Do ut des

nada

Imagen: laverdad.com/

En el uso de las locuciones latinas se da además una actitud mixta. Esto se debe a que, en ocasiones, son usadas por personas que no conocen bien la lengua latina, lo cual es motivo de errores frecuentes.

Wikipedia

 

Virtualmente la única patina de cultura que adquiere la aplastante mayoría de los abogados venezolanos en la universidad es uno que otro latinajo, un barniz muy delgado, más bien un simulacro, no en vano el de los abogados, fue uno de los primeros grupos de la sociedad –justo después de los militares–, en adoptar la neolengua chavista.

Incluso mucho antes de 1998 los tiempos de un Rafael Caldera en la facultad de derecho de la UCV, con su atildado castellano, se confundían con una prehistoria mítica. De hecho, lo más probable es que, incluyendo universidades públicas y privadas, un estudiante se gradúe de abogado –cada vez menos en medio de esta diáspora que los convierte en buenos braceros en la cosecha colombiana de café muy lejos de los estrados– sin haber leído jamás no digamos a Weber, Hobbes o Montesquieu, sino a Bobbio, Bovero o Ferrajoli –¿demasiados italianos en mi lista? Bien, lo cierto es que nuestros doctores también se gradúan, incluso de postgrado, sin leer a Schmitt, aunque luego alguno de ellos disfrazado de magistrado lame botas se atreva a citarlo en la inauguración de esos aquelarres llamados inauguración del año judicial–. Así, como pasa con los chimpancés y los objetos brillantes, nuestros abogados se deleitan con los eiusdem, de cujus y ut. supra, aunque el paroxismo lo alcanzan cuando un incauto cliente pregunta: “Doctor: ¿quién es el de cujus?”, momento en el cual el jurisconsulto criollo pone su cara de perdonavidas y responde: “El muerto”.

De mi propia lista de latinajos recordé el que le da título a este scherzo cuando nuestro dictador de hoy, impúdicamente –sí, ya sé que acabo de escribir un pleonasmo: ¿qué dictador no es impúdico?– compró votos hace poco en la plaza pública explicando que esto es dando y dando. El latinajo que cito se traduce como doy para que des y es uno de los ejes sobre los que se articula la obligación jurídica.

¿Qué nos ha dado el chavismo? Si excluyo a los que robaron y roban, la respuesta es muerte, hambre, exilio, vergüenza. La dictadura caerá solo cuando decidamos darle al chavismo exactamente lo que nos ha dado. Y la democracia, si es que erigimos una sobre estas ruinas, deberá hacer constantemente lo mismo como una obligación inagotable.

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Locos

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Imagen: dvdizzy.com/

Encerrado en el navío de donde no se puede escapar, el loco es entregado al río de mil brazos, al mar de mil caminos, a esa gran incertidumbre exterior a todo. Está prisionero en medio de la más libre y abierta de las rutas: está sólidamente encadenado a la encrucijada infinita.

Foucault

 

Hay una escena en One Flew Over The Cuckoo’s Nest (1975), obviamente del recientemente fallecido Miloš Forman, en la que Jack Nicholson intenta convencer a unos locos de que voten a favor de que los dejen ver la Serie Mundial en el manicomio. Se acerca a uno tras otro, sopesa si pueden entenderle, renuncia ante algunos cuando perciben que están más allá de toda comprensión, tiene el tiempo en contra: va a empezar el partido –solo un fanático del béisbol puede percibir con tanta claridad el paso de los segundos– y ese frío demonio que es la enfermera Ratched puede salir con una triquiñuela –como en efecto lo hace–. Frenéticamente hace uso de toda la quincallería de la mercadotecnia política: prometer, sobornar, crear necesidades donde no las hay, etc. Una vez que han votado, es patético el conteo, arañando una mano levantada aquí por un esquizofrénico, más allá por un bipolar. Es notable cómo el personaje de Nicholson, McMurphy, es candidato, partido, votante y jefe de campaña a la vez, lo único que no es –y por eso fracasa–, es autoridad electoral.

Se ha insistido mucho en que Nicholson hizo su carrera gracias a su natural cara de loco, esa expresión de enajenado enmarcada por la ubicación natural de las cejas que vemos en The Shining, Las brujas de Eastwick o incluso en esa mamarrachada que es Anger Management, pero paradójicamente –o acertadamente, congruente con el arte de Forman– en esta película la cara más representativa de su personaje rodeado de locos es la de derrota, no la de locura.

Forman explicaba que viniendo de la Checoslovaquia tras la cortina de hierro le resultó fácil filmar esta película en la que una persona le imponía a otras cuando fumar, qué ver en televisión, qué música oír, dónde pararse, etc., en ese sentido One Flew Over The Cuckoo’s Nest es una película política, una metáfora del totalitarismo o de la libertad, además de por supuesto una película muy bien hecha que ha envejecido muy bien. Esa intención metafórica era muy marcada en la novela de Ken Kesey en la que se basa la película.

Echando mano de la metáfora que es la película no puedo dejar de pensar en Venezuela hoy. Desde inicios del siglo XX se ha considerado que nuestra comunidad política asemeja un inmenso manicomio: a Gómez se le motejaba como el loquero de Maracay, la locura de Diógenes Escalante produce la dictadura de Pérez Jiménez, durante la democracia entre 1958 y 1998 hay más de un delirio demente; sobra escribir sobre los rasgos marcadamente enajenados de Hugo Chávez. Pero viendo la película de Miloš Forman advierto cómo se invierten los papeles en el miserable manicomio que hemos construido. Hoy no es el cuerdo el que busca que los locos voten: son los locos los que quieren que los cuerdos votemos. Y entiendo perfectamente que estos locos no son esos enajenados disueltos en la nada de la película; estos son unos locos que saben sumar muy bien, pero que no perciben cómo al pervertir más el lenguaje –quién podría creer que con Falcón el chavismo se va, si Falcón mismo es como un herpes chavista que, escondido en el sistema linfático de nuestra polis comatosa, reaparece cada vez que las defensas bajan aún más– se condenan a la esquizofrenia; cómo, con la farsa a la que desesperadamente nos invitan el 20 de mayo se convierten en internos del manicomio, unos a los que, llevando la bata de traidores, les convendría saber que el título en español de la película es Atrapados sin salida.

Mineros

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Imagen: copblock.org/

Somos como un campamento y tenemos cultura de campamento.

Cabrujas

 

Hace una semana terminó la tercera temporada de Mr. Robot, la más posmoderna de las distopías modernas: una en la que un grupito de hackers con graves problemas mentales destruye el sistema bancario mundial, que es reemplazado, sin que ellos lo quieran –los banqueros siempre ganan–, por un mundo en el que el único medio de cambio es una critomoneda; the e(vil) coin. Veo la serie no porque yo sea muy avant garde, sino todo lo contrario; para tratar de entender, de ponerme al día. Que el valor de cambio universal sea cada vez más abstracto, más virtual, es la marca de una sociedad por venir. Eso me hace pensar en esa reciente insensatez del más güevón de nuestros dictadores, el petro, la criptomoneda de Venezuela, un país desahuciado.

Se dice que Maduro ha sido subestimado, y tal vez haya sido así en alguna medida, pero Maduro no tiene la inteligencia zorruna de Gómez, la eficaz violencia de Pérez Jiménez o la demencia intuitiva de Chávez; su destreza es otra: es demasiado parecido a una versión de los venezolanos, a ese pendejo con suerte, con mucha suerte, que aprovecha el chance de drenar al Estado. De ahí a las criptomonedas de mengua solo hay un paso.

Con toda seguridad Maduro no entiende cómo carajo funciona una economía en la que el dinero es virtual porque ha demostrado con creces que no entiende cómo funciona una donde pueden tocarse los billetes y monedas, pero lo que Maduro sí entiende, porque la comparte, es esa profunda pulsión nacional de asumir la economía solo como las posibilidad de vivir de la renta de una mina. Poner un pico y una pala en el lugar de las cornucopias del escudo sería un sincero ajuste de la identidad nacional.

Tal vez alguien le explicó –con palabras sencillas– que las criptomonedas se minan (se desencriptan) automáticamente con unas poderosas computadoras. Lo que produce ganancias en dólares. De ahí a imaginarse una sala llena de computadoras minando –algo que ya hacían en Caracas algunos adelantados desde mediados de año bajo la ávida supervisión de la Disip (lo siento: en otro lugar he explicado que me gustan los viejos acrónimos para referirme a los esbirros)– como un establo de vacas que son ordeñadas por una máquina debió pasar menos de un segundo. No importan las burbujas que evaporan un tercio del valor del bitcoin en un día, los apagones, nuestro atraso: hay que minar para sobrevivir, para pagar vinos y relojes caros en Europa.

Porque es que esa imagen está ahí, empotrada en nuestro ADN y alimentada con toda la educación y los medios de nuestra atmósfera cultural: achinchorrado, mientras el balancín sube y baja en algún lugar, soy rico, porque el hombre nuevo; el homo chavista –en realidad el adeco de hoy y de pasado mañana– es un minero, ese que se financió la emigración importando aire o más modestamente revendiendo electrodomésticos Haier, que raspaba tarjetas; ese que acapara los vales del hambre hoy.

De hecho, no hay diferencia entre la alucinada criptomoneda chavista y el arco minero o el control de cambio, ni siquiera con las llamadas misiones y su profusión de adjetivos –gran, muy grande, híper, mamarra, etc.–, o antes con la Gran Venezuela; no en balde la oferta es respaldar el espejismo del fulano petro con barriles de petroleo: una mina en garantía de otra mina. Este es el mismo irresistible llamado genético que nos dice que una vez agotada la veta hay que abrir otra mina, mover la hamaca un poquito más allá y esperar que los pendejos que echan pico y pala hagan su trabajo. En eso hemos estado desde la extracción de perlas en Cubagua hace más de cuatro siglos hasta hoy. Sin advertir que los pendejos somos nosotros, y que minamos para los pocos cerdos que son más iguales dentro de la mina chavista, con todo y paludismo.

En eso el chavismo ha demostrado cómo es nuestra justa representación, un retrato fidedigno, así amaestró a buena parte de la clase media –y no tanto– y la puso a minar no hace mucho con los dólares de Cadivi y somete hoy, a mucho de ella de buena gana, a lo que queda de sociedad con las cajas del hambre y el carnet de la miseria.

Me gusta cómo las palabras se burlan de un régimen que es su enemigo. Para terminar mi pendeja descripción de la mina en la que me pudro me gusta la imagen de un cuerpo, casi cadáver ya, minado.

Un perro con todo

Filippo Saglimbeni

Puesto de perros de Filippo Saglimbeni en la plaza Altamira. Imagen: laguiadecaracas.net/

 La mejor salsa es el hambre

Anónimo

 

En Venezuela hay una escatológica cercanía entre perros y comida. Acusamos a casi cualquiera que venda comida ambulante –chauvinista, aunque no del todo infundadamente, los chinos que casi siempre venden comida en locales establecidos; esos templos de la cerveza fría y el kitsch, encabezan el ranking– de beneficiar perros callejeros –también gatos y ratas[1]– y servírnoslos en las más diversas y sabrosas preparaciones, desde pinchos hasta valga la redundancia; perros calientes.

Alrededor de estos últimos podríamos tratar de deducir unos poco rasgos de una autentica –en realidad falsa como todas ellas– identidad cultural del venezolano[2]; que si la receta local refleja nuestro barroquismo e hibridez cultural, cuando lo cierto es que en cada país de América Latina la versión de los hot dogs incluye las más diversas y sabrosas porquerías, de esas que te hacen explotar el corazón a los 40; que si tenemos una postura casi que condicionada genéticamente para comerlos –con el culo echado para atrás y la boca desmesuradamente abierta–, etc. Aquí lo escatológico está en la falta de higiene que le achacamos a la versión callejera; en Venezuela comemos un asquerosito –conozco a una jovencita que picaronamente le dice al perrero: “dámelo con todo y amibiasis”– no un perro caliente, mucho menos un pancho. Sin embargo, al mismo tiempo, nada congrega más en una ciudad venezolana que un carrito callejero de perros calientes –fue patrimonio de  Caracas el carrito del fallecido Filippo Saglimbeni en Altamira[3]–, solemos dar las direcciones usándolos como hitos: dos cuadras más allá del perrero, llegas donde el perrero y cruzas a la derecha y así.

Desde mediados de los 90, una de las formas más harteras de atacar a la democracia fue el infundio de que los pobres comían perrarina, como si de verdad un bodeguero de La Línea pudiese vender al detal perrarina a un precio que pudiesen pagar quienes solo podían comprar una harina pan –¡ah! tiempos aquellos– para toda la semana; o como si en la cola del jeep para la parte alta del cerro alguien hubiese podido exhibir su riqueza con la bolsa de varios kilos de perrarina para el firulais meztizo y garrapatudo del rancho. Nunca fue cierto, la democracia no obligó a los más pobres a comer perrarina, simplemente porque no podían pagarla, no merecía ser destruida por eso. Hace más de un año un periodista jodedor se merendó un tazón de perrarina para ilustrar una nota sobre el engaño, según puede verse en este enlace: http://elestimulo.com/blog/en-verdad-la-gente-puede-comer-perrarina/

Pero tal vez el hito que resemantize esa relación entre perros y comida obligándonos a mirar nuestra miseria sea la noticia de hace una semana sobre unos hombres descuartizando un perro para comer –sí, ya sé: ¿para qué otra maldita cosa se descuartizaría un perro?– cerca del mercado de Quinta Crespo, en la misma Caracas de los perros del señor Filippo. El lugar común es decir que el chavismo llegó para impedir que la gente volviese a comer perrarina y terminó haciéndonos comer perros. Pero tal vez ahora decirle perrero a alguien signifique otra cosa, tal vez ahora algunos sientan asco de verdad al comerse un perro con todo.

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[1] En realidad la relación, que creo no es exclusivamente nuestra, sería entre comida y animales en general. Es famoso el rumor sobre que el diablito se hacía con ratas –algunos advertían un imperceptible cambio de color en el jamón endiablado– algo que incluso afectó las ventas.

[2] Siempre recuerdo haber visto como a un extraterrestre maricón –mi homofobia es como esas verrugas en las palmas de las manos que tanto nos avergüenzan pero que no podemos eliminar– a un tipo que a mi lado en una de esas madrugadas etílicas venezolanas pidió un perro “solo con mostaza” como si estuviese en Brooklyn. Aparte: en 2014 los perrocalientes Santa Salsa del venezolano Sergio Barrios fueron premiados como los mejores de Nueva York.

[3] Hay una anécdota en la que Petkoff llega de madrugada con un comando guerrillero urbano pidiendo perros con todo al tiempo que ofrece pagar escrupulosamente la cuenta.

Esta satrapía ya es mayor de edad

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Imagen: notihoy.com/

Ainsi nous avons la démocratie, moins ce qui doit atténuer ses vices et faire ressortir ses avantages naturels; et voyant déjà les maux qu’elle entraîne, nous ignorons encore les biens qu’ell peut donner.

Tocqueville. De la Démocratie en Amérique

 

Es gracioso cómo en un país sin ley hay opiniones jurídicas. Para un abogado no son divertidas, son un recordatorio de su derrota, de que su título es un pedazo de pergamino con firmas y sellos que no vale nada.

Una de las que se repite por estos días, en los que el chavismo ejecuta otra de sus razias, es que, luego de que el Parlamento declarara que ese sátrapa pendejo –o no tanto– llamado Nicolás Maduro abandonó el cargo estamos en una dictadura.

Esa declaratoria fue el 9 de enero pasado. Debe entenderse que de ahí para atrás éramos una democracia, no como la suiza obvio; más bien como esos simulacros tercermundistas en los que se vota de vez en cuando, y un payaso se tercia una banda de colores los días patrios y hace como que gobierna.

¿Es así? ¿Antes del 9 de enero de 2017 Venezuela era una democracia? Resumiendo –y robándome la frase de Vargas Llosa–, ¿cuándo se jodió esto? Tengo la impresión de que fue mucho antes de enero de 2017

Este país primitivo, suicida, eligió presidente a Hugo Chávez en diciembre de 1998. El país todo: su clase media, sus medios de comunicación, sus empresarios; gente que había ido a la universidad y se suponía que sabía leer, junto a la masa pobre –solo un poco más– que quería mejores migajas del festín. Hasta ahí todo muy democrático. Bueno, según nuestros estándares: votar por listas cerradas, usar recursos públicos en la campaña, tener candidatos que solo ofrecían repartir las migajas que ya mencioné o hasta reinas de belleza con peinados ochentosos.

Pero cuando se derogó la Constitución de 1961 por un procedimiento no previsto en ella se acabó la democracia –técnicamente se dice ‘rompimiento del hilo constitucional’–.

No importa el ejercicio manierista de hermenéutica constitucional que cualquier abogado pendejo intente: desde ese momento se liquidó la democracia venezolana y el cadáver de la nación se ha estado hinchando y pudriendo al aire libre desde entonces. Las colas por comida son las moscas.

Pero supongamos que soy un anti chavista radical, un fascista impúdico con su afiche de Mussolini, Hitler y Franco, que no entiende que la Constitución chavista fue votada en un cuasi plebiscito –nunca se estableció que pasaría si perdía la opción del sí: ¿se volvería a la Constitución de 1961? ¿Chávez gobernaría por decreto hasta que se pergeñase y se votase un nuevo texto? – en diciembre de 1999. Es decir: obviemos el pecado original y consideremos válido el orden jurídico chavista instaurado en 1999.

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Imagen: psuv.org.ve/

Si hiciéramos eso, tendríamos problemas. En ese lluvioso diciembre y luego de ser votada la Constitución, la Asamblea Constituyente designó a los titulares de los órganos del poder público no electos de acuerdo a un procedimiento no previsto por la nueva carta, además de a una así denominada Comisión Legislativa que fabricó leyes por casi un año luego de ese referéndum. Todas las elecciones del año 2000 fueron llevadas a cabo según procedimientos no establecidos en la Constitución y por autoridades que ejercían írritamente sus cargos. ¿Éramos una democracia entonces?

A finales de 2002, intentando expulsar al parásito chavista que tan gustosamente había ingerido en 1998, el país probó un laxante legal –luego de los vomitivos violentos al inicio del año–: el referéndum revocatorio convocado para febrero de 2003. Este no se realizó sino hasta agosto de 2004, justo cuando el chavismo podía ganarlo. ¿Cuán democrático es un país en el que las elecciones dependen de la voluntad del que manda?

En diciembre de 2007 a Chávez se le dio una soberana paliza cuando intentó modificar fraudulentamente su propia constitución mediante una reforma que no era tal. Esa derrotada reescritura sin embargo se llevó a cabo por medio de decretos y con ese golpe de Estado incruento que fue el referéndum de febrero de 2009 que le ponía un tornillo en el culo al ocupante de la silla de Miraflores. ¿Cuán democráticos éramos luego de que el Estado aplicase leyes rechazadas en comicios?

En 2012 las elecciones presidenciales se realizaron en octubre, justo a tiempo para que un Chávez moribundo fuese candidato. En diciembre de ese año, cuando tocaba hacerlas, renunciaba. De nuevo: se votó solo cuando Chávez podía ganar. El tufo a dictadura pútrida semejaba al de un cuerpo comido por el cáncer.

Al instante en el que se supo que había muerto el Gigantísimo Líder, Maduro era nominalmente vicepresidente. Según la Constitución chavista para ejercer la presidencia interina debía nombrarse al presidente del Parlamento, y si nuestro chófer quería ser candidato, en la inminente elección, debía separarse del cargo. Sabemos que Maduro ocupó la presidencia al tiempo que era candidato, usando todos los recursos del Estado venezolano para ganar una elección cuyo resultado él mismo reconoció dudosos cuando llamó a contar cada voto en aquella madrugada de abril de 2013.

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Imagen: albaciudad.org/

El 20 de octubre del año pasado unos esbirros, que gustan llamarse jueces, clausuraron el referéndum revocatorio que de acuerdo a las mismas reglas chavistas la oposición había logrado instrumentar. Hace casi un mes debieron realizarse elecciones de gobernadores, suspendidas de facto por esa junta de madamas llamada CNE. No solía estar muy despierto en las clases de derecho constitucional –el profesor estaba perdidamente enamorado de sí mismo y pagábamos el precio oyéndolo hablar de él durante horas–, pero un país donde no hay elecciones no calza con la definición de democracia según recuerdo.

Chávez ejerció el poder con poderes legislativos más de la mitad de su tiempo como mandón. Maduro lleva más de tres cuartas partes. Esa casa de putas togadas llamada TSJ no ha sentenciado nunca en contra del régimen desde 2004. ¿Cómo se denomina un sistema político en el que el parlamento no legisla y no hay separación de poderes?

Esta satrapía no se inauguró hace tres días: ya es mayor de edad. Solo la de Juan Vicente Gómez –quien murió en funciones– ha durado más. Hasta ahora.

Maduro y su padrino mágico

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Imagen: fairlyoddparents.wikia.com/

That’s all Folks!

 

Me tardé unos días en escribir esto pensando que se me habían adelantado. Pero no, nadie más, de todos los que han escrito, satirizó así la cobarde abdicación de Nicolás Maduro.

En buena medida es un lugar común identificar al chavismo con una comiquita, ¿qué podría ser más infantil que Chávez pretendiendo ser un Simón Bolívar con verruga al tiempo que imitaba a Fidel Castro? ¿En el universo pop venezolano que podría representar más un dibujo animado que Maduro?

Aunque el dolor y la miseria que estas caricaturas han dejado producen una terrible discrepancia con lo que es un divertimento para niños, lo cierto es que asumir la peste roja como una banda de muñequitos de colores en movimiento es paradójicamente una exacta descripción. Un mundo de ficción, un discurso cursi y violento al mismo tiempo que pudre una sociedad idiota.

Como se sabe, desde finales de los ochenta del siglo pasado, hubo una reinterpretación de las comiquitas y de las historietas (cartoons and comics). En los primeros resulta la versión que de las icónicas parejas como Tom y Jerry encontramos en Ren y Stimpy (The Ren & Stimpy Show). Hay incluso, en estas comiquitas todo un alegato feminista (escondido en la cultura pop más chiclosa) en The Powerpuff Girls.

Pero tal vez el nihilismo y la alienación de los Millennials están muy bien camuflados en esa comiquita, Timmy y los padrinos mágicos (The Fairly Oddparents) –sé que dejo de lado a Los Simpsons y a South Park–, en la que un niño pendejo solo tiene que pedir lo que sea para ser complacido.

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Imagen: el-nacional.com/

Al abdicar el poder que heredó en el gorila de Padrino López, Nicolás Maduro actúa exactamente igual que Timmy cuando pide una bicicleta: ¡Padrino concédeme que el hambre no me derroque!

Se ha mencionado hasta el hartazgo que en El tambor de hojalata, Oscar es un adulto con el cuerpo de un niño, precisamente porque Günter Grass hace la metáfora de una sociedad infantilizada que fatalmente debía engendrar al nazismo. Nosotros, los venezolanos, esos adultos ineptos incapaces de construir una comunidad política, también usamos el ruido como arma y nos negamos a crecer.

Lo que me preocupa no es que esa caricatura trágica que es Maduro haya terminado de entregar el poder político que nunca le perteneció, a sus verdaderos dueños desde que el chavismo se hizo con él, sino que hoy, la sociedad toda ve en los militares a sus padrinos mágicos.

Bolsas

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Imagen: elsiglo.com.ve/

Las muy asquerosas devoraban el aire: se habían propuesto rendirnos por asfixia.

Ednodio Quintero. La danza del jaguar

 

Racionar la comida en Venezuela, distribuyendo el hambre en bolsas, he ahí la más terrible y humillante constatación del fracaso chavista. Ni siquiera los apagones o los muertos de mengua en los hospitales alcanzan esta cota. Es el hambre.

Desde el cinismo chavista se nos dice que este es el non plus ultra del Estado asistencialista, el epítome del keynesianismo. Usan propaganda pagada por todos nosotros, los indigentes, para decirnos que no hay más allá en las políticas públicas que obligarte a hacer una cola por una bolsa con algo de comer, lo que queda, lo que ellos eligen que comas si te postras o pagas al malandro a cargo.

¿Se lo creerán ellos mismos? ¿Esos parásitos rechonchos que desangraron a Venezuela? No: ellos saben perfectamente que es un desesperado intento por evitar que el hambre los derroque.

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Imagen: noticierodigital.com/

Cuando pienso en el racionamiento de comida no puedo dejar de comparar las imágenes de Chávez recién llegado al poder con las que tenía al final, porque incluso antes de que los esteroides lo inflaran dándole esa apariencia tan congruente de sapo monstruoso con la que se murió; era un tipo gordo, bien alimentado. Su legado mismo encarna en la barriga de Maduro, ese otro inepto adiposo.

Rosendo, Raúl Salazar, esos generales hincados de la primera hora, también exhibían sus prominentes estómagos. Los demás militares, los flacos, pronto se sentarían ante el festín. Barreto aún tiene sus abundantes capas de grasa, ¿la mantendrá comiendo solo lo que viene en las bolsas de la humillación?

No, claro que no, porque los gerifaltes chavistas llegaron para darse un atracón de patria, para devorar. A veces, al sacudir la mesa caían algunas migas para los chavistas pendejos, y para el resto de nosotros. Hoy solo quedan las sobras en esas bolsas.

Es trillada la aseveración de que los griegos consideraban que quien no podía gobernarse a sí mismo tampoco podía gobernar a otros. Por eso supongo que el país merece esta humillación por haberle dado el poder a un delirante que no podía contenerse.

 

Becerro huérfano

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Imagen: @elestimulo

‘Como holocausto de olor agradable (…), ofrecerán un becerro, (…)’

Nm 29, 8-9

 

¿Cuántos Jefes de Estado declararían en radio y televisión que son unos becerros? ¿Dilma ante la venidera votación en el Senado que decidirá su impeachment dirá algo así como ‘Mientras más votan en mi contra más becerra me pongo’? ¿O Evo: ‘Mientras más hijos me descubran por ahí, más becerro me pongo’? No, solo Maduro, quien ladraba ayer en cadena de radio y televisión –esa omnipresente forma de corrupción que convierte a  todos los medios desde hace 17 años en voceros del chavismo quiéranlo o no–: “Mientras más me chantajeen, más me pongo becerro”.

Ya es común que Maduro exprese sus profundas deficiencias por medio del lenguaje. Las palabras no son sus amigas, desde esos inexplicables gazapos con la geografía nacional hasta aquello de leer ‘Maduro chúpatelo’, el idioma se le ha revelado como un enemigo más.

En un país inculto como el nuestro, a veces las palabras son como ese objeto brillante que encuentra un chimpancé. Chávez proveía a la horda de objetos para distraerse. Su lenguaje soez era parte del circo: escuálido, majunche, frijolito y demás zarandajas. Tal vez Maduro, en su vano intento de ser un sosías de Chávez –a su vez un sosías de Castro–, procura que la galería emule sus palabras. Pero, ¿quién quiere hablar como Maduro? ¿Quién quiere parecérsele?

En Venezuela ‘becerro’ es un insulto de pobres. Nada retrata más la marginalidad de alguien que oírle decir ‘Eres sendo becerro’. No entiendo del todo la ofensa que contiene, tal vez alude a la estupidez de los bovinos, a su mansedumbre que los convierte en bistecs. Por eso es aun más incomprensible que Maduro lo usase –salvo porque sea válido lo que leí en twitter sobre que en realidad quería decir verraco, algo que terminaría de delatarlo como colombiano– justo cuando el país le pide que se vaya de la forma que sea con tal de que sea ya.

El insulto tiene una variante: ‘becerro huérfano’. Un pendejo abandonado, solo.

 

Valiente soldado

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Imagen: panorama.com.ve

       A soldier who committed an act of theft (furtum) against civilians by contrast had his right hand cut off.

Wikipedia

 

Lo primero que leo hoy en lo que queda de prensa libre es que a los militares en Venezuela (putas bien pagadas) se les ocurrió un plan de adoctrinamiento de niños en escuelas y liceos. Uno muy cursi por cierto, porque hasta contempla un concurso de poesía. También hay uno de ensayos; buen chiste ese de que una cofradía de analfabetos proponga escribir ensayos y poemas.

La nota de prensa que puede ser leída en este enlace: http://www.el-nacional.com/politica/Min-Defensa-adoctrinar-escuelas-publicas_0_831516928.html#.VxULsuVnees, habla de exaltar la figura del así llamado ‘Valiente Soldado Bolivariano’, no otra cosa que un pretoriano chavista o un asesino de uniforme verde como sabemos bien desde 2014.

Me detengo en esa grotesca burla y me vienen varias imágenes a la cabeza: Chávez entregándose a sus socios militares como un cobarde en abril de 2002, disfrazado con un uniforme que era delito que usase, el rostro desfigurado de Geraldine Moreno, gorilas con la cara pintarrajeada marchando mientras gritan en Los Próceres, los soldaditos que cuidan y drenan las colas por comida, etc., etc. Pero no hay una sola referencia de bravura o valor con la que pueda vincular a los militares venezolanos.

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Imagen: panorama.com.ve

En Venezuela, los militares nunca han estado para defendernos –tal vez, salvo por un breve período durante la Independencia y en la derrota de la guerrilla–, sino para oprimirnos. La misma nota que denuncia el adoctrinamiento explica cómo el país ha perdido 1.321.950 kilómetros cuadrados sin que los militares hayan disparado un solo tiro. Sin ellos el chavismo se hubiese derrumbado hace rato. Chávez y Maduro amoldaron con evidente gusto sus culos al filo de las bayonetas.

Pero en esto de humillar y someter no hay absolutos. Estos valientes soldados en Venezuela, se hincan en Cuba. Falta un concurso sobre cómo arrodillarse, si de verdad se quiere honrar a los valientes militares chavistas.

Lame ducks

Emigracion

Imagen: Runrunes.com

Legislators represent people, not trees or acres.

Chief Justice Earl Warren

 

Hablar con expresiones idiomáticas –además de con groserías–, es la mejor prueba de que se domina otro idioma. Aparte: no hay nada más expresivo. Tomemos por ejemplo farfalla; una de las formas en la que los italianos llaman a la vagina. No creo que haya una mejor forma de describirla, en ningún otro idioma, incluyendo el lenguaje de señas.

En inglés hay un idiom sobre política que me gusta bastante: lame duck, literalmente  ‘pato cojo’, que alude al cargo de elección popular cuyo sucesor ya ha sido electo. Es traducido frecuentemente en español como ‘hombre de paja’. El caso emblemático es el mismo Presidente estadounidense, quien luego de la elección de noviembre de su último año, pasa a ser un lame duck. A veces lo es ya desde que gana su segundo término, porque la expresión alude en un sentido más amplio a la debilidad de quien ya no ejercerá nunca más el poder.

Ayer, el editorial de The Washington Post (que puede ser leído en este enlace: https://www.washingtonpost.com/opinions/venezuela-is-in-desperate-need-of-a-political-intervention/2016/04/12/d7071d98-00c9-11e6-9203-7b8670959b88_story.html?tid=ss_tw), que clama por una intervención política de los países de la región, encabezados por los Estados Unidos en esta Zimbabue caribeña llamada Venezuela, me remitía a un informe de Human Rights Watch de diciembre del año pasado (puede ser leído aquí https://www.hrw.org/tet/node/284410) en el que se describe cómo los legisladores chavistas –me parece exagerado llamarles así– cuyos sustitutos ya habían sido electos en esa paliza que la dirigencia opositora se niega a terminar en la calle, nombraron a los jueces –de nuevo una grotesca exageración llamarles así– que desarticulan cada intento del Parlamento por salir del chavismo usando su propia constitución.

En la versión en inglés del reporte a esos legisladores –varios de ellos analfabetos funcionales–, se les llama lame ducks. Los jueces que nombraron eran todos militantes chavistas, funcionarios rojos. Algunos de ellos solo eran jueces de primera instancia, de ahí saltaron –o cayeron– en esa sentina suprema.

Así ha sido desde 2004, cuando el chavismo tomó el control del así llamado Tribunal Supremo, para barrer los restos de miquelenismo que habían quedado de la colonización de 1999. En los últimos 12 años no ha habido una sola sentencia de las salas políticas de ese tribunal (todas en la práctica) que ponga en riesgo el ejercicio chavista del poder.

En contraposición, una de las formas que delatan que no se domina un idioma, son los juegos de palabras con la pronunciación incorrecta, ese jugar con ellas como si fuesen bloques de lego que no encajan pero suenan gracioso. Algunos de estos juegos son también agudamente elocuentes.

El lame que en inglés se pronuncia lɑːmeɪ, en español se lee ‘lame’. ¿Cuánto lame un togado o un diputado chavista antes de enchufarse? ¿Cuánto lame para mantenerse ahí?

Gisela Kozak Rovero

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