Becerro huérfano

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Imagen: @elestimulo

‘Como holocausto de olor agradable (…), ofrecerán un becerro, (…)’

Nm 29, 8-9

 

¿Cuántos Jefes de Estado declararían en radio y televisión que son unos becerros? ¿Dilma ante la venidera votación en el Senado que decidirá su impeachment dirá algo así como ‘Mientras más votan en mi contra más becerra me pongo’? ¿O Evo: ‘Mientras más hijos me descubran por ahí, más becerro me pongo’? No, solo Maduro, quien ladraba ayer en cadena de radio y televisión –esa omnipresente forma de corrupción que convierte a  todos los medios desde hace 17 años en voceros del chavismo quiéranlo o no–: “Mientras más me chantajeen, más me pongo becerro”.

Ya es común que Maduro exprese sus profundas deficiencias por medio del lenguaje. Las palabras no son sus amigas, desde esos inexplicables gazapos con la geografía nacional hasta aquello de leer ‘Maduro chúpatelo’, el idioma se le ha revelado como un enemigo más.

En un país inculto como el nuestro, a veces las palabras son como ese objeto brillante que encuentra un chimpancé. Chávez proveía a la horda de objetos para distraerse. Su lenguaje soez era parte del circo: escuálido, majunche, frijolito y demás zarandajas. Tal vez Maduro, en su vano intento de ser un sosías de Chávez –a su vez un sosías de Castro–, procura que la galería emule sus palabras. Pero, ¿quién quiere hablar como Maduro? ¿Quién quiere parecérsele?

En Venezuela ‘becerro’ es un insulto de pobres. Nada retrata más la marginalidad de alguien que oírle decir ‘Eres sendo becerro’. No entiendo del todo la ofensa que contiene, tal vez alude a la estupidez de los bovinos, a su mansedumbre que los convierte en bistecs. Por eso es aun más incomprensible que Maduro lo usase –salvo porque sea válido lo que leí en twitter sobre que en realidad quería decir verraco, algo que terminaría de delatarlo como colombiano– justo cuando el país le pide que se vaya de la forma que sea con tal de que sea ya.

El insulto tiene una variante: ‘becerro huérfano’. Un pendejo abandonado, solo.

 

Spies like us: Martinis secos

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Imagen: @007

“Champagne, if you are seeking the truth, is better than a lie detector.”

Graham Greene

Me tomó tiempo encontrar mi forma de beber: lento y a solas. Tal vez eso me describa como un alcohólico. Tal vez solo soy socialmente inepto. La verdad es que no me siento a gusto con más de dos personas al mismo tiempo –mucho menos si el alcohol las ha desinhibido–, cuando eso pasa hay algo de pánico en mi expresión, que el común suele confundir con hosquedad. Además me gusta acercarme lentamente al sopor etílico para decidir con tiempo si lo convierto en una borrachera o no.

No creo que beber a solas tenga que ver con miedo a que el alcohol me haga develar mi verdadera personalidad: soy un tipo aburrido que arrastra su grisura sobrio o borracho. Pero supongo que para un espía sí debe ser un problema profesional eso de cambiar luego de unos tragos o peor, empezar a soltar la lengua.

En esta serie de entradas en las que comparo a los espías de John Le Carré con el de Ian Fleming no había repasado la relación de los personajes con el alcohol. Para James Bond es central; pero ahora mismo solo recuerdo a Alec Leamas entre los personajes de Le Carré, quien finge ser alcohólico para que los del otro bando lo fichen como desertor.

Para Bond el alcohol es un fetiche, en su trago favorito está una mujer que amó. En la interpretación de Daniel Craig, a veces parece como si se estuviese bebiendo a Eva Green mientras sorbe una de esas elegantes copas de cocktail: no bebe para olvidar, lo hace para recordar. Leamas en realidad es un proto alcohólico, por eso casi no finge su deterioro.

Bond bebe desde sofisticados cócteles hasta cerveza boliviana si nos atenemos a las películas, mientras que el personaje de Le Carré echa mano de la ginebra. De nuevo Bond gana.

Aunque siento algo de admiración por la disciplina puritana –si es que tal cosa aún existe–, pienso que una de las formas de ejercer la libertad es sucumbir a los vicios, al menos a aquellos que no te convierten en un adicto. Por eso la noticia de que Polar cierra sus plantas de cerveza hace a Venezuela –al menos para mí– aun menos libre.

Casualmente pocos días antes leía una reseña biográfica del maestro cervecero Gerhard Wittl, quien junto al también maestro Carlos Roubicek dieron forma a la  cerveza Pilsen de Polar y a la harina PAN. Estos hombres definieron el paladar del venezolano: deberían aparecer en los billetes por lo menos.

Podría recurrir al lugar común y escribir sobre el emprendimiento, el valor del trabajo duro o sobre la modernidad comprimida en un empaque amarillo con la marca PAN en azul, pero no, mi lugar común es la arrechera de no poder tomar la cerveza que me gusta. Ya antes la economía chavista me había impedido beber vino –nunca fui aficionado al whiskey–, dejándome solo el ron y la cerveza, amén de esos aguardientes baratos que te hacen jurar a la mañana siguiente que no beberás nunca más.

Al principio escribía sobre cómo el alcohol puede hacer que te delates, algo fatal si eres un espía. Lo de la Polar delata al chavismo como una banda de rateros ineptos. Ojalá también les resultase fatal.

 

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La del estribo. He aquí la receta del trajinado Vesper Martini puesta a tono para Casino Royale en 2006 según la revista Esquire: http://www.esquire.com/food-drink/bars/a204/esq1106drinks-84/

 

Valiente soldado

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Imagen: panorama.com.ve

       A soldier who committed an act of theft (furtum) against civilians by contrast had his right hand cut off.

Wikipedia

 

Lo primero que leo hoy en lo que queda de prensa libre es que a los militares en Venezuela (putas bien pagadas) se les ocurrió un plan de adoctrinamiento de niños en escuelas y liceos. Uno muy cursi por cierto, porque hasta contempla un concurso de poesía. También hay uno de ensayos; buen chiste ese de que una cofradía de analfabetos proponga escribir ensayos y poemas.

La nota de prensa que puede ser leída en este enlace: http://www.el-nacional.com/politica/Min-Defensa-adoctrinar-escuelas-publicas_0_831516928.html#.VxULsuVnees, habla de exaltar la figura del así llamado ‘Valiente Soldado Bolivariano’, no otra cosa que un pretoriano chavista o un asesino de uniforme verde como sabemos bien desde 2014.

Me detengo en esa grotesca burla y me vienen varias imágenes a la cabeza: Chávez entregándose a sus socios militares como un cobarde en abril de 2002, disfrazado con un uniforme que era delito que usase, el rostro desfigurado de Geraldine Moreno, gorilas con la cara pintarrajeada marchando mientras gritan en Los Próceres, los soldaditos que cuidan y drenan las colas por comida, etc., etc. Pero no hay una sola referencia de bravura o valor con la que pueda vincular a los militares venezolanos.

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Imagen: panorama.com.ve

En Venezuela, los militares nunca han estado para defendernos –tal vez, salvo por un breve período durante la Independencia y en la derrota de la guerrilla–, sino para oprimirnos. La misma nota que denuncia el adoctrinamiento explica cómo el país ha perdido 1.321.950 kilómetros cuadrados sin que los militares hayan disparado un solo tiro. Sin ellos el chavismo se hubiese derrumbado hace rato. Chávez y Maduro amoldaron con evidente gusto sus culos al filo de las bayonetas.

Pero en esto de humillar y someter no hay absolutos. Estos valientes soldados en Venezuela, se hincan en Cuba. Falta un concurso sobre cómo arrodillarse, si de verdad se quiere honrar a los valientes militares chavistas.

Dilma, Jesús and the Demise of the Pink Tide — Caracas Chronicles

As I reflected on Dilma’s impeachment in Brazil yesterday, the image I kept going back to is this one: It was taken in 1992 in Yare Prison, shortly after Chávez’s failed coup attempt. In between a, to our eyes, stunningly young Chávez and Francisco Arias Cárdenas, we see a figure I bet most of our…

a través de Dilma, Jesús and the Demise of the Pink Tide — Caracas Chronicles

Lame ducks

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Imagen: Runrunes.com

Legislators represent people, not trees or acres.

Chief Justice Earl Warren

 

Hablar con expresiones idiomáticas –además de con groserías–, es la mejor prueba de que se domina otro idioma. Aparte: no hay nada más expresivo. Tomemos por ejemplo farfalla; una de las formas en la que los italianos llaman a la vagina. No creo que haya una mejor forma de describirla, en ningún otro idioma, incluyendo el lenguaje de señas.

En inglés hay un idiom sobre política que me gusta bastante: lame duck, literalmente  ‘pato cojo’, que alude al cargo de elección popular cuyo sucesor ya ha sido electo. Es traducido frecuentemente en español como ‘hombre de paja’. El caso emblemático es el mismo Presidente estadounidense, quien luego de la elección de noviembre de su último año, pasa a ser un lame duck. A veces lo es ya desde que gana su segundo término, porque la expresión alude en un sentido más amplio a la debilidad de quien ya no ejercerá nunca más el poder.

Ayer, el editorial de The Washington Post (que puede ser leído en este enlace: https://www.washingtonpost.com/opinions/venezuela-is-in-desperate-need-of-a-political-intervention/2016/04/12/d7071d98-00c9-11e6-9203-7b8670959b88_story.html?tid=ss_tw), que clama por una intervención política de los países de la región, encabezados por los Estados Unidos en esta Zimbabue caribeña llamada Venezuela, me remitía a un informe de Human Rights Watch de diciembre del año pasado (puede ser leído aquí https://www.hrw.org/tet/node/284410) en el que se describe cómo los legisladores chavistas –me parece exagerado llamarles así– cuyos sustitutos ya habían sido electos en esa paliza que la dirigencia opositora se niega a terminar en la calle, nombraron a los jueces –de nuevo una grotesca exageración llamarles así– que desarticulan cada intento del Parlamento por salir del chavismo usando su propia constitución.

En la versión en inglés del reporte a esos legisladores –varios de ellos analfabetos funcionales–, se les llama lame ducks. Los jueces que nombraron eran todos militantes chavistas, funcionarios rojos. Algunos de ellos solo eran jueces de primera instancia, de ahí saltaron –o cayeron– en esa sentina suprema.

Así ha sido desde 2004, cuando el chavismo tomó el control del así llamado Tribunal Supremo, para barrer los restos de miquelenismo que habían quedado de la colonización de 1999. En los últimos 12 años no ha habido una sola sentencia de las salas políticas de ese tribunal (todas en la práctica) que ponga en riesgo el ejercicio chavista del poder.

En contraposición, una de las formas que delatan que no se domina un idioma, son los juegos de palabras con la pronunciación incorrecta, ese jugar con ellas como si fuesen bloques de lego que no encajan pero suenan gracioso. Algunos de estos juegos son también agudamente elocuentes.

El lame que en inglés se pronuncia lɑːmeɪ, en español se lee ‘lame’. ¿Cuánto lame un togado o un diputado chavista antes de enchufarse? ¿Cuánto lame para mantenerse ahí?

Fukuyama tenía razón

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Imagen: ‏Reuters

Conduciremos a la humanidad con mano de hierro hasta la felicidad, decía un cartel en la entrada del campo de concentración de Solovkí, primera semilla del Gulag.

jotdown.es/

 

Sí, ya sé, a las viudas del comunismo –esa especie aun más resistente que las cucarachas– el título de esta entrada las hará retorcerse como un vampiro al que se le enseña la cruz, pero es cierto: el fin de la historia ya sucedió.

Como es sabido, las dos grandes ideologías modernas proponen un fin de la historia, no otra cosa son la dictadura del proletariado para el marxismo-leninismo y el advenimiento de la democracia liberal y la economía de mercado en el liberalismo.

Siempre me ha parecido paradójico –la idea no es original– que la aceleración del tiempo que propone la modernidad, terminase en un no-tiempo, en un estadio en el que nada pasa. Para los comunistas, en su paraíso obrero, la dictadura del proletariado con su abolición a sangre y fuego de las instituciones burguesas, elimina la necesidad de revoluciones y la lucha de clases, no sucede nada: los seres humanos –menos los que son destruidos en los campos de concentración– nos dedicaríamos a ser felices por toda la eternidad. En la acera de enfrente, para los liberales (a veces mal llamados neoliberales), luego de la Revolución Francesa, antes o después la humanidad abrazaría el estado de narcolepsia en el que comprar sustituye al conflicto y por ende cancela la historia.

Obviamente mi resumen es muy apretado –alguien podría declararme inepto para enseñar en una universidad– y sirve de blanco para la docta crítica, sin embargo, si abrimos el periódico hoy –¿todavía se lee en papel?– es imposible no constatar que el fin de la historia que propuso Fukuyama (quien popularizó una idea de Alexandre Kojève), justo al caer el Muro de Berlin, se verifica con la visita de Obama a Cuba.

Cuando el Air Force One entró al espacio aéreo cubano, liquidó la dialéctica (o los restos fosilizados que quedaban), el bloqueo y ese complejo de inferioridad tan latinoamericano llamado antiyanquismo. Cuba será el mercado que le faltaba al área de libre comercio que de facto es América Latina –me gusta pensar cómo Chávez se retuerce en su tumba–.

Lo que describo no es necesariamente malo. Donde se hace más patética la primacía del binomio democracia liberal/economía de mercado[1], o más sencillamente del american way of life, es  en la foto que abre la entrada y que representa mejor que ninguna otra esta visita de Obama a La Habana. En ella se ve al Air Force One, un Boing 747 personalizado, volando sobre un par de esos carros de museo que abundan en La Habana y que harían las delicias de Chip Foose. Hay una brecha, tal vez insalvable, de 60 ó 70 años entre ambas tecnologías, que representa una más grande aun, que va de la premodernidad a la postmodernidad. He ahí la única promesa cumplida del castrismo: podrirte en el tiempo, aunque excusándose en el bloqueo.

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Imagen: sumarium.com/

La crítica de Trump sobre que Obama no fue recibido por Raúl Castro, no es relevante: solo artificios electorales, porque su sola presencia en Cuba muestra la aguda postración cubana que ya no puede ordeñar a su quebrada colonia venezolana. Incluso si Trump ganase la presidencia y desanduviese un poco la política exterior de Obama, basta mirar la lista de empresarios que desembarcaron con Obama[2], para entender que la inviabilidad del modelo cubano que Fidel Castro confesó justo antes de sucumbir a esa senilidad que tanto parece disfrutar Nicolás Maduro[3], está siendo resuelta con dólares estadounidenses y adulación castrista –les va la vida en ello–, en un proceso irreversible que coloca a la así denominada Revolución Cubana como un desvío más, aunque terrible, en la fatal marcha de la historia hacia la satisfacción idiota de comprar en un mall y ver reality shows.

 

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[1] Aquí debo citar la posibilidad mencionada por Fareed Zakaria de que a los distintos tipos de capitalismo le correspondan distintos regímenes políticos, no siempre democráticos, lo que no hace inviable una sociedad tal. Ahí está China para demostrarlo o tal vez Cuba en el futuro

[2] Hay información relevante sobre el tema en este enlace: http://www.lanacion.com.ar/1881622-quienes-son-los-empresarios-que-acompanan-a-barack-obama-en-su-visita-a-cuba.

[3] Aunque luego la propaganda cubana le enmendó la plana al ‘Caballo’, su declaración puede leerse en este enlace: http://www.theatlantic.com/international/archive/2010/09/fidel-cuban-model-doesnt-even-work-for-us-anymore/62602/.

 

Bolas de paja

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Imagen: Wikipedia

Where have all the cowboys gone?

 Paula Cole

El western es mi género favorito. Desde El Llanero Solitario de la televisión (muy lamentable la mamarrachada para cine en la que participó Johnny Depp hace poco[1]) y hasta cada uno de los personajes de John Wayne, los vaqueros me dotaron de dos ideas fundamentales: el mundo se divide entre buenos y malos (nosotros siempre somos los buenos) y si matas –o hieres en la mano– suficientes malos, el mundo es mejor.

Ya sé que Clint Eastwood mató al género en 1992 con su Unforgiven[2] y hoy es imposible ver una de vaqueros en el cine –de hecho la última que vi, en 2011, fue un refrito de  True Grit[3]– o en la televisión (salvo por Deadwood), pero durante mi niñez, cada domingo a las 5 de la tarde tenía una cita con los vaqueros en Cine del Domingo de Venevisión.

Vi tantas películas de vaqueros que deberían darme la nacionalidad estadounidense. O no tanto, porque ya de adulto descubrí que la mayor parte de esos westerns de mi infancia eran un simulacro cultural: películas filmadas en España, con una crew entre italiana y española. Lo único gringo eran las caras sin afeitar de Eastwood, Wallach y Van Cleef. Me tomaría algo de tiempo descubrir a John Ford o a Sam Peckinpah y sus westerns más auténticos.

Y es que viéndolo bien, los símbolos culturales estadounidenses son tan artificiales como los de cualquier otro país –¿cuán representativo es hoy el francés de boina y baguette?–, algo que precisamente queda en evidencia en su subcultura vaquera. De esta, hay dos íconos que muestran esa hibridez –García Canclini dixit– o burla que es toda identidad cultural.

Por un lado están esas bolas de paja que ruedan por el oeste americano –y en el imaginario de lo que creemos que es genuinamente yankee–, parte ineludible de un decorado en buena medida kitsch. Pues bien, resulta que esas bolas de paja o hierba rodante (Salsola tragus) son un cardo originario de Rusia (toda una ironía durante la Guerra Fría: no entiendo cómo el senador McCarthy no las persiguió), que contaminó semillas de lino sembradas en Dakota del Sur entre 1873 o 1874, según leo en National Geographic. La raíz de esta planta que crece en todo tipo de suelo, se debilita cuando está cargada de semillas, para que, y gracias al viento, pueda reproducirse como una verdadera plaga que ha colonizado todos los estados menos Alaska y Florida, sigo leyendo en la revista.

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Imagen: flowers4u.wordpress.com/

Pero, el símbolo cultural estadounidense por excelencia es el carro, y uno de los mejores fabricados nunca es el Ford Mustang, que toma su nombre precisamente de la cultura vaquera, del caballo salvaje de ese nombre. Desde los comerciales de Marlboro hasta los nombres de infinidad de equipos deportivos, el mustang define parte de la identidad cultural estadounidense, eso que de libre –en realidad violentamente criminal– se adjudica a sí misma esa sociedad. Bien, como es harto conocido, la palabra mustang es un derivado de la palabra española mestengo que es como se llamaba a los caballos extraviados introducidos por los conquistadores, de los cuales descienden todos los caballos del Nuevo Mundo.

En estos días en los que el chavismo da estertores intentando por enésima vez, con discursos y demás pendejadas, que prenda el sentimiento anti estadounidense en un país profundamente pitiyanqui desde hace más de cincuenta años –otra muestra de las promiscuas identidades culturales que construimos–, pienso en bolas de paja rodando en el desierto.

 

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[1] Es sorprendente lo malo de cada adaptación cinematográfica del personaje: cada una es peor que la anterior.

[2] En estos enlaces hay unas mejores descripciones del género que las que hago en mi modesta entrada: http://www.jotdown.es/2016/01/el-western-notas-sobre-un-genero-difunto/, http://www.jotdown.es/2016/03/el-papel-o-papelon-de-los-indios-en-el-cine-i-el-salvaje-despiadado/ y http://www.jotdown.es/2016/04/papel-papelon-los-indios-cine-ii-lavando-la-conciencia-3/, respectivamente.

[3] Las últimas dos películas de Tarantino y A million ways to die in the west (2014) son solo bufonadas.

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Imagen: Getty Images.

You erased my famine, unpicked my anger…

Rumi

Me gustan las películas de Will Smith por lo mal actor que es[1]. Siempre es divertido, porque sus recursos como actor son tan limitados que, sin importar la película, siempre interpreta al Príncipe del Rap (The Fresh Prince of Bel Air), ese icono del final de mi niñez. En Independence Day (con la que se puso los pantalones largos) me pasé media película esperando que apareciera Jeffrey y le dijera ‘Amo William’.

Incluso cuando ha intentando actuar en serio, siento que tiene la gorra de lado: luego de Six degrees of separation confesó que terminó enamorándose de Stockard Channing, porque se le fue la mano con el método. No he visto Ali porque no se me ocurre alguien menos parecido a Cassius Clay, aunque en The Pursuit of happyness sí me recordó a mi papá cuando olvidaba peinarse –le hubiese dado realismo al personaje si hubiese sacado de la cartera uno de esos peines para afros que consistían en una barra negra que sostenía cuatro o cinco delgados tubos de metal que luego se ajustaba a otra pieza negra y se llevaban en la cartera, o enredados en la tumusa[2]–. En Seven Pounds tiene dificultades para hacernos creer que se muere.

Pero es en I am legend (ese refrito de la película con Charlton Heston The Omega Man, que es a su vez un refrito de The last man on earth), donde más me gusta la mala actuación de Will. Como se sabe, en esa película, después de que un virus ha convertido en zombis (demasiado artificiales por las CGI) a los seres que no ha matado, Will, como el Cnel. Robert Neville, parece ser el último hombre vivo, y al menos en Manhattan lo es.

Cualquiera pensaría que nadie se cansaría de tener a la Gran Manzana como patio de juegos para él solito, pero lo cierto es que la soledad, aunque se tenga por compañía al perro más noble e inteligente del mundo, puede quebrar incluso al ser humano más duro. No poder hablar con un semejante es tan devastador que se pierde la razón. Esto lo saben bien los torturadores de toda laya: si se aísla a alguien de todo contacto humano durante el tiempo suficiente, hablará más y mejor que si se le golpea. Tortura blanca lo llaman algunos esbirros[3].

Ahora, la demencia de su personaje la interpreta Will Smith con un par de gestos: pone los ojos aguados y saca el mentón, mientras habla con maniquíes. Nada más.

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Imagen: starpulse.com/

Aunque es la soledad lo que lo vuelve loco, lo cierto es que el hambre –con su capacidad de enajenar–  también está presente, porque en el fondo el problema con los zombis es ese: al comer humanos, perros o caballos, hacen que la sociedad implote. Así, algo de la demencia del Cnel. Neville se debe al hambre y se pone de manifiesto cuando ordena latas de comida en su alacena, y más aún cuando en compañía de los únicos seres humanos que ha visto en años (el sueño de todo hombre luego del apocalipsis zombi: una adorable mamá, interpretada por Alice Braga, con su hijo, que además prepara el desayuno), arroja al suelo un plato con valiosa comida y se queja violentamente de que había guardado el jamón para una ocasión especial.

Escribí esta entrada porque me sorprendió advertir que ordeno con la misma meticulosidad que el Cnel. Neville, latas de comida en mi closet. Sí, como ya no cabe en ningún otro sitio, desde hace meses he tenido que guardar comida (paquetes de pasta, latas de carne o sardinas) junto a mi ropa. Hace no mucho tal cosa me hubiese resultado impensable, degradante, pero en mi casa almacenamos comida –sé que en otras también– como si la sociedad se hubiese derrumbado por una epidemia y solo quedase la opción de recolectar lo que se pueda para no morirnos de hambre.

El loco no advierte que ha sucumbido, que su mente es su peor enemiga. Hace rato que la demencia de conseguir algo de comida y bienes básicos en largas colas, de pagar lo que obliga el mercado negro o de racionar el jabón o el papel de baño nos resulta normal en Venezuela. Tal vez ya somos todos unos zombis o solo unos pendejos demasiado flojos para tener dignidad.

En mi caso no guardo jamón como un tesoro para un día especial luego del fin del mundo: yo guardo latas de atún. En este país, destruido por el maldito virus chavista, una sola lata de atún cuesta varios días de sueldo.

 

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[1] Hay un cameo en Jersey girl en el que Will Smith, haciendo de sí mismo, le explica al personaje de Ben Affleck que no sabe actuar y que es famoso solo porque sabe hacer reír. Más aún, Tatyana M. Ali dudaba de Smith como actor porque constantemente olvidaba sus líneas.

[2] No estoy seguro de que me lean fuera de Venezuela, pero en ese caso debo indicar que tumusa es precisamente una pelambra, un afro.

[3] Ya que escribo sobre cine, la referencia ineludible aquí es la película El secreto de sus ojos de Campanella y la terrible (aunque justa) venganza que descubrimos al final.

El Demoledor

Sin títuloOn veut bien être méchant, mais on ne veut point être ridicule.

Molière. Tartufo

Hay algo profundamente caricaturesco en el chavismo que alcanza su epítome con Nicolás Maduro. Claro, esta ha sido una bufonada que hemos pagado muy caro.

Si hubiese alguna forma de obviar los muertos, el pillaje, la humillación, de todo este tiempo, el saldo que queda luego de 16 años son unos personajes de comiquita, qué otra cosa sino fue Chávez. Nos delata como nación el que la mayor parte de ella haya sido seducida por un bufón, por una caricatura.

Lo de Maduro como máxima expresión de un chiste está determinado además por su fatal necesidad de ser un sosías de Chávez: ese imitador de segunda de Fidel Castro. Vestirse como otro, hablar como otro, que a su vez se vestía como otro, hablaba como otro, hace que cada aparición pública de Maduro sea ese show ridículo al que asistimos desde el dedazo de diciembre de 2012.

Repito: si no fuese por los terribles daños, es como si estuviésemos viendo una desvencijada parodia de la Radio Rochela. Solo que nadie se está riendo ya.

Imagen: el-nacional.com/

Imagen: el-nacional.com/

La cercanía entre Maduro y una comiquita se me hizo más patente aún con las marcas que dejan los militares en las casas de los colombianos deportados –¿cuántos de ellos habrán sido cedulados irregularmente para alterar elecciones desde 2004?– en los últimos días desde Táchira. A algunas les ponen una R, cuyo significado aún no conozco (¿’Robadas’, tal vez?), pero a las más precarias las marcan D, que quiere decir demolición.

El chavismo siempre con la palabra fascista lista para agredir y mira: erige a una minoría como chivo expiatorio y destruye sus vidas. Supongo que con cada colombiano deportado el kilo de caraotas se hace más barato.

Sí, Maduro es un dibujo animado, tiene mucha –sino toda– de la ineptitud del Coyote, de la ceguera suicida de Mr. Magoo, o los bigotes y la violencia bufa de Sam Bigotes, pero con lo de los ranchos demolidos de los colombianos –tan Israel en la Franja de Gaza– lo equiparo con una versión pendeja, pero peligrosa de Ralph el Demoledor, esa película de Disney de hace dos o tres años.

Ser un torpe destructor que derriba la casa en la que vive es una exacta metáfora del chavismo.

Ur-fascismo chavista: culto de la tradición

Figuras chavistas en un pesebre en diciembre de 2011. Imagen: eju.tv/

Figuras chavistas en un pesebre en diciembre de 2011. Imagen: eju.tv/

La tradición es la personalidad de los imbéciles.

  Maurice Ravel

 

Umberto Eco menciona en ‘El Fascismo Eterno’ a los saberes arcaicos como el contenido de la gnosis fascista. Si para Karl Mannheim la ideología es el sistema de ideas que busca ocultar y conservar el presente interpretándolo desde el punto de vista del pasado, el fascismo no puede sino abrevar de fuentes ubicadas en tiempos remotos. Con la tara adicional de que el pasado que fabrica toda ideología es falso.

En suma, qué propone el chavismo que no sea una vuelta al pasado, o bien a la Guerra de Independencia o a la caduca confrontación de la Guerra Fría. La meca chavista, la Cuba de los Castro, es precisamente una isla congelada en el tiempo por más de 50 años –ahí están sus Chevrolet Bel Air 57 para mostrarlo– que ha requerido de la mano estadounidense para saltar de era.

Antes señalaba que el pasado que crean las ideologías es falso, esto en buena medida porque es un pastiche en el que degeneran todas las incompatibles tradiciones de las que el fascismo echa mano para conseguir la conformidad –Eco lo llama ‘cultura sincrética’ que debe tolerar todas las contradicciones–, desde la tradición laica hasta la más rancia religión, desde el pasado más lejano hasta el banal suceso de hace unas horas.

Tenemos como ejemplo por antonomasia al ‘Árbol de la tres raíces’ chavista[1], esa planta mutante cuya representación gráfica sería un Simón Bolívar en la copa, el tronco de Simón Rodríguez y Ezequiel Zamora en forma de raíces, que como empaque ideológico apela al mito de la independencia y a la tradición de guerra decimonónica para legitimarse.

Hay más cultura sincrética que debe tolerar todas las contradicciones en la prédica chavista. Todo el ataque al periodo colonial se hace en español, no en wayuunaiki. Aquí además vemos cómo el chavismo –al igual que todo ur-fascismo– altera la historia mediante el expediente de enaltecer unos períodos mientras sataniza otros.

Así, en su cronología espuria, nuestro ur-fascismo salta de la etapa precolombina –cuando aún no éramos venezolanos– a la Guerra de Independencia, luego se toma en cuenta uno que otro momento a finales del siglo XIX; Guerra Federal, Guzmanato, para elegir como antesala de la era dorada, a las dictaduras de Gómez y Pérez Jiménez y a la insurgencia comunista de los sesenta, entre todo el siglo XX.

Más tradición delirante. Catalogar a Jesús como protochavista –tal vez por aquello de la multiplicación de los peces, vale decir: crear riqueza mágicamente para repartirla ávidamente a la masa– es un rasgo que permite catalogar al chavismo como ur-fascista.

Si resulta que somos chavistas desde el inicio de la era cristiana, entonces esa ideología es mucho más que el sistema de ideas de una facción de ur-fascistas: es la mismísima tradición que se nos inocula con el bautismo.

 

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[1] Hay otras versiones de este Frankenstein vegetal. Está el árbol de las cuatro raíces que incluye –no podía faltar– al mismo Chávez como un brote y el de las cinco raíces que suma a Miranda y a Sucre a las tres originales.

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