Esta satrapía ya es mayor de edad

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Imagen: notihoy.com/

Ainsi nous avons la démocratie, moins ce qui doit atténuer ses vices et faire ressortir ses avantages naturels; et voyant déjà les maux qu’elle entraîne, nous ignorons encore les biens qu’ell peut donner.

Tocqueville. De la Démocratie en Amérique

 

Es gracioso cómo en un país sin ley hay opiniones jurídicas. Para un abogado no son divertidas, son un recordatorio de su derrota, de que su título es un pedazo de pergamino con firmas y sellos que no vale nada.

Una de las que se repite por estos días, en los que el chavismo ejecuta otra de sus razias, es que, luego de que el Parlamento declarara que ese sátrapa pendejo –o no tanto– llamado Nicolás Maduro abandonó el cargo estamos en una dictadura.

Esa declaratoria fue el 9 de enero pasado. Debe entenderse que de ahí para atrás éramos una democracia, no como la suiza obvio; más bien como esos simulacros tercermundistas en los que se vota de vez en cuando, y un payaso se tercia una banda de colores los días patrios y hace como que gobierna.

¿Es así? ¿Antes del 9 de enero de 2017 Venezuela era una democracia? Resumiendo –y robándome la frase de Vargas Llosa–, ¿cuándo se jodió esto? Tengo la impresión de que fue mucho antes de enero de 2017

Este país primitivo, suicida, eligió presidente a Hugo Chávez en diciembre de 1998. El país todo: su clase media, sus medios de comunicación, sus empresarios; gente que había ido a la universidad y se suponía que sabía leer, junto a la masa pobre –solo un poco más– que quería mejores migajas del festín. Hasta ahí todo muy democrático. Bueno, según nuestros estándares: votar por listas cerradas, usar recursos públicos en la campaña, tener candidatos que solo ofrecían repartir las migajas que ya mencioné o hasta reinas de belleza con peinados ochentosos.

Pero cuando se derogó la Constitución de 1961 por un procedimiento no previsto en ella se acabó la democracia –técnicamente se dice ‘rompimiento del hilo constitucional’–.

No importa el ejercicio manierista de hermenéutica constitucional que cualquier abogado pendejo intente: desde ese momento se liquidó la democracia venezolana y el cadáver de la nación se ha estado hinchando y pudriendo al aire libre desde entonces. Las colas por comida son las moscas.

Pero supongamos que soy un anti chavista radical, un fascista impúdico con su afiche de Mussolini, Hitler y Franco, que no entiende que la Constitución chavista fue votada en un cuasi plebiscito –nunca se estableció que pasaría si perdía la opción del sí: ¿se volvería a la Constitución de 1961? ¿Chávez gobernaría por decreto hasta que se pergeñase y se votase un nuevo texto? – en diciembre de 1999. Es decir: obviemos el pecado original y consideremos válido el orden jurídico chavista instaurado en 1999.

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Imagen: psuv.org.ve/

Si hiciéramos eso, tendríamos problemas. En ese lluvioso diciembre y luego de ser votada la Constitución, la Asamblea Constituyente designó a los titulares de los órganos del poder público no electos de acuerdo a un procedimiento no previsto por la nueva carta, además de a una así denominada Comisión Legislativa que fabricó leyes por casi un año luego de ese referéndum. Todas las elecciones del año 2000 fueron llevadas a cabo según procedimientos no establecidos en la Constitución y por autoridades que ejercían írritamente sus cargos. ¿Éramos una democracia entonces?

A finales de 2002, intentando expulsar al parásito chavista que tan gustosamente había ingerido en 1998, el país probó un laxante legal –luego de los vomitivos violentos al inicio del año–: el referéndum revocatorio convocado para febrero de 2003. Este no se realizó sino hasta agosto de 2004, justo cuando el chavismo podía ganarlo. ¿Cuán democrático es un país en el que las elecciones dependen de la voluntad del que manda?

En diciembre de 2007 a Chávez se le dio una soberana paliza cuando intentó modificar fraudulentamente su propia constitución mediante una reforma que no era tal. Esa derrotada reescritura sin embargo se llevó a cabo por medio de decretos y con ese golpe de Estado incruento que fue el referéndum de febrero de 2009 que le ponía un tornillo en el culo al ocupante de la silla de Miraflores. ¿Cuán democráticos éramos luego de que el Estado aplicase leyes rechazadas en comicios?

En 2012 las elecciones presidenciales se realizaron en octubre, justo a tiempo para que un Chávez moribundo fuese candidato. En diciembre de ese año, cuando tocaba hacerlas, renunciaba. De nuevo: se votó solo cuando Chávez podía ganar. El tufo a dictadura pútrida semejaba al de un cuerpo comido por el cáncer.

Al instante en el que se supo que había muerto el Gigantísimo Líder, Maduro era nominalmente vicepresidente. Según la Constitución chavista para ejercer la presidencia interina debía nombrarse al presidente del Parlamento, y si nuestro chófer quería ser candidato, en la inminente elección, debía separarse del cargo. Sabemos que Maduro ocupó la presidencia al tiempo que era candidato, usando todos los recursos del Estado venezolano para ganar una elección cuyo resultado él mismo reconoció dudosos cuando llamó a contar cada voto en aquella madrugada de abril de 2013.

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Imagen: albaciudad.org/

El 20 de octubre del año pasado unos esbirros, que gustan llamarse jueces, clausuraron el referéndum revocatorio que de acuerdo a las mismas reglas chavistas la oposición había logrado instrumentar. Hace casi un mes debieron realizarse elecciones de gobernadores, suspendidas de facto por esa junta de madamas llamada CNE. No solía estar muy despierto en las clases de derecho constitucional –el profesor estaba perdidamente enamorado de sí mismo y pagábamos el precio oyéndolo hablar de él durante horas–, pero un país donde no hay elecciones no calza con la definición de democracia según recuerdo.

Chávez ejerció el poder con poderes legislativos más de la mitad de su tiempo como mandón. Maduro lleva más de tres cuartas partes. Esa casa de putas togadas llamada TSJ no ha sentenciado nunca en contra del régimen desde 2004. ¿Cómo se denomina un sistema político en el que el parlamento no legisla y no hay separación de poderes?

Esta satrapía no se inauguró hace tres días: ya es mayor de edad. Solo la de Juan Vicente Gómez –quien murió en funciones– ha durado más. Hasta ahora.

Índice Natgeo

Imagen: theprimalist.com/

Imagen: theprimalist.com/

We fancy, because an individual would be much richer, were his stock of money doubled, that the same good effect would follow were the money of every one increased; not considering, that this would raise as much the price of every commodity, and reduce every man, in time, to the same condition as before.

David Hume

Como es conocido, la revista The Economist publica semestralmente desde 1986 su índice Big Mac en el que muestra el poder adquisitivo de distintas monedas usando como referencia el valor del menú de ese nombre de McDonald’s –espero haber entendido bien la explicación del artículo de Wikipedia, aunque hay una mejor en este enlace: http://www.economist.com/content/big-mac-index–, en los países donde se vende. Así, se  compara el valor en dólares, una vez hecho el cambio, de ese menú; para determinar lo sobrevaluada o devaluada que esté la moneda local y de ahí su capacidad de compra.

Es una medida de la pobreza –a la que se le critica falta de rigurosidad, aunque en The Economist siempre han aclarado que nunca pretendió ser una medida precisa, por lo que además han creado un índice ajustado que incluye el PIB por persona–: si ganas un salario en una moneda devaluada hasta el subsuelo hay cosas que nunca tendrás.

Venezuela quedó de última en el más reciente índice Big Mac, este enlace muestra la noticia: http://www.el-nacional.com/economia/Venezuela-ultimo-indice-Big-Mac_0_668333349.html. Aquí, esa hamburguesa costaba en julio 0,67 centavos de dólar –en este enlace están los datos exactos: http://www.economist.com/content/big-mac-index– a un cambio irreal al cual virtualmente no se transa ningún bien o servicio. Mientras escribo casi dos meses después, tal vez el precio haya caído en un tercio.

No recuerdo nunca que luego de ver una de esas listas que agrupan a los países según algún criterio de desarrollo, me haya sentido bien con llevar una cédula venezolana. No recuerdo una medición del tipo que sea en la que no se nos haya retratado como un país menesteroso. Durante décadas.

Portada de National Geographic en español de diciembre de 2000

Portada de National Geographic en español de diciembre de 2000

Bien: volvamos a los índices que delatan el mísero país que somos. Una moneda devaluada sirve para mejorar las exportaciones –una de nuestras metrópolis, China; acaba de hacerlo artificialmente una vez más para mejorar su ralentizada economía–, pero si está tan devaluada que incluso fabricarla es más caro que su valor legal, sus billetes (las piezas en metálico hace rato desaparecieron contrabandeadas) solo sirven para hacer aviones de papel. Así pasa incluso con nuestro billete de más alta denominación, como leemos en este enlace: http://www.el-nacional.com/economia/billete-bolivares-vale-Suramerica_0_668933174.html.

Supongo que hay otras formas de medir nuestra pobreza, otros índices de nuestra miseria. Sobre todo porque en Venezuela es legal (legalidad chavista se entiende) que el Banco Central no publique ningún indicador (dañaría la economía fue el argumento de los gerifaltes rojos), por lo que para medio discernir el pantano en el que nos movemos, los venezolanos hemos ideado nuestros propios índices económicos hechos en casa.

Por ejemplo, algunas amas de casa tiene algo así como el índice cartón de huevo o el índice kilo de caraotas. Algunos pícaros tienen su índice cuatro horas en el motel y así. Simplemente te fijas en el precio de un bien o servicio hoy y luego compruebas cómo semana a semana va subiendo al ritmo con el que el régimen imprime billetes para tapar ese hoyo negro llamado déficit fiscal (más de 20% del PIB). Así sabes cuán pobre te has vuelto.

El mío es el Índice Natgeo. La última vez que compré una revista National Geographic en español, en agosto del año pasado –que llegaba con cuatro o cinco meses de atraso–, pagué Bs. 80 (en realidad 80 mil, ya que la pendejada esa de quitarle tres ceros a la moneda solo sirvió para escribir menos ceros y para nada más), luego de casi un año de no verla más en los quioscos (tampoco se vende desde hace años la misma The Economist o TIME, cuyo último precio etiquetado que vi fue de Bs. 100, ósea: ¡100 mil bolos! ), hace unas semanas a finales de julio, me tropecé con una –aunque era la versión en inglés[1], de hace diez meses– en Bs. 600, es decir: ¡¡600 mil bolos!!

Esa revista sola, hace un mes, valía el 6% del sueldo de un profesor universitario que  recién ingresa al escalafón.

Portada de National Geographic en español de abril de 2014

Portada de National Geographic en español de abril de 2014

Los índices que incluyen comida en su valoración de la debacle venezolana denotan hambre. Mi índice denota algo más, una animalización en otra esfera más sútil.

En Venezuela si no eres un enchufado, un narco, un empresario acomodaticio, en suma; un miembro de la boliburguesía, lo cierto es que tienes problemas para vestirte, comer o estar sano. Pero el que esa pendeja revista cueste más de medio millón de bolívares y que haya aumentado siete veces su precio en un año, habla de otra carencia, una imperceptible, menos acuciante para algunos. Aunque igual de humillante.

Debí fotografiar esa revista en 600 mil bolívares, para ponerla junto a mi afiche de Sharbat Gula.

 

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[1] La revista en inglés solía duplicar el precio de la versión en español.

 

Opio Hub

Imagen: lego.brickinstructions.com/

Imagen: lego.brickinstructions.com/

(…) non edificate sanza fondamenti

Leonardo

 

Fui un niño exageradamente aficionado al lego. De ahí que en buena medida conciba a las ciudades como esos constructos del librito de instrucciones que venían en las cajas de este juguete.

Así, las megaestructuras que veo en National Geographic Channel me ponen a delirar. Sobre todo los aeropuertos. Lo que me gusta es la magnitud de algo que está formado por piezas tan pequeñas, porque desde una tableta hasta un Airbus, desde una nota hasta una novela, lo cierto es que la humanidad no sabe construir de otra forma que no sea agregando piezas: las mismas proteínas que a nivel molecular sostiene  la vida como la conocemos son agregados minúsculos. Es esta además una metáfora de la cultura en general.

Por eso la palabra hub tiene para mí esa doble reminiscencia de lo lúdico pero también de hito de la civilización. Además está el hecho de que nunca he estado ni remotamente cerca de un hub.

Leo la palabra y pienso en Schiphol, Heathrow, LAX o la Grand Central. Pero tuve mucha mala suerte y nací en Venezuela, un país –ya no estoy seguro de que se deba llamar así a este lodazal de mierda– en cuyo principal aeropuerto no se usan los baños por falta de agua y que el martes se quedó sin luz, o cuyo principal terminal de transporte terrestre se incendió parcialmente hace unos meses y aún no ha sido reparado.

Primera página de ayer del diario ABC de España.

Primera página de ayer del diario ABC de España.

Si excluimos hospitales, escuelas, cárceles y supermercados, no hay ningún otro lugar en el país en el que la condición de venezolano sea tan humillante como en los terminales de transporte del tipo que sea.

Sí: no hay nada parecido a un hub en Venezuela, o al menos eso creía hasta que The Wall Street Journal (los suscriptores pueden leerlo aquí: http://www.wsj.com/articles/venezuelan-officials-suspected-of-turning-country-into-global-cocaine-hub-1431977784)[1] nos informó que todo el país es un inmenso hub. Uno para el tráfico de cocaína.

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[1] La noticia fue replicada por periódicos que lamentablemente para algunos capos no pueden ser demandados en tribunales (esos antros corruptos) venezolanos: http://www.nytimes.com/2015/05/20/world/americas/us-focuses-on-top-venezuelan-officials-in-a-broad-cocaine-inquiry.html?&moduleDetail=section-news-1&action=click&contentCollection=Americas&region=Footer&module=MoreInSection&version=WhatsNext&contentID=WhatsNext&configSection=article&isLoggedIn=false&pgtype=article&gwh=F2023CC89AABD2A2A5321A093F0E3F01&gwt=pay, http://internacional.elpais.com/internacional/2015/05/19/actualidad/1431989208_049593.html y http://www.abc.es/internacional/20150520/abci-diosdado-cabello-droga-201505192105.html respectivamente.

Dictador tapa amarilla

Your power is fading, Ming!

Flash Gordon

 

Venezuela es un sucedáneo de país. A lo largo de nuestra historia hemos sido una versión de Las Trece Colonias, del Miami repleto de Malls, de una república bananera –no, creo que de esta sí hemos sido y somos un ejemplar original, tal vez hasta inventamos el molde–, de un reino saudita, y ahora somos una muy buena réplica de Zimbabue.

Somos un país tapa amarilla, como esos productos de limpieza genéricos que tal vez limpian como los de marca, huelen casi como los de marca, pero no son los de marca: solo son una copia más barata –con la humillante escasez actual los compraríamos con fruición–. De ahí que al menos en el español usado en Venezuela decimos que una cosa es tapa amarilla cuando tiene la misma calidad que una de esas millones de copias piratas chinas de marcas occidentales o japonesas.

En un país tapa amarilla, sus habitantes también somos una imitación deslucida. Somos ciudadanos de mentira: profesores universitarios que cobran cerca de 40 dólares al mes, pacientes cardíacos a los que se les da de alta para que se mueran porque no hay cómo operarlos, electores cuyo voto vale un tercio o menos si son opositores y así.

Pero en esta entrada quiero perorar sobre nuestro producto tapa amarilla por excelencia: la ideología chavista. Esa mala copia de una quimera.

Como se sabe, en algún momento de 2005, Chávez decidió salir del closet ideológico –no puedo dejar de compararlo con la salida de Ricky Martin: ¿quién antes de la confesión del artista puertorriqueño daba por sentada su heterosexualidad? Por otra parte ¿quién antes de 2005 podía ignorar la intoxicación marxista del pobre cerebro de Chávez?– y declararse socialista.

Pero como no podía faltar en quien no leyó a Marx sino los rancios manuales cubanos (más basura tapa amarilla), el socialismo chavista era una copia pirata de la marca registrada, por eso lo llamó –sin explicar nunca en qué consistía– socialismo del siglo XXI, socialismo chavista. Hoy sus herederos lo degradaron –también sin explicación alguna– a eco socialismo.

Misiles de la era soviética sobre la Plaza Roja. Imagen: weaponsman.com/

Misiles de la era soviética sobre la Plaza Roja. Imagen: weaponsman.com/

Si su ideología era una copia defectuosa y su oficiante, el imitador Chávez, era un Fidel con verruga –más bien un Fidelito, porque después de todo al gigante lo empequeñeció el miedo a la muerte (como a todos los seres humanos) y cambió el lema ‘Patria, socialismo o muerte’ por un fatuo mantra new age contra el cáncer–, se requería entonces que Venezuela fuese una Cuba, o mejor; una provincia de Cuba. Así, nos convertimos en un remedo de dictadura comunista.

Si el país se convirtió en una sentina porque decidió darle el poder en 1998 a un imitador, las cosas han empeorado –si algo sabemos en Venezuela es que las sociedades pueden degradarse ad infinitum– desde que el show lo lleva un imitador del imitador.

Misiles venezolanos amarrados con un mecate hace una semana. Imagen: maduradas.com/

Misiles venezolanos amarrados con un mecate hace una semana. Imagen: maduradas.com/

Porque a fin de cuentas el verdadero legado de Chávez (un imitador semi profesional de Fidel Castro) es Nicolás Maduro, un imitador –también amateur, aunque su espectáculo lo paga muy caro la república– de Chávez.

Aunque tal vez harto de ser un sosías de Chávez, Maduro ha incluido a Stalin en su repertorio de personajes a imitar. Es un lugar común que todo imitador usa un rasgo sobresaliente de su imitado para, caricaturizándolo, transmitirnos la totalidad del personaje.

Maduro ha elegido el bigote de Stalin (no sabe cuántas carcajadas nos ahorró al no escoger imitar a Hitler o al Malvado Ming con su ridículo bigote Fu Manchú) para entregarnos su caracterización del Hombre de Acero: ‘Mira, Stalin se parecía a mí. Mira el bigote, igualito (…)’ ha dicho nuestro showman.

Sin embargo a esta imitación le falta oficio, se le ven las costuras:

No tenemos el Gulag, pero sí Ramo Verde: esa prisión militar desde la cual Leopoldo López no tuvo ningún problema en llamar desde un teléfono público a CNN en español. Los militares para compensar su chapucero cerco al preso político más importante del país terminaron arrancando el teléfono de la pared. Fuerza bruta literalmente.

No tenemos los disuasivos desfiles militares de la era soviética en la Plaza Roja de Moscú, pero si tenemos misiles amarrados con mecates en la comparsa chavista de hace una semana.

Ficha de Stalin en la policía zarista: Imagen: cultura.elpais.com/

Ficha de Stalin en la policía zarista: Imagen: cultura.elpais.com/

No tenemos la hambruna que mató a millones solo para exterminar a la clase social de los kulács, solo la inflación y la escasez que causaron más de una década de control de cambio y de precios para destruir a la clase media, y el robo de más de 25 millardos de dólares de la hacienda pública para crear a la boliburguesía.

Por último: no tenemos al padrecito Stalin (en estos enlaces: http://www.el-nacional.com/alberto_barrera_tyszka/Guerras-fantasmas_0_595740485.html#.VQ-XI9P-A6U.twitter y http://internacional.elpais.com/internacional/2015/03/24/actualidad/1427226457_270245.html, respectivamente, hay dos opiniones que explican muy bien la condición de dictadorcito de Maduro). Solo tenemos a un pendejo que cree que su bigote ochentoso lo convierte en un malvado dictador. Un dictador tapa amarilla.

 

Marxistas suizos

Imagen: www.redbubble.com

Imagen: redbubble.com

“Erste kommt das Essen, dann kommt die Moral.”

Bertolt Brecht

 

Hace unos meses debí repasar por trabajo las reelaboraciones del marxismo –una de esas cosas divertidas que hago y por las que estoy seguro nunca enamoraré a Phoenix Marie– que van desde el neomarxismo hasta el posmarxismo: desde Lukács pasando por Adorno y Habermas, hasta Ernesto Laclau y Chantal Mouffe. Debí excluir al marxismo-leninismo porque el sentido del estudio era precisamente darle un vistazo a esta ideología aparte de su desfiguración soviética.

Tengo problemas con la palabra neomarxismo, me causa prurito. Porque el marxismo nunca es nuevo: siempre es esa mezcla rancia de pseudo ciencia con totalitarismo sin importar la sofisticación intelectual de los Horkheimer o los Žižek.

Además de una exigencia profesional entender el marxismo es una necesidad en Venezuela porque a partir de 2005 el chavismo se declaró socialista. Ese batiburrillo ideológico de los militares golpistas que iba desde nacionalismo desarrollista hasta la tercera vía, por fin se etiquetaba correctamente a sí mismo. Aunque no dejó de ser el pastiche de unos ignorantes alucinados.

A partir de ese momento tuvieron la justificación ideológica para comenzar la destrucción de la economía que delatan esas colas por pañales o harina que tanto nos avergüenzan hoy. La así denominada construcción del socialismo bolivariano fue el leit motiv que un poder judicial postrado esgrimió para que fuese legal confiscar tierras, empresas, canales de televisión, edificios y cualquier otra propiedad privada que el tablero del monopolio rojo necesitase. El expolio por decreto.

Luego de la salida del closet ideológico y ante su pretensión de originalidad, siempre se le cuestionó al chavismo el que no supiese identificar lo inédito del así llamado socialismo del siglo XXI, ¿qué le agregaba al marxismo? ¿Cómo evitaría la nomenclatura esclerotizada que se enquista en el estado y la sociedad? ¿Se había entendido el fracaso al que siempre conduce la planificación centralizada de la economía?

Siempre se tuvo la certeza de que lo que llamaban socialismo del siglo XXI era el mismísimo socialismo del siglo XIX. Que gente muera hoy en Venezuela porque no hay medicinas contra la hipertensión o que no haya desodorante en espray es la triste comprobación de eso.

Sin embargo y en loor de la honestidad intelectual, cuando repasaba a los neomarxistas como indicaba antes, hice el intento de tratar de identificar qué singularizaba la pretendida versión chavista del socialismo: ¿teoría crítica caribeña? ¿Posfordismo petrolero? ¿Hegelianismo llanero? No conseguí nada.

Imagen: hsbc.com/

Imagen: hsbc.com/

Temí que mi antichavismo recalcitrante me impidiese hacer investigación sociológica. Hasta que vino en mi ayuda hace unos días el SwissLeaks.

Ahora ya sé qué tipo de marxismo es el chavista, ya comprendí cuál es su sino epistemológico: el socialismo del siglo XXI es un tipo de comunismo que esconde en bancos suizos los fondos públicos que roba.

En la lista Falciani (hay información adicional en este enlace: http://economia.elpais.com/economia/2015/02/09/actualidad/1423490747_869803.html) el único estado que aparece como cliente es Venezuela (un mejor explicación puede leerse en estos vínculos: http://economia.elpais.com/economia/2015/02/09/actualidad/1423509060_230301.html y http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2015/02/150209_economia_latinoamericanos_hsbc_lf?ocid=socialflow_twitter, respectivamente).

Hasta ahora todos los demás clientes de la filial suiza del HSBC que se han filtrado son privados, salvo por las cuentas abiertas a nombre de la Tesorería Nacional y del Banco del Tesoro de Venezuela justo en 2005, a la par que el chavismo se declaraba socialista.

Lo anterior define mejor que nada la dialéctica chavista: es un cártel que contrata servicios financieros en paraísos fiscales para esconder el producto de su principal actividad criminal que es la corrupción.

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Imagen: popsugar.com

En El lobo de Wallstreet el personaje de Jean Doujardin, un banquero suizo de esos que trabajan en el HSBC, habla buen inglés mientras acuerda con el personaje de Leonardo DiCaprio y sus cómplices cómo abrir cuentas para esconder lo robado pero cambia al francés cuando las cosas se ponen feas.

Los responsables de abrir las cuentas venezolanas con fondos públicos en la filial suiza del HSBC son dos militares: Rodolfo Marco Torres y Alejandro Andrade Cedeño (aquí el perfil de este último: http://elimpulso.com/articulo/alejandro-andrade-de-escolta-de-chavez-a-millonario-perfil).

Durante ya demasiados años hemos oído en Venezuela a los chavistas –especialmente a los militares– maltratar el castellano. No puedo dejar de preguntarme en qué idioma acordaban esconder el botín estos marxistas suizos.

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Más real robado: poco más de un mes después de escribir esta entrada, mañana @elmundoes abre con la noticia de que otros altos gerifaltes chavistas lavaron dinero en la filial española (después de tumbar estatuas de Colón e inventar la pendejada esa de la ‘resistencia indígena’) de un ‘opaco’ banco andorrano. Se puede leer al respecto en estos enlaces:     http://www.elmundo.es/opinion/2015/03/16/5505de5422601d634f8b4585.html?cid=SMBOSO25301&s_kw=twitter y http://www.elmundo.es/opinion/2015/03/16/5505de5422601d634f8b4585.html?cid=SMBOSO25301&s_kw=twitter, respectivamente.

Misión cumplida

The Beggar, óleo 63.5 x 45.72 cm, Max Ginsburg. Imagen: www.artrenewal.org/

The Beggar, óleo 63.5 x 45.72 cm, Max Ginsburg. Imagen: http://www.artrenewal.org/

Bébanse su petróleo.

Trusts petroleros a Lázaro Cárdenas

 

En Venezuela todos mendigamos algo. Dependiendo del nivel de ingreso (una categoría cada vez más borrosa, porque la verdad es que la sociedad sin desigualdad que sirvió de coartada al chavismo –millones de incautos compraron tal espejismo– consiste fundamentalmente en dos clases: unos pocos que tienen mucho y unos muchos que no tienen nada), unos piden un pollo, otros un miserable cupo de US$ 300 creyendo que con eso se saquea Amazon y algunos mejor enchufados, dólares baratos para hacer importaciones imaginarias desde Panamá.

Somos como esas piaras de cerditos pegados a las tetas de mamá cerda, solo que en nuestro caso lo que chupamos es renta petrolera del Estado cerdo.

Describo al país desde la década de los 20 del siglo pasado: la nación vive del Estado y este de la renta petrolera. Cuando ese diagrama de flujo se altera hay problemas que llamamos ‘Caracazos’ o ‘Hugo Chávez’.

Obviamente esto, el clientelismo, es el sino de una sociedad que considera que es rica porque es dueña de una renta que unos políticos malos no saben administrar, ergo; basta cambiar de políticos que no tienen porqué ser honestos, que ni siquiera tienen que saber leer y escribir, a los que lo único que se les exige es que le hagan llegar a cada quien su barril de petróleo.

Este clientelismo ha asumido una variedad de pintorescos mecanismos (podría considerarse al organigrama estatal y a la casi totalidad de las políticas públicas en Venezuela como medios clientelares de distribución de renta petrolera) sobre todo en los últimos cincuenta y seis años.

Así, el bipartidismo tenía la sustitución de importaciones, cupos en la universidad si eras hijo de un profesor, Corpomercadeo, Recadi, la Otac, los sindicatos como parte del Estado y la gasolina barata entre otros. El chavismo tiene a Cadivi y sus derivados, las misiones y como no podía faltar: la gasolina barata.

Como se ve, en realidad no hay ninguna diferencia que permita distinguir entre cuartas o quintas repúblicas, lo que hay es una sola cleptocracia bananera. De hecho lo que se ha llamado revolución bolivariana no ha sido otra cosa que una reconfiguración violenta de la clientela política que juzgó en 1998 que los rojos podían repartir mejor que adecos y copeyanos.

Imagen: @Zapata_zos

Imagen: @Zapata_zos

Aunque ni yo puedo negar la originalidad de la marca ‘misiones’; el más eficaz ejercicio de comunicación política del chavismo en 16 años de satrapía.

Y pensar que en realidad es un producto tardío. Como se sabe, luego de casi cinco años en el poder, el chavismo en 2003 estaba derrotado y hubiese perdido el referéndum revocatorio. Pero acudieron en su ayuda los cubanos –parte interesada– y el CNE. Este último le dio tiempo fijando la fecha del referéndum fuera de los lapsos legales esperando que subiera en las encuestas. Los cubanos le dieron con qué subir en las encuestas: las misiones.

Estas nunca fueron políticas públicas, ni siquiera remedos de los programas sociales de los noventa implementados por AD y Convergencia. Aunque el mantra que repite la aplastante propaganda chavista las define como misiones para los excluidos, para los pobres, para los que existen gracias a Chávez, lo cierto es que eran y han sido desde siempre mecanismos semi-institucionalizados de clientelismo, de compra de votos. De hecho el fraude del referéndum revocatorio nunca fue ejecutado por unos supuestos hackers que corrompieron el voto electrónico, el fraude estuvo y ha estado siempre en el uso de recursos públicos para comprar al electorado.

El régimen ofrece un sucedáneo de educación (el chavismo cortocircuita su propio sistema educativo oficial con el sistema ad hoc de las misiones en el que un individuo puede recorrer todas las etapas de la educación desde la primaria hasta la universitaria y obtener un título profesional, aunque de cartón, en pocos años), algo de comida a precios subsidiados y medicina cubana, a cambio de que se le mantenga en el poder. Migajas por votos, limosnas por poder.

Estas migajas cada vez son más escazas fundamentalmente porque no es posible que la sociedad viva del petróleo, pero también porque y dado que no son políticas públicas o programas sino reparticiones corruptas de dinero, no hay forma de auditarlas, de saber por ejemplo cuánto cuesta el salario mensual de un médico cubano o dónde ubicar un modulo de Barrio Adentro según la densidad de población, por ello; la corrupción agota prematuramente la miserable torta a repartir dañando la fidelidad de la clientela, obligando periódicamente al chavismo a remozar la marca.

Imagen: @raymacaricatura

Imagen: @raymacaricatura

Así, se pasó de las ‘misiones’ entre 2003 y 2010, a las ‘grandes misiones’ entre 2011 y 2014, y de estas a las ‘bases de misiones’ a partir del año pasado. Se le ofrece a la clientela el empaque vacío de la palabra misión adornada con adjetivos propios de analfabetas funcionales porque ya no hay qué repartir.

Prometer al remedo de sociedad que somos, vivir sin esfuerzo gracias al petróleo a cambio de votos ha probado ser tan redituable políticamente en el corto plazo que no hay un solo programa opositor que no ofrezca ‘misiones’ solo que con el añadido de ‘bien administradas’. Ahí está la tarjeta ‘mi negra’ o las misiones de Capriles para corroborarlo.

El estudio Condiciones de vida de la población venezolana, conducido por la UCAB, UCV y USB (hay información mínima en este enlace: http://internacional.elpais.com/internacional/2015/01/30/actualidad/1422646346_475356.html) encontró entre otras cosas que el 49% de los beneficiados –prefiero llamarles domesticados o amaestrados– por las así llamadas misiones no están en condiciones de pobreza.

Es decir, se cumplió la misión: el nivel de vida mínimo que se gana con trabajo en cualquier sociedad sana, aquí se mendiga.

Modiano, las perlas y la Ocupación

Banderas nazis en París. Imagen: www.dailymail.co.uk/

Banderas nazis en París. Imagen: http://www.dailymail.co.uk/

–¡Siga así, señora! ¡Que vean que no les tenemos miedo!

Irène Némirovsky. Suite francesa

 

Esta entrada está llena –más de lo normal– de lugares comunes y cosas que ya todo el mundo conoce.

Ayer se anunció que Patrick Modiano es el ganador del Premio Nobel de Literatura de este año. Es el escritor de París, del colaboracionismo y del mismo libro escrito una y otra vez. Esto lo sé por todo lo que he leído sobre él, ya que no lo he leído a él, y muy probablemente no lo haga. Vivo en un país que es una isla a la deriva en la que no hay libros y cuando los hay son tan caros que se impone cruelmente aquello de cine o sardina.

Casi siempre el Nobel me sirve para descubrir escritores. Ha sido así en los últimos años: Imre Kertész, Orhan Pamuk o Tomas Tranströmer entre muchos otros. A veces he podido leerlos, antes sus libros inundaban las librerías poco después de ganar el premio. Ahora ni en muchoslibros.com se consiguen. Supongo que me queda amazon y el pedacito de barril que me toca en forma de dólares para compras electrónicas.

Hoy algunos periódicos locales resaltaron el tenue –y al parecer insignificante– vínculo de Modiano con Venezuela: su abuelo comerció con perlas en Margarita, además tuvo una tienda en Caracas y Monte Ávila –cuando no se dedicaba a editar basura chavista con dinero público– editó algunos de sus libros. También escribieron para contar lo poco conocido que es Modiano por estos predios y describir de paso la indigencia de nuestras librerías y lectores.

No sé, como nunca tendremos un Nobel de Literatura y ya que los únicos productos culturales importantes para nosotros son el béisbol y las misses –anoche precisamente hubo una coincidencia estelar de ese kitsch venezolano por excelencia: peloteros y bellos pedazos de carne en trajes de baño–, nos arrimamos cuanto podemos al azar de que el abuelo de todo un Premio Nobel de Literatura haya pasado por aquí.

Viéndolo bien, Venezuela sí tiene un profundo nexo con Modiano; aunque no con su historia personal, sino con su obra. A pesar de haber nacido en 1945 –o tal vez precisamente por eso: como Proust intenta recuperar el tiempo perdido–, Modiano escribe sobre la Ocupación, no desde la perspectiva heroica y ridículamente falsa de un De Gaulle, sino desde la más real de una sociedad postrada de buen grado ante el enemigo que la derrotó sin pelear.

Imagen: diariodecaracas.com/

Imagen: diariodecaracas.com/

Cuando leí la peste de Camus era aún más ignorante de lo que soy hoy –lo cual es mucho decir– y no entendí la metáfora a la que aludían las ratas invadiendo Orán. Con el tiempo y suficientes lecturas después, descubrí que se refería a los nazis. En su versión de la Ocupación, Camus no describe el acuerdo con el invasor, sino el terror y la locura que causa su llegada y cómo unos pocos la enfrentan con valor. Camus alude a la resistencia francesa, a esos pocos que pelean sabiendo que no pueden ganar. Los libros de Modiano completan la historia y muestran una y otra vez a los bons vivants amis de los boches.

En Venezuela las ratas empezaron a aparecer en 1992, tal vez poco antes y no lo advertimos. Siendo honestos y a pesar de la costosa resistencia de unos –dependiendo del momento han sido muchos o pocos, pero nunca han sido todos–, la sociedad no ha tenido ningún problema en convivir con ellas, ha adoptado con gusto sus maneras, su neolengua. Vive según sus reglas.

Muchos de los más vocingleros opositores de hoy –como la mayor parte del país en 1998– consideraron hasta hace no mucho que un militar golpista y sus huestes eran una alternativa. Otros no tienen ningún problema en negociar con bolichicos y funcionarios, total; los dólares son verdes no rojos. Yo mismo atiendo uno que otro cliente chavista, aunque debo reconocer que cargo un poco la mano al cobrarle y soy más inepto de lo habitual al llevar sus asuntos.

Ayer también empezó a usarse la sofisticada tarjeta de racionamiento en Venezuela. Comenzó discretamente –las ratas se cuelan de a poco– en una cadena de supermercados pública y otra privada, si es que tal cosa existe todavía. Una antigua profesora mía lo describe como ‘La mansa humillación dactilar’.

Eso es lo que las ratas siempre me han parecido: animales mansos, sumisos. Es el asco que nos producen lo que las convierte en amenazadoras. Por lo que he visto en mi país desde hace demasiado tiempo ya, lo que las ratas le transmiten a las sociedades que ocupan es precisamente esa sumisión, no la peste. Me gustaría leer a Modiano para ver eso escrito por un Nobel.

País Po

Thinking to get at once all the gold the goose could give, he killed it and opened it only to find nothing.

Aesop. The Goose with the Golden Eggs

 

Hasta hace poco el animal que representaba a Venezuela era el turpial. Esta diminuta pero vistosa ave era un símbolo del país. No éramos un águila fiera o un león, sino un pequeño pájaro insectívoro con su particular canto.

Pero en una nación gatopardiana –más animales como metáforas– ese animal ya no nos representa. No lo había advertido hasta que hace unos días me tropecé con un artículo de prensa[1] en el que un guasón nos describe como “el oso panda favorito de China”.

Que Venezuela sea un panda chino puede ser considerado desde la real politik o desde la más chiclosa cultura pop. Empecemos por la primera.

Es bien conocida la llamada Diplomacia del Panda china que se remonta al siglo VII y que revivida por Mao, consiste (al menos hoy en día) en un ejercicio del soft power en el que los taizidang regalaban antes y alquilan hoy, pandas gigantes a países con los que tienen serios diferendos. A fin de cuentas ¿quién se resiste a la estampa de un oso juguetón que parece más bien un peluche con baterías que nunca se gastan[2]?

En otras palabras, los pandas se usan como moneda: un animal que aumenta espectacularmente la entrada en los zoológicos –aunque por el que se paga una tasa anual de hasta un millón de dólares anuales por diez años que es el período por el que el régimen chino los presta– se intercambia por algo de aquiescencia para con el Imperio Chino.

Ahora bien, si somos un panda de la reserva china, eso significa en principio que podemos ser usados, intercambiados, vendidos, como regalo. Luce poco probable que los chinos nos cedan como obsequio de buena voluntad: el petróleo –y paradójicamente la corrupción chavista– hace al país demasiado valioso. Pero no deberíamos olvidar que aún nos ubicamos geográficamente en el patio trasero de Estados Unidos.

Por otra parte y aunque suene demasiado pop o kitsch, al pensar en Venezuela como el oso panda favorito de China, la imagen que se me viene a la cabeza es la de Po, ese divertido y panzón personaje de la franquicia Kung Fu Panda.

Como en el dibujo animado Venezuela también es torpe y le cuesta moverse porque un gran lastre la atasca. También el país es dueño de un don valiosísimo gracias al azar. Pero donde el símil se me antoja más acertado es en que como se sabe, Po tiene como tutor a un panda rojo (aunque albino): el maestro Shifu. Es este un oso mucho más pequeño que ni siquiera es de la misma especie y que no debería someter a un oso tan grande como el gordinflón Po. Venezuela –un país de comiquita– también se somete a un viejo animal rojo que no debería dominarla.

De hecho, he señalado –nada originalmente– que en la postración venezolana actual se da un fenómeno inédito. Nos sometemos económicamente a China[3], lo que en realidad significa sometimiento político[4], para poder pagar el dominio de Cuba sobre el país.

Un dragón drena a un turpial para que este mantenga a un…, lo olvidé, ¿cuál es el animal emblemático de Cuba? ¿Sigue siendo el caballo o ya no?

 

[1] Que puede ser leído en este enlace: http://www.talcualdigital.com/Nota/visor.aspx?id=106442&tipo=AVA.

[2] Hablo como lego, pero ¿no hay insectos feos y desagradables que son más valiosos para la vida en el planeta? A fin de cuentas ¿qué hace un panda? ¿Mascar bambú todo el día? ¿Aparearse cuando está de humor?

[3] Basta leer esto para entenderlo: http://www.el-nacional.com/economia/Deuda-Venezuela-China-reservas-internacionales_0_449955144.html.

[4] Ya las calificadoras chinas están evaluándonos con el ‘neoliberalismo’ salvaje que se le achacaba al FMI, según puede leerse en este enlace: http://prodavinci.com/blogs/cuando-los-chinos-pierden-la-confianza-por-beatriz-de-majo/.

Edificios firmados

Architecture is the art of how to waste space.

Philip Johnson

 

Es un tópico que el Guggenheim Bilbao firmado por Gehry revitalizó esa ciudad. La sacó de su languidez post-industrial[1].

Sin embargo es discutible el valor arquitectónico de ese edificio. De hecho es otro lugar común que el Guggenheim Bilbao se asemeja –no hay otra forma de decirlo– a la cagada de un robot gigante: una masa de metal informe –deconstructivista dicen los críticos– que jamás será una ruina. Es un edificio ahistórico como ni siquiera el más desaforado estilo internacional soñó.

En la era de la arquitectura postmoderna los arquitectos estrella van dejando su firma –o su cagada– en las ciudades: el Gherkin en Londres, el Palacio de las Artes en Valencia, España y así. Aún más: franquician su firma, por lo que cualquier país nuevo rico puede tener también su propio mojón firmado por una vedette de la arquitectura.

Pese a que Venezuela hace mucho dejó de ser un país nuevo rico, aquí también tenemos edificios firmados, aunque no por un arquitecto.

Con los damnificados que dejaron las lluvias en 2010, luego de 11 largos años de régimen chavista, se descubrió que existía en el país un grave déficit de casas.

La solución obvia fue una estafa, vale decir, una “misión”, una de esas corruptas maneras de crear –como todas– una clientela que mantuviese al chavismo en el poder sin usar mucho la fuerza.

Pero como la marca ya estaba agotada hacía varios años –sirvió para ganar fraudulentamente el referéndum de 2004 y nada más–, la propaganda roja se fusiló a sí misma y pergeñó aquello de “[Gran] Misión Vivienda Venezuela”.

Antes o después –si no se les derrota– tendremos la “Mega Gran Misión” o la “Súper Mega Gran Misión”. El fracasó colosal descrito en el nombre de cada ‘misión’.

Gaudí usaba trencadís y Mies van der Rohe solo acero y vidrio para cubrir sus edificios respectivamente. El chavismo –no se le podía pedir más– hace lo propio con pintura roja y negra con la cual dibujan los ojos –a veces les salen bizcos– y la firma de Chávez en las paredes de esos edificios de viviendas sociales que construyen a un ritmo que jamás alcanzará la demanda.

Estos edificios están llenos de fallas porque fueron mal concebidos –¿qué país llena la principal avenida de su capital con edificios de viviendas sociales?–, y peor ejecutados, porque serían ocupados por pobres.

Más allá de deficiencias que algún trasnochado marxista podría considerar lujos burgueses, como por ejemplo el que no tengan estacionamientos –el chavista way of life condena a los pobres al transporte público o a motos chinas de baja cilindrada–, ni áreas verdes; hay fallas en la construcción de estos bloques que los convertirán en ruinas prematuras. Puede leerse al respecto en estos enlaces: http://www.el-nacional.com/caracas/Constataron-fallas-obras-Mision-Vivienda_0_62993817.html y http://www.eluniversal.com/caracas/140525/mision-vivienda-construye-en-zonas-de-riesgo-en-los-corales, respectivamente.

Al repetir la urbanización caótica y deficiente de los barrios marginales que las lluvias derrumban cada cierto tiempo, estos edificios sólo son una versión en propiedad horizontal de esos barrios, con la consecuente violencia criminal, como podemos leer en estos enlaces: http://www.el-nacional.com/sucesos/paz-habita-urbanismos-Mision-Vivienda_0_246575504.html y http://www.eluniversal.com/caracas/140504/delincuencia-gano-espacio-en-la-mision-vivienda, respectivamente.

Con estos edificios el chavismo no está urbanizando, no se incluye a los marginales (tal vez sobra la explicación de que estos son quienes están al margen de la ciudad, de sus servicios, de su comunidad política), sino que se marginaliza la ciudad toda. El siguiente artículo de @revistaclimax muestra una mejor perspectiva de lo que trato de decir: http://elestimulo.com/climax/gran-mision-viviendas-las-ciudades-del-gigante-muerto/.

Se está reproduciendo el gueto al considerarse que estos edificios fueron construidos por chavistas (una mentira corrupta) para uso exclusivo de otros chavistas –varios funcionan como centros de votación ad hoc donde adivinen quién siempre gana–, sin posibilidad de integración con el resto de la ciudad aun si fuesen mitigados los graves problemas de convivencia que generan como focos de violencia criminal.

Como se sabe una de las premisas del movimiento moderno en arquitectura es que la modificación del espacio debía tener como objetivo hacer mejor la vida de las personas. Sin embargo los edificios de viviendas de gran densidad probaron no ser la vía para esto. El régimen no tenía que buscar mucho para constatarlo: ahí está la urbanización 23 de Enero de Caracas como recordatorio.

Los bloques de viviendas de Le Corbusier fueron otra pesadilla soñada por la razón, no en balde a su Unité d’Habitation en Marsella se le apoda ‘La casa del loco’. Le Corbusier con este edificio es el precursor del estilo brutalista. Nosotros no podemos aspirar a tanto, lo más que podemos presumir es que nuestros arquitectos [rojos] son brutos.

Los arquitectos posmodernos suelen citar en sus edificios estilos anteriores, casi siempre como una burla, como un remedo. Los edificios chavistas ‘firmados’ también hacen una cita de períodos pasados: nos recuerdan con sus deficiencias y segregación a la mayoría de las urbanizaciones populares de la última etapa del período 1958-1998. Hacen la misma declaración explícita de las tardías políticas de vivienda adeco-copeyanas de que los pobres no merecen vivir en un lugar decente.

Es innegable que –y pese a ser una muestra más de corrupción[2]– el meta discurso en las firmas y ojos que cubren las paredes de esos edificios tiene sentido: ¿quién sino Chávez firmaría y supervisaría tales colmenas para seres humanos?

En Venezuela hay gente que tiene la firma de Chávez tatuada en la piel y vive en casas que tienen la misma firma en sus paredes. La satrapía usa el kitsch –que todos pagamos– para emular la distopía de Orwell.

Al inicio aludía al Guggenheim Bilbao como la cagada de un robot gigante. Bien, los edificios ‘firmados’ por Chávez tienen en común con ese museo que también son la cagada puesta por un gigante.

 

[1] Se suele obviar el peso que tuvo el metro en esa revitalización de la ciudad.

[2] El siguiente enlace contiene información relevante sobre la corrupción vinculada a estas obras públicas: http://www.derechos.org.ve/pw/wp-content/uploads/2do-GMVV.pdf

La originalidad chavista

福無重至,禍不單行

Aún hoy, luego de 20 años, hay debates que buscan definir al chavismo. Se le achaca una particularidad –los más arrastrados lo consideran inédito, original–, una falsa dificultad para definirlo, que ha generado una ampulosa pseudo teoría.

No hay nada nuevo, no hay nada original en la práctica política chavista. Sus principales rasgos: violación de los derechos humanos, nacionalismo –más retórico que real– caudillismo, personalismo, proto fascismo, gorilismo, uso político del derecho y cualquier otro del que haya hecho gala, son barajitas repetidas y suficientemente estudiadas ya por la teoría política.

Lo mismo pasa con su faceta económica: esto de quebrar un país (uno con importantes posibilidades de desarrollo), su peor legado, su rasgo definitorio, no es inédito: pasa cada vez que una secta de delirantes se hace con el poder y somete la economía a su credo político.

El chavismo quiebra la economía venezolana por tres motivos nada originales. El primero es porque es una satrapía y ninguna satrapía puede albergar una sociedad próspera en la que los privados produzcan riqueza y sean más fuertes que el Estado.

En ese sentido las declaraciones sobre la finalidad política del control de cambio hechas por Aristóbulo Istúriz hace poco, no son ni sorprendentes ni novedosas. La subordinación de la economía a la política con las desastrosas consecuencias que padecemos comenzó con la contratación de empresas extranjeras (mayormente de países parias o dictaduras) para la ejecución de obras públicas o las importaciones acordadas de gobierno a gobierno casi desde la llegada del chavismo al poder.

Un segundo motivo, imbricado con el anterior, es la necesaria compra de apoyo internacional: al irse deslizando cada vez más hacia una autocracia (su meta original) el chavismo necesitaba contar con el apoyo de ciertos grandes decisores mundiales (en un reconocimiento tácito del modestísimo papel de Venezuela en la política mundial) y de Estados clientes.

Ese apoyo, cuyo epítome está en el endeudamiento con China y en el sostenimiento de la economía cubana, requería del desvío corrupto de recursos sin los cuales Venezuela se ha convertido en el erial que es hoy.

El sostenimiento del fracaso cubano (la mayor sangría de la economía venezolana y la primera causa de su postración) se debe sin embargo a mucho más que a la compra de apoyo. Es el sometimiento voluntario a ese país luego de haber derrotado su intento militar 30 años antes. Tal sometimiento se traduce además en una emulación de su economía: planificación centralizada, confiscaciones, controles, racionamiento, etc.

Por último y también en estrecha relación con los dos motivos anteriores está la simple ineptitud, incluso como característica de la gigantesca corrupción (roban de forma chapucera). ¿Qué otras posibilidades habían cuando el país eligió presidente en 1998 a un ignorante militar golpista?

Aunque contradigo la idea con la que comienzo, lo cierto es que sí hay algo original en el chavismo.

No encuentro antecedentes de esta forma de entrega a dos bandas en la que se quiebra un país para beneficiar a otro que ni siquiera es una potencia media, para luego terminar vendiéndoselo a un imperio.

China financia nuestra entrega a Cuba, lo que al mismo tiempo nos somete a China[1].

Porque un país que le debe a otro más de lo que acumula en reservas internacionales (los préstamos con Pekín alcanzan hoy 25,7 millardos de dólares mientras que las reservas internacionales del país al 18 de julio sumaban 20,7 millardos[2]) obviamente ya no es soberano, más aún si la garantía de esa deuda es la producción petrolera de la cual depende más del 96% del ingreso en divisas o si una porción significativa de los préstamos debe usarse para comprar manufacturas chinas.

No importa lo que gritan los militares chavistas disfrazados de Sacha Baron Cohen en “The Dictator”: somos una pobre –y lejana– provincia de China en Sur América.

En Venezuela solemos despreciar a comerciantes, mesoneros y cocineros chinos. A partir de ahora tales insultos serían como morder la mano del que te da de comer. Literalmente.

 

[1] En este enlace hay una descripción actual de su carácter imperial: http://internacional.elpais.com/internacional/2012/11/04/actualidad/1352054327_724029.html.

[2] Información adicional puede leerse en estos enlaces: http://www.el-nacional.com/economia/Deuda-Venezuela-China-reservas-internacionales_0_449955144.html, http://www.el-nacional.com/economia/Xi-Jinping-chequear-finanzas-pais_0_449955161.html y http://prodavinci.com/blogs/20-datos-todo-lo-que-debe-saber-sobre-la-deuda-de-venezuela-con-china-por-anabella-abadi/, respectivamente.

Gisela Kozak Rovero

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