Spies like us: Trajes Elegantes

Imagen: @Le_Figaro

Imagen: @Le_Figaro

I’m not your friend. I’m not gonna help you. I’m gonna break you.

Zero Dark Thirty

 

Comencé a tomar en serio al personaje de James Bond cuando vi cómo lo torturaban en Casino Royale protagonizada por Daniel Craig. Eso de que el mejor espía de su majestad le pidiese al malo que le rascase las bolas con un mecate de los que se usan en los barcos para asegurar carga, le otorgó credibilidad.

Antes, solo lo había visto torturado en Die another day y en The world is not enough. Pero por alguna razón, Pierce Brosnan siempre me ha parecido el James Bond más postizo de la franquicia; por lo que en la primera se me asemeja más a un recogelatas cubierto con su costra de mugre que a un espía torturado; mientras que en la segunda, la tortura con el garrote vil parece más bien un juego sexual con el personaje de Sophie Marceau.

La contradicción siempre ha estado presente: la imagen impecable de trajes de tres piezas hechos a la medida grises o azules, y relojes omega, se acerca más a la de un metrosexual posmoderno –¿los habrá habido en otra época?– que a la de un espía, más si es capturado.

Declaramos muchas cosas al vestir: cuánto dinero tenemos –y desde cuándo–, si ese dinero ha servido para dotarnos de educación y buen gusto o si solo ha potenciado nuestra marginalidad, quién creemos que somos, etc.

Los trajes de Bond responden todas esas preguntas. En Skyfall la escena en la que luego de destruir un tren en una persecución, Bond halla el tiempo para ajustarse los gemelos o aquella en Quantum of Solace en la que se abotona elegantemente el traje sucio luego de haber pasado coleto con él en el desierto de Atacama, son una declaración de principios que propone en la era de la informalidad, la corrección en el vestir. Esto por sí solo hace al personaje una reliquia, mucho más que el que pertenezca a la Guerra Fría que ahora sí, se acabó el miércoles pasado.

Esos trajes y corbatas impecables son el dress code que se requiere si se tiene licencia para matar. Aunque son terriblemente incómodos para ejecutar esas muertes sucias que vemos también desde el Casino Royale de Craig. Pero además hacen que el espía resalte, a fin de cuentas: ¿cuántos andan por ahí con trajes de Tom Ford como si tal cosa? A Bond es tan fácil identificarlo: siempre es el mejor vestido.

Soldados aplicando el submarino en Vietnam. Imagen: http://content.time.com/

Soldados aplicando el submarino en Vietnam. Imagen: http://content.time.com/

En contraposición, los espías de Le Carré visten de forma gris. En Tinker Taylor Soldier Spy los trajes nos muestran a unos espías que parecen más bien unos burócratas anodinos que esperan lo antes posible su jubilación. Alec Leamas usa trajes de ‘fibra artificial y ninguno tenía chaleco’ y ‘le gustaban las camisas a la americana, con botones en la punta del cuello (…)’. En suma es la ropa de un empleado –aunque letal– que no se viste para proclamar su identidad sino para esconderla, para ser un ladrillo más en el muro de la guerra fría. De nuevo Smiley es un mejor espía que Bond.

Pero la ropa cómoda es útil además si te atrapan. Supongo que debe ser incómodo que te torturen aplicándote cientos de veces el submarino mientras tienes atada la corbata con un aristocrático nudo windsor. Por otra parte los gemelos –salvo esos incómodos pero vistosos nudos de seda– son de metal, así que la electricidad además de quemar genitales, lo haría en las muñecas. Eso lo tuve muy presente esta semana con las imágenes de Alan Gross luego de ser liberado de su prisión cubana.

Se alega que él no es un espía sino un mero contratista de la USAID[1] y lo cierto es que no habla español y su trabajo en Cuba estaba vinculado a la minúscula comunidad judía de la isla sin influencia y que no es considerada disidente. Así que, o es muy buen espía, o es un trágico y anciano Austin Powers.

lan Gross. Imagen: http://www.milenio.com/

Alan Gross. Imagen: http://www.milenio.com/

No sé si el trato que recibió califique como tortura, pero como sea su tiempo en prisión no debió ser cómodo: en las imágenes del miércoles lo vemos flaco –cuando fue apresado pesaba más de 100 kilos, por lo que más de un guasón ha dicho que la cárcel cubana en realidad lo dotó de un peso saludable– y desdentado.

Para James Bond podrirse en el calor de Villa Marista con un traje Brioni puesto, de seguro sí hubiese sido una tortura[2].

 

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[1] Siempre recuerdo la aprehensión con la que me montaba en el carro de una compañera de universidad hace una década: era la oficial de proyectos de la USAID en Venezuela y yo temía que los amables esbirros de la DISIP decidieran apretarle las tuercas precisamente en una de esas ocasiones en las que me daba la cola.

[2] Hay una imagen del libro Falke de Federico Vegas en la que se cuenta cómo Román Delgado Chalbaud es encerrado en su celda de la Rotunda con nada más que su elegante traje –creo que también de tres piezas– y su corbata y pañuelos de seda. Semanas después el forro del traje (a la larga todo lo que llevaba puesto) había sido cuidadosamente seccionado para ser usado como papel higiénico.

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Spies like us

Markus Wolf. Imagen: http://de.wikipedia.org/

Markus Wolf. Imagen: http://de.wikipedia.org/

See and keep silent

Sir Francis Walsingham

Ya ha pasado casi un mes del 25° aniversario de la caída del Muro de Berlín, pero aún pienso en la Guerra Fría, y es que pocos lugares la encarnaron como el Berlín de posguerra: esa ciudad gris llena de espías.

Estos últimos siempre me han interesado. Supongo que es un lugar común: una vida anodina querría tornarse interesante. O tal vez sea solo el interés por personajes escindidos, que deben engañar a todos y a sí mismos para sobrevivir.

Hay dos tipos de espías, al menos en la ficción. Los metrosexuales como James Bond –aunque la interpretación de Daniel Craig le ha dado cierta rugosidad necesaria al personaje– y los cornudos melancólicos como George Smiley.

Creo que aquí debo hacer una aclaratoria. Bond no requiere presentación: Fleming creó uno de los estereotipos más incombustibles de la cultura popular. Aparte de Putin, James Bond es la única reliquia que sobrevive de la Guerra Fría, con mejor taquilla que el ruso por cierto.

De alguna forma, ese éxito del personaje de Fleming ha eclipsado a todos los demás espías de la ficción. Sobre todo –y esta es una ironía– a los espías de novelas como las de John le Carré. Ironía, porque Bond es un personaje literario antes que cinematográfico.

Anthony Blunt y la Reina Isabel II. Imagen: http://www.artscope.net/

Anthony Blunt y la Reina Isabel II. Imagen: http://www.artscope.net/

Así, y aunque también han tenido sus versiones para cine (todas superiores a las de Bond), si hablo de George Smiley, Control, Leamas o Karla; nadie sabe de qué hablo. Tal vez la excepción sería El jardinero fiel. Lo mismo pasaría con cualquier personaje de Graham Green. Solo el Jason Bourne de Ludlum se salva y eso por las películas de Matt Damon.

Sin embargo, incluso el espía más prescindible de Le Carré es mucho más real que Bond, mucho más cercano a ese Berlín dividido en el que se asesinó en nombre de las ideologías hasta hace dos décadas y media. Tal vez por eso mismo, el personaje de Fleming lo pasa mucho mejor que los de Le Carré. A fin de cuentas: quién no querría tener a tan solo una de las mujeres de Bond, manejar sus carros o vestir sus trajes.

Como vivo en un país que seguirá naufragando, puedo usar mi blog para describir la cercanía con el abismo o para evadirme con algo de kitsch. Igual: no hay nada como diciembre para sumergirse en la cultura pop. Por ello, le dedicaré unas pocas entradas tanto al glamoroso espía de Fleming como a los de John le Carré, a sus espías como nosotros.

Por cierto: hoy se anunció el título y el reparto de James Bond 24. Hay información en este enlace: http://cultura.elpais.com/cultura/2014/12/04/actualidad/1417690697_170501.html.

Este mensaje se autodestruirá en 10, 9, 8, 7,…

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