Pinturas en la Oficina Oval: Cobb’s Barns, South Truro y Burly Cobb’s House, South Truro de Edward Hopper

Imagen:  @WhiteHouse

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Everything we see hides another thing, we always want to see what is hidden by what we see (…)

René Magritte

Estos cuadros son escogencias de Obama, no forman parte de la colección de la Casa Blanca. Los pidió en préstamo a principios de año al Whitney Museum. En buena medida son entonces un indicador de su gusto artístico.

Edward Hopper, salvo por algunos pocos cuadros producto de su estadía en Europa, se dedicó a pintar motivos urbanos y rurales que se encuentran a lo largo de la costa este de Estados Unidos. Tenía junto a su mujer Jo un estudio en Nueva York y otro en South Truro en Cape Cod, al este de Massachusetts. Los cuadros escogidos por Obama son producto de su estancia en esta última locación. Fueron pintados por Hopper entre 1930 y 1933.

La primera pintura, Cobb’s Barns, South Truro, es un oleo sobre lienzo de 87.2 × 127.2 cm. La segunda, Burly Cobb’s House, South Truro, también es un óleo sobre lienzo y mide 64.1 × 92.1 cm.

En ambos destaca la ausencia de figuras humanas. Solo graneros y casas cerrados en la mitad del campo. Vacío, silencio. En el primer cuadro algunos han querido ver una alegoría de los efectos de la Gran Depresión en el campo. En ambos, tal vez, hay una alusión a la modernidad y la forma en la que lo urbano va desfigurando el entorno rural estadounidense.

Algunos críticos catalogan a Hopper como hiperrealista (creo que la etiqueta exacta es nuevo realista o realista americano). A veces la exageración de algunos de los rasgos realistas de sus cuadros lo acercan al surrealismo. Esas clasificaciones escapan a lo que conozco.

Cobb’s Barns, South Truro. Óleo sobre lienzo. 87.2 × 127.2 cm. Imagen: http://whitney.org/

Cobb’s Barns, South Truro. Óleo sobre lienzo. 87.2 × 127.2 cm. Imagen: http://whitney.org/

Me gusta la pintura de Hopper no porque la entienda, sino por lo que siento al mirarlas: soledad, alienación (hay una lectura interesante en este enlace: http://www.letraslibres.com/revista/columnas/el-pintor-de-la-soledad). Supongo que hablo como un emo algo viejo para la gracia, pero me atrae –esta es una interpretación totalmente silvestre– cómo esconde esa alienación en sus coloridos cuadros llenos de gente que no se mira entre sí o de casas vacías.

De vez en cuando sucumbo a manías con temas o autores. Con Hopper fue la última vez que pude satisfacerlas sin tener que recurrir a amazon y a las sevicias de los courriers. Hace poco más de un año pude comprar en una librería real todo lo que Taschen ha editado sobre Hopper, además de una pequeña joya de Lumen: Hopper de Mark Strand. Durante la convalecencia de una enfermedad irreal, las pinturas de Hopper fueron una buena medicina. Una desolación que cura.

No sé porqué Obama escogió a Hopper o más específicamente estos dos cuadros suyos. Sin embargo hay consideraciones de una curadora del museo sobre iluminación, tamaño y disponibilidad que se explican en este enlace: http://whitney.org/WhitneyStories/HopperPaintingsInTheOvalOffice.

Burly Cobb’s House, South Truro. Óleo sobre lienzo. 64.1 × 92.1 cm. Imagen: http://whitney.org/

Burly Cobb’s House, South Truro. Óleo sobre lienzo. 64.1 × 92.1 cm. Imagen: http://whitney.org/

Tampoco podría elucubrar qué le transmiten esas imágenes. Dado que de la lista de siete pinturas en la Oficina Oval, solo escogió las dos de Hopper, es probable que estas sean las que más le gusten.

Le quedan un par de años para mirarlos junto a los otros que he mencionado en esta serie de entradas. Se me ocurre que de ser venezolano, al dejar de ser presidente –sí; ya sé: en Venezuela no se deja de ser presidente salvo que el cáncer se trate en la Habana–, Obama tan solo descolgaría los cuadros y se los llevaría a su casa como parte de un botín.

Pinturas en la Oficina Oval: “Statue of Liberty” de Norman Rockwell

La estatua de la Libertad’ de Norman Rockwell. Al pie, la escultura Bronco Buster de Frederic Remington –el Oeste, otro Estados Unidos que tampoco existe ya–. Imagen: http://www.nrm.org/

‘La Estatua de la Libertad’ de Norman Rockwell. Al pie, la escultura Bronco Buster de Frederic Remington –el Oeste, otro Estados Unidos que tampoco existe ya–. Imagen: http://www.nrm.org/

We humbly beseech thee so to inspire us.

Scout prayer

 

La siguiente pintura que comentaré de las que están en la Oficina Oval es ‘La estatua de la Libertad’ de Norman Rockwell, pintada en 1946. Un óleo sobre lienzo de 54.6 x 43 cm, que sirvió de portada a The Saturday Evening Post y que Spielberg le regaló a la colección de la Casa Blanca.

Aunque esta pintura de Rockwell está en la Casa Blanca desde mucho antes de la llegada de Obama (desde Clinton), lo cierto es que este parece cercano a algunos temas del pintor. Obama personalmente pidió prestada al Museo Rockwell la pintura The Problem We All Live With de 1963 para una exposición en la Casa Blanca en 2011.

Hay algo de ingenuidad en la pintura de Rockwell. Sus portadas para The Saturday Evening Post o sus pinturas sobre boy scouts o peloteros, o la serie con la que representó las cuatro libertades del discurso de Roosevelt, parecen pertenecer todas ellas a un mundo irreal.

Si pienso en la tierra de la libertad y el hogar de los valientes, sin duda la imagen que me acompaña es la de una pintura de Rockwell. Tal vez es solo el anacronismo de mirar sus pinturas  con ojos de hoy.

En este cuadro la Estatua de la Libertad, en la que unos trabajadores se afanan en la antorcha, le da la espalda al espectador. Aunque es un motivo del artista y no representa una remodelación real del monumento, lo cierto es que un trabajo como ese parece hecho a la medida de inmigrantes: duro, peligroso y sucio.

Es un lugar común mencionar cómo los inmigrantes se tropezaban con la estatua de frente al llegar a Estados Unidos hasta principios del siglo XX. Al respecto sugiero esta lectura: http://www.nps.gov/stli/historyculture/the-immigrants-statue.htm, de la Estatua de la Libertad como icono de los inmigrantes.

Inmigrantes y trabajadores. Debería usar una sola frase en realidad. Solo emigran pobres que necesitan un trabajo. Nuestra arrogancia venezolana alimentada con petrodólares se resquebrajó precisamente cuando lo entendimos hace pocos años.

Antes mencionaba eso de mirar las pinturas de Rockwell con ojos de hoy. Ya los inmigrantes no llegan a Estados Unidos en barcos a la bahía del Hudson. La mayor parte de ellos, aun con el endurecimiento de los controles fronterizos –eufemismo para militarización y paramilitarización de la frontera–, llega por el patio trasero a través de la frontera con México.

Ahí no hay estatuas, ni iconos de ningún tipo que los reciban, a no ser por cactus y coyotes –de los que andan a cuatro patas– o rifles de minutemen posmodernos. Ya no hay nada de la belleza romántica del –insalubre, largo e incómodo– viaje en barco. Eso se ha trocado en la sordidez con frecuencia mortal de la trata de personas que huyendo de la miseria atraviesan un desierto para llegar a un país en el que siempre serán considerados mano de obra deportable.

¿Cómo hubiese pintado Rockwell a un wetback?

Pinturas en la Oficina Oval: “The Avenue in the Rain” de Childe Hassam

We are the Dead. Short days ago We lived, felt dawn, saw sunset glow, (…)

In Flanders Fields. John McCrae

 

La siguiente pintura –la cuarta– que comentaré de las que están en la Oficina Oval, es “The Avenue in the Rain” de Childe Hassam, 1917. Este es un óleo sobre lienzo de 106,7 x 56,5 cm que pertenece a la colección de la Casa Blanca desde los tiempos de Kennedy, y que Obama decidió que adornase la Oficina Oval desde su llegada a la presidencia.

Como se sabe, esta es una de las 30 pinturas de la ‘Serie de las banderas’ creadas por Hassam entre 1916 y 1919, inspiradas por un desfile en la Quinta Avenida de Nueva York que aupaba la participación de los aislacionistas Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial. A la que está en la Casa Blanca se le considera la más impresionista de la serie. En ella vemos banderas estadounidenses y sus reflejos casi indistinguibles, como borrados por la lluvia.

Hassam es el único impresionista de los exhibidos en la Oficina Oval hoy.

Atrapar en una pintura la impresión de un momento. Una percepción que puede durar solo segundos. Una contradicción insalvable. He ahí la definición de impresionismo, tan despectiva en su origen. Para conseguirlo las pinceladas debían ser frenéticas, lo que en buena medida le daba a los cuadros ese aspecto ‘inacabado’ que detestaba el vulgar gusto burgués.

La pintura impresionista me gusta –aparte del color y de esa tendencia a mostrar únicamente la parte bella de la realidad, como si el lienzo fuese refractario a la fealdad– porque más allá de ese lugar común, requiere ser completada siempre por la mirada del espectador. No hay otra forma de entender lo representado en los cuadros impresionistas de Renoir o Cézanne, por solo citar dos de sus maestros, que mirar desde la distancia correcta.

Esta pintura de Childe Hassam requiere sin embargo ser completada con una mirada más allá del marco. Porque en ella vemos las banderas antes de la guerra –aunque no exactamente en la tan común celebración insensata de la muerte–, y siempre va a faltar la imagen de las banderas luego de la guerra. Solo así un cuadro que llama a la guerra estaría completo.

 

Pinturas en la Oficina Oval: “The Three Tetons” de Thomas Moran

Imagen: wikimedia.org/

Imagen: wikimedia.org/

How the west was won and where it got us.

REM

 

La tercera pintura de las siete que cuelgan en la Oficina Oval hoy y que comento en esta serie de entradas es The Three Tetons de Thomas Moran, quien pintó en 1895 este óleo sobre lienzo de 52.4 x 77.5 cm, perteneciente a la colección de la Casa Blanca. Este cuadro es el único que sólo representa un paisaje natural, sin ninguna construcción humana. También es el único pintado por un artista de origen extranjero aunque luego nacionalizado.

En el cuadro está pintada la fila de montañas con el nombre mencionado (derivado del francés les trois tétons, Las Tres Tetas, ¿quién lo diría?: los gringos tienen su propia versión de Las Tetas de María Guevara), dividida entre los parques Yellowstone y El Gran Tetón, y que forma parte de las Montañas Rocallosas.

No he estado en los Estados Unidos, pero se me hace difícil imaginar un recodo verdaderamente salvaje en ese país. Están, cómo no; las áreas protegidas que contienen parques, bosques y manglares, pero aun las más extensas y recónditas se me antojan civilizadamente acotadas. Por más que Yellowstone haya sido el primer parque nacional del mundo –tal vez por eso mismo–, cuando pienso en la naturaleza de los Estados Unidos pienso en The Smokey Bear (el Oso Fumarola), un animal tan artificial que usa uniforme y habla.

Es un lugar común –no por ello menos cierto– que la modernidad estadounidense es el resultado del dominio de la naturaleza que se extendía hacia el oeste del país. Aún se muestra díscolo el clima con sus tornados y tormentas, amén de una que otra sequía, pero de resto hasta los terremotos se muestran domeñados hoy.

Las Rocallosas son la última gran barrera en el camino hacia el Oeste, que es el escenario de la primera expansión estadounidense. Porque se nos suele olvidar que mucho antes de tragarse la mitad de México, los Estados Unidos comenzaron a ser un imperio al unir San Luis con el Pacífico, asimilando todo lo que había en medio. Moran mismo hizo los bosquejos que usaría para pintar su cuadro mientras acompañaba una expedición militar.

Bandera del Estado de Wyoming. Imagen: wikipedia.org/

Bandera del Estado de Wyoming. Imagen: wikipedia.org/

El Oeste fue asimilado y la naturaleza que contenía fue convertida en esa versión ordenada y limpia que se exhibe en los parques nacionales del norte. Aunque propongo la idea –tampoco nada original– de que el salvaje oeste perdió lo salvaje a punta de ciudades, trenes y autopistas, pero no los hombres que lo conquistaron. De hecho, pronto el Pacífico dejó de ser la última frontera y –ahora sí luego de deglutir México– la siguiente expansión estadounidense se llevó a cabo en Filipinas y Guam (también en Cuba y Puerto Rico de este lado del hemisferio) al derrotar a España a finales del siglo XIX. En buena medida la expansión no ha terminado y tampoco nunca dejó de pelearse como en las Guerras Indias.

Tal vez Obama mira la pintura The Three Tetons y piensa en nuevas expansiones –¿a dónde?– o tal vez piensa como Adriano en 117 de nuestra era que ya el Imperio alcanzó sus límites y que pese a Irak y Siria, hay fronteras que ya no pueden ser defendidas. Eso o tal vez ese cuadro sólo le inspire planear unas vacaciones en El Gran Tetón cuando ya no sea presidente.

Pinturas en la Oficina Oval: “Abraham Lincoln” de George Henry Story

Él no quería irse a ningún sitio, y menos a un país donde una negra no podía vivir como una persona normal…

Leonardo Padura. Herejes

 

La siguiente pintura que se encuentra en la Oficina Oval hoy y que me sirve de excusa para consumir unos kb de mi blog es el retrato de Abraham Lincoln, de George Henry Story, circa 1915. Éste es un óleo sobre lienzo de 76.8 x 64.1 cm, perteneciente a la colección de la Casa Blanca.

Como se sabe Story fue curador del Met entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Su vínculo con Lincoln le llevó a decirle al presidente cómo posar para su primera foto oficial, además de que sus bosquejos del personaje han servido como fuente para retratos posteriores.

Ya advertía que escribo desde la ignorancia. No sé nada de arte y por eso en esta serie de entradas sobre pinturas, lo menos que hago es escribir sobre estilos o colores. En realidad no sé nada sobre ningún tema, pero me gusta perorar sobre política e historia, y este retrato de Lincoln me da una buena excusa para hacerlo.

Luego de Ferguson[1], tal vez no es un exabrupto decir que la Guerra Civil estadounidense no terminó del todo. Solo se mudó a los suburbios pobres. Hay lecturas interesantes sobre el asunto en estos enlaces: http://time.com/3111727/ferguson-missouri-michael-brown-hyper-segregated/, http://www.washingtonpost.com/opinions/michael-gerson-ferguson-and-the-paradox-of-american-diversity/2014/08/14/95e2a824-23e3-11e4-958c-268a320a60ce_story.html y http://www.nytimes.com/2014/08/15/us/ferguson-images-evoke-civil-rights-era-and-changing-visual-perceptions.html, respectivamente.

Siempre me ha llamado la atención el racismo institucionalizado de ese país, y ahora más que nunca: si termino por convertirme en un balsero del aire y aterrizo en la Unión, sería una víctima de él.

El racismo allá no es solo una tara moral, es un rasgo cultural. El origen de los antepasados de cada persona es su verdadera identidad. Así, en los Estados Unidos, antes que an US citizen, primero se es ítalo americano[2], hispano o afroamericano[3].

Estos últimos son mis favoritos. Los negros estadounidenses tienen su propio inglés, su música, su pollo frito y su kool aid –perdón por el estereotipo racista MLK–, en fin: tienen su propio país dentro de los Estados Unidos.

Sobra que diga que Lincoln es el genio tutelar de Obama. Cuán frustrante debe ser para éste mirar en la Oficina Oval el retrato de aquel y constatar que en 2014 un negro de los suburbios sigue ocupando el lugar que tenía en el Sur en 1865, sabiendo al mismo tiempo que ninguna de las políticas que diseñe desde esa oficina cambiará eso.

 

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[1] Aparte del racismo estos disturbios también pusieron el foco en la naturaleza del estado policiaco en el que se han convertido los Estados Unidos luego del 11 de septiembre, con unas policías devenidas en grupos paramilitares. También se han hecho consideraciones sobre las consecuencias de la periurbanización. Se puede leer al respecto aquí: http://www.washingtonpost.com/news/storyline/wp/2014/08/12/why-the-police-shooting-riots-in-ferguson-mo-had-little-to-do-with-ferguson/.

[2] El censo de ese país –nos dice Wikipedia– reconoce explícitamente cinco grupos étnico lingüísticos: blancos (los ítalo americanos entrarían aquí), negros, amerindios o nativos americanos, asiáticos, hawaianos nativos o isleños y tácitamente el grupo de los multirraciales. Los latinos o hispanos en realidad no son considerados un grupo aparte, sino que se ubican dentro de alguno de los anteriores, así; hay blancos no hispanos y blancos hispanos por ejemplo. En esta última sub raza o cuasi raza –no sé cómo decirle– se encuadran los cubano americanos con poca melanina, o los mexicano americanos, y varios de los cada vez más abundantes venezolano americanos, entre otros. Me aventuro a proponer entonces, nada originalmente por cierto, que los únicos estadounidenses verdaderos son los nativos americanos que se salvaron del ejército, las enfermedades y el alcohol.

[3] El nombre de este grupo étnico fue copiado servilmente por el chavismo en su ridícula cruzada anti racismo –el problema más acuciante del país, ¿no? –, por lo que hoy más de un pendejo lobotomizado habla de afrodescedientes para referirse a los negros de siempre. Al menos la ridiculez no ha dado aún en llamar a los chinos de toda la vida como asiático descendientes o a los portugueses –en desbandada junto a españoles e italianos–, europeo descendientes. A estos se les sigue diciendo muertos de hambre. Ya se sabe: para el chavismo las razas endógenas (sic) son mejores que otras.

Pinturas en la Oficina Oval: “George Washington” de Rembrandt Peale

George Washington de Peale, c. 1850. Imagen: http://commons.wikimedia.org/

George Washington de Rembrandt Peale, c. 1850. Imagen: http://commons.wikimedia.org/

Cedant arma togae, concedat laurea laudi.

Cicerón

 

La primera pintura de las que adornan hoy la Oficina Oval –esta es una de las dos que retratan a Washington y que han acompañado a casi cada administración estadounidense– a la que me referiré en esta entrada, es la del título: “George Washington”, del pintor neoclásico Rembrandt Peale. Es un pequeño óleo sobre lienzo cuya versión original su autor pretendió fallidamente que fuese el retrato canónico del personaje.

Washington es para los estadounidenses lo más cercano a eso que en Venezuela llamamos Padre de la Patria. La figura carece empero de la devoción religiosa que aquí nos lastra. Más exactamente, Washington es uno de los Padres Fundadores. En esta denominación grupal se percibe el adn de la democracia de ese país. No le deben su libertad a un caudillo divino sino a un conjunto de prohombres.

Contradiciendo mi argumento –aparentemente– la pintura que cuelga en la Oficina Oval es irónicamente, una copia de las muchas que Peale hizo de su cuadro Patriæ Pater de 1824 que está en el senado estadounidense y que representa al General Washington de civil. La versión que está en la Casa Blanca (aproximadamente de 1850) muestra a Washington en uniforme militar.

En la bibliografía que leo para escribir esta entrada, me encuentro con que el honor de ser nombrado Padre de la Patria fue otorgado por el senado romano a Cicerón pasando por Augusto o Calígula, e inclusive a Nerón. Desatinadas la mayoría de estas escogencias romanas. Parece que así como los hombres crean dioses crueles a los que luego –en la más representativa muestra de locura– se someten, también fabrican Padres de la Patria que los devoran con avidez.

George Washington (Patriæ Pater) de Rembrandt Peale, 1824. Imagen: http://www.senate.gov/

George Washington (Patriæ Pater) de Rembrandt Peale, 1824. Imagen: http://www.senate.gov/

Aunque esa pintura de Washington en la Oficina Oval tal vez nos dice que los países pueden tener héroes que no los fagociten generación tras generación, que hay próceres que no tienen que ser la excusa para la tiranía.

A lo mejor es solo un rasgo de cordura política, porque pese a la demencia de Vietnam o Irak, un presidente estadounidense puede decorar su oficina con el retrato de un héroe militar, puede hasta copiar algunos de sus giros retóricos, pero tiene a su vez la sensatez de no creerse el heredero de aquel y mucho menos pensar que deba regresar al país al tiempo de las cargas a caballo contra los ingleses.

Tal vez por eso y pese a cualquier exceso del Tío Sam, nunca veremos al país llamarse Washingtonian United States of America.

Pinturas en la Oficina Oval

Imagen: washingtonpost.com/

Imagen: washingtonpost.com/

“Nevertheless, we will come to learn that the devil is in the detail.”

Suelo enseñar que la libertad trae aparejado un peso insoportable. Elegir a cada instante, tomar miles de decisiones; desde la más trivial hasta la más importante, sin saber nunca cuál es una y cuál es otra. Anular a cada momento una versión de nosotros, desechar una vida posible. Por ese peso es que nos resulta tan fácil renunciar a la libertad: queremos desesperadamente dejar de elegir.

Hace tres días, Barack Obama decidió hablar a la prensa usando un traje claro –y según algunos muy mal cortado–, dejando de lado el tradicional azul oscuro o negro, lo que levantó una polvareda.

Se le censuró la combinación equivocada entre un traje de verano –aunque ¿en qué otro momento del año es más oportuno un traje de verano que a finales de agosto?– y la gravedad de los temas a tratar. Como es harto conocido, desde hace unos meses, ser presidente de los Estados Unidos es un trabajo poco envidiable: putinadas, terroristas que decapitan periodistas con las manos atadas a la espalda, Ferguson y demás.

Se alegaba que ese traje claro –me preguntó porqué existen trajes que no son negros, grises o azul marino– era un símil de la blanda respuesta de Obama a las crisis. La revista TIME se burla en este artículo: http://time.com/3214633/barack-obama-tan-suit/. Por su parte el Washington Post lo toma más en serio  como se puede leer aquí: http://www.washingtonpost.com/blogs/post-politics/wp/2014/08/31/obama-foreign-policy-sparks-bipartisan-criticism/?tid=hpModule_f8335a3c-868c-11e2-9d71-f0feafdd1394&hpid=z9.

Piénsese aquí en el peso de las decisiones que mencionaba antes. Obama tiene que elegir si aumenta la escalada con Rusia, si termina de aliarse a Bashar al-Assad e Irán para destruir al Daish y también de qué color usará el traje.

Como algunas de esas decisiones determinan en buena medida el orden mundial, me pregunto cómo se toman. Y no me refiero al proceso de toma de decisiones suficientemente estudiado y descrito, aludo a gestos más pedestres: ¿sube Obama los pies sobre el escritorio de la Oficina Oval y se masajea el ceño antes de decidir? ¿Pone algo de buen soul mientras sopesa si le aprieta las tuercas a Putin y causa de paso la Tercera Guerra Mundial?

Imagen: movil.pro/

Imagen: movil.pro/

No tengo forma de saberlo con exactitud. Solo sé qué arte mira mientras trabaja en la Oficina Oval. Es generalmente conocido que en ella están hoy las siguiente pinturas: “George Washington” de Rembrandt Peale, c.1850, “Abraham Lincoln” de George Henry Story, c. 1915, “The Three Tetons” de Thomas Moran, 1895, “The Avenue in the Rain” de Childe Hassam, 1917 y “Statue of Liberty” de Norman Rockwell, 1946.

A esas cinco pinturas de la colección de la Casa Blanca, Obama agregó dos prestadas por el Whitney Museum en febrero de este año: “Cobb’s Barns, South Truro,” y “Burly Cobb’s House, South Truro”, ambas de Edward Hopper, pintadas entre 1930 y 1933.

Ya he escrito antes (algo de onanismo: https://esclvsa.wordpress.com/2012/10/23/la-alfombra-de-barack-obama/) sobre cómo cada administración desde la última parte del siglo XX redecora la Casa Blanca. Obama ya lo había hecho parcialmente en agosto de 2010. La adición de los cuadros de Hopper será su última intervención.

Tal vez esos cuadros inciden en la toma de decisiones del hombre más poderoso de la tierra –¿o ya no lo es? –, por eso y por lo mucho que me gustan las pinturas de Hopper, escribiré sobre cada una de ellas –desde mi ignorancia sobre arte, he de aclarar– en las próximas entradas.

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