Un perro con todo

Filippo Saglimbeni

Puesto de perros de Filippo Saglimbeni en la plaza Altamira. Imagen: laguiadecaracas.net/

 La mejor salsa es el hambre

Anónimo

 

En Venezuela hay una escatológica cercanía entre perros y comida. Acusamos a casi cualquiera que venda comida ambulante –chauvinista, aunque no del todo infundadamente, los chinos que casi siempre venden comida en locales establecidos; esos templos de la cerveza fría y el kitsch, encabezan el ranking– de beneficiar perros callejeros –también gatos y ratas[1]– y servírnoslos en las más diversas y sabrosas preparaciones, desde pinchos hasta valga la redundancia; perros calientes.

Alrededor de estos últimos podríamos tratar de deducir unos poco rasgos de una autentica –en realidad falsa como todas ellas– identidad cultural del venezolano[2]; que si la receta local refleja nuestro barroquismo e hibridez cultural, cuando lo cierto es que en cada país de América Latina la versión de los hot dogs incluye las más diversas y sabrosas porquerías, de esas que te hacen explotar el corazón a los 40; que si tenemos una postura casi que condicionada genéticamente para comerlos –con el culo echado para atrás y la boca desmesuradamente abierta–, etc. Aquí lo escatológico está en la falta de higiene que le achacamos a la versión callejera; en Venezuela comemos un asquerosito –conozco a una jovencita que picaronamente le dice al perrero: “dámelo con todo y amibiasis”– no un perro caliente, mucho menos un pancho. Sin embargo, al mismo tiempo, nada congrega más en una ciudad venezolana que un carrito callejero de perros calientes –fue patrimonio de  Caracas el carrito del fallecido Filippo Saglimbeni en Altamira[3]–, solemos dar las direcciones usándolos como hitos: dos cuadras más allá del perrero, llegas donde el perrero y cruzas a la derecha y así.

Desde mediados de los 90, una de las formas más harteras de atacar a la democracia fue el infundio de que los pobres comían perrarina, como si de verdad un bodeguero de La Línea pudiese vender al detal perrarina a un precio que pudiesen pagar quienes solo podían comprar una harina pan –¡ah! tiempos aquellos– para toda la semana; o como si en la cola del jeep para la parte alta del cerro alguien hubiese podido exhibir su riqueza con la bolsa de varios kilos de perrarina para el firulais meztizo y garrapatudo del rancho. Nunca fue cierto, la democracia no obligó a los más pobres a comer perrarina, simplemente porque no podían pagarla, no merecía ser destruida por eso. Hace más de un año un periodista jodedor se merendó un tazón de perrarina para ilustrar una nota sobre el engaño, según puede verse en este enlace: http://elestimulo.com/blog/en-verdad-la-gente-puede-comer-perrarina/

Pero tal vez el hito que resemantize esa relación entre perros y comida obligándonos a mirar nuestra miseria sea la noticia de hace una semana sobre unos hombres descuartizando un perro para comer –sí, ya sé: ¿para qué otra maldita cosa se descuartizaría un perro?– cerca del mercado de Quinta Crespo, en la misma Caracas de los perros del señor Filippo. El lugar común es decir que el chavismo llegó para impedir que la gente volviese a comer perrarina y terminó haciéndonos comer perros. Pero tal vez ahora decirle perrero a alguien signifique otra cosa, tal vez ahora algunos sientan asco de verdad al comerse un perro con todo.

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[1] En realidad la relación, que creo no es exclusivamente nuestra, sería entre comida y animales en general. Es famoso el rumor sobre que el diablito se hacía con ratas –algunos advertían un imperceptible cambio de color en el jamón endiablado– algo que incluso afectó las ventas.

[2] Siempre recuerdo haber visto como a un extraterrestre maricón –mi homofobia es como esas verrugas en las palmas de las manos que tanto nos avergüenzan pero que no podemos eliminar– a un tipo que a mi lado en una de esas madrugadas etílicas venezolanas pidió un perro “solo con mostaza” como si estuviese en Brooklyn. Aparte: en 2014 los perrocalientes Santa Salsa del venezolano Sergio Barrios fueron premiados como los mejores de Nueva York.

[3] Hay una anécdota en la que Petkoff llega de madrugada con un comando guerrillero urbano pidiendo perros con todo al tiempo que ofrece pagar escrupulosamente la cuenta.

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