nosotros, los indigentes, para decirnos que no hay más allá en las políticas públicas que obligarte a hacer una cola por una bolsa con algo de comer, lo que queda, lo que ellos eligen que comas si te postras o pagas al malandro a cargo.

¿Se lo creerán ellos mismos? ¿Esos parásitos rechonchos que desangraron a Venezuela? No: ellos saben perfectamente que es un desesperado intento por evitar que el hambre los derroque.

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Imagen: noticierodigital.com/

Cuando pienso en el racionamiento de comida no puedo dejar de comparar las imágenes de Chávez recién llegado al poder con las que tenía al final, porque incluso antes de que los esteroides lo inflaran dándole esa apariencia tan congruente de sapo monstruoso con la que se murió; era un tipo gordo, bien alimentado. Su legado mismo encarna en la barriga de Maduro, ese otro inepto adiposo.

Rosendo, Raúl Salazar, esos generales hincados de la primera hora, también exhibían sus prominentes estómagos. Los demás militares, los flacos, pronto se sentarían ante el festín. Barreto aún tiene sus abundantes capas de grasa, ¿la mantendrá comiendo solo lo que viene en las bolsas de la humillación?

No, claro que no, porque los gerifaltes chavistas llegaron para darse un atracón de patria, para devorar. A veces, al sacudir la mesa caían algunas migas para los chavistas pendejos, y para el resto de nosotros. Hoy solo quedan las sobras en esas bolsas.

Es trillada la aseveración de que los griegos consideraban que quien no podía gobernarse a sí mismo tampoco podía gobernar a otros. Por eso supongo que el país merece esta humillación por haberle dado el poder a un delirante que no podía contenerse.

 

Becerro huérfano

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Imagen: @elestimulo

‘Como holocausto de olor agradable (…), ofrecerán un becerro, (…)’

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¿Cuántos Jefes de Estado declararían en radio y televisión que son unos becerros? ¿Dilma ante la venidera votación en el Senado que decidirá su impeachment dirá algo así como ‘Mientras más votan en mi contra más becerra me pongo’? ¿O Evo: ‘Mientras más hijos me descubran por ahí, más becerro me pongo’? No, solo Maduro, quien ladraba ayer en cadena de radio y televisión –esa omnipresente forma de corrupción que convierte a  todos los medios desde hace 17 años en voceros del chavismo quiéranlo o no–: “Mientras más me chantajeen, más me pongo becerro”.

Ya es común que Maduro exprese sus profundas deficiencias por medio del lenguaje. Las palabras no son sus amigas, desde esos inexplicables gazapos con la geografía nacional hasta aquello de leer ‘Maduro chúpatelo’, el idioma se le ha revelado como un enemigo más.

En un país inculto como el nuestro, a veces las palabras son como ese objeto brillante que encuentra un chimpancé. Chávez proveía a la horda de objetos para distraerse. Su lenguaje soez era parte del circo: escuálido, majunche, frijolito y demás zarandajas. Tal vez Maduro, en su vano intento de ser un sosías de Chávez –a su vez un sosías de Castro–, procura que la galería emule sus palabras. Pero, ¿quién quiere hablar como Maduro? ¿Quién quiere parecérsele?

En Venezuela ‘becerro’ es un insulto de pobres. Nada retrata más la marginalidad de alguien que oírle decir ‘Eres sendo becerro’. No entiendo del todo la ofensa que contiene, tal vez alude a la estupidez de los bovinos, a su mansedumbre que los convierte en bistecs. Por eso es aun más incomprensible que Maduro lo usase –salvo porque sea válido lo que leí en twitter sobre que en realidad quería decir verraco, algo que terminaría de delatarlo como colombiano– justo cuando el país le pide que se vaya de la forma que sea con tal de que sea ya.

El insulto tiene una variante: ‘becerro huérfano’. Un pendejo abandonado, solo.

 

Valiente soldado

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Imagen: panorama.com.ve

       A soldier who committed an act of theft (furtum) against civilians by contrast had his right hand cut off.

Wikipedia

 

Lo primero que leo hoy en lo que queda de prensa libre es que a los militares en Venezuela (putas bien pagadas) se les ocurrió un plan de adoctrinamiento de niños en escuelas y liceos. Uno muy cursi por cierto, porque hasta contempla un concurso de poesía. También hay uno de ensayos; buen chiste ese de que una cofradía de analfabetos proponga escribir ensayos y poemas.

La nota de prensa que puede ser leída en este enlace: http://www.el-nacional.com/politica/Min-Defensa-adoctrinar-escuelas-publicas_0_831516928.html#.VxULsuVnees, habla de exaltar la figura del así llamado ‘Valiente Soldado Bolivariano’, no otra cosa que un pretoriano chavista o un asesino de uniforme verde como sabemos bien desde 2014.

Me detengo en esa grotesca burla y me vienen varias imágenes a la cabeza: Chávez entregándose a sus socios militares como un cobarde en abril de 2002, disfrazado con un uniforme que era delito que usase, el rostro desfigurado de Geraldine Moreno, gorilas con la cara pintarrajeada marchando mientras gritan en Los Próceres, los soldaditos que cuidan y drenan las colas por comida, etc., etc. Pero no hay una sola referencia de bravura o valor con la que pueda vincular a los militares venezolanos.

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Imagen: panorama.com.ve

En Venezuela, los militares nunca han estado para defendernos –tal vez, salvo por un breve período durante la Independencia y en la derrota de la guerrilla–, sino para oprimirnos. La misma nota que denuncia el adoctrinamiento explica cómo el país ha perdido 1.321.950 kilómetros cuadrados sin que los militares hayan disparado un solo tiro. Sin ellos el chavismo se hubiese derrumbado hace rato. Chávez y Maduro amoldaron con evidente gusto sus culos al filo de las bayonetas.

Pero en esto de humillar y someter no hay absolutos. Estos valientes soldados en Venezuela, se hincan en Cuba. Falta un concurso sobre cómo arrodillarse, si de verdad se quiere honrar a los valientes militares chavistas.

Lame ducks

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Imagen: Runrunes.com

Legislators represent people, not trees or acres.

Chief Justice Earl Warren

 

Hablar con expresiones idiomáticas –además de con groserías–, es la mejor prueba de que se domina otro idioma. Aparte: no hay nada más expresivo. Tomemos por ejemplo farfalla; una de las formas en la que los italianos llaman a la vagina. No creo que haya una mejor forma de describirla, en ningún otro idioma, incluyendo el lenguaje de señas.

En inglés hay un idiom sobre política que me gusta bastante: lame duck, literalmente  ‘pato cojo’, que alude al cargo de elección popular cuyo sucesor ya ha sido electo. Es traducido frecuentemente en español como ‘hombre de paja’. El caso emblemático es el mismo Presidente estadounidense, quien luego de la elección de noviembre de su último año, pasa a ser un lame duck. A veces lo es ya desde que gana su segundo término, porque la expresión alude en un sentido más amplio a la debilidad de quien ya no ejercerá nunca más el poder.

Ayer, el editorial de The Washington Post (que puede ser leído en este enlace: https://www.washingtonpost.com/opinions/venezuela-is-in-desperate-need-of-a-political-intervention/2016/04/12/d7071d98-00c9-11e6-9203-7b8670959b88_story.html?tid=ss_tw), que clama por una intervención política de los países de la región, encabezados por los Estados Unidos en esta Zimbabue caribeña llamada Venezuela, me remitía a un informe de Human Rights Watch de diciembre del año pasado (puede ser leído aquí https://www.hrw.org/tet/node/284410) en el que se describe cómo los legisladores chavistas –me parece exagerado llamarles así– cuyos sustitutos ya habían sido electos en esa paliza que la dirigencia opositora se niega a terminar en la calle, nombraron a los jueces –de nuevo una grotesca exageración llamarles así– que desarticulan cada intento del Parlamento por salir del chavismo usando su propia constitución.

En la versión en inglés del reporte a esos legisladores –varios de ellos analfabetos funcionales–, se les llama lame ducks. Los jueces que nombraron eran todos militantes chavistas, funcionarios rojos. Algunos de ellos solo eran jueces de primera instancia, de ahí saltaron –o cayeron– en esa sentina suprema.

Así ha sido desde 2004, cuando el chavismo tomó el control del así llamado Tribunal Supremo, para barrer los restos de miquelenismo que habían quedado de la colonización de 1999. En los últimos 12 años no ha habido una sola sentencia de las salas políticas de ese tribunal (todas en la práctica) que ponga en riesgo el ejercicio chavista del poder.

En contraposición, una de las formas que delatan que no se domina un idioma, son los juegos de palabras con la pronunciación incorrecta, ese jugar con ellas como si fuesen bloques de lego que no encajan pero suenan gracioso. Algunos de estos juegos son también agudamente elocuentes.

El lame que en inglés se pronuncia lɑːmeɪ, en español se lee ‘lame’. ¿Cuánto lame un togado o un diputado chavista antes de enchufarse? ¿Cuánto lame para mantenerse ahí?

Fukuyama tenía razón

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Imagen: ‏Reuters

Conduciremos a la humanidad con mano de hierro hasta la felicidad, decía un cartel en la entrada del campo de concentración de Solovkí, primera semilla del Gulag.

jotdown.es/

 

Sí, ya sé, a las viudas del comunismo –esa especie aun más resistente que las cucarachas– el título de esta entrada las hará retorcerse como un vampiro al que se le enseña la cruz, pero es cierto: el fin de la historia ya sucedió.

Como es sabido, las dos grandes ideologías modernas proponen un fin de la historia, no otra cosa son la dictadura del proletariado para el marxismo-leninismo y el advenimiento de la democracia liberal y la economía de mercado en el liberalismo.

Siempre me ha parecido paradójico –la idea no es original– que la aceleración del tiempo que propone la modernidad, terminase en un no-tiempo, en un estadio en el que nada pasa. Para los comunistas, en su paraíso obrero, la dictadura del proletariado con su abolición a sangre y fuego de las instituciones burguesas, elimina la necesidad de revoluciones y la lucha de clases, no sucede nada: los seres humanos –menos los que son destruidos en los campos de concentración– nos dedicaríamos a ser felices por toda la eternidad. En la acera de enfrente, para los liberales (a veces mal llamados neoliberales), luego de la Revolución Francesa, antes o después la humanidad abrazaría el estado de narcolepsia en el que comprar sustituye al conflicto y por ende cancela la historia.

Obviamente mi resumen es muy apretado –alguien podría declararme inepto para enseñar en una universidad– y sirve de blanco para la docta crítica, sin embargo, si abrimos el periódico hoy –¿todavía se lee en papel?– es imposible no constatar que el fin de la historia que propuso Fukuyama (quien popularizó una idea de Alexandre Kojève), justo al caer el Muro de Berlin, se verifica con la visita de Obama a Cuba.

Cuando el Air Force One entró al espacio aéreo cubano, liquidó la dialéctica (o los restos fosilizados que quedaban), el bloqueo y ese complejo de inferioridad tan latinoamericano llamado antiyanquismo. Cuba será el mercado que le faltaba al área de libre comercio que de facto es América Latina –me gusta pensar cómo Chávez se retuerce en su tumba–.

Lo que describo no es necesariamente malo. Donde se hace más patética la primacía del binomio democracia liberal/economía de mercado[1], o más sencillamente del american way of life, es  en la foto que abre la entrada y que representa mejor que ninguna otra esta visita de Obama a La Habana. En ella se ve al Air Force One, un Boing 747 personalizado, volando sobre un par de esos carros de museo que abundan en La Habana y que harían las delicias de Chip Foose. Hay una brecha, tal vez insalvable, de 60 ó 70 años entre ambas tecnologías, que representa una más grande aun, que va de la premodernidad a la postmodernidad. He ahí la única promesa cumplida del castrismo: podrirte en el tiempo, aunque excusándose en el bloqueo.

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Imagen: sumarium.com/

La crítica de Trump sobre que Obama no fue recibido por Raúl Castro, no es relevante: solo artificios electorales, porque su sola presencia en Cuba muestra la aguda postración cubana que ya no puede ordeñar a su quebrada colonia venezolana. Incluso si Trump ganase la presidencia y desanduviese un poco la política exterior de Obama, basta mirar la lista de empresarios que desembarcaron con Obama[2], para entender que la inviabilidad del modelo cubano que Fidel Castro confesó justo antes de sucumbir a esa senilidad que tanto parece disfrutar Nicolás Maduro[3], está siendo resuelta con dólares estadounidenses y adulación castrista –les va la vida en ello–, en un proceso irreversible que coloca a la así denominada Revolución Cubana como un desvío más, aunque terrible, en la fatal marcha de la historia hacia la satisfacción idiota de comprar en un mall y ver reality shows.

 

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[1] Aquí debo citar la posibilidad mencionada por Fareed Zakaria de que a los distintos tipos de capitalismo le correspondan distintos regímenes políticos, no siempre democráticos, lo que no hace inviable una sociedad tal. Ahí está China para demostrarlo o tal vez Cuba en el futuro

[2] Hay información relevante sobre el tema en este enlace: http://www.lanacion.com.ar/1881622-quienes-son-los-empresarios-que-acompanan-a-barack-obama-en-su-visita-a-cuba.

[3] Aunque luego la propaganda cubana le enmendó la plana al ‘Caballo’, su declaración puede leerse en este enlace: http://www.theatlantic.com/international/archive/2010/09/fidel-cuban-model-doesnt-even-work-for-us-anymore/62602/.

 

Bolas de paja

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Imagen: Wikipedia

Where have all the cowboys gone?

 Paula Cole

El western es mi género favorito. Desde El Llanero Solitario de la televisión (muy lamentable la mamarrachada para cine en la que participó Johnny Depp hace poco[1]) y hasta cada uno de los personajes de John Wayne, los vaqueros me dotaron de dos ideas fundamentales: el mundo se divide entre buenos y malos (nosotros siempre somos los buenos) y si matas –o hieres en la mano– suficientes malos, el mundo es mejor.

Ya sé que Clint Eastwood mató al género en 1992 con su Unforgiven[2] y hoy es imposible ver una de vaqueros en el cine –de hecho la última que vi, en 2011, fue un refrito de  True Grit[3]– o en la televisión (salvo por Deadwood), pero durante mi niñez, cada domingo a las 5 de la tarde tenía una cita con los vaqueros en Cine del Domingo de Venevisión.

Vi tantas películas de vaqueros que deberían darme la nacionalidad estadounidense. O no tanto, porque ya de adulto descubrí que la mayor parte de esos westerns de mi infancia eran un simulacro cultural: películas filmadas en España, con una crew entre italiana y española. Lo único gringo eran las caras sin afeitar de Eastwood, Wallach y Van Cleef. Me tomaría algo de tiempo descubrir a John Ford o a Sam Peckinpah y sus westerns más auténticos.

Y es que viéndolo bien, los símbolos culturales estadounidenses son tan artificiales como los de cualquier otro país –¿cuán representativo es hoy el francés de boina y baguette?–, algo que precisamente queda en evidencia en su subcultura vaquera. De esta, hay dos íconos que muestran esa hibridez –García Canclini dixit– o burla que es toda identidad cultural.

Por un lado están esas bolas de paja que ruedan por el oeste americano –y en el imaginario de lo que creemos que es genuinamente yankee–, parte ineludible de un decorado en buena medida kitsch. Pues bien, resulta que esas bolas de paja o hierba rodante (Salsola tragus) son un cardo originario de Rusia (toda una ironía durante la Guerra Fría: no entiendo cómo el senador McCarthy no las persiguió), que contaminó semillas de lino sembradas en Dakota del Sur entre 1873 o 1874, según leo en National Geographic. La raíz de esta planta que crece en todo tipo de suelo, se debilita cuando está cargada de semillas, para que, y gracias al viento, pueda reproducirse como una verdadera plaga que ha colonizado todos los estados menos Alaska y Florida, sigo leyendo en la revista.

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Imagen: flowers4u.wordpress.com/

Pero, el símbolo cultural estadounidense por excelencia es el carro, y uno de los mejores fabricados nunca es el Ford Mustang, que toma su nombre precisamente de la cultura vaquera, del caballo salvaje de ese nombre. Desde los comerciales de Marlboro hasta los nombres de infinidad de equipos deportivos, el mustang define parte de la identidad cultural estadounidense, eso que de libre –en realidad violentamente criminal– se adjudica a sí misma esa sociedad. Bien, como es harto conocido, la palabra mustang es un derivado de la palabra española mestengo que es como se llamaba a los caballos extraviados introducidos por los conquistadores, de los cuales descienden todos los caballos del Nuevo Mundo.

En estos días en los que el chavismo da estertores intentando por enésima vez, con discursos y demás pendejadas, que prenda el sentimiento anti estadounidense en un país profundamente pitiyanqui desde hace más de cincuenta años –otra muestra de las promiscuas identidades culturales que construimos–, pienso en bolas de paja rodando en el desierto.

 

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[1] Es sorprendente lo malo de cada adaptación cinematográfica del personaje: cada una es peor que la anterior.

[2] En estos enlaces hay unas mejores descripciones del género que las que hago en mi modesta entrada: http://www.jotdown.es/2016/01/el-western-notas-sobre-un-genero-difunto/, http://www.jotdown.es/2016/03/el-papel-o-papelon-de-los-indios-en-el-cine-i-el-salvaje-despiadado/ y http://www.jotdown.es/2016/04/papel-papelon-los-indios-cine-ii-lavando-la-conciencia-3/, respectivamente.

[3] Las últimas dos películas de Tarantino y A million ways to die in the west (2014) son solo bufonadas.

Killer app

Postales con  el Correo de Carmelitas, Caracas.  Imagen: articulo.mercadolibre.com.ve/

Postales con el Correo de Carmelitas, Caracas.
Imagen: articulo.mercadolibre.com.ve/

The best documented claim (Xenophon) attributes the invention to the Persian King Cyrus the Great (550 BC),[4] who mandated that every province in his kingdom would organize reception and delivery of post to each of its citizens. He also negotiated with neighbouring countries to do the same and had roads built from the city of Post in Western Iran all the way up to the city of Hakha in the East.

Wikipedia

No creo que siempre el futuro será mejor que el presente, o que éste invariablemente supere al pasado. Con frecuencia los cambios que ha traído la aceleración moderna del tiempo solo han empobrecido la vida. Al menos la mía.

Una killer application es una muestra de lo que digo. No creo que haber cambiado el correo postal por el correo electrónico –quizás tampoco el que los hombres hayan dejado de usar sombrero–, haya sido un avance. No sé definir con precisión lo que se perdió, pero creo que un mundo en el que no se escriben cartas en papel[1] es un mundo más chato, menos civilizado.

Algo similar pasa con el periódico –por no hablar de los libros–. Hoy en día las redacciones digitales tienden a engullir el periodismo y en los cafés ya casi no se oye el crujir de las páginas: ahora solo se ve el silencioso deslizar de dedos sobre una pantalla. La ablución mañanera con su ritmo, con su olor y manchas de tinta fue sustituida por algo no necesariamente mejor.

En Venezuela tenemos la paradoja de que no son los avances tecnológicos los que nos están dejando sin periódicos, libros impresos, medicinas, dignidad o servicio postal. No podía ser de otra manera: en vísperas del siglo XXI el país eligió para dirigirlo a un ignorante enamorado de las cargas a caballo del siglo XIX.

Siempre hemos sido una nación primitiva, atrasada, pero antes nos engañábamos un poco manipulando como monos ese sucedáneo de modernidad encarnado en la tecnología. Ya ni siquiera tenemos ese espejismo.

Así, hoy en Venezuela no hay servicio postal público porque hayamos superado a la mensajería instantánea, los mensajes de texto o twitter para comunicarnos –de hecho tenemos la velocidad de conexión más lenta del continente–, sino porque no hay con qué pagarle a las aerolíneas para que transporten la correspondencia[2].

Por esto, en un país que pretende emular al más rancio comunismo, tanto por el abandono del correo público –que nunca fue bueno por decir lo menos– como por la escasez, uno de los negocios más florecientes es el de los courriers privados. Para tratar de ocultar un poco la escasez que alcanzaba más de 20% en la última medición publicada, ningún servicio puede transportar dentro del país alimentos o medicinas. De todo lo demás que no se consigue están abarrotadas las oficinas de esos courriers.

Emisión rusa de estampillas con la cara de Chávez. Imagen: ve.globedia.com/

Emisión rusa de estampillas con la cara de Chávez. Imagen: ve.globedia.com/

Hoy traté de mandar una postal a Rusia, a una pequeña ciudad de Los Urales –tengo manías como mandar cartas escritas a mano y cometo estupideces como usar el correo público–, aunque hace unos meses sin saberlo me habían estafado cuando pagué por el franqueo de otras postales que nunca llegaron a su destino.

Aun sabiendo que no podía entregar mi correo –porque desde finales de 2013 el servicio postal venezolano no despacha correspondencia fuera del país–, alguien hizo la pantomima de pesarlo, decirme cuánto era, pegarle las estampillas y darme una factura que sirve –esta es la mejor parte de la burla– para seguir en la red el recorrido de la correspondencia hasta su destino. La única diferencia entre Ipostel y DHL –aparte del color amarillo por supuesto– es que Ipostel no entrega el correo[3].

Creí que como se trataba de Rusia; un aliado, una fuente de inspiración –u otro chulo que nos desangra, todo depende de cómo se mire–, no habría ningún problema, a fin de cuentas Rusia encarna al enemigo por antonomasia del Imperio[4] y las comunicaciones cuando se trata de que nos vendan armas son muy fluidas.

Pero no hubo suerte: una empleada me indicó que ‘tenemos problemas con Rusia’ –creo que al comandante galáctico no le hubiese gustado oír eso–, y además ‘solo entregamos cartas a países de América y Europa’ –me pregunté con sorna por la integración Sur-Sur, por el mundo multipolar y demás sandeces de redención tercermundista pagadas con petróleo venezolano–.

Traté de explicarle a la tovarich que la ciudad de Белебéй a la que escribía queda exactamente en la frontera entre Europa y Asia, pero fue inútil. Venezuela, el país potencia según la delirante propaganda más reciente, no despacha correspondencia a Rusia.

Quién puede dudarlo: el chavismo es una letal y demencialmente absurda killer application: nos obliga a sustituir laparoscopías por oraciones a José Gregorio Hernández, nos impone el uso del desodorante roll on, o hace que cambiemos la luz eléctrica por velas.

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[1] Algún idiota podría alegar la ventaja ambiental de no escribir cartas en papel y no imprimir libros o periódicos, pero lo haría sin considerar el impacto ambiental del uso de la tecnología digital. Piénsese a título de ejemplo en la huella de agua que deja la fabricación de una tableta.

[2] Incluso un pasquín chavista como Últimas Noticias lo reseñó así: http://www.ultimasnoticias.com.ve/noticias/actualidad/politica/denuncian-fraude-de-ipostel-en-envios-internaciona.aspx.

Timbre fiscal con la cara de Chávez. Imagen: correodelorinoco.gob.ve/

Timbre fiscal con la cara de Chávez.
Imagen: correodelorinoco.gob.ve/

[3] El servicio postal público fagocitado como todas y cada una de las instituciones del país, no despacha correo al exterior porque se le debe a las aerolíneas –y dentro de las fronteras por simple ineptitud–, pero desde abril de 2013 Ipostel ha impreso al menos un par de emisiones (también Bolivia, Irán y Rusia han hecho emisiones ‘chavistas’) de millones de estampillas –tanto postales como fiscales, para que no olvidemos que no hay diferencia entre el patrimonio público y el de la banda en el poder– con la cara de Chávez. Si no entregan el correo, ¿para qué coño emiten sellos postales?

[4] Si se escribe a Estados Unidos desde Venezuela, Ipostel no solo no entrega el correo, sino que además pide una copia de la cédula de identidad para que algún esbirro la archive.

País Po

Thinking to get at once all the gold the goose could give, he killed it and opened it only to find nothing.

Aesop. The Goose with the Golden Eggs

 

Hasta hace poco el animal que representaba a Venezuela era el turpial. Esta diminuta pero vistosa ave era un símbolo del país. No éramos un águila fiera o un león, sino un pequeño pájaro insectívoro con su particular canto.

Pero en una nación gatopardiana –más animales como metáforas– ese animal ya no nos representa. No lo había advertido hasta que hace unos días me tropecé con un artículo de prensa[1] en el que un guasón nos describe como “el oso panda favorito de China”.

Que Venezuela sea un panda chino puede ser considerado desde la real politik o desde la más chiclosa cultura pop. Empecemos por la primera.

Es bien conocida la llamada Diplomacia del Panda china que se remonta al siglo VII y que revivida por Mao, consiste (al menos hoy en día) en un ejercicio del soft power en el que los taizidang regalaban antes y alquilan hoy, pandas gigantes a países con los que tienen serios diferendos. A fin de cuentas ¿quién se resiste a la estampa de un oso juguetón que parece más bien un peluche con baterías que nunca se gastan[2]?

En otras palabras, los pandas se usan como moneda: un animal que aumenta espectacularmente la entrada en los zoológicos –aunque por el que se paga una tasa anual de hasta un millón de dólares anuales por diez años que es el período por el que el régimen chino los presta– se intercambia por algo de aquiescencia para con el Imperio Chino.

Ahora bien, si somos un panda de la reserva china, eso significa en principio que podemos ser usados, intercambiados, vendidos, como regalo. Luce poco probable que los chinos nos cedan como obsequio de buena voluntad: el petróleo –y paradójicamente la corrupción chavista– hace al país demasiado valioso. Pero no deberíamos olvidar que aún nos ubicamos geográficamente en el patio trasero de Estados Unidos.

Por otra parte y aunque suene demasiado pop o kitsch, al pensar en Venezuela como el oso panda favorito de China, la imagen que se me viene a la cabeza es la de Po, ese divertido y panzón personaje de la franquicia Kung Fu Panda.

Como en el dibujo animado Venezuela también es torpe y le cuesta moverse porque un gran lastre la atasca. También el país es dueño de un don valiosísimo gracias al azar. Pero donde el símil se me antoja más acertado es en que como se sabe, Po tiene como tutor a un panda rojo (aunque albino): el maestro Shifu. Es este un oso mucho más pequeño que ni siquiera es de la misma especie y que no debería someter a un oso tan grande como el gordinflón Po. Venezuela –un país de comiquita– también se somete a un viejo animal rojo que no debería dominarla.

De hecho, he señalado –nada originalmente– que en la postración venezolana actual se da un fenómeno inédito. Nos sometemos económicamente a China[3], lo que en realidad significa sometimiento político[4], para poder pagar el dominio de Cuba sobre el país.

Un dragón drena a un turpial para que este mantenga a un…, lo olvidé, ¿cuál es el animal emblemático de Cuba? ¿Sigue siendo el caballo o ya no?

 

[1] Que puede ser leído en este enlace: http://www.talcualdigital.com/Nota/visor.aspx?id=106442&tipo=AVA.

[2] Hablo como lego, pero ¿no hay insectos feos y desagradables que son más valiosos para la vida en el planeta? A fin de cuentas ¿qué hace un panda? ¿Mascar bambú todo el día? ¿Aparearse cuando está de humor?

[3] Basta leer esto para entenderlo: http://www.el-nacional.com/economia/Deuda-Venezuela-China-reservas-internacionales_0_449955144.html.

[4] Ya las calificadoras chinas están evaluándonos con el ‘neoliberalismo’ salvaje que se le achacaba al FMI, según puede leerse en este enlace: http://prodavinci.com/blogs/cuando-los-chinos-pierden-la-confianza-por-beatriz-de-majo/.

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