La revolución de los cerdos

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Imagen. popville.com/

 

Si no tienen pan, que coman costra de pastel

Frase atribuida a la reina María Antonieta

 

La historia de Venezuela durante el siglo XIX se encuentra jalonada por las así llamadas revoluciones: la de las reformas, la Revolución de marzo, la azul, la Revolución libertadora; incluso si extendemos ese siglo mucho más allá de 1935, la fecha en la que, según Mariano Picó Salas, el país entró por fin en el siglo XX, tendríamos la Revolución de octubre –ese intento adeco por construirse una épica emparentada con su amor inicial por los sóviets–. El hilo, como es obvio, alcanza hasta la peor impostura de todas: la fulana Revolución bolivariana. Con el hambre y la miseria que trajo solo los enchufados se atreven todavía a decirle bonita.

En puridad ninguna lo fue, paradójicamente los cambios más drásticos en la historia venezolana han sido producto de hitos que no denominamos revoluciones, como por ejemplo la independencia, la separación de Colombia o el advenimiento de la democracia en 1958. Esa paradoja se explica porque no sabemos qué es una revolución, nuestro deformado concepto, que no es exclusivo, confunde revolución con montonera de macheteros –o saqueadores– liderados por un pulpero o militar inculto –vaya pleonasmo este último–. Bulla y humo, esa es nuestra definición de revolución.

A partir de julio de 2017 hemos estado esperando ansiosos un deus ex machina que revierta la derrota de la oposición venezolana; en agosto fue la estupidez de Trump sugiriendo la posibilidad de que al régimen de Maduro lo tocase su ración de furia y fuego, en octubre fue el espejismo de las votaciones regionales, ahorita, terminando diciembre, fue lo que algún jodedor llamó la revolución del pernil y que yo prefiero llamar la revolución de los cerdos: no otra cosa que los más hambrientos reclamando su pago, en carne de cochino, por haber vendido su voto en el fraude de las municipales del 10 de diciembre.

El chavismo compró esos votos fiado precisamente porque está quebrado desde octubre de 2012. Lamento –no mucho– usar lenguaje soez, pero es que no tengo una mejor manera de decirlo: ¿qué clase de puta pendeja presta el servicio y cobra después? ¿Más aún a un cliente limpio? Si nuestros hambrientos iban a vender su voto debieron tener el tino de cobrar antes, aunque sea la mitad, ¿no?, algo así como: “antes de venderte mi voto (y con él mi condición de ciudadano) resuélveme con un par de pollos y una mano de topochos compadre”. Luego no vale, sobre todo porque cuando se le cobra, el chavismo suele responder con plomo.

Los ralos disturbios que generaron nuestros incautos hambrientos pusieron a salivar de nuevo a algunos con la posibilidad de que ahora sí: el hambre obligaría a los cerros a bajar y en medio de una de nuestras revoluciones de mentira el régimen caería. Ya están por llegar los reyes magos y nada. Y esto por dos razones, la primera es que esa gente estaba diciendo: “sí, vendí mi voto ¿y qué? Ahora vengo a cobrar arrecho”, no estaban, ni remotamente, reclamando derechos civiles y políticos, al contrario: ¡estaban mostrando el recibo de su muy barata venta! porque en los buenos viejos tiempos de los adecos el voto valía más que un pernil. Eso generó el legítimo asco de buena parte de la clase media –más bien del espectro de ella que anda por ahí–; si esa gente no peleó junto a nosotros entre abril y julio de 2017 por la libertad, ¿por qué habría que acompañarlos ahora en su lucha por un poco de chicharrón? Pero la razón más importante, al menos según yo lo entiendo, es que en Venezuela no son las revoluciones las que cambian regímenes, no fue así en 1810, que fue un asunto de blancos –aunque de orilla– letrados, mucho menos con nuestros sátrapas: Gómez se fue con la muerte, el día que quiso, y Pérez Jiménez fue expulsado por una camarilla militar, el pueblo en las calles el 23 de enero es muy posterior al arreglo entre nuestros gorilas desarrollistas.

Otros países han tenido sus revoluciones con nombres poéticos, ahí está la Revolución de los Claveles portuguesa que inauguró la tercera ola democrática, o la Revolución naranja ucraniana; incluso la malograda Revolución verde iraní que casualmente parece reeditarse por estos días. Pero nosotros tenemos hambre, así que la nuestra iba a ser la revolución de los cerdos.

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McChávez

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Imagen: listas.20minutos.es/

 

Disfraz: Artificio o vestimenta con que alguien cambia o modifica su aspecto o condición para no ser reconocido.

 

Escribir sobre la naturaleza travestida de Chávez y de ahí del chavismo todo resulta reiterativo, pero tal vez útil: por ser unos disfraces nos condenaron a esta miseria. Seamos honestos; el de presidente fue solo uno más de los disfraces de Chávez, junto al de beisbolista, militar, bandera de Venezuela y su favorito: el de Fidel Castro. Con Maduro la tragedia es que es un disfraz de un disfraz.

El disfraz que me hace escribir esto es un disfraz post mortem –la necrofilia es la otra  afición chavista– y en realidad es viejo, de hace un par de meses: es Chávez disfrazado de médico en un cartón a la entrada de cada servicio del Hospital Militar de Caracas.

No siempre me gusta la equidad de género en la televisión o el cine de hoy. Es posible que sea un troglodita acostumbrado al machismo y el racismo de la televisión de los 70: demasiado SWAT, Starsky & Hutch, Los duques del peligro e incluso Mazinger Z, como para apreciar el cambio en las convenciones de ciertos géneros. De estos, el de las series médicas es uno de mis más entrañables, de ER o Chicago Hope, pasando por El doctorcito (Doogie Howser, M.D.) o Scrubs hasta ese vómito de perro que es House M.D.

Hasta que llegó Shonda Rhimes y mandó a parar. Siendo honestos ella solo ahondó una tendencia que ya estaba en ER –tal vez incluso desde General Hospital–, la de convertir a los médicos de la ficción en modelos de revista dirigiendo la serie a un público exclusivamente femenino, amén de convertir a las mujeres mismas en los personajes centrales –ya no más esas enfermeras a las que el doctor se tiraba–, que ahora son doctoras, salvan más pacientes que sus contrapartes masculinas y compiten con estos a ver quién se ve mejor con tapaboca –y los doctores se siguen tirando–.

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Imagen venezuelaaldia.com/

De ahí el McDreamy, ese sobrenombre de uno de los personajes de Grey’s Anatomy que como repelente nuclear para ratas, disuade a cualquier hombre hetero –no solo homofóbico– de convertirse en fanático de la serie.

El chavismo, como es sabido, apela a los recursos de la televisión: melodrama, animadores estridentes, falsos finales, música pop –¿no Guaco?–. Eso hasta que muestra los dientes con militares y paramilitares asesinado muchachos con tiros en la cabeza. Pero siempre vuelve a su histrionismo, a la utilería.

Por eso, en estos días en los que los pacientes se mueren porque no hay inmunosupresores después de haber esquivado la muerte una vez y haber conseguido un trasplante, alguna Shonda Rhimes criolla –no me imagino a un militar, de esos que disfrazan de ministro de sanidad, en semejante pendejada– decidió que a las puertas del Hospital Militar, cual Sayón irredento, los pacientes al menos se consuelen mirando a su McChávez de cartón.

Mineros

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Imagen: copblock.org/

Somos como un campamento y tenemos cultura de campamento.

Cabrujas

 

Hace una semana terminó la tercera temporada de Mr. Robot, la más posmoderna de las distopías modernas: una en la que un grupito de hackers con graves problemas mentales destruye el sistema bancario mundial, que es reemplazado, sin que ellos lo quieran –los banqueros siempre ganan–, por un mundo en el que el único medio de cambio es una critomoneda; the e(vil) coin. Veo la serie no porque yo sea muy avant garde, sino todo lo contrario; para tratar de entender, de ponerme al día. Que el valor de cambio universal sea cada vez más abstracto, más virtual, es la marca de una sociedad por venir. Eso me hace pensar en esa reciente insensatez del más güevón de nuestros dictadores, el petro, la criptomoneda de Venezuela, un país desahuciado.

Se dice que Maduro ha sido subestimado, y tal vez haya sido así en alguna medida, pero Maduro no tiene la inteligencia zorruna de Gómez, la eficaz violencia de Pérez Jiménez o la demencia intuitiva de Chávez; su destreza es otra: es demasiado parecido a una versión de los venezolanos, a ese pendejo con suerte, con mucha suerte, que aprovecha el chance de drenar al Estado. De ahí a las criptomonedas de mengua solo hay un paso.

Con toda seguridad Maduro no entiende cómo carajo funciona una economía en la que el dinero es virtual porque ha demostrado con creces que no entiende cómo funciona una donde pueden tocarse los billetes y monedas, pero lo que Maduro sí entiende, porque la comparte, es esa profunda pulsión nacional de asumir la economía solo como las posibilidad de vivir de la renta de una mina. Poner un pico y una pala en el lugar de las cornucopias del escudo sería un sincero ajuste de la identidad nacional.

Tal vez alguien le explicó –con palabras sencillas– que las criptomonedas se minan (se desencriptan) automáticamente con unas poderosas computadoras. Lo que produce ganancias en dólares. De ahí a imaginarse una sala llena de computadoras minando –algo que ya hacían en Caracas algunos adelantados desde mediados de año bajo la ávida supervisión de la Disip (lo siento: en otro lugar he explicado que me gustan los viejos acrónimos para referirme a los esbirros)– como un establo de vacas que son ordeñadas por una máquina debió pasar menos de un segundo. No importan las burbujas que evaporan un tercio del valor del bitcoin en un día, los apagones, nuestro atraso: hay que minar para sobrevivir, para pagar vinos y relojes caros en Europa.

Porque es que esa imagen está ahí, empotrada en nuestro ADN y alimentada con toda la educación y los medios de nuestra atmósfera cultural: achinchorrado, mientras el balancín sube y baja en algún lugar, soy rico, porque el hombre nuevo; el homo chavista –en realidad el adeco de hoy y de pasado mañana– es un minero, ese que se financió la emigración importando aire o más modestamente revendiendo electrodomésticos Haier, que raspaba tarjetas; ese que acapara los vales del hambre hoy.

De hecho, no hay diferencia entre la alucinada criptomoneda chavista y el arco minero o el control de cambio, ni siquiera con las llamadas misiones y su profusión de adjetivos –gran, muy grande, híper, mamarra, etc.–, o antes con la Gran Venezuela; no en balde la oferta es respaldar el espejismo del fulano petro con barriles de petroleo: una mina en garantía de otra mina. Este es el mismo irresistible llamado genético que nos dice que una vez agotada la veta hay que abrir otra mina, mover la hamaca un poquito más allá y esperar que los pendejos que echan pico y pala hagan su trabajo. En eso hemos estado desde la extracción de perlas en Cubagua hace más de cuatro siglos hasta hoy. Sin advertir que los pendejos somos nosotros, y que minamos para los pocos cerdos que son más iguales dentro de la mina chavista, con todo y paludismo.

En eso el chavismo ha demostrado cómo es nuestra justa representación, un retrato fidedigno, así amaestró a buena parte de la clase media –y no tanto– y la puso a minar no hace mucho con los dólares de Cadivi y somete hoy, a mucho de ella de buena gana, a lo que queda de sociedad con las cajas del hambre y el carnet de la miseria.

Me gusta cómo las palabras se burlan de un régimen que es su enemigo. Para terminar mi pendeja descripción de la mina en la que me pudro me gusta la imagen de un cuerpo, casi cadáver ya, minado.

Pariendo

 

Funpaz

Imagen: Funpaz

Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate

Dante

 

 

Siempre he creído que si dios existe es un guasón que se burla del hombre con carcajadas casi siempre grotescas. Si estoy en lo cierto, Venezuela es uno de los lugares predilectos del señor.

Ayer se anunció el Premio Nobel de Medicina para los estadounidenses Jeffrey C. Hall, Michael Rosbash y Michael W. Young y sus descubrimientos sobre el reloj biológico. Podría perorar sobre el ritmo circadiano y demás, pero lo cierto es que soy un ignorante en ciencias exactas –en ciencias sociales, vaya exageración el nombre, me limito a hablar paja–, lo que me interesa es el tejido material y espiritual que se requiere para que tres científicos aíslen un gen, en este caso el que permite el acople de los organismos vivos a la rotación de la tierra. Pienso en las instalaciones, el equipo, el personal, pienso en los cientos de años de estudio si se suman las escolaridades de todos los participantes en la investigación desde el más humilde pasante hasta los premiados; pienso en los millones de dólares invertidos, en los papers leídos y escritos, en las bibliotecas que se requieren, en las universidades.

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Imagen: AFP

Casi al mismo tiempo que se anunciaba ese premio la noticia en Venezuela era la de dos estudiantes de medicina detenidas por fotografiar en un hospital a mujeres pariendo en las sillas de espera –el eufemismo es parto improvisado–. Las fotos habían comenzado a virilizarse el sábado en la noche, pero los esbirros, siempre tan ineptos, las detuvieron casi dos días después.

Las imágenes son de un hospital del Seguro Social –¿te imaginas pagar tus cuotas toda una vida para ir a morirte sobre la silla fría y sucia de la entrada?–, el Pastor Oropeza de Barquisimeto; pero esos detalles no me interesan, lo que sí me interesa es el contraste que debe hacer que ese demiurgo cruel se esté carcajeando, pienso en todo eso que no tenemos en Venezuela, y que ya no estoy seguro de que lleguemos a tener nunca; en las instalaciones, el equipo…

Un perro con todo

Filippo Saglimbeni

Puesto de perros de Filippo Saglimbeni en la plaza Altamira. Imagen: laguiadecaracas.net/

 La mejor salsa es el hambre

Anónimo

 

En Venezuela hay una escatológica cercanía entre perros y comida. Acusamos a casi cualquiera que venda comida ambulante –chauvinista, aunque no del todo infundadamente, los chinos que casi siempre venden comida en locales establecidos; esos templos de la cerveza fría y el kitsch, encabezan el ranking– de beneficiar perros callejeros –también gatos y ratas[1]– y servírnoslos en las más diversas y sabrosas preparaciones, desde pinchos hasta valga la redundancia; perros calientes.

Alrededor de estos últimos podríamos tratar de deducir unos poco rasgos de una autentica –en realidad falsa como todas ellas– identidad cultural del venezolano[2]; que si la receta local refleja nuestro barroquismo e hibridez cultural, cuando lo cierto es que en cada país de América Latina la versión de los hot dogs incluye las más diversas y sabrosas porquerías, de esas que te hacen explotar el corazón a los 40; que si tenemos una postura casi que condicionada genéticamente para comerlos –con el culo echado para atrás y la boca desmesuradamente abierta–, etc. Aquí lo escatológico está en la falta de higiene que le achacamos a la versión callejera; en Venezuela comemos un asquerosito –conozco a una jovencita que picaronamente le dice al perrero: “dámelo con todo y amibiasis”– no un perro caliente, mucho menos un pancho. Sin embargo, al mismo tiempo, nada congrega más en una ciudad venezolana que un carrito callejero de perros calientes –fue patrimonio de  Caracas el carrito del fallecido Filippo Saglimbeni en Altamira[3]–, solemos dar las direcciones usándolos como hitos: dos cuadras más allá del perrero, llegas donde el perrero y cruzas a la derecha y así.

Desde mediados de los 90, una de las formas más harteras de atacar a la democracia fue el infundio de que los pobres comían perrarina, como si de verdad un bodeguero de La Línea pudiese vender al detal perrarina a un precio que pudiesen pagar quienes solo podían comprar una harina pan –¡ah! tiempos aquellos– para toda la semana; o como si en la cola del jeep para la parte alta del cerro alguien hubiese podido exhibir su riqueza con la bolsa de varios kilos de perrarina para el firulais meztizo y garrapatudo del rancho. Nunca fue cierto, la democracia no obligó a los más pobres a comer perrarina, simplemente porque no podían pagarla, no merecía ser destruida por eso. Hace más de un año un periodista jodedor se merendó un tazón de perrarina para ilustrar una nota sobre el engaño, según puede verse en este enlace: http://elestimulo.com/blog/en-verdad-la-gente-puede-comer-perrarina/

Pero tal vez el hito que resemantize esa relación entre perros y comida obligándonos a mirar nuestra miseria sea la noticia de hace una semana sobre unos hombres descuartizando un perro para comer –sí, ya sé: ¿para qué otra maldita cosa se descuartizaría un perro?– cerca del mercado de Quinta Crespo, en la misma Caracas de los perros del señor Filippo. El lugar común es decir que el chavismo llegó para impedir que la gente volviese a comer perrarina y terminó haciéndonos comer perros. Pero tal vez ahora decirle perrero a alguien signifique otra cosa, tal vez ahora algunos sientan asco de verdad al comerse un perro con todo.

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[1] En realidad la relación, que creo no es exclusivamente nuestra, sería entre comida y animales en general. Es famoso el rumor sobre que el diablito se hacía con ratas –algunos advertían un imperceptible cambio de color en el jamón endiablado– algo que incluso afectó las ventas.

[2] Siempre recuerdo haber visto como a un extraterrestre maricón –mi homofobia es como esas verrugas en las palmas de las manos que tanto nos avergüenzan pero que no podemos eliminar– a un tipo que a mi lado en una de esas madrugadas etílicas venezolanas pidió un perro “solo con mostaza” como si estuviese en Brooklyn. Aparte: en 2014 los perrocalientes Santa Salsa del venezolano Sergio Barrios fueron premiados como los mejores de Nueva York.

[3] Hay una anécdota en la que Petkoff llega de madrugada con un comando guerrillero urbano pidiendo perros con todo al tiempo que ofrece pagar escrupulosamente la cuenta.

Panamá

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Insignia de hombro de la 82 división aerotransportada del ejército estadounidense que ha sido desplegada en República Dominicana, Granada, Honduras y Panamá. Imagen: pinterest

I get high with a little help of my friends. Joe Cocker

 

Ya he mencionado que el gentilicio venezolano es profundamente travesti. Nada mejor que un mundial de fútbol para ver el gusto con el que disfrazamos el pasaporte: brasileños en la eliminatoria, argentinos en cuartos, alemanes en la final.

Precisamente como nos tocó ser venezolanos, una enfermedad hereditaria imposible de erradicar de nuestro ADN, tratamos desesperadamente de ser otros, de exhibir otros pasaportes; aunque no cualquiera: sabemos, como todos en este planeta, que unas nacionalidades siempre viajan en primera, por eso la cara extasiada cuando un venezolano cualquiera, gracias a los ajados papeles de un abuelo gallego o madeirense –esos mismos a los que hasta hace poco llamábamos muertos de hambre cuando no nos fiaban en la panadería o el abasto–, se hace con un pasaporte de la Unión Europea; es una cara de: “no te llevo nada pendejo, ahora soy comunitario”.

Desde los 50 quisimos ser estadounidenses, ahí están las ruinas de la arquitectura moderna pudriéndose en toda Caracas exhibiendo ese fracaso. Creímos que supermercados y autopistas, que los centros comerciales y los carros que pagaba el petróleo podían hacer que la cédula dejase de ser ese pedazo de mierda que acarreamos en las carteras desde 1945.

Ahora mismo, la amenaza de intervención militar, precisamente estadounidense, ha espoleado nuestras ganas de disfrazarnos, de despertarnos urgentemente siendo otro país. Pero como la peste roja nos ha depauperado tanto, ya no aspiramos nada grande, ahora nos conformamos con ser Panamá –esa provincia casquivana de Colombia–.

yhst-135913172251554_2268_148289737Queremos que el Pentágono desempolve los planes de la invasión a Panamá de 1989 –Noriega era todo un genio: retó al poder estadounidense justo cuando acababa de ganar la Guerra Fría–, que los actualice un poco –¿qué tal menos soldados en tierra y más bombardeos con drones?–, y; después de nuestra ración de fuego y furia, levantarnos siendo un centro financiero mundial –algo corrupto y atrasado: ciudad de Panamá no tuvo metro hasta 2014 (Caracas ya destruyó el suyo)– bien limpiecito y ordenado –¿se han paseado últimamente por Cinta Costera?: Odebrecht habrá sobornado a medio continente pero esta avenida les quedó regia–, sin militares alucinados con machetes –digo, replicas de espadas–.

Querer que el final del chavismo emule al final de Noriega –a él lo sacaron con música de Guns n’ Roses y de Bruce Springsteen de la nunciatura, ¿con qué atormentarían a Maduro los marines en su más que previsible concha de la embajada cubana? ¿Con Despacito?– es entendible: no queremos ser un Iraq tropical: Daesh es la principal consecuencia de la guerra de 2003; aspiramos a que 19 años de satrapía terminen rápido y sin muchos destrozos –¿más?–, que la transición nos convierta en un coqueto y capitalista país caribeño, en una Panamá petrolera.

También es una vuelta al inicio de la última década y media de nuestra ordalía. Hace algo más de 10 años Panamá fue el primer destino de emigración de moda –luego vendría Ecuador (¿quién lo diría?), Chile, Perú, Argentina– en un furor –como las tetas de plástico– que disfrazaba dos cosas: por una parte la imposibilidad de derrocar al chavismo luego de 2002, y por la otra; la corrupción de todos que coadyuvó a esa rendición, porque esa cuasi primera oleada migratoria de mediados de la década pasada no se parece a la que ocurre justo ahora en la que los venezolanos estamos huyendo casi con lo puesto para recibir atención humanitaria en la frontera colombiana; en aquella ocasión comenzó a irse cierta clase media que inició el uso de dólares preferenciales –en todas sus modalidades– para poder establecerse fuera, algo que duró hasta 2013. Muchos de esos expatriados, además, también ayudaron a lavar dólares robados a Venezuela y más aún a robárselos: un pedazo de los 25 millarditos que Giordani descubrió tan tarde que se habían evaporado fueron drenados a través de triangulaciones concebidas y ejecutadas por esos paisanos que, como buhoneros, replicaron a escala de cuatreros a Mossack Fonseca.

yhst-135913172251554_2268_149344223Por último, querer disfrazarnos de panameños luego de la invasión también es un espejismo. Si claudicamos del esfuerzo que requiere obligar a nuestros militares a echar al chavismo –a ellos mismos– del poder y los estadounidenses terminan bombardeando o invadiendo –con Trump nunca se sabe, aunque tal vez practique mi broken English con algún redneck de Kansas–, no tendremos ninguna garantía no digamos de que se instaure la democracia, sino siquiera de que el chavismo sea sustituido por un sátrapa benigno y no por un Al-Sisi bananero.

Fiebre

Fiebre

Imagen: acento-noticias.blogspot.com/

La política es para nosotros una obsesiva pesadilla, sin contornos precisos.

Fiebre. Miguel Otero Silva

 

Es una imagen que había guardado por unos 30 años: la del actor venezolano Lucio Bueno muriendo en una escena de la película Fiebre (1976) de Alfredo Anzola, adaptación de la novela homónima de Miguel Otero Silva (1939) –aunque la reescribió a partir de 1971–.

La novela, virtualmente autobiográfica, retrata a los estudiantes de la Generación del 28; en esa escena que recuerdo, la última, varios ya son presos políticos obligados a construir carreteras como esclavos. A la vera de una de ellas, muere de paludismo Vidal Rojas –el personaje de Bueno– entre el polvo, mientras los demás pican y acarrean piedras.

Ese recuerdo –que no sabía que tenía– me ha estado acompañando desde ayer cuando leí que José Saldivia; un estudiante, preso político secuestrado el 2 de julio de este año en un asalto paramilitar a la universidad donde trabajo, está gravemente enfermo de paludismo en el purgatorio de El Dorado.

Así como yo, todos habíamos olvidado en Venezuela la dictadura –no importa el sátrapa en la que encarne: siempre es la misma dictadura–, habíamos olvidado que militares encapuchados podían meterse en las casas y sacarte a rastras, habíamos olvidado que podían torturar y violar estudiantes después de secuestrarlos.

Como siempre, lo trágico es que ese olvido fue voluntario, escogimos no recordar la barbarie que estaba advertida en la novela de Miguel Otero Silva, pero también en Memorias de un venezolano de la decadencia (1927) de Pocaterra, Puros Hombres (1938) de Antonio Arráiz, Se llamaba SN (1964) de José Vicente Abreu; libros que seguramente José Saldivia ni siquiera sabe que existen.

Arrojamos los grilletes de Gómez al mar, demolimos La Rotunda o la sede de la Seguridad Nacional en Los Caobos; con fruición nos avocamos a la damnatio memoriae de nuestras taras políticas, durante un par de generaciones vivimos nuestra historia como el delirio de una fiebre: imaginando sin recordar, creyendo que habíamos conjurado las pesadillas. Por escoger olvidar vivimos hoy en 1928 y 1952 al mismo tiempo, atrapados en nuestra historia, sin más futuro que huir afuera o dentro de nosotros.

Ahora, por un rato recordaremos –mientras apresuradamente olvidamos de nuevo– que desde siempre nuestra dictadura mata estudiantes no solo a tiros, sino también de fiebre.

Guardaespaldas huevones

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Imagen: vivelohoy.com/

I was two years with Carter, four with Reagan.

Frank Farmer

Las películas de Kevin Costner son malas —tanto las que dirige como aquellas en las que solo actúa—, sin embargo tiene en su haber algunos entrañables clásicos del cine —aunque esa recreación de la escena de las escaleras del acorazado Potemkin, en el remake de Los Intocables, le pertenece a Brian de Palma, no a él—, bueno; del cine de cotufas, de evasión.

A principios de los 90 del siglo pasado su carrera iba en ascenso imparable: luego de películas como Field of Dreams, dio el batacazo con ese western lacrimógeno; Danza con Lobos. Pero con aquella mamarrachada, Water World, terminó todo.

Apenas dos años más tarde de su Oscar por Danza con lobos, filmaba junto a Whitney Houston ese proyecto postergado por 20 años: El Guardaespaldas, en el que debieron actual originalmente Diana Ross y Steve McQueen. No la vi en el cine, tuve que esperar a que la pasaran en televisión. Y corroborando lo que dije al principio sobre lo entrañables que son algunas de las películas de Costner, esta está en mi top ten de películas malas, de las que no perdono cuando me las tropiezo en el cable. Es un placer culposo: me gustan mucho las canciones de Whitney, esas versiones R&B de las rancheras country de Dolly Parton, también me gusta esa manera de usar el bushido —el código de los guardaespaldas, de hecho Rachel y Farmer van juntos a una exhibición de Los Siete Samuráis— para disimular el racismo; porque seamos honestos: aunque él le dice que no pueden estar juntos porque no podría cuidarla —justo después de tener sexo: buena esa Frank—, lo cierto es que la película no termina con ese beso en el aeropuerto como final feliz porque ella es negra.

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Imagen: Wikipedia

Pero lo que más me gusta son los lugares comunes de ese héroe estoico pop que es Frank Farmer, por encima de todos, ese de morir por el otro porque es parte del deber, además sin quejarse. Como se sabe, en la ficción, Farmer se convierte en un matatigres cuidando estrellas algo casquivanas porque su corazón se rompe al no estar de turno el día en el que Reagan sufre el atentado, por lo que abandona el Servicio Secreto, el único lugar al que pertenece, el que dota de una finalidad al Ronin aburrido que es.

El guión sugiere que así como se atravesó en el camino de una bala por Rachel Marron, lo hubiese hecho por el presidente. Leo lo anterior y recuerdo el atentado de Reagan, pero sobre todo el de Kennedy, con esa imagen del agente Clint Hill arrojándose sobre los Kennedy para protegerlos. No sé si es valiente convertirse en una diana humana solo porque el trabajo lo exige, creo que hay mucho de condicionamiento luego de un exhaustivo entrenamiento, de anular la capacidad de pensar o de sentir disparando muchas veces, porque si esos agentes pudiesen considerarlo un segundo, ¿se arriesgarían igual? ¿por qué, incluso el agente mejor entrenado y leal moriría, digamos, por Trump?

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Imagen: noticiaaldia.com/

Luego de ver la andanada de huevos sobre Maduro y su séquito de esbirros ayer en San Félix, supongo que a los agentes del servicio secreto estadounidense —esos aficionados a las putas colombianas a las que luego no les gusta pagarles por su ardua entrega— les gustaría trabajar en Venezuela: es más fácil esquivar huevos que balas, más sencillo ser un huevón que un héroe.

Esta satrapía ya es mayor de edad

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Imagen: notihoy.com/

Ainsi nous avons la démocratie, moins ce qui doit atténuer ses vices et faire ressortir ses avantages naturels; et voyant déjà les maux qu’elle entraîne, nous ignorons encore les biens qu’ell peut donner.

Tocqueville. De la Démocratie en Amérique

 

Es gracioso cómo en un país sin ley hay opiniones jurídicas. Para un abogado no son divertidas, son un recordatorio de su derrota, de que su título es un pedazo de pergamino con firmas y sellos que no vale nada.

Una de las que se repite por estos días, en los que el chavismo ejecuta otra de sus razias, es que, luego de que el Parlamento declarara que ese sátrapa pendejo –o no tanto– llamado Nicolás Maduro abandonó el cargo estamos en una dictadura.

Esa declaratoria fue el 9 de enero pasado. Debe entenderse que de ahí para atrás éramos una democracia, no como la suiza obvio; más bien como esos simulacros tercermundistas en los que se vota de vez en cuando, y un payaso se tercia una banda de colores los días patrios y hace como que gobierna.

¿Es así? ¿Antes del 9 de enero de 2017 Venezuela era una democracia? Resumiendo –y robándome la frase de Vargas Llosa–, ¿cuándo se jodió esto? Tengo la impresión de que fue mucho antes de enero de 2017

Este país primitivo, suicida, eligió presidente a Hugo Chávez en diciembre de 1998. El país todo: su clase media, sus medios de comunicación, sus empresarios; gente que había ido a la universidad y se suponía que sabía leer, junto a la masa pobre –solo un poco más– que quería mejores migajas del festín. Hasta ahí todo muy democrático. Bueno, según nuestros estándares: votar por listas cerradas, usar recursos públicos en la campaña, tener candidatos que solo ofrecían repartir las migajas que ya mencioné o hasta reinas de belleza con peinados ochentosos.

Pero cuando se derogó la Constitución de 1961 por un procedimiento no previsto en ella se acabó la democracia –técnicamente se dice ‘rompimiento del hilo constitucional’–.

No importa el ejercicio manierista de hermenéutica constitucional que cualquier abogado pendejo intente: desde ese momento se liquidó la democracia venezolana y el cadáver de la nación se ha estado hinchando y pudriendo al aire libre desde entonces. Las colas por comida son las moscas.

Pero supongamos que soy un anti chavista radical, un fascista impúdico con su afiche de Mussolini, Hitler y Franco, que no entiende que la Constitución chavista fue votada en un cuasi plebiscito –nunca se estableció que pasaría si perdía la opción del sí: ¿se volvería a la Constitución de 1961? ¿Chávez gobernaría por decreto hasta que se pergeñase y se votase un nuevo texto? – en diciembre de 1999. Es decir: obviemos el pecado original y consideremos válido el orden jurídico chavista instaurado en 1999.

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Imagen: psuv.org.ve/

Si hiciéramos eso, tendríamos problemas. En ese lluvioso diciembre y luego de ser votada la Constitución, la Asamblea Constituyente designó a los titulares de los órganos del poder público no electos de acuerdo a un procedimiento no previsto por la nueva carta, además de a una así denominada Comisión Legislativa que fabricó leyes por casi un año luego de ese referéndum. Todas las elecciones del año 2000 fueron llevadas a cabo según procedimientos no establecidos en la Constitución y por autoridades que ejercían írritamente sus cargos. ¿Éramos una democracia entonces?

A finales de 2002, intentando expulsar al parásito chavista que tan gustosamente había ingerido en 1998, el país probó un laxante legal –luego de los vomitivos violentos al inicio del año–: el referéndum revocatorio convocado para febrero de 2003. Este no se realizó sino hasta agosto de 2004, justo cuando el chavismo podía ganarlo. ¿Cuán democrático es un país en el que las elecciones dependen de la voluntad del que manda?

En diciembre de 2007 a Chávez se le dio una soberana paliza cuando intentó modificar fraudulentamente su propia constitución mediante una reforma que no era tal. Esa derrotada reescritura sin embargo se llevó a cabo por medio de decretos y con ese golpe de Estado incruento que fue el referéndum de febrero de 2009 que le ponía un tornillo en el culo al ocupante de la silla de Miraflores. ¿Cuán democráticos éramos luego de que el Estado aplicase leyes rechazadas en comicios?

En 2012 las elecciones presidenciales se realizaron en octubre, justo a tiempo para que un Chávez moribundo fuese candidato. En diciembre de ese año, cuando tocaba hacerlas, renunciaba. De nuevo: se votó solo cuando Chávez podía ganar. El tufo a dictadura pútrida semejaba al de un cuerpo comido por el cáncer.

Al instante en el que se supo que había muerto el Gigantísimo Líder, Maduro era nominalmente vicepresidente. Según la Constitución chavista para ejercer la presidencia interina debía nombrarse al presidente del Parlamento, y si nuestro chófer quería ser candidato, en la inminente elección, debía separarse del cargo. Sabemos que Maduro ocupó la presidencia al tiempo que era candidato, usando todos los recursos del Estado venezolano para ganar una elección cuyo resultado él mismo reconoció dudosos cuando llamó a contar cada voto en aquella madrugada de abril de 2013.

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Imagen: albaciudad.org/

El 20 de octubre del año pasado unos esbirros, que gustan llamarse jueces, clausuraron el referéndum revocatorio que de acuerdo a las mismas reglas chavistas la oposición había logrado instrumentar. Hace casi un mes debieron realizarse elecciones de gobernadores, suspendidas de facto por esa junta de madamas llamada CNE. No solía estar muy despierto en las clases de derecho constitucional –el profesor estaba perdidamente enamorado de sí mismo y pagábamos el precio oyéndolo hablar de él durante horas–, pero un país donde no hay elecciones no calza con la definición de democracia según recuerdo.

Chávez ejerció el poder con poderes legislativos más de la mitad de su tiempo como mandón. Maduro lleva más de tres cuartas partes. Esa casa de putas togadas llamada TSJ no ha sentenciado nunca en contra del régimen desde 2004. ¿Cómo se denomina un sistema político en el que el parlamento no legisla y no hay separación de poderes?

Esta satrapía no se inauguró hace tres días: ya es mayor de edad. Solo la de Juan Vicente Gómez –quien murió en funciones– ha durado más. Hasta ahora.

Un Nixon de comiquita

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Imagen: comicsvault.blogspot.com/

¡Oh!, y ahora, ¿quién podrá defendernos?

El Chapulín Colorado

 

Hay una tonta película de 1993, Dave, en la que Kevin Kline se hace pasar por presidente de los Estados Unidos. Al final deja de serlo simplemente disfrazándose con una gorra.

La victoria de Trump tiene mucho de eso, de construcción de un personaje, de gorras rojas para disfrazar a un multimillonario de obrero pobre. Sé perfectamente que la fabricación de cualquier candidato es un proceso análogo, pero en Trump, sobra que se diga, hay más impostura, más reality show.

Donald parece ser popular entre policías: es impensable su victoria sin la ayuda del director del FBI, pero cerca del la mitad del electorado lo detesta –la otra mitad odia a Hilary–, y ha degradado todas las instituciones estadounidenses, si por ejemplo comenzase a hacer usar venalmente al ejército, ¿cuánto apoyo tendría? ¿Cómo lo metabolizaría su sociedad o el planeta entero?

Ante la victoria del menos probable, del chiste soez, se ha acusado a las encuestas, a la ciencia política de fracasar de nuevo, no estoy tan seguro; ya las encuestas de hace una semana daban como ganador a Trump, y la ciencia política tiene demasiado tiempo describiendo al populismo, el declive de la democracia en un mundo que prefiere respuestas estúpidas a los complejos problemas que se derivan de la experiencia humana.

La actuación del GOP durante la presidencia de Obama ha puesto en evidencia la imposibilidad de Estados Unidos de deslastrarse de sus peores taras políticas y sociales. No importa su prosperidad o su libertad; los estadounidenses –Occidente todo– no pueden aceptar al otro, incluso si eso exige destruir su propia libertad.

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Imagen: dailymail.co.uk/

Sé que la ciencia política no falló en predecir a Trump, ni siquiera en describirlo. Solo le falta hacer la crónica del tiempo que comienza hoy.

Ya es un lugar común que Los Simpsons hayan avizorado la victoria de Trump hace décadas, pero no es esa la comiquita con la que vinculo a Donald. Tal vez estemos al inicio de una distopía, Trump como presidente me recuerda al Nixon de The Watchmen, al hombre gris que cancela la democracia estadounidense y quien no duda en usar un arma nuclear contra Vietnam para ganar la guerra.

Gisela Kozak Rovero

Escritora - Blog Personal

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